Fotos Julio Ricardo Castaño Rueda
Academia de estudios marianos, fundada el 22 de septiembre de 1959 por el sacerdote alemán Richard Struve Haker, en el Santuario de Nuestra Señora de la Peña de Bogotá, con el permiso de la XIX Conferencia Episcopal Colombiana. La Revista Regina Mundi es su órgano de difusión. www.sociedadmariologicacolombiana.com
martes, 22 de septiembre de 2026
jueves, 17 de septiembre de 2026
Hijo, aquí tienes a tu Madre
| foto Julio Ricardo Castaño Rueda |
San Carlos de Foucauld (1858-1916)
“Aquí tienes a tu hijo”, dice el Señor a la Santa Virgen. Nuestro Señor le da todos los seres humanos por hijos, pidiéndole un corazón de madre para todos … Ella lo cumple y continuará toda la eternidad a cumplir con perfección incomparable este pedido de Dios, como todos sus pedidos. Seamos absolutamente seguros que ella tiene por todo ser humano un corazón maternal. Dirijámonos a esta querida Madre todopoderosa en todo lo necesario, con la total confianza de un niño a su madre. Una madre que ama infinitamente más que lo que puede amar una madre terrestre. Es una madre que puede obtener absolutamente todo de Dios, todo lo que es verdaderamente bueno para el alma…
“Aquí tienes a tu Madre”. Esto se dirige a cada
alma. Todos tenemos que tratar a la Santa Virgen como a nuestra Madre, rendirle
las atenciones que un buen hijo debe a tan buena madre: afecto, honor,
servicio, confianza. O sea, ¡todo lo que Nuestro Señor le rendía a la Santísima
Virgen! Amémosla y honrémosla, cuidándola y permaneciendo con ella en la
oración. Sirvámosla, ayudando lo mejor que podemos en las obras que ella
favorece o que se emprenden en su honor. Tengamos en ella confianza absoluta e
invoquémosla sin dudar para lo que necesitemos, en deseos, emprendimientos,
obras y acciones (…). Mostrémonos hacia ella como el más tierno de los hijos,
recordando que ello es esencial en la obediencia a Jesús y la imitación de
Jesús. En la obediencia, porque él lo pide formalmente y con solemnidad desde
lo alto de la cruz. En la imitación, porque fue siempre un hijo modelo para su
madre…
jueves, 10 de septiembre de 2026
Virgen María, ¡eres la más preciosa de las alegrías!
| Foto Julio Ricardo Castaño Rueda |
Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179). abadesa benedictina y doctora de la Iglesia
¡Oh Virgen, Diadema y Manto púrpura del Rey!
Fuente sellada, Flor que crece y se abre, tan diversa de Adán, padre de los hombres.
Salvadora del género humano, Tú que trajiste al mundo a la nueva Luz,
Reúne también a los miembros de tu Hijo, en una
celestial armonía.
¡Oh gloriosa Madre de la santa medicina!
Por tu Hijo inmaculado, tú has suavizado las
heridas amargas de la muerte, que engendra Eva con el tormento de las almas.
Has aniquilado a la muerte y construido la casa de
la vida.
¡Intercede por nosotros ante tu Hijo, Estrella del
Mar!
¡Oh Mediadora, Dispensadora de vida, joya de
nuestras fiestas!
Eres la más preciosa de las alegrías que no tendrán
fin.
Reza por nosotros, dulce Virgen María.
jueves, 3 de septiembre de 2026
Viva Cristo Rey
| Foto: Julio Ricardo Castaño Rueda |
Por Julio Ricardo Castaño Rueda
Sociedad Mariológica Colombiana
“Rey de reyes y Señor de señores” (Ap 19,16)
Los discípulos del crimen están escandalizados.
La paradoja colombiana requiere de una respuesta de emergencia porque los
legisladores de la escuadra y el compás se rasgaron el mandil.
¿Qué podría consternar a las conciencias de los guardaespaldas de la mentira? Ellos, los amantes clandestinos de la decadencia, son expertos en imponer al delito su máscara de eufemismo.
