Por Julio Ricardo Castaño Rueda
Academia de estudios marianos, fundada el 22 de septiembre de 1959 por el sacerdote alemán Richard Struve Haker, en el Santuario de Nuestra Señora de la Peña de Bogotá, con el permiso de la XIX Conferencia Episcopal Colombiana. La Revista Regina Mundi es su órgano de difusión. www.sociedadmariologicacolombiana.com
jueves, 21 de mayo de 2026
La evocación, raigambre chiquinquireña
Sociedad Mariológica Colombiana
jueves, 14 de mayo de 2026
Las finanzas, las evidencias del prodigio
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| Foto Julio Ricardo Castaño Rueda |
Por Julio Ricardo Castaño Rueda
Sociedad Mariológica Colombiana
“Ustedes han recibido gratuitamente, den también
gratuitamente”. (Mt 10, 8).
Los promeseros que caminan desde Choachí hasta Chiquinquirá y los que vuelan
Camberra-Bogotá para poder visitar a la Patrona tienen algo en común. Ellos
piden un sobre blanco en el despacho del Santuario Mariano de Nuestra Señora
del Rosario de Chiquinquirá.
En esa cubierta, tan preciada para los romeros, aparecen unos renglones con
sus respectivos cuadros. La función es la de facilitar la consignación de
dinero. Las letras de molde dicen: “Limosna, manda, promesa, ofrenda, salve,
responso, intención y ofrece”.
El pequeño, pero simbólico documento, fortalece la devoción de los fieles
por la gloriosa intercesión de la Santísima Virgen María ante su Hijo, el
Redentor.
La economía, con su rigor de cifras en metal, muestra contundente el porqué
la Ciudad Promesa es la Villa de los Milagros. Nadie en su sano juicio dona sus
ahorros para el mantenimiento de un santuario donde no ocurren hechos que
glorifiquen a Dios.
Los fríos guarismos de la estadística, registrados por un tiempo de 440
años, definen que los favores recibidos no pertenecen a la manifestación
folclórica del turismo religioso o al sentimentalismo embelequero de un paseo.
Es la realidad del asombro. Exvoto significa procedente de un voto.
Las romerías se desplazan por miles de kilómetros para dejar su testimonio
de agradecimiento. La constancia es monetaria. El favor celestial no se podría
pagar con los salarios del mundo juntos. Además, el consumo de gastos se
incrementa con la logística del periplo y sus acompañantes. La inversión en
trasporte, hotel y comida puede centuplicar el costo del agradecido donativo.
En síntesis, el portento no es invento de la Iglesia ni el negocio de los sacerdotes.
La fe, virtud teologal, permite llevar una contabilidad estricta de la
misericordia Divina sin quedar endeuda con la duda.
La razón irrebatible está en una pregunta: ¿alguien entrega una dádiva en
acción de gracias por un engaño místico?
Entendido eso es bueno mirar, desde la óptica de la semántica, la herencia
hispánica de las palabras que recaudan pesos.
Limosna. Cosa, especialmente dinero, que se da a otro por caridad.
Donativo o subvención que se daba a los conventos de
Indias, con cargo a los ingresos de encomiendas y otros.
Manda.
Voto o promesa hechos a Dios, a la Virgen o a un santo.
Promesa. Ofrecimiento
hecho a Dios o a sus santos de ejecutar una obra piadosa.
Ofrenda. Don
que se dedica a Dios o a los santos, para implorar su auxilio o algo que se
desea.
Salve.
Oración con que se saluda y ruega a la Virgen María.
Responso. Responsorio que, separado del rezo, se dice
por los difuntos.
