jueves, 21 de mayo de 2026

La evocación, raigambre chiquinquireña




 Por Julio Ricardo Castaño Rueda

Sociedad Mariológica Colombiana
 
“Traed a la memoria los días pasados, en que después de ser iluminados, hubisteis de soportar un duro y doloroso combate”. (Heb10, 32).
 
 
El alma de un anciano promesero guardó un relato lejano de la Guerra de los Mil Días. En 1900, su taita abuelo entró al templo de la Ciudad Promesa para despedirse de la Virgen de Chiquinquirá porque marchaba para Santander a matar liberales en nombre de Dios. El miliciano volvió de la Batalla de Palonegro lisiado. Su bisnieto le escuchó decir que los veteranos venían a Chiquinquirá antes de la partida final. Don Hipólito Nieto no volverá porque según él es hora de ir al cielo donde no caben los rojos ateos.
 
Su narración la confirmó la urbe de María. Allí se conservan instantes intactos de aquella época luctuosa. El 23 de octubre de 1899, el coronel Max Grillo redactó para sus notas de corresponsal: “…Pronto se hicieron al patio, que suele decirse, los jóvenes Olano y Ríos, y se relacionaron con las familias de pro; en los salones donde se bebía cerveza y se brindaba por la patria, cantaron bambucos acompañados por algunos de los mozos robustos y guapos que iban a verter en las próximas refriegas su sangre abundante en glóbulos rojos. Visitaron el templo de la Virgen de afamados milagros; admiraron el candor de los romeros que van a dar gracias a la madona, llevando lienzos en que se ven pintados los prodigios que se han realizado al ser invocada en trances de peligro…”
 
Unos párrafos después, el cronista fusilero anotó:
 
“… A la casa se entraba por una tienda, una clase de tiendas común en Chiquinquirá: los tiples y las panderetas cuelgan al lado de los cirios de colores y los juguetes de barro o de tagua se ven enracimados entre escapularios de la milagrosa madona…”  (Max Grillo. Emociones de la guerra. Imprenta La Luz. Bogotá, 1903. Págs. 59-60, 62).
 
Al tomar la imagen para mirar en el tiempo la cámara registró una tradición. Las palabras del soldado y escritor seguían vigentes, 127 años después. Algo de aquella historia, de sangre y devoción, aún reclama unas preces tejidas con una camándula de amor por la Colombia asombrosa. 

 Fotos: Archivo Julio Ricardo Castaño Rueda. 

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