Al secuestro, tortura y depravado sometimiento por pederastia lo denominan: “reclutamiento infantil”.
A la muerte y mutilación de colombianos por medio de artefactos explosivos le llaman: “protesta social”.
La quema de policías vivos se menciona como: “reclamación de espacios de diálogo”.La lista del fratricidio es macabramente nacional porque su redacción legalista se expidió por medio del derecho al caos. Ella, la ristra, es el signo ateo de la muerte por revolución. Es el inventario del homicidio ideológico. Ente deforme y encorvado por la retrograda función del progresismo, la decadencia luciferina.
En síntesis, la respuesta, a la barahúnda de los aprendices, es el grito de liberación de los esclavos de María Santísima: “Viva Cristo Rey”.
jueves, 27 de agosto de 2026
María, tierra fecunda
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| Foto Julio Ricardo Castaño Rueda |
Santa Catalina de Siena (1347-1380)
¡María, portadora del fuego divino!
¡María! ¡María, templo de la Trinidad; María,
portadora de fuego; María dadora de misericordia! ¡María, que has hecho
germinar el fruto divino! María, colaborando en un cierto sentido con la
redención del género humano, con el Verbo que salvó al mundo, por el
sufrimiento de tu carne. Cristo fue redentor por su pasión, tú te asociaste a
él con el dolor de cuerpo y de alma.
¡María! ¡Mar tranquilo, dadora de paz, María, tierra fecunda! Eres el árbol nuevo que ha portado la flor perfumada del Verbo, Hijo Único de Dios. En ti, tierra fecunda, fue sembrado el Verbo. Eres a la vez la tierra y el árbol. María, carro de fuego, has llevado el fuego escondido y velado bajo la ceniza de tu humanidad. (…)
¡María! Dulcísimo amor, en ti está escrito el Verbo
que nos da la doctrina de la vida, eres la tabla sobre la que está gravada esta
doctrina. Grabada en ti, el Verbo lleva la cruz del santo deseo que habita en
él. A penas concebido, es llevado por el deseo de morir por la salvación de los
hombres, por los que él se encarnó. Fue una gran cruz llevar tanto tiempo un
deseo que hubiera querido realizar enseguida.
sábado, 22 de agosto de 2026
María es Reina
| Foto Julio Ricardo Castaño Rueda |
Benedicto XVI. Catequesis
Queridos hermanos y
hermanas:
Se celebra hoy la memoria
litúrgica de la Bienaventurada Virgen María invocada con el título: «Reina». Es
una fiesta de institución reciente, aunque es antiguo su origen y devoción: fue
instituida por el venerable Pío XII, en 1954, al final del Año Mariano, fijando
para su celebración la fecha del 31 de mayo (cf. Carta enc. Ad caeli Reginam, 11
de octubre de 1954: AAS 46 [1954] 625-640). En esa circunstancia el Papa dijo
que María es Reina más que cualquier otra criatura por la elevación de su alma
y por la excelencia de los dones recibidos. Ella no cesa de dispensar todos los
tesoros de su amor y de sus cuidados a la humanidad (cf. Discurso en honor de
María Reina, 1 de noviembre de 1954). Ahora, después de la reforma posconciliar
del calendario litúrgico, fue situada ocho días después de la solemnidad de la
Asunción para poner de relieve la íntima relación entre la realeza de María y
su glorificación en cuerpo y alma al lado de su Hijo. En la constitución del
concilio Vaticano II sobre la Iglesia leemos: «María fue llevada en cuerpo y
alma a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del
universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo» (Lumen gentium, 59).
Este es el fundamento de
la fiesta de hoy: María es Reina porque fue asociada a su Hijo de un modo
único, tanto en el camino terreno como en la gloria del cielo. El gran santo de
Siria, Efrén el siro, afirma, sobre la realeza de María, que deriva de su
maternidad: ella es Madre del Señor, del Rey de los reyes (cf. Is 9, 1-6) y nos
señala a Jesús como vida, salvación y esperanza nuestra. El siervo de Dios
Pablo VI recordaba en su exhortación apostólica Marialis cultus: «En la Virgen
María todo se halla referido a Cristo y todo depende de él: con vistas a él,
Dios Padre la eligió desde toda la eternidad como Madre toda santa y la adornó
con dones del Espíritu Santo que no fueron concedidos a ningún otro» (n. 25).
