jueves, 17 de septiembre de 2026

Hijo, aquí tienes a tu Madre

 foto  Julio Ricardo Castaño Rueda

 

San Carlos de Foucauld (1858-1916)



“Aquí tienes a tu hijo”, dice el Señor a la Santa Virgen. Nuestro Señor le da todos los seres humanos por hijos, pidiéndole un corazón de madre para todos … Ella lo cumple y continuará toda la eternidad a cumplir con perfección incomparable este pedido de Dios, como todos sus pedidos. Seamos absolutamente seguros que ella tiene por todo ser humano un corazón maternal. Dirijámonos a esta querida Madre todopoderosa en todo lo necesario, con la total confianza de un niño a su madre. Una madre que ama infinitamente más que lo que puede amar una madre terrestre. Es una madre que puede obtener absolutamente todo de Dios, todo lo que es verdaderamente bueno para el alma…


“Aquí tienes a tu Madre”. Esto se dirige a cada alma. Todos tenemos que tratar a la Santa Virgen como a nuestra Madre, rendirle las atenciones que un buen hijo debe a tan buena madre: afecto, honor, servicio, confianza. O sea, ¡todo lo que Nuestro Señor le rendía a la Santísima Virgen! Amémosla y honrémosla, cuidándola y permaneciendo con ella en la oración. Sirvámosla, ayudando lo mejor que podemos en las obras que ella favorece o que se emprenden en su honor. Tengamos en ella confianza absoluta e invoquémosla sin dudar para lo que necesitemos, en deseos, emprendimientos, obras y acciones (…). Mostrémonos hacia ella como el más tierno de los hijos, recordando que ello es esencial en la obediencia a Jesús y la imitación de Jesús. En la obediencia, porque él lo pide formalmente y con solemnidad desde lo alto de la cruz. En la imitación, porque fue siempre un hijo modelo para su madre…
 

jueves, 10 de septiembre de 2026

Virgen María, ¡eres la más preciosa de las alegrías!

Foto Julio Ricardo Castaño Rueda

Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179). abadesa benedictina y doctora de la Iglesia


¡Oh Virgen, Diadema y Manto púrpura del Rey!
Fuente sellada, Flor que crece y se abre, tan diversa de Adán, padre de los hombres.
Salvadora del género humano, Tú que trajiste al mundo a la nueva Luz,
Reúne también a los miembros de tu Hijo, en una celestial armonía.
¡Oh gloriosa Madre de la santa medicina!
Por tu Hijo inmaculado, tú has suavizado las heridas amargas de la muerte, que engendra Eva con el tormento de las almas.
Has aniquilado a la muerte y construido la casa de la vida.
¡Intercede por nosotros ante tu Hijo, Estrella del Mar!
¡Oh Mediadora, Dispensadora de vida, joya de nuestras fiestas!
Eres la más preciosa de las alegrías que no tendrán fin.
Reza por nosotros, dulce Virgen María.
    

jueves, 3 de septiembre de 2026

Viva Cristo Rey

Foto: Julio Ricardo Castaño Rueda

 

 

Por Julio Ricardo Castaño Rueda

Sociedad Mariológica Colombiana

 

“Rey de reyes y Señor de señores” (Ap 19,16)

 

Los discípulos del crimen están escandalizados.


La paradoja colombiana requiere de una respuesta de emergencia porque los legisladores de la escuadra y el compás se rasgaron el mandil.

¿Qué podría consternar a las conciencias de los guardaespaldas de la mentira?  Ellos, los amantes clandestinos de la decadencia, son expertos en imponer al delito su máscara de eufemismo.

Al secuestro, tortura y depravado sometimiento por pederastia lo denominan: “reclutamiento infantil”.

A la muerte y mutilación de colombianos por medio de artefactos explosivos le llaman: “protesta social”.

La quema de policías vivos se menciona como: “reclamación de espacios de diálogo”.La lista del fratricidio es macabramente nacional porque su redacción legalista se expidió por medio del derecho al caos. Ella, la ristra, es el signo ateo de la muerte por revolución. Es el inventario del homicidio ideológico. Ente deforme y encorvado por la retrograda función del progresismo, la decadencia luciferina.

