miércoles, 25 de febrero de 2026

Nuestra Señora, conductas y palabras*

Foto: Julio Ricardo Castaño Rueda

 


Por Julio Ricardo Castaño Rueda

Sociedad Mariológica Colombiana

“Con gozo sacarás agua de los manantiales de la salvación”. (Is. 12,3).

Bernarda Sobirós roció con agua bendita a la Madre de Dios porque se le apareció en las rocas viejas de Lourdes para rezar el santo rosario.

La Santísima Virgen María se le presentó con los pies descalzos, símbolo humilde de servidumbre. La Esclava del Señor permanecía silente.

La Reina del Cielo escogió la Cuaresma de 1858 para manifestarle al orbe una serie de comportamientos y locuciones que enseñaron el misterio de su origen. Episodio único en la historia de la Mariología.

La Inmaculada lideró el manejo y distribución de un insólito recurso hídrico en los Pirineos. Ese fenómeno generó un ciclo interminable de curaciones milagrosas. La consecuencia inmediata, en la conciencia católica de los lugareños, fue la verificación del suceso. La curiosidad impuso un desfile interminable de creyentes. La prensa liberal intervino al redactar titulares impíos. La masificación de la mentira intentó ocultar, con el tiraje de sus notas, la difusión de los prodigios. Los editores llenaron sus bolsillos al reproducir los errores del ego sobre los estudios del yerro. Hombres de cafetín imponían sus teorías de ateos entre los linotipos. La venta de los periódicos aumentó su circulación desconcertada por la realidad. La luz celeste no iluminaba a las cavernas de la apostasía.

El clero en silencio llamaba a la prudencia.  Los canteros diseñaron un canal de madera que vertía el torrente portentoso en un estanque ovalado.

La manifestación beatífica alteró el orden público. El comisario Domingo Jacomet, el azote de los bandidos, denunció la farsa. La gendarmería se desplegó armada para proteger al gentío de su devoción. El estado imperial de Napoleón III disparó normas represivas desde su arsenal de leyes contra los anónimos.

El debate de los librepensadores, adversarios del Evangelio, marcó a la época con un hierro ardiente, la cuestión filosófica del sectarismo. La logia enfrentaba a la razón contra la fe en un divorcio impuesto por la anarquía masónica.

La libertad, sin igualdad ni fraternidad, amordazaba con sus multas y calabozos. El procurador imperial Vital Dutour ingresó al recinto de la estulticia al imponer la norma de la amenaza sobre el testimonio de una zagalilla. La realidad de las circunstancias asombraba al intelecto con la sencillez de la voluntad gloriosa.

Nuestra Señora intervino para ratificar el dogma de la Inmaculada Concepción proclamado por su santidad Pío IX. El padre Dominique Peyramale sorprendió a sus oficios clericales con un desconcierto de apóstol. La duda había sido crucificada en el altar de la fe.

Las autoridades civiles, sirvientes zalameros de la potestad política, saquearon y encarcelaron al naciente santuario. El 10 de junio, el intrépido Jacomet publicó el decreto de cierre e interdicción de la gruta.

La crónica completa, con detalles documentados, la escribió Henrique Lasserre en su obra: Nuestra Señora de Lourdes. Mientras el lector tiene la gentileza de conseguir el libro en mención se presenta un compendio de la actuación de María Santísima.

1.    1858. El 11 de febrero.

“…La misma regularidad y la pureza ideal de esas facciones, en que todo estaba en armonía las hace imposible de describir. Sin embargo, diremos que el óvalo del rostro era de gracia extraordinaria, que los ojos eran azules y de una dulzura que parecía derretir el corazón de aquel en quien se fijasen; los labios exhalaban bondad y mansedumbre divina; la frente parecía contener la suprema sabiduría, es decir, la ciencia de todas las cosas, unida a la virtud sin límites.

Los vestidos de una tela desconocida y tejidos sin duda en el taller misterioso en donde se viste el lirio de los valles, eran blancos como la inmaculada nieve de las montañas, y más preciosos en su sencillez que los deslumbradores vestidos de Salomón en su gloria. El traje le arrastraba, pero tenía castos pliegues que dejaban ver los pies, que descansaban sobre la roca y hollaba ligeramente la rama del rosal. Sobre cada uno de ellos, de virginal desnudez, se abría la mística rosa de color oro.