La intención y el nombre de la persona que ofrece su óbolo se convierte en
una certificación legal y pública del milagro.
jueves, 7 de mayo de 2026
María de Chiquinquirá, misterio renovado
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| Foto Julio Ricardo Castaño Rueda |
Sociedad Mariológica Colombiana
“Crea en mí, oh Dios, un corazón puro, renueva en mi
interior un espíritu firme” (Sl 51,12)
La maravillosa restauración del lienzo de la Rosa del Cielo contiene unas
etapas de mutación diseñadas por el Paráclito para un pueblo que estaba en tinieblas.
La acción sobrenatural se dividió en ciclos de materia, luz y eternidad.
Motivo: los testigos requerían comprender el prodigio.
La primera sección de ese fenómeno ocurrió en la capilla de la encomienda de Chiquinquirá, propiedad de Catalina García de Irlos viuda de Santana. Data: el 26 de diciembre de 1586 entre las ocho y nueve de la mañana. Pascua de la Navidad y fiesta de san Esteban Protomártir.
La corporeidad de lo palpable se generó cuando la tela, destruida y su imagen borrada, se renovó. Los trazos torpes de Alonso de Narváez resultaron retocados por un pincel ígneo. Los colores, naturaleza muerta, elaborados con tierras y yerbas de Boiaca (1562) mostraron tonos, volúmenes y figuras radiantes. El cuadro, cubierto por una gran refulgencia, se iluminó. La figura de la Virgen, su unigénito, y sus dos santos acompañadores retornaron a su origen universal, el de la doctrina. Los dibujos fueron plasmados para catequizar a los nativos del Nuevo Reino de Granada.
El algodón, que por más de tres lustros contuvo la composición pictórica, mostró la reparación de varios huecos, producto del oficio campestre del maltrato. Algunos agujeros permanecieron abiertos al desgarro en memoria de las llagas del Resucitado.
La dinámica de las fuerzas moldeadoras no se detuvo y desató los nudos que fijaron el bastidor a la pared de la choza. La pintura se desplazó por el aire hasta el sitio del oratorio de María Ramos. El cronista Tobar y Buendía, O.P., señaló en su tratado sobre el tema:
“…estaba
la milagrosa imagen en el suelo parada, un poco recostada, o inclinada hacia el
altar en el aire, sin que nadie la tuviera en el mismo lugar…”
La palingenesia enseñó instantes sorprendentes. Las inmutables leyes de la
química, la biología y la física estaban alteradas en su concepción funcional.
La regeneración de los pigmentos, la cabuya de los cordeles, sana, fuerte y
desamarrada. El desplazamiento aéreo del lienzo hasta el asiento con una
flotación en el éter alumbrado.
“La iluminación”, llaman todavía los ancianos venerables a Chiquinquirá. El
mote tiene su origen en aquel alucinante renovamiento. Los resplandores
lumínicos, registra la historia documentada, bañaron de luces la totalidad del recinto
sacro. El rostro de la Inmaculada quedó encendido aquel día.
El enigma de la
luminiscencia se volvió a repetir en pleno proceso jurídico sobre los hechos
ocurridos en los aposentos chiquinquireños.
El 31 de julio de
1588,
el
padre Gonzalo Gallegos acompañado del notario, Bartolomé Hernández de Molina,
mandó comparecer como testigos de la inexplicable iluminación del cuadro de
Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá a Petronila del Valle, mujer de Juan
Ruiz Meléndez, vecino de la ciudad de Muzo, a Juan López de Lozada y a la viuda
Catalina del Valle entre otros conspicuos personajes. Además, el 5 y 6 de enero
de 1589 una nube resplandeciente, con gran luz, cubrió la estancia.
“…La gloria del Señor brilla sobre ti…” (Is 60, 1).
La luminosidad
volvió para estupor de los creyentes que visitaban la basílica de Chiquinquirá
(Boyacá). La brillantez se presentó en dos plazos puntuales. El 5 de julio de
1985, fiesta de san Antonio María Zacarria gran reformador de costumbres
pecaminosas y el 26 de marzo de 1999, Viernes de Dolores.
