jueves, 7 de mayo de 2026

María de Chiquinquirá, misterio renovado

Foto Julio Ricardo Castaño Rueda

 


 Por Julio Ricardo Castaño Rueda

Sociedad Mariológica Colombiana

 

Crea en mí, oh Dios, un corazón puro, renueva en mi interior un espíritu firme” (Sl 51,12)

La maravillosa restauración del lienzo de la Rosa del Cielo contiene unas etapas de mutación diseñadas por el Paráclito para un pueblo que estaba en tinieblas. La acción sobrenatural se dividió en ciclos de materia, luz y eternidad.

Motivo: los testigos requerían comprender el prodigio.

La primera sección de ese fenómeno ocurrió en la capilla de la encomienda de Chiquinquirá, propiedad de Catalina García de Irlos viuda de Santana. Data: el 26 de diciembre de 1586 entre las ocho y nueve de la mañana. Pascua de la Navidad y fiesta de san Esteban Protomártir.

La corporeidad de lo palpable se generó cuando la tela, destruida y su imagen borrada, se renovó. Los trazos torpes de Alonso de Narváez resultaron retocados por un pincel ígneo. Los colores, naturaleza muerta, elaborados con tierras y yerbas de Boiaca (1562) mostraron tonos, volúmenes y figuras radiantes. El cuadro, cubierto por una gran refulgencia, se iluminó. La figura de la Virgen, su unigénito, y sus dos santos acompañadores retornaron a su origen universal, el de la doctrina. Los dibujos fueron plasmados para catequizar a los nativos del Nuevo Reino de Granada.

El algodón, que por más de tres lustros contuvo la composición pictórica, mostró la reparación de varios huecos, producto del oficio campestre del maltrato. Algunos agujeros permanecieron abiertos al desgarro en memoria de las llagas del Resucitado.


La dinámica de las fuerzas moldeadoras no se detuvo y desató los nudos que fijaron el bastidor a la pared de la choza. La pintura se desplazó por el aire hasta el sitio del oratorio de María Ramos. El cronista Tobar y Buendía, O.P., señaló en su tratado sobre el tema:

“…estaba la milagrosa imagen en el suelo parada, un poco recostada, o inclinada hacia el altar en el aire, sin que nadie la tuviera en el mismo lugar…”

La palingenesia enseñó instantes sorprendentes. Las inmutables leyes de la química, la biología y la física estaban alteradas en su concepción funcional. La regeneración de los pigmentos, la cabuya de los cordeles, sana, fuerte y desamarrada. El desplazamiento aéreo del lienzo hasta el asiento con una flotación en el éter alumbrado.

“La iluminación”, llaman todavía los ancianos venerables a Chiquinquirá. El mote tiene su origen en aquel alucinante renovamiento. Los resplandores lumínicos, registra la historia documentada, bañaron de luces la totalidad del recinto sacro. El rostro de la Inmaculada quedó encendido aquel día.

El enigma de la luminiscencia se volvió a repetir en pleno proceso jurídico sobre los hechos ocurridos en los aposentos chiquinquireños.
El 31 de julio de 1588, el padre Gonzalo Gallegos acompañado del notario, Bartolomé Hernández de Molina, mandó comparecer como testigos de la inexplicable iluminación del cuadro de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá a Petronila del Valle, mujer de Juan Ruiz Meléndez, vecino de la ciudad de Muzo, a Juan López de Lozada y a la viuda Catalina del Valle entre otros conspicuos personajes. Además, el 5 y 6 de enero de 1589 una nube resplandeciente, con gran luz, cubrió la estancia.

  “…La gloria del Señor brilla sobre ti…”  (Is 60, 1).

La luminosidad volvió para estupor de los creyentes que visitaban la basílica de Chiquinquirá (Boyacá). La brillantez se presentó en dos plazos puntuales. El 5 de julio de 1985, fiesta de san Antonio María Zacarria gran reformador de costumbres pecaminosas y el 26 de marzo de 1999, Viernes de Dolores.