Por delante, un cinturón azul como el cielo, ceñía el cuerpo; sus extremidades casi llegaban hasta los pies. Por detrás, envolviéndole completamente las espaldas y la parte superior de los brazos, descendía hasta el borde inferior del vestido un velo blanco, colocado en contorno de la cabeza.

No tenía sortijas, ni collares, ni joyas: ninguno de esos adornos con que se engalana siempre la vanidad humana. Un rosario de cuentas blancas como gotas de leche, cuya cadena era amarilla como el oro de las mieses, le colgaba de entre las manos, que tenía puestas con fervor. Las cuentas del rosario iban pasando sucesivamente. No obstante, los labios de esta Reina de las vírgenes permanecían inmóviles. En lugar de recitar el rosario, quizá estaba escuchando en su propio corazón el eterno eco de la salutación angélica y el murmullo inmenso de las invocaciones que suben de la tierra. Cada cuenta que tocaba, era sin duda una lluvia de gracias celestiales que descendía sobre las almas, como perlas de rocío en el cáliz de las flores.

(…) esta aparición maravillosa estaba mirando a Bernarda, la cual, en su enajenamiento, se había, como ya lo hemos dicho, dejado caer, y, sin saber lo que hacía, postrándose súbitamente de rodillas. (pp. 28-29).

“…La mirada y la sonrisa de la incomparable Virgen dijeron, a lo que parece, lo mismo a la asustada pastorcita.

Con un ademan grave y dulce, que tenía el aire de una bendición omnipotente para la tierra y el cielo, hizo Ella misma, como para animar a la niña, la señal de la cruz. Y la mano de Bernarda, levantándose poco a poco como guiada invisiblemente por la que se llama Socorro de los cristianos, hizo al mismo tiempo la señal sagrada…”

(…) al concluirlo diciendo: ‘Gloria al Padre al Hijo y la Espíritu Santo, por los siglos de los siglos’, la Virgen Luminosa desapareció de repente, volviendo a entrar sin duda en los cielos eternos donde reside la Santísima Trinidad…” (p.30).

2. 1858. El 14 de febrero.  (Domingo de Quincuagésima.  Carnestolendas).

“…Entonces Bernarda, acordándose de lo que había prometido, se levantó, y meneando a prisa y varias veces la botella, roció a la maravillosa Señora, que con gracia sin igual se mantenía a algunos pasos delante de ella, en el interior del nicho.

-Si venís de parte de Dios, acercaos, dijo Bernarda.

Al oír las palabras de la niña la Virgen se inclinó repetidas veces, y se adelantó hasta el borde de la roca. Parecía sonreírse por las precauciones de Bernarda y por sus armas de guerra, y al oír el sagrado nombre de Dios, su rostro se inclinó…” (pp. 36-37).

3.    1858. El 18 de febrero

 “…Señora mía, dijo la niña, si tenéis algo que comunicarme, tened la bondad de escribir quien sois y que es lo qué queréis.

 La Virgen divina se sonrió al oír esta sencilla petición. Sus labios se abrieron y habló:

-Lo que tengo que decirte, respondió, no necesito escribirlo. No quiero sino que tengas a bien venir aquí por quince días.

 (…) “y Yo, dijo, te prometo hacerte feliz, no en este mundo, sino en el otro…”

 (…) Bernarda se dirigió a la aparición.

-Pueden venir contigo, respondió la Virgen, ellas y otros más. Deseo ver gente en este lugar…” (pp.  44-45).

4. 1858. El 19 de febrero

Aparición.

“…Había ya en la gruta como un centenar de personas cuando Bernarda llegó…” (p.47).

5.1858. El 20 de febrero

Aparición.

“…al otro día se encontraban como cuatro o quinientas…” personas cuando Bernarda llegó. (p.47).

 6. 1858. El 21 de febrero. (Primer domingo de Cuaresma)

“… La aparición había mudado de lugar, y ahora no podía mirarla sino por la abertura interior.