En síntesis, la respuesta, a la barahúnda de los aprendices, es el grito de liberación de los esclavos de María Santísima: “Viva Cristo Rey”.

jueves, 27 de agosto de 2026

María, tierra fecunda

Foto Julio Ricardo Castaño Rueda

 

Santa Catalina de Siena (1347-1380)


¡María, portadora del fuego divino!

¡María! ¡María, templo de la Trinidad; María, portadora de fuego; María dadora de misericordia! ¡María, que has hecho germinar el fruto divino! María, colaborando en un cierto sentido con la redención del género humano, con el Verbo que salvó al mundo, por el sufrimiento de tu carne. Cristo fue redentor por su pasión, tú te asociaste a él con el dolor de cuerpo y de alma.

¡María! ¡Mar tranquilo, dadora de paz, María, tierra fecunda! Eres el árbol nuevo que ha portado la flor perfumada del Verbo, Hijo Único de Dios. En ti, tierra fecunda, fue sembrado el Verbo. Eres a la vez la tierra y el árbol. María, carro de fuego, has llevado el fuego escondido y velado bajo la ceniza de tu humanidad. (…)


¡María! Dulcísimo amor, en ti está escrito el Verbo que nos da la doctrina de la vida, eres la tabla sobre la que está gravada esta doctrina. Grabada en ti, el Verbo lleva la cruz del santo deseo que habita en él. A penas concebido, es llevado por el deseo de morir por la salvación de los hombres, por los que él se encarnó. Fue una gran cruz llevar tanto tiempo un deseo que hubiera querido realizar enseguida.
 

sábado, 22 de agosto de 2026

María es Reina

Foto Julio Ricardo Castaño Rueda

 Benedicto XVI. Catequesis

Queridos hermanos y hermanas:
 
Se celebra hoy la memoria litúrgica de la Bienaventurada Virgen María invocada con el título: «Reina». Es una fiesta de institución reciente, aunque es antiguo su origen y devoción: fue instituida por el venerable Pío XII, en 1954, al final del Año Mariano, fijando para su celebración la fecha del 31 de mayo (cf. Carta enc. Ad caeli Reginam, 11 de octubre de 1954: AAS 46 [1954] 625-640). En esa circunstancia el Papa dijo que María es Reina más que cualquier otra criatura por la elevación de su alma y por la excelencia de los dones recibidos. Ella no cesa de dispensar todos los tesoros de su amor y de sus cuidados a la humanidad (cf. Discurso en honor de María Reina, 1 de noviembre de 1954). Ahora, después de la reforma posconciliar del calendario litúrgico, fue situada ocho días después de la solemnidad de la Asunción para poner de relieve la íntima relación entre la realeza de María y su glorificación en cuerpo y alma al lado de su Hijo. En la constitución del concilio Vaticano II sobre la Iglesia leemos: «María fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo» (Lumen gentium, 59).
 
Este es el fundamento de la fiesta de hoy: María es Reina porque fue asociada a su Hijo de un modo único, tanto en el camino terreno como en la gloria del cielo. El gran santo de Siria, Efrén el siro, afirma, sobre la realeza de María, que deriva de su maternidad: ella es Madre del Señor, del Rey de los reyes (cf. Is 9, 1-6) y nos señala a Jesús como vida, salvación y esperanza nuestra. El siervo de Dios Pablo VI recordaba en su exhortación apostólica Marialis cultus: «En la Virgen María todo se halla referido a Cristo y todo depende de él: con vistas a él, Dios Padre la eligió desde toda la eternidad como Madre toda santa y la adornó con dones del Espíritu Santo que no fueron concedidos a ningún otro» (n. 25).
 