El período postrero es un acto perenne porque son los prodigios. A la
fecha, son 440 años de favores celestiales. La Villa de los Milagros extendió
su fama benefactora por el orbe católico y más allá. Las decenas de
generaciones, colombianas y foráneas, así lo certifican.
La conversión del alma del promesero, a través del gozo íntimo de los
sacramentos, es el proceso restaurador de una esperanza de salvación sin
tregua. Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, nombre castellano y muisca,
tiene en su tríptico trazo una invitación perentoria a la pascua perpetua, la
variable sin espacio ni tiempo del hombre justo.
La intercesión de María Santísima cumple con indicar el paso del deterioro moral a la restauración del neuma por medio de una heroica santidad. Es la voluntad de Dios, su Padre. Ella es la senda de perfectísima bondad para llegar al Corazón de Jesús, su Hijo. La maternidad divina protege a la inmortalidad redimida para alcanzar la beatitud por la gracia del Espíritu Santo, su esposo.
Esos arcanos conceptos están escritos en la manta renovada. Las almas mancilladas
por la dictadura del pecado vuelven en un instante misericordioso al esplendor del
bautismo. La oscuridad del yerro, tiniebla injertada en la conducta, muere ante
el relámpago de una bendición iluminada. Ego te absolvo a peccatis tuis.
Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá enseña, con su humilde silencio
de esclava, la opción fascinante de vivir en la alegría superior e intocable de
la pascua por renovación.
viernes, 1 de mayo de 2026
La Patrona, la pintura de un platero
| Foto Julio Ricardo Castaño Rueda |
Por Julio Ricardo Castaño Rueda
Sociedad Mariológica Colombiana
“Dios le ha dado sabiduría, inteligencia y una gran
capacidad creativa para hacer diseños en oro, plata y bronce…” (Ex 35 31,32).
Alonso de Narváez, un orfebre andaluz radicado en Tunja,
entró en la historia del arte neogranadino por causa de un milagro. Su destreza
técnica no le alcanzó para escalar la cima de la celebridad.
El artífice, en cambio, tenía buenas relaciones con los
frailes de Santo Domingo. En julio de 1560 estuvo de testigo en un contrato de
compraventa de un solar que el prior, fray Juan Tomás de Mendoza O.P, compró a
Catalina de Robles, viuda de Alonso de Aguilar. (Cf. Fray Alberto Ariza, O.P.
Los dominicos en Colombia. Tomo I. Pág. 577).
En 1562, la selecta amistad lo condujo hasta el hermano cooperador, fray Andrés de Jadraque, O.P. Este lo invitó a solucionarle un inconveniente al encomendero de Suta Antonio de Santana que tenía pendiente el altar de la capilla, lugar vital para la catequesis.
Los tres protagonistas, Alonso, Andrés y Antonio, optaron por diseñar una imagen de la Virgen del Rosario en una manta de algodón, manufactura muisca. La tosca mano, para el cerdamen, plasmó la figura de María Santísima y rompió las reglas de la iconografía sacra. El joyero se limitó a ejecutar las órdenes del cliente apoyadas en 20 pesos oro. El improvisado artista colocó a san Antonio de Padua a la diestra de Nuestra Señora y a san Andrés Apóstol a la izquierda. La trilogía de los bocetos fue repasada con las técnicas del temple acompañadas con tinturas de yerbas y tierras de barranco boyacense.
El yerro de la composición pictórica espacial provocó
corrosivos comentarios por parte de la elite social, seguidora del Concilio de
Trento. El desatino de Narváez confirmó porque su nacionalidad no le dio cabida
en los salones de su Majestad Felipe II, el Prudente.
La construcción del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, escuela de inspiración, tuvo en su nómina a los gigantes del talento. A ellos los iluminó el cretense Doménikos Theotokópoulos, el Greco, (1541–1614). Sus figuras alargadas marcarían un derrotero para movimientos posteriores. Trascendental para el modernismo.