 La mirada de la Santísima Virgen pareció recorrer toda la tierra en un instante, y luego la dirigió, impregnada de dolor, hacia Bernarda.

 - ¿Qué tenéis? ¿Qué debe hacerse? Murmuró la niña.

 -Orar por los pecadores, respondió la Madre del género humano…” (p. 67).

7. 1858. El 23 de febrero

“…- Bernarda, decía la divina Madre.

 -Aquí estoy, dijo la niña.

-Tengo que decirte a ti una cosa secreta, que sólo a ti te concierne. ¿Me prometes no contarla en este mundo a nadie?

 -Os lo prometo, dijo Bernarda. **

(…) Y ahora, hija mía, dijo a Bernarda, ve decir a los sacerdotes que quiero se me levante aquí una capilla…” (pp. 98-99).

8. 1858. El 24 de febrero

(…) Luego me dijo que orase por los pecadores y me mandó que subiese hasta el centro de la gruta. Y por tres veces pronunció estas palabras: ¡Penitencia, penitencia, penitencia! …” (p.116).

9. 1858. El 25 de febrero

(…)– Hija mía, dijo, quiero confiarte, siempre para ti sola, un secreto que será el último, que sólo a ti concierne, y que a nadie en el mundo has de revelar…”

(…) -Y ahora prosiguió la Virgen después de una pausa, ve a beber y a lavarte a la fuente, y come de la hierba que crece al lado de ella…”

 Bernarda se dirigió a el Gave.

 “…una palabra y un ademán de la aparición la detuvieron.

 “-Allá no; no te he dicho que bebas en el Gave, acércate a la fuente, aquí está…” (pp. 125-126).

10. 1858. El 27 de febrero

 “… la aparición se manifestó sin nueva particularidad…” (p.149).

11. 1858. El 28 de febrero

“… la aparición se manifestó sin nueva particularidad…” (p.149).

12. 1858. El 1 de marzo

“…La aparición se manifestó sin nueva particularidad; la fuente se aumentaba y las curaciones milagrosas eran más…” (p.149).

13. 1858. El 2 de marzo

“… Ella quiere que se levante una capilla y que se hagan procesiones a la gruta, le dijo a la niña…” (p.150).

14. 1858. El 3 de marzo

“…La aparición había mandado a la niña como los días anteriores ir a beber del agua y a lavarse en la fuente y a comer de la hierba de que hemos hablado; y luego le ordenó de nuevo que fuese a buscar a los sacerdotes y a decirles que quería le edificasen una capilla e hiciesen procesiones a ese lugar.

La niña había rogado a la aparición que le dijese su nombre; pero la Señora radiosa no había respondido a esta pregunta…” (p.169).

15.1858. El 4 de marzo

 Curación del niño Justino en la fuente milagrosa.

 “…-No; dijo la madre, no ha muerto la Santísima Virgen lo sanará…” (p.177).

16.1858. El 25 de marzo

Bernarda.

-Oh mi señora yo os ruego, ¿querríais tener la bondad de decirme quién sois, y cuál es vuestro nombre?

(…) “-YO SOY LA INMACULADA CONCEPCIÓN”. (pp. 195-196).

17. 1858. El 5 de abril

Bernarda en presencia de la Santísima Virgen María.  El milagro del cirio.

“…Levantó un poco las manos y las dejó descansar suavemente, y sin advertirlo, sobre el borde del cirio encendido. La llama se puso a pasar ligeramente por entre sus dedos entreabiertos y a elevarse por encima, oscilando, acá y allá, según el tenue soplo del viento…” (p. 205).

La vidente no sufrió quemaduras después de 15 minutos de tener la llamarada en su piel.

18. 1858.  El 16 de julio

“…La Inmaculada Virgen que se sonreía dulcemente, como para confirmar lo pasado e iluminar todo lo porvenir. Ni una palabra salió de sus divinos labios. En cierto momento, inclinó la cabeza hacia la niña como para decirle o un ‘hasta la vista’ muy lejano, o un ‘adiós postrero’. Después desapareció y entró en los cielos…” (p.316).

*Artículo escrito con Inteligencia Natural (IN)

**Los secretos confiados por la Santísima Virgen a Bernarda nunca fueron revelados.

 

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