Pero ahora nos preguntamos: ¿qué quiere decir María Reina? ¿Es sólo un título unido a otros? La corona, ¿es un ornamento junto a otros? ¿Qué quiere decir? ¿Qué es esta realeza? Como ya hemos indicado, es una consecuencia de su unión con el Hijo, de estar en el cielo, es decir, en comunión con Dios. Ella participa en la responsabilidad de Dios respecto al mundo y en el amor de Dios por el mundo. Hay una idea vulgar, común, de rey o de reina: sería una persona con poder y riqueza. Pero este no es el tipo de realeza de Jesús y de María. Pensemos en el Señor: la realeza y el ser rey de Cristo está entretejido de humildad, servicio, amor: es sobre todo servir, ayudar, amar. Recordemos que Jesús fue proclamado rey en la cruz con esta inscripción escrita por Pilato: «rey de los judíos» (cf. Mc 15, 26). En aquel momento sobre la cruz se muestra que él es rey. ¿De qué modo es rey? Sufriendo con nosotros, por nosotros, amando hasta el extremo, y así gobierna y crea verdad, amor, justicia. O pensemos también en otro momento: en la última Cena se abaja a lavar los pies de los suyos. Por lo tanto, la realeza de Jesús no tiene nada que ver con la de los poderosos de la tierra. Es un rey que sirve a sus servidores; así lo demostró durante toda su vida. Y lo mismo vale para María: es reina en el servicio a Dios en la humanidad; es reina del amor que vive la entrega de sí a Dios para entrar en el designio de la salvación del hombre. Al ángel responde: He aquí la esclava del Señor (cf. Lc 1, 38), y en el Magníficat canta: Dios ha mirado la humildad de su esclava (cf. Lc 1, 48). Nos ayuda. Es reina precisamente amándonos, ayudándonos en todas nuestras necesidades; es nuestra hermana, humilde esclava.
 
De este modo ya hemos llegado al punto fundamental: ¿Cómo ejerce María esta realeza de servicio y de amor? Velando sobre nosotros, sus hijos: los hijos que se dirigen a ella en la oración, para agradecerle o para pedir su protección maternal y su ayuda celestial tal vez después de haber perdido el camino, oprimidos por el dolor o la angustia por las tristes y complicadas vicisitudes de la vida. En la serenidad o en la oscuridad de la existencia, nos dirigimos a María confiando en su continua intercesión, para que nos obtenga de su Hijo todas las gracias y la misericordia necesarias para nuestro peregrinar a lo largo de los caminos del mundo. Por medio de la Virgen María, nos dirigimos con confianza a Aquel que gobierna el mundo y que tiene en su mano el destino del universo. Ella, desde hace siglos, es invocada como celestial Reina de los cielos; ocho veces, después de la oración del santo Rosario, es implorada en las letanías lauretanas como Reina de los ángeles, de los patriarcas, de los profetas, de los Apóstoles, de los mártires, de los confesores, de las vírgenes, de todos los santos y de las familias. El ritmo de estas antiguas invocaciones, y las oraciones cotidianas como la Salve Regina, nos ayudan a comprender que la Virgen santísima, como Madre nuestra al lado de su Hijo Jesús en la gloria del cielo, está siempre con nosotros en el desarrollo cotidiano de nuestra vida.
 
El título de reina es, por lo tanto, un título de confianza, de alegría, de amor. Y sabemos que la que tiene en parte el destino del mundo en su mano es buena, nos ama y nos ayuda en nuestras dificultades.
 
Queridos amigos, la devoción a la Virgen es un componente importante de la vida espiritual. En nuestra oración no dejemos de dirigirnos a ella con confianza. María intercederá seguramente por nosotros ante su Hijo. Mirándola a ella, imitemos su fe, su disponibilidad plena al proyecto de amor de Dios, su acogida generosa de Jesús. Aprendamos a vivir como María. María es la Reina del cielo cercana a Dios, pero también es la madre cercana a cada uno de nosotros, que nos ama y escucha nuestra voz. Gracias por la atención.

sábado, 15 de agosto de 2026

San Juan Damasceno. Homilía II sobre la Asunción

Foto: archivo particular

“¿Cómo era posible que la que albergó a Dios en su seno fuera devorada por la muerte? ¿Cómo podía ser absorbida por el infierno? ¿Cómo la corrupción podía atreverse a invadir el cuerpo que había recibido dentro de sí a la Vida? Todas estas cosas en modo alguno podían afectar el alma y el cuerpo de la que fue portadora de Dios. La muerte se llenó de temor, al contemplar a María, pues, con lo que había acontecido Cuando atacó al Hijo de ella, aprendió a ser más prudente y precavida”.
“Era preciso que Aquella que, al ser Madre, había conservado intacta su virginidad, obtuviera la incorrupción de su cuerpo después de morir. Era preciso que quien llevó en su seno al Creador hecho niño, habitara en los divinos tabernáculos. Era preciso que la Novia que el Padre había desposado residiera en la cámara nupcial de los cielos. Era preciso que la que había visto a su Hijo en la cruz, con lo cual atravesó su Corazón la espada del dolor, que no había conocido en el parto, contemplara después a su Hijo sentado junto a Dios Padre. Era preciso que la Madre de Dios poseyera las cosas de su Hijo y que por todas las creaturas fuera Ella venerada como Sierva del Señor y Madre de Dios. En efecto, las herencias pasan siempre de padres a hijos, en este caso, sin embargo, usando las palabras de un sabio, diré que las fuentes de los ríos sagrados lanzan el agua desde abajo hacia arriba, es decir: que el Hijo dio a su Madre el dominio sobre lo creado”.