A ese equipo de genios se sumó el artista extremeño de
marcado interés por la práctica religiosa. Lo apodaron el Divino, Luis de
Morales (1509–1586). La época del esplendor aceptó al retratista Alonso Sánchez
Coello (1531–1588), discípulo de Antonio Moro. La fila de gente dotada de una
sensibilidad superior para la expresión artística renacentista incluyó a Juan
Fernández de Navarrete, el Mudo, (1526–1579) y la resumida lista de luminarias
no contiene la membresía de Narváez. La aristocracia de la maestría jamás lo invitó
a sus escuelas, tertulias ni talleres. La razón era puramente de habilidad
natural, Alonso nació sin el don de la genialidad. Era indigno de tan altos caballetes.
Alonso de Narváez murió (1583) sin dejarle un legado a
las nacientes urbes del Nuevo Reino de Granada. Su constante lejanía de la ciencia
del esbozo así lo confirmó. La época motivó a otros extranjeros para presentar sus
creaciones con éxito permanente. Angelino Medoro, pintor romano, vivió en Tunja
y Santafé de Bogotá entre 1587 y 1589, a él se sumó fray Pedro Bedón, religioso
quiteño. Laboró en Tunja entre 1593 y 1598. Esa palestra de afamados la
redondeó el español Baltasar de Figueroa, el Viejo, que brilló en Turmequé a
finales del siglo XVI. Este se volvió pionero de un plantel de formidables pinceles.
Al cierre de esa explicación, que colocó al desconocido entre dos mares de tinturas,
recuerda que Alonso de Narváez era de profesión orive. Así lo afirma la
documentación histórica.
“Alonso de Narváez era oriundo
de Alcalá de Guadaira. Era hijo de Hernando de Alma y de Mencía de Narváez. Se casó con Ana de Prado y fue padre de diez
hijos. Juan de Narváez y Alonso de Narváez y Agustín de Narváez y Antonio de
Narváez y Sevastián de Narváez e María de Narváez muger de Nicolás de Bermeo e
Ysabel de Guevara y Ana de Narváez e Jerónima de Narváez y Úrsula de Narváez,
mys hijos legítimos, y de la dicha Ana de Prado mi muger. De profesión platero”. (Cf. Archivo Histórico
Regional de Tunja. Fondo Protocolo Notarial. Volumen 11. Año 1583.Folios
336r-342r. Folio 340v).
A esa semblanza habría que agregar su inclinación al dibujo de urgencia porque una familia numerosa requería de un dinero extra para su mantenimiento. La ficha de su oficio contiene: técnica: temple sobre algodón. Dimensiones: 1,25 x 1,19 m. Tamaño de las figuras: La Virgen de Chiquinquirá 1,05 m de alto. San Antonio de Padua 1,04 m de alto y san Andrés 90 cm de alto.
El único fruto sólo sirvió en los primeros años de la
evangelización en la capilla doctrinera de Suta. Su vida útil escasamente
alcanzó a los 16 años (1562-1578). Al final, el cura Juan Alemán de Leguizamón,
quitó del templo la imagen de la Virgen del Rosario y sus edecanes porque
estaba borrosa y deteriorada. La pieza era indigna de presidir la santa misa.
La vejez del algodón, la humedad del recinto y el descuido de los catecúmenos
había arruinado el lienzo.
Su cuadro quedó condenado al trajín de los olvidos coloniales. Ni soñar con la categoría de “maravilla de un solo golpe” (one hit wonder). A nadie de la Ciudad Madre se le ocurrió volver a solicitarle sus favores de aficionado al bosquejo. Lo cual abarcó a sus antiguos contratistas. Alonso de Narváez era vecino de Catalina García de Irlos, esposa del encomendero Antonio de Santana.