Pero ahora nos
preguntamos: ¿qué quiere decir María Reina? ¿Es sólo un título unido a otros?
La corona, ¿es un ornamento junto a otros? ¿Qué quiere decir? ¿Qué es esta
realeza? Como ya hemos indicado, es una consecuencia de su unión con el Hijo,
de estar en el cielo, es decir, en comunión con Dios. Ella participa en la
responsabilidad de Dios respecto al mundo y en el amor de Dios por el mundo.
Hay una idea vulgar, común, de rey o de reina: sería una persona con poder y
riqueza. Pero este no es el tipo de realeza de Jesús y de María. Pensemos en el
Señor: la realeza y el ser rey de Cristo está entretejido de humildad,
servicio, amor: es sobre todo servir, ayudar, amar. Recordemos que Jesús fue
proclamado rey en la cruz con esta inscripción escrita por Pilato: «rey de los
judíos» (cf. Mc 15, 26). En aquel momento sobre la cruz se muestra que él es
rey. ¿De qué modo es rey? Sufriendo con nosotros, por nosotros, amando hasta el
extremo, y así gobierna y crea verdad, amor, justicia. O pensemos también en
otro momento: en la última Cena se abaja a lavar los pies de los suyos. Por lo
tanto, la realeza de Jesús no tiene nada que ver con la de los poderosos de la
tierra. Es un rey que sirve a sus servidores; así lo demostró durante toda su
vida. Y lo mismo vale para María: es reina en el servicio a Dios en la
humanidad; es reina del amor que vive la entrega de sí a Dios para entrar en el
designio de la salvación del hombre. Al ángel responde: He aquí la esclava del
Señor (cf. Lc 1, 38), y en el Magníficat canta: Dios ha mirado la humildad de
su esclava (cf. Lc 1, 48). Nos ayuda. Es reina precisamente amándonos,
ayudándonos en todas nuestras necesidades; es nuestra hermana, humilde esclava.
De este modo ya hemos
llegado al punto fundamental: ¿Cómo ejerce María esta realeza de servicio y de
amor? Velando sobre nosotros, sus hijos: los hijos que se dirigen a ella en la
oración, para agradecerle o para pedir su protección maternal y su ayuda
celestial tal vez después de haber perdido el camino, oprimidos por el dolor o
la angustia por las tristes y complicadas vicisitudes de la vida. En la
serenidad o en la oscuridad de la existencia, nos dirigimos a María confiando
en su continua intercesión, para que nos obtenga de su Hijo todas las gracias y
la misericordia necesarias para nuestro peregrinar a lo largo de los caminos
del mundo. Por medio de la Virgen María, nos dirigimos con confianza a Aquel
que gobierna el mundo y que tiene en su mano el destino del universo. Ella,
desde hace siglos, es invocada como celestial Reina de los cielos; ocho veces,
después de la oración del santo Rosario, es implorada en las letanías
lauretanas como Reina de los ángeles, de los patriarcas, de los profetas, de
los Apóstoles, de los mártires, de los confesores, de las vírgenes, de todos
los santos y de las familias. El ritmo de estas antiguas invocaciones, y las
oraciones cotidianas como la Salve Regina, nos ayudan a comprender que la
Virgen santísima, como Madre nuestra al lado de su Hijo Jesús en la gloria del
cielo, está siempre con nosotros en el desarrollo cotidiano de nuestra vida.
El título de reina es,
por lo tanto, un título de confianza, de alegría, de amor. Y sabemos que la que
tiene en parte el destino del mundo en su mano es buena, nos ama y nos ayuda en
nuestras dificultades.