“Hoy, el Tesoro de la Vida y el Abismo de la Gracia (no sé con qué otras palabras podría expresarme) queda encubierto por una muerte vivificante; y, sin temor alguno, se somete a la muerte la que ha dado luz al vencedor de la muerte; aunque no sé hasta qué punto puede aplicarse el nombre de muerte a este sagrado tránsito hacia la vida, pues ¿cómo podría sujetarse a la muerte Aquella que nos ha proporcionado la verdadera vida? Acepta, sin embargo, la ley establecida por el mismo que de Ella nació y, como hija del primer Adán, se sujeta a la sentencia que había recaído sobre su padre. Efectivamente, si su Hijo, que es la vida, no rehusó la muerte, así también, a través de la muerte, la Madre del Dios Vivo es conducida a la presencia divina. Dios ciertamente había dicho: Que el primer hombre que ha sido creado no extienda la mano y tome el fruto del árbol de la vida y, comiendo de él, viva para siempre (Gn 3, 22); pero ¿cómo era posible que Aquella que había recibido en su seno al que es la vida sempiterna e indeficiente y que no tiene principio ni tendrá fin, no hubiera también Ella de vivir por todos los siglos?”.


“María no conoció las tenebrosas rutas de la bajada a los infiernos, sino que para Ella se dispuso un camino recto, llano y seguro hacia el cielo. En efecto, si Cristo, que es la verdad y la vida, dijo: Donde yo estoy, allí estará también mi servidor (Jn 12, 26), con mucha más razón, ¿no había acaso de morar junto a Él su propia Madre? Así como Ella le dio a luz sin dolor, así también su muerte estuvo exenta de dolores. Funestísima es la muerte de los pecadores (Sal 34, 22); de Aquella, en cambio en quien ha sido vencido el pecado, que es el aguijón de la muerte, ¿no habremos de decir que es el principio de una vida superior e indefectible? Si en verdad es preciosa la muerte de los santos del Señor Dios de los ejércitos, mucho más lo es el glorioso tránsito de la Madre de Dios”.
  

jueves, 6 de agosto de 2026

Nuestra Señora de la ermita, la recoleta y la parroquia

 

Foto Julio Ricardo Castaño Rueda.


Por Julio Ricardo Castaño Rueda

Sociedad Mariológica Colombiana

 

“Os rociaré con agua pura y quedaréis purificados; de todas vuestras impurezas” (Ez 36, 25). 

 

Nuestra Señora de Las Aguas le pertenece a Santafé de Bogotá por su historia donde se yuxtaponen la mariológica con la gomia.


La piadosa imagen surgió, quizás, de una crisis de soledad del bachiller Juan Cotrina. El diplomado, hijo de Juan Cotrina Topete y Elvira Valero, nació en Tunja. Contrajo nupcias con Francisca de Tabita y Pizarro en Pamplona. Su vida marital la sustentó el comercio apoyado por sus talentos musicales. Fue padre de dos hijos. El primero, un varón, murió de niño y su hija tomó los hábitos en el Convento de Santa Clara. Al fallecer su esposa, se ordenó sacerdote. La devoción mariana del presbítero requería de un oratorio. El buen cura boyacense optó por adquirir las casas y huerta de Juan Zapiain por la suma de 1200 patacones.  La heredad, lejana del orden urbano, estaba ubicada en la ladera del cerro de Guadalupe a un kilómetro de la Catedral Primada. Cumplido el trámite de compraventa pasó, en 1644, a solicitarle al arzobispo fray Cristóbal de Torres, O.P., una licencia para fundar una capilla, bajo la tutela de la Virgen de Las Aguas, en aquella tierra vecina del camino real de Ubaque.

La advocación tan bogotanísima no tuvo un origen divino sino benévolamente humano. El presbítero Juan Cotrina Valero la ideó junto a las orillas cristalinas del río San Francisco y la plasmó en un lienzo el artista capitalino Antonio Acero de la Cruz, 1646.