El período postrero es un acto perenne porque son los prodigios. A la fecha, son 440 años de favores celestiales. La Villa de los Milagros extendió su fama benefactora por el orbe católico y más allá. Las decenas de generaciones, colombianas y foráneas, así lo certifican.

La conversión del alma del promesero, a través del gozo íntimo de los sacramentos, es el proceso restaurador de una esperanza de salvación sin tregua. Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, nombre castellano y muisca, tiene en su tríptico trazo una invitación perentoria a la pascua perpetua, la variable sin espacio ni tiempo del hombre justo.

La intercesión de María Santísima cumple con indicar el paso del deterioro moral a la restauración del neuma por medio de una heroica santidad. Es la voluntad de Dios, su Padre. Ella es la senda de perfectísima bondad para llegar al Corazón de Jesús, su Hijo. La maternidad divina protege a la inmortalidad redimida para alcanzar la beatitud por la gracia del Espíritu Santo, su esposo.


Esos arcanos conceptos están escritos en la manta renovada. Las almas mancilladas por la dictadura del pecado vuelven en un instante misericordioso al esplendor del bautismo. La oscuridad del yerro, tiniebla injertada en la conducta, muere ante el relámpago de una bendición iluminada.  Ego te absolvo a peccatis tuis.

Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá enseña, con su humilde silencio de esclava, la opción fascinante de vivir en la alegría superior e intocable de la pascua por renovación.
 

viernes, 1 de mayo de 2026

La Patrona, la pintura de un platero

Foto Julio Ricardo Castaño Rueda

Por Julio Ricardo Castaño Rueda

Sociedad Mariológica Colombiana

 

“Dios le ha dado sabiduría, inteligencia y una gran capacidad creativa para hacer diseños en oro, plata y bronce…” (Ex 35 31,32).

 

Alonso de Narváez, un orfebre andaluz radicado en Tunja, entró en la historia del arte neogranadino por causa de un milagro. Su destreza técnica no le alcanzó para escalar la cima de la celebridad.

El artífice, en cambio, tenía buenas relaciones con los frailes de Santo Domingo. En julio de 1560 estuvo de testigo en un contrato de compraventa de un solar que el prior, fray Juan Tomás de Mendoza O.P, compró a Catalina de Robles, viuda de Alonso de Aguilar. (Cf. Fray Alberto Ariza, O.P. Los dominicos en Colombia. Tomo I. Pág. 577).

En 1562, la selecta amistad lo condujo hasta el hermano cooperador, fray Andrés de Jadraque, O.P. Este lo invitó a solucionarle un inconveniente al encomendero de Suta Antonio de Santana que tenía pendiente el altar de la capilla, lugar vital para la catequesis.

Los tres protagonistas, Alonso, Andrés y Antonio, optaron por diseñar una imagen de la Virgen del Rosario en una manta de algodón, manufactura muisca. La tosca mano, para el cerdamen, plasmó la figura de María Santísima y rompió las reglas de la iconografía sacra. El joyero se limitó a ejecutar las órdenes del cliente apoyadas en 20 pesos oro. El improvisado artista colocó a san Antonio de Padua a la diestra de Nuestra Señora y a san Andrés Apóstol a la izquierda. La trilogía de los bocetos fue repasada con las técnicas del temple acompañadas con tinturas de yerbas y tierras de barranco boyacense.

El yerro de la composición pictórica espacial provocó corrosivos comentarios por parte de la elite social, seguidora del Concilio de Trento. El desatino de Narváez confirmó porque su nacionalidad no le dio cabida en los salones de su Majestad Felipe II, el Prudente.

La construcción del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, escuela de inspiración, tuvo en su nómina a los gigantes del talento. A ellos los iluminó el cretense Doménikos Theotokópoulos, el Greco, (1541–1614). Sus figuras alargadas marcarían un derrotero para movimientos posteriores. Trascendental para el modernismo.

