Por Julio Ricardo Castaño Rueda
Sociedad Mariológica Colombiana
“Traed
a la memoria los días pasados, en que después de ser iluminados, hubisteis de
soportar un duro y doloroso combate”. (Heb10, 32).
El alma de un anciano promesero guardó un relato lejano de la Guerra de
los Mil Días. En 1900, su taita abuelo entró al templo de la Ciudad Promesa
para despedirse de la Virgen de Chiquinquirá porque marchaba para Santander a matar
liberales en nombre de Dios. El miliciano volvió de la Batalla de Palonegro
lisiado. Su bisnieto le escuchó decir que los veteranos venían a Chiquinquirá
antes de la partida final. Don Hipólito Nieto no volverá porque según él es
hora de ir al cielo donde no caben los rojos ateos.
Su narración la confirmó la urbe de María. Allí se conservan instantes
intactos de aquella época luctuosa. El
23 de octubre de 1899, el coronel Max Grillo redactó para sus notas de
corresponsal: “…Pronto
se hicieron al patio, que suele decirse, los jóvenes Olano y Ríos, y se
relacionaron con las familias de pro; en los salones donde se bebía cerveza y
se brindaba por la patria, cantaron bambucos acompañados por algunos de los
mozos robustos y guapos que iban a verter en las próximas refriegas su sangre
abundante en glóbulos rojos. Visitaron el templo de la Virgen de afamados
milagros; admiraron el candor de los romeros que van a dar gracias a la madona,
llevando lienzos en que se ven pintados los prodigios que se han realizado al
ser invocada en trances de peligro…”
Unos párrafos
después, el cronista fusilero anotó:
“… A la casa se
entraba por una tienda, una clase de tiendas común en Chiquinquirá: los tiples
y las panderetas cuelgan al lado de los cirios de colores y los juguetes de
barro o de tagua se ven enracimados entre escapularios de la milagrosa
madona…” (Max Grillo. Emociones de la
guerra. Imprenta La Luz. Bogotá, 1903. Págs. 59-60, 62).
Al tomar la imagen
para mirar en el tiempo la cámara registró una tradición. Las palabras del
soldado y escritor seguían vigentes, 127 años después. Algo de aquella historia,
de sangre y devoción, aún reclama unas preces tejidas con una camándula de amor
por la Colombia asombrosa.
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