miércoles, 25 de marzo de 2026

La interpelación a la sumisión

Foto Julio Ricardo Castaño Rueda.

 

Por Julio Ricardo Castaño Rueda

Sociedad Mariológica Colombiana

“…Si ustedes me aman, obedecerán mis mandamientos…” (Jn 14,15)

La concepción virginal de María escribió el glorioso prólogo a la historia de Jesús. El misterio de la encarnación del Verbo quedó redactado en el seno de la mujer inmaculada por la gracia del Espíritu Santo y el poder del Altísimo. Las dos fuerzas, operantes y descendentes sobre la criatura, establecieron el tabernáculo de la Santísima Trinidad en la doncella de Nazaret.
La dupla omnipotente encendió la luz de la liberación para la humanidad. Y contra ese acto sublime de la redención salvífica se levantó la trilogía opuesta al fiat: “el mundo, el demonio y la carne”. El trío de las conductas diabólicas elaboró contra Cristo las preguntas del escarnio: “…Y decían: «¿No es este Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: he bajado del cielo?” (Jn 6, 42).
La cuestión ofende la dignidad de la Virgen Madre al olvidar la profecía (Is 7,14) y contradice el Evangelio al negar la paternidad putativa de José (Lc 2,49). Ellos impugnan las santas escrituras en una actitud de herejes.
Los judíos, maestros en tergiversar la ley, sentaron un precedente de permanente insubordinación, la rebelión de los pecados. La disyuntiva abrió el sempiterno abismo entre la obediencia mariana y el cuestionamiento profano.
En conclusión, la senda estrecha de la redención ha sido plasmada y trazada con la plasticidad de la creación divina: María, Tú por tu sumisión, engendrarás un hijo, El Salvador.
 

jueves, 19 de marzo de 2026

Castidad de José, Virginidad de María

Foto Julio Ricardo Castaño Rueda

 San Agustín, obispo


Sermón 51, §19-20 y 30


«¿No es este el hijo del carpintero?»


La respuesta del Señor Jesucristo: Convenía que yo me ocupara de las cosas de mi Padre (Lc 2,49), no indica que la paternidad de Dios excluya la de José. ¿Cómo lo probamos? Por el testimonio de la Escritura, que dice así: Y les respondió: ¿No sabíais que conviene que yo me ocupe de las cosas de mi Padre? Ellos, sin embargo, no comprendieron de qué les estaba hablando. Y, bajando con ellos, vino a Nazaret y les estaba sometido (v. 51)… ¿A quiénes estaba sometido? ¿No era a los padres? Uno y otro eran los padres… ellos eran padres en el tiempo; Dios lo era desde la eternidad. Ellos eran padres del Hijo del hombre, el Padre lo era de su Palabra y Sabiduría (1 Co 1,24), era Padre de su Poder, por quien hizo todas las cosas. […]


Ya he hablado bastante sobre por qué no debe preocupar el que las generaciones se cuenten por la línea de José y no por la de María: igual que ella fue madre sin concupiscencia carnal, así también él fue padre sin unión carnal. Por tanto, desciendan o asciendan por él las generaciones. No lo separemos porque careció de concupiscencia carnal. Su mayor pureza reafirme su paternidad, no sea que la misma santa María nos lo reproche. Ella no quiso anteponer su nombre al del marido, sino que dijo: Tu padre y yo, angustiados, te estábamos buscando (Lc 2,48). […]


¿Acaso se le dice: “Porque no lo engendraste por medio de tu carne”? Pero él replicará: “¿Acaso ella le dio a luz por obra de la suya?”. Lo que obró el Espíritu santo, lo obró para los dos. Siendo —dice— un hombre justo, dice el evangelista Mateo (1,19) justo era el varón, justa la mujer. El Espíritu Santo, que reposaba en la justicia de ambos, dio el hijo a ambos.


jueves, 12 de marzo de 2026

Oración de reparación a la Santísima Virgen María Corredentora, indulgenciada por san Pío X en 1914

Foto: Julio Ricardo Castaño Rueda

 


Santísima Virgen, Madre de Dios, mira con bondad desde el cielo, donde reinas, a este miserable pecador, tu siervo. Consciente de su indignidad, en reparación por las ofensas cometidas contra ti por lenguas impías y blasfemas, desde lo más profundo de su corazón te bendice y exalta como la más pura, la más bella y la más santa de todas las criaturas.

 

Bendice tu santo nombre, bendice tus sublimes prerrogativas como verdadera Madre de Dios, siempre Virgen, concebida sin mancha de pecado, como CORREDENTORA DEL GÉNERO HUMANO. Bendice al Padre eterno, que te eligió de manera especial como su Hija; bendice al Verbo Encarnado, que, al asumir la naturaleza humana en tu purísimo seno, te hizo su Madre; bendice al Espíritu Santo, que te eligió como su Esposa. Bendice, exalta y da gracias a la augusta Trinidad que te eligió y te favoreció tanto que te elevó por encima de todas las criaturas a las más sublimes alturas.

 

Oh santa y misericordiosa Virgen, implora el arrepentimiento de tus ofensores y acepta este pequeño homenaje de tu siervo, obteniendo también para él, de tu divino Hijo, el perdón de sus pecados. Amén.

 

El 22 de enero de 1914, el Papa San Pío X concedió que los fieles cristianos que recen esta oración con corazón contrito y devoto obtengan una indulgencia de cien días, aplicable también a los difuntos. La presente indulgencia es válida a perpetuidad y sin necesidad de breve expedición.

 

Fuente: https://www.vatican.va/archive/aas/documents/AAS-06-1914-ocr.pdf (páginas108-109).

 

jueves, 5 de marzo de 2026

Súplica a Nuestra Señora

Foto Julio Ricardo Castaño Rueda

 


 

Manuel de J. Barrera

Bogotá, 7 de diciembre de 1870

 

 

Quiero, al cantar las glorias de MARÍA,

Mi canto dedicar a un buen amigo,

Conocedor de mi alma, y fiel testigo

De que incesantemente, noche y día,

 A la MADRE DE DIOS canto y bendigo

 

Estrella luminosa

Que la senda iluminas de mi vida,

Hija, Madre y Esposa

La más pura y hermosa

Que en seno maternal fue concebida.

 

Tú que me das consuelo

Cuando tu dulce protección imploro,

Y vienes desde el cielo

A calmar mi desvelo:

 Tú que enjugas mis lágrimas si lloro,

 

 

Escucha bondadosa

La oración que pronuncia el labio mío:

Sé misericordiosa,

Y acude presurosa

 A dar consuelo al conturbado Pío;

 

A aquel Pastor anciano

Que por guardar tu fe va perseguido,

Y con temblorosa mano.

Le da al orbe cristiano

La diaria bendición que yo le pido:

 

A aquel que supo un día

Su nombre unir al tuyo inmaculado,

Y que nos dio alegría

declarando, MARÍA,

Que jamás tu pureza se ha manchado.

Mira, MADRE, su llanto:

Oye cómo tu dulce nombre imploro,

Cúbrele con tu manto,

Y cese ya el quebranto,

Y cese su dolor, Madre y Señora.

 

Dedicado a mi distinguido y noble amigo presbítero señor Francisco Jiménez Samudio.

Biblioteca Nacional de Colombia