A ese equipo de genios se sumó el artista extremeño de marcado interés por la práctica religiosa. Lo apodaron el Divino, Luis de Morales (1509–1586). La época del esplendor aceptó al retratista Alonso Sánchez Coello (1531–1588), discípulo de Antonio Moro. La fila de gente dotada de una sensibilidad superior para la expresión artística renacentista incluyó a Juan Fernández de Navarrete, el Mudo, (1526–1579) y la resumida lista de luminarias no contiene la membresía de Narváez. La aristocracia de la maestría jamás lo invitó a sus escuelas, tertulias ni talleres. La razón era puramente de habilidad natural, Alonso nació sin el don de la genialidad.  Era indigno de tan altos caballetes.

Alonso de Narváez murió (1583) sin dejarle un legado a las nacientes urbes del Nuevo Reino de Granada. Su constante lejanía de la ciencia del esbozo así lo confirmó. La época motivó a otros extranjeros para presentar sus creaciones con éxito permanente. Angelino Medoro, pintor romano, vivió en Tunja y Santafé de Bogotá entre 1587 y 1589, a él se sumó fray Pedro Bedón, religioso quiteño. Laboró en Tunja entre 1593 y 1598. Esa palestra de afamados la redondeó el español Baltasar de Figueroa, el Viejo, que brilló en Turmequé a finales del siglo XVI. Este se volvió pionero de un plantel de formidables pinceles. Al cierre de esa explicación, que colocó al desconocido entre dos mares de tinturas, recuerda que Alonso de Narváez era de profesión orive. Así lo afirma la documentación histórica.

“Alonso de Narváez era oriundo de Alcalá de Guadaira. Era hijo de Hernando de Alma y de Mencía de Narváez.  Se casó con Ana de Prado y fue padre de diez hijos. Juan de Narváez y Alonso de Narváez y Agustín de Narváez y Antonio de Narváez y Sevastián de Narváez e María de Narváez muger de Nicolás de Bermeo e Ysabel de Guevara y Ana de Narváez e Jerónima de Narváez y Úrsula de Narváez, mys hijos legítimos, y de la dicha Ana de Prado mi muger.  De profesión platero”. (Cf. Archivo Histórico Regional de Tunja. Fondo Protocolo Notarial. Volumen 11. Año 1583.Folios 336r-342r. Folio 340v).

A esa semblanza habría que agregar su inclinación al dibujo de urgencia porque una familia numerosa requería de un dinero extra para su mantenimiento. La ficha de su oficio contiene: técnica: temple sobre algodón. Dimensiones: 1,25 x 1,19 m. Tamaño de las figuras: La Virgen de Chiquinquirá 1,05 m de alto. San Antonio de Padua 1,04 m de alto y san Andrés 90 cm de alto.

El único fruto sólo sirvió en los primeros años de la evangelización en la capilla doctrinera de Suta. Su vida útil escasamente alcanzó a los 16 años (1562-1578). Al final, el cura Juan Alemán de Leguizamón, quitó del templo la imagen de la Virgen del Rosario y sus edecanes porque estaba borrosa y deteriorada. La pieza era indigna de presidir la santa misa. La vejez del algodón, la humedad del recinto y el descuido de los catecúmenos había arruinado el lienzo.

Su cuadro quedó condenado al trajín de los olvidos coloniales. Ni soñar con la categoría de “maravilla de un solo golpe” (one hit wonder). A nadie de la Ciudad Madre se le ocurrió volver a solicitarle sus favores de aficionado al bosquejo. Lo cual abarcó a sus antiguos contratistas. Alonso de Narváez era vecino de Catalina García de Irlos, esposa del encomendero Antonio de Santana.