Queridos amigos, la
devoción a la Virgen es un componente importante de la vida espiritual. En
nuestra oración no dejemos de dirigirnos a ella con confianza. María
intercederá seguramente por nosotros ante su Hijo. Mirándola a ella, imitemos
su fe, su disponibilidad plena al proyecto de amor de Dios, su acogida generosa
de Jesús. Aprendamos a vivir como María. María es la Reina del cielo cercana a
Dios, pero también es la madre cercana a cada uno de nosotros, que nos ama y
escucha nuestra voz. Gracias por la atención.
sábado, 15 de agosto de 2026
San Juan Damasceno. Homilía II sobre la Asunción
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| Foto: archivo particular |
“¿Cómo
era posible que la que albergó a Dios en su seno fuera devorada por la muerte?
¿Cómo podía ser absorbida por el infierno? ¿Cómo la corrupción podía atreverse
a invadir el cuerpo que había recibido dentro de sí a la Vida? Todas estas
cosas en modo alguno podían afectar el alma y el cuerpo de la que fue portadora
de Dios. La muerte se llenó de temor, al contemplar a María, pues, con lo que
había acontecido Cuando atacó al Hijo de ella, aprendió a ser más prudente y
precavida”.
“Era
preciso que Aquella que, al ser Madre, había conservado intacta su virginidad,
obtuviera la incorrupción de su cuerpo después de morir. Era preciso que quien
llevó en su seno al Creador hecho niño, habitara en los divinos tabernáculos.
Era preciso que la Novia que el Padre había desposado residiera en la cámara
nupcial de los cielos. Era preciso que la que había visto a su Hijo en la cruz,
con lo cual atravesó su Corazón la espada del dolor, que no había conocido en
el parto, contemplara después a su Hijo sentado junto a Dios Padre. Era preciso
que la Madre de Dios poseyera las cosas de su Hijo y que por todas las
creaturas fuera Ella venerada como Sierva del Señor y Madre de Dios. En efecto,
las herencias pasan siempre de padres a hijos, en este caso, sin embargo,
usando las palabras de un sabio, diré que las fuentes de los ríos sagrados
lanzan el agua desde abajo hacia arriba, es decir: que el Hijo dio a su Madre
el dominio sobre lo creado”.
“Hoy, el Tesoro de la Vida y el Abismo de la Gracia (no sé con qué otras palabras podría expresarme) queda encubierto por una muerte vivificante; y, sin temor alguno, se somete a la muerte la que ha dado luz al vencedor de la muerte; aunque no sé hasta qué punto puede aplicarse el nombre de muerte a este sagrado tránsito hacia la vida, pues ¿cómo podría sujetarse a la muerte Aquella que nos ha proporcionado la verdadera vida? Acepta, sin embargo, la ley establecida por el mismo que de Ella nació y, como hija del primer Adán, se sujeta a la sentencia que había recaído sobre su padre. Efectivamente, si su Hijo, que es la vida, no rehusó la muerte, así también, a través de la muerte, la Madre del Dios Vivo es conducida a la presencia divina. Dios ciertamente había dicho: Que el primer hombre que ha sido creado no extienda la mano y tome el fruto del árbol de la vida y, comiendo de él, viva para siempre (Gn 3, 22); pero ¿cómo era posible que Aquella que había recibido en su seno al que es la vida sempiterna e indeficiente y que no tiene principio ni tendrá fin, no hubiera también Ella de vivir por todos los siglos?”.
“María
no conoció las tenebrosas rutas de la bajada a los infiernos, sino que para
Ella se dispuso un camino recto, llano y seguro hacia el cielo. En efecto, si
Cristo, que es la verdad y la vida, dijo: Donde yo estoy, allí estará también
mi servidor (Jn 12, 26), con mucha más razón, ¿no había acaso de morar junto a
Él su propia Madre? Así como Ella le dio a luz sin dolor, así también su muerte
estuvo exenta de dolores. Funestísima es la muerte de los pecadores (Sal 34,
22); de Aquella, en cambio en quien ha sido vencido el pecado, que es el
aguijón de la muerte, ¿no habremos de decir que es el principio de una vida
superior e indefectible? Si en verdad es preciosa la muerte de los santos del
Señor Dios de los ejércitos, mucho más lo es el glorioso tránsito de la Madre
de Dios”.
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