El delicado pincel trazó una figura de María Santísima coronada por dos ángeles. Sostiene en su mano derecha una camándula. El brazo izquierdo expone a su unigénito desnudo portador de la santa cruz.  La Virgen reposa sentada sobre una media luna sostenida entre nubes por los querubes. La contemplan extasiados los jesuitas san Francisco Javier y san Ignacio de Loyola. El cuadro fue testigo de vicisitudes.

Cotrina soportó las demoras en la diligencia eclesial y los costos arquitectónicos. Eso le permitió madurar una oferta. Él recurrió al señor arzobispo de Torres para prometerle cuidar la naciente efigie y asegurarle testar en favor de la Virgen de Las Aguas. Ante la belleza del trazo iconográfico decidió volverse su primer devoto. Así, sin más que su fe en el sueño dibujado. Los favores celestiales pronto se materializaron de forma tal que la modesta ermita se convirtió en convento. Cotrina invitó a varios amigos sacerdotes para vivir en una recoleta bajo la disciplina de la Congregación del Oratorio, legado de san Felipe Neri.

El apoyo económico para la monástica tarea llegó de los bienes de la encomendera de Santiago de Chocontá, doña María Arias de Ugarte, ella le donó 2000 pesos. La dadivosa dama santafereña permitió con su aporte que varias copias fueran enviadas a peregrinar por el Nuevo Reino de Granada. Las pinturas volvieron cargadas con alhajas y oro. Las riquezas se invirtieron en la tarea ornamental y espacial del oratorio. La Madre de Dios obtuvo rápidamente el título de milagrosa.

Mientras la devoción crecía, los convidados al claustro decrecían. Los presbíteros no perseveraron en la regla. El novato abad optó por entregar el fruto de sus esfuerzos a la Orden de Predicadores. El 12 de septiembre de 1665 Cotrina le donó su claustro a fray Carlos Melgarejo, O.P. Requisito sine qua non terminar las estructuras del inmueble. La comunidad dejó pasar un lustro sin cumplir el compromiso. Incluso se llegó a rumorar que la Virgen de Las Aguas sería traslada para el Convento de Nuestra Señora del Rosario donde recibiría el culto de hiperdulía. La habladuría lo impulsó a negarles el regalo a los frailes. El pleito jurídico se atascó en las barandas del juzgado. 

El fiduciario de Cotrina, padre Juan Salvador Salgado, usó los recursos legales vigentes para revocarles el dominio. La contrarréplica la dio el capítulo dominicano de 1670. Allí se expidió la patente de aceptación de la donación siendo maestro general fray Juan Tomás de Rocaberti, O.P., y se tituló Convento de Nuestra Señora del Rosario de Las Aguas.

A la muerte de Cotrina (1680), el litigio de Salgado siguió su parsimoniosa demanda ante el recién posesionado arzobispo de Santafé, Antonio Sanz de Lozano, 1681. El prelado favoreció a los intereses del demandante. Los religiosos apelaron a la Santa Sede donde el recurso fue negado. El motivo estaba redactado de antaño por un santo padre.

“Breve del señor Gregorio XIII concedido a instancias del Rey, emitido el 26 de febrero de 1573 a petición del rey Felipe II. Este documento estableció que las apelaciones de juicios eclesiásticos en América no debían elevarse directamente a Roma, sino que serían conocidas y resueltas por los obispos sufragáneos y metropolitanos”.

El moroso asunto terminó con dos hechos de trámite formal. Primero, la curia no reconoció la personería del albacea y segundo este murió. Entonces, el capellán de la iglesia en litigio cedió sus derechos a los dominicos quedando ellos en la posesión del Convento y Capellanía de Nuestra Señora de Las Aguas. El arzobispo, Ignacio de Urbina, O. S.H., proveyó el auto que entregó la ermita a los padres de Santo Domingo, 25 de septiembre de 1690.

Los frailes predicadores consolidaron el culto por la Virgen del Rosario de Las Aguas en los siguientes 112 años.  Para 1802 se terminó de adecuar, junto al convento, un hospital de virolentos. El virrey Pedro Mendinueta y Múzquiz enfrentó la peste de la viruela con este dispensario. Superada la emergencia sanitaria los dominicos regresaron a su claustro, 24 de junio de 1804. Los religiosos tuvieron que desalojar porque el virrey reformador, Antonio José Amar y Borbón, destinó los espacios para hospital militar, 1810. El cambio de uso permitió acoger a las tropas del León de Sampayo, Pablo Morillo, 1816. Las yacijas españolas fueron ocupadas por los soldados heridos y vencedores en Boyacá, 1819.