“…El matrimonio, Narváez-Prado, adquirió hacia 1580 unas casas en la ciudad de Tunja, una de ellas lindaba con la vivienda de Martín de Serena y la otra con la de la encomendera Catalina García de Yrlos. Los edificios habían pertenecido a Francisco Suárez de Mecina a quien pagó la cantidad de 870 pesos de oro corriente por ellas…” (Cf. Guadalupe Romero Sánchez. Alonso de Narváez pintor andaluz establecido en Tunja. Andalucía en América, arte, cultura y sincretismo estético. Editorial Universidad de Granada, 2011).

 La devoción católica de Narváez lo mantuvo firme en su fe. Pensaba más en la mística de los padres predicadores que en la pasión del trazo. Su testamento lo atestigua al ordenar un entierro particular:

 “…santísima yglezia mayor desa çibdad, en la sepultura que allí tengo, y quiero que mi cuerpo vaya arrebestido (sic) con el ábito de señor Santo Domyngo…”  (Cf. Archivo Histórico Regional de Tunja (Boyacá). Fondo Protocolo Notarial. Volumen 11. Año 1583. Folio 336r). Falleció en la ciudad de Tunja.  (12 de octubre de 1583. Sus exequias fueron el 29).

 El nombre de Alonso de Narváez resucitó para la crónica de la hispanidad el 26 de diciembre de 1586. La choza de la encomienda de Chiquinquirá se iluminó.  Su desteñido trapo de oficios domésticos se renovó milagrosamente. El celestial fenómeno, que asombró al continente, permitió que decenas de maestros famosos realizarán bellas copias de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, La Patrona de Colombia.

 El mutismo contra el escogido por Dios siguió vigente. El notablato, civil y eclesial, en un exceso de rigor investigativo aisló a Ana de Prado y a sus hijos del proceso jurídico canónico que siguió después del portento. La esposa y los vástagos de Alonso no fueron llamados a declarar. ¿Cosas de los albaceas o celos de la parroquia? Triste método del silencio. Dos de sus hijas sí escucharon los ecos de la fama paterna y entraron al Convento de Monjas de la Concepción, 1618.

   “…Ana del Espíritu Santo, y Úrsula de los Ángeles. Son las mismas Ana del Prado y Úrsula de Guevara hijas de Alonso de Narváez, el pintor del milagroso y famoso cuadro de la Virgen del Rosario de Chiquinquirá, y su mujer Ana del Prado, ya difuntos…”  (Cf. Magdalena Corradine Mora. Vecinos y moradores de Tunja 1620-1623. Buhos Editores.

 El tiempo de la justicia lo redimió de su osadía. El Ministerio de Cultura catalogó el cuadro de Narváez como bien de interés cultural (BIC) del ámbito nacional por medio de la resolución 395 de 2006.

 La manta que desecharon los sacerdotes, Francisco Pérez y Alemán de Leguizamón, fue la piedra angular de la Villa de los Milagros.


martes, 21 de abril de 2026

Manuel Serviez, el sacrílego

Foto Julio Ricardo Castaño Rueda

 

Por Julio Ricardo Castaño Rueda

Sociedad Mariológica Colombiana

 

La Colombia de María, la nación heroica, tiene una deuda bicentenaria con Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. 

La debacle institucional de las Provincias Unidas de la Nueva Granada diseñó el apogeo de la insania. El poder ejecutivo, el triunvirato, nombró al abogado Custodio García Rovira “general”. El apodado combatió contra los cazadores de Sebastián de la Calzada apoyado en una mesnada de labriegos. Cachirí, 22 de febrero de 1816. 

La masacre de los rústicos incautos formó una laguna de sangre en el páramo, el pantano encharcó de cobardía la huida de los cabecillas Los trásfugas llegaron a la Villa de los Milagros con temblores de terror. 