“…El matrimonio, Narváez-Prado, adquirió hacia 1580 unas
casas en la ciudad de Tunja, una de ellas lindaba con la vivienda de Martín de
Serena y la otra con la de la encomendera Catalina García de Yrlos. Los
edificios habían pertenecido a Francisco Suárez de Mecina a quien pagó la
cantidad de 870 pesos de oro corriente por ellas…” (Cf. Guadalupe Romero
Sánchez. Alonso de Narváez pintor andaluz
establecido en Tunja. Andalucía en América, arte, cultura y sincretismo
estético. Editorial Universidad de Granada, 2011).
“…santísima yglezia mayor desa çibdad, en la sepultura que allí tengo, y quiero que mi cuerpo vaya arrebestido (sic) con el ábito de señor Santo Domyngo…” (Cf. Archivo Histórico Regional de Tunja (Boyacá). Fondo Protocolo Notarial. Volumen 11. Año 1583. Folio 336r). Falleció en la ciudad de Tunja. (12 de octubre de 1583. Sus exequias fueron el 29).
martes, 21 de abril de 2026
Manuel Serviez, el sacrílego
| Foto Julio Ricardo Castaño Rueda |
Por Julio Ricardo Castaño Rueda
Sociedad Mariológica
Colombiana
La Colombia de María, la nación heroica, tiene una deuda bicentenaria con Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá.
La debacle institucional de las Provincias Unidas de la Nueva Granada diseñó el apogeo de la insania. El poder ejecutivo, el triunvirato, nombró al abogado Custodio García Rovira “general”. El apodado combatió contra los cazadores de Sebastián de la Calzada apoyado en una mesnada de labriegos. Cachirí, 22 de febrero de 1816.
La masacre de los rústicos incautos formó una laguna de sangre en el páramo, el pantano encharcó de cobardía la huida de los cabecillas Los trásfugas llegaron a la Villa de los Milagros con temblores de terror.
“…Yo vi pasar por San Gil los batallones independientes, y recuerdo que la consternación y el espanto estaba pintado en los semblantes de los oficiales y soldados. Sucedía esto en el mes de febrero de 1816…” (Cf. Florentino González. Memorias. Editorial Bedout. Medellín, 1971. Pág. 44).
La debacle inspiró al mercenario francés Manuel Roergas de Serviez para prohibir a sus soldados recibir favores de la Virgen de Chiquinquirá, tierra de sacerdotes. (20 de abril de 1816). El 21 entró al templo y mandó bajar el sagrado cuadro de la Patrona Nacional.
Serviez y su adicción masónica por el maligno ofició su rito de criminal herejía. Profanó el altar, se robó el lienzo, lo guardó en un cajón, lo echó sobre una mula y lo abandonó en Cáqueza. Las tropas peninsulares, al mando de Pablo Morillo, lo devolvieron con honores.
Colombia,
son 210 años de patrañas taquigrafiadas por mitómanos. Es hora de entregarle a la
Reina de los Mártires la ofrenda de la verdad histórica. El acto de misericordia
lo reclama la memoria de la patria.
jueves, 16 de abril de 2026
Renovar, un verbo de María
miércoles, 8 de abril de 2026
La resurrección de Cristo, un testimonio mariano
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| Basílica de San Juan de Letrán. Foto: Archivo particular |
Para nuestra utilidad y
sufragio de las santas almas del purgatorio, sépase que el pontífice Bonifacio VII
concedió, y el citado Benedicto XIII confirmó, ochenta mil años de indulgencia
a los que dijeren la siguiente oración
Señor mío Jesucristo, Padre
dulcísimo, por el gozo que tuvo tu querida madre cuando Tú le apareciste la
sagrada noche de la Resurrección, y por el gozo que tuvo cuando te vio lleno
de gloria con la luz de la Divinidad, te pido que me alumbres con los dones del
Espíritu Santo, para que pueda cumplir tu voluntad todos los días de mi vida:
pues vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
Esta indulgencia está en
San Juan de Letrán de Roma, para todos los fieles, puesta en un mármol.