La rutina de sangre y agonías en aquel territorio de Nuestra Señora de Las Aguas debió acrecentar el número de fieles. Muchos dados de alta partieron agradecidos con la Inmaculada, Salud de los Enfermos, vecina misericordiosa de sus angustias y padecimientos. El siglo XIX, con sus pugnas civiles, trajo súplicas urgentísimas a los pies de la Patrona para que intercediera por los pecados de los conscriptos moribundos. La pequeña iglesia, testigo del horror del hospital de guerra, tuvo su ingreso a la Arquidiócesis de Bogotá. Monseñor Vicente Arbeláez expidió el decreto para erigirla en parroquia, 16 de diciembre de 1882. En 1893, la Congregación de Nuestra Señora de la Caridad del Buen Pastor llegó en apoyo doctrinal del naciente curato y del contiguo asilo y centro de reclusión para mujeres. Así, la feligresía trasmitió su fidelidad a la Santísima Virgen María a la siguiente generación y centuria.

Entre la liturgia de los oficios sacros pervivió, en la santa morada, una leyenda de rancio sabor al ajiaco rolo. La narración llegó por entre los tejidos de la tradición oral. La matrona Elvira Hinestrosa, vecina de la casa cural, les contó a sus nietos sobre el Espeluco de las Aguas, versión tomada del literato Torres Torrente. La abuela, sentada junto al brevo cuyas hojas acorazonadas sombreaban la carbonera de la casona, relató de memoria:

“Hace muchos años vivía, en la calle del Pecado Mortal, una bellísima joven de tez blanca. La muchacha poseía todas las perfecciones y gracias que la feminidad puede albergar. Dotada de una linda y voluminosa cabellera rubia dejaba pasmados a sus cuatro pretendientes. Ella, mozuela y vanidosa, solía ufanarse de su seductora melena. Un día, mientras se cepillaba en su alcoba, tuvo la osadía de exclamar, repleta de soberbia, ante el espejo: ‘Ni la Virgen de Las Aguas tiene una cabellera tan bella como la mía’.


La blasfemia fue castigada eternamente. La manceba se convirtió en una medusa indiana. Sus sedosos cabellos eran un revoltijo de asquerosas serpientes con feroces siseos. El piso de su vestidor se rompió ante el abismo. La tierra crujió y expelió un insoportable humo con hedor sulfuroso. Un demonio, disfrazado de monje, surgió del averno y cogió a la pobre niña por la cintura. Se la cargó para el quinto pailón. Desaparecida la moza, la fetidez y la jumareda con su estantigua mefistofélica se desvaneció de la estancia. Secuestro de sierpe, sin fin. El sosiego paramuno regresó a la Parroquia de la Virgen de Las Aguas y a las lenguas de gatuperio”.

La terrorífica escena del rapto de la mechuda engreída fue llevado a un lienzo. La tela estuvo colgada en una de las paredes del templo hasta 1860. En esa época, el cuadro pasó a un museo particular del general Carlos José Espinosa donde se le perdió el rastro al símbolo de las zalagardas del maligno.

En 1994, en una pesquisa de este cronista a los tesoros de la capilla se halló, entre una de sus bodegas, una vetusta estatua de la Virgen que tenía una blonda cabellera larga, antaño debió ser delicadamente hermosa. Esa pieza, de colonial escultura, sirvió de soporte argumental a la fábula porque la pintura original guarda el peinado recatadamente recogido.


En 2026, la parábola del regreso trajo hasta la Ermita de Nuestra Señora de Las Aguas al primo Luis Miguel Castaño R. Él y el redactor posaron en la puerta de la colindante casa de la 19 para la lente del recuerdo.  Pasaron 60 años después de jugar, con el metálico carro de bomberos rojo, en el zaguán de baldosas ocres. Nadie les habló de la Virgen de Las Aguas excepto el señor párroco, Giovanni Barrani, al venderles unas estampas: “Recele, que Ella es muy milagrosa”. La señorial nostalgia se aferró a la camándula.