“…Yo vi pasar por San Gil los batallones independientes, y recuerdo que la consternación y el espanto estaba pintado en los semblantes de los oficiales y soldados. Sucedía esto en el mes de febrero de 1816…”  (Cf. Florentino González. Memorias. Editorial Bedout. Medellín, 1971. Pág. 44). 

La debacle inspiró al mercenario francés Manuel Roergas de Serviez para prohibir a sus soldados recibir favores de la Virgen de Chiquinquirá, tierra de sacerdotes. (20 de abril de 1816). El 21 entró al templo y mandó bajar el sagrado cuadro de la Patrona Nacional. 

Serviez y su adicción masónica por el maligno ofició su rito de criminal herejía. Profanó el altar, se robó el lienzo, lo guardó en un cajón, lo echó sobre una mula y lo abandonó en Cáqueza. Las tropas peninsulares, al mando de Pablo Morillo, lo devolvieron con honores. 

Colombia, son 210 años de patrañas taquigrafiadas por mitómanos. Es hora de entregarle a la Reina de los Mártires la ofrenda de la verdad histórica. El acto de misericordia lo reclama la memoria de la patria.

 

 

jueves, 16 de abril de 2026

Renovar, un verbo de María

Foto Julio Ricardo Castaño Rueda

María de Chiquinquirá, misterio de la imagen renovada, nos invita a santificarnos para alcanzar la pascua eterna.
 

miércoles, 8 de abril de 2026

La resurrección de Cristo, un testimonio mariano

Basílica de San Juan de Letrán. Foto: Archivo particular

 

Para nuestra utilidad y sufragio de las santas almas del purgatorio, sépase que el pontífice Bonifacio VII concedió, y el citado Benedicto XIII confirmó, ochenta mil años de indulgencia a los que dijeren la siguiente oración

 

 

Señor mío Jesucristo, Padre dulcísimo, por el gozo que tuvo tu querida madre cuando Tú le apareciste la sagrada noche de la Resurrección, y por el gozo que tuvo cuando te vio lleno de gloria con la luz de la Divinidad, te pido que me alumbres con los dones del Espíritu Santo, para que pueda cumplir tu voluntad todos los días de mi vida: pues vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

 

Esta indulgencia está en San Juan de Letrán de Roma, para todos los fieles, puesta en un mármol.

miércoles, 25 de marzo de 2026

La interpelación a la sumisión

Foto Julio Ricardo Castaño Rueda.

 

Por Julio Ricardo Castaño Rueda

Sociedad Mariológica Colombiana

“…Si ustedes me aman, obedecerán mis mandamientos…” (Jn 14,15)

La concepción virginal de María escribió el glorioso prólogo a la historia de Jesús. El misterio de la encarnación del Verbo quedó redactado en el seno de la mujer inmaculada por la gracia del Espíritu Santo y el poder del Altísimo. Las dos fuerzas, operantes y descendentes sobre la criatura, establecieron el tabernáculo de la Santísima Trinidad en la doncella de Nazaret.
La dupla omnipotente encendió la luz de la liberación para la humanidad. Y contra ese acto sublime de la redención salvífica se levantó la trilogía opuesta al fiat: “el mundo, el demonio y la carne”. El trío de las conductas diabólicas elaboró contra Cristo las preguntas del escarnio: “…Y decían: «¿No es este Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: he bajado del cielo?” (Jn 6, 42).
La cuestión ofende la dignidad de la Virgen Madre al olvidar la profecía (Is 7,14) y contradice el Evangelio al negar la paternidad putativa de José (Lc 2,49). Ellos impugnan las santas escrituras en una actitud de herejes.
Los judíos, maestros en tergiversar la ley, sentaron un precedente de permanente insubordinación, la rebelión de los pecados. La disyuntiva abrió el sempiterno abismo entre la obediencia mariana y el cuestionamiento profano.
En conclusión, la senda estrecha de la redención ha sido plasmada y trazada con la plasticidad de la creación divina: María, Tú por tu sumisión, engendrarás un hijo, El Salvador.