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| Foto Julio Ricardo Castaño Rueda. |
Por Julio Ricardo Castaño Rueda
Sociedad Mariológica Colombiana
“…Si ustedes me
aman, obedecerán mis mandamientos…” (Jn 14,15)
La concepción virginal de
María escribió el glorioso prólogo a la historia de Jesús. El misterio de la
encarnación del Verbo quedó redactado en el seno de la mujer inmaculada por la
gracia del Espíritu Santo y el poder del Altísimo. Las dos fuerzas, operantes y
descendentes sobre la criatura, establecieron el tabernáculo de la Santísima
Trinidad en la doncella de Nazaret.
La dupla omnipotente encendió la luz de la liberación para la humanidad. Y contra ese acto sublime de la redención salvífica se levantó la trilogía opuesta al fiat: “el mundo, el demonio y la carne”. El trío de las conductas diabólicas elaboró contra Cristo las preguntas del escarnio: “…Y decían: «¿No es este Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: he bajado del cielo?” (Jn 6, 42).
La cuestión ofende la dignidad de la Virgen Madre al olvidar la profecía (Is 7,14) y contradice el Evangelio al negar la paternidad putativa de José (Lc 2,49). Ellos impugnan las santas escrituras en una actitud de herejes.
Los judíos, maestros en tergiversar la ley, sentaron un precedente de permanente insubordinación, la rebelión de los pecados. La disyuntiva abrió el sempiterno abismo entre la obediencia mariana y el cuestionamiento profano.
En conclusión, la senda estrecha de la redención ha sido plasmada y trazada con la plasticidad de la creación divina: María, Tú por tu sumisión, engendrarás un hijo, El Salvador.
La dupla omnipotente encendió la luz de la liberación para la humanidad. Y contra ese acto sublime de la redención salvífica se levantó la trilogía opuesta al fiat: “el mundo, el demonio y la carne”. El trío de las conductas diabólicas elaboró contra Cristo las preguntas del escarnio: “…Y decían: «¿No es este Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: he bajado del cielo?” (Jn 6, 42).
La cuestión ofende la dignidad de la Virgen Madre al olvidar la profecía (Is 7,14) y contradice el Evangelio al negar la paternidad putativa de José (Lc 2,49). Ellos impugnan las santas escrituras en una actitud de herejes.
Los judíos, maestros en tergiversar la ley, sentaron un precedente de permanente insubordinación, la rebelión de los pecados. La disyuntiva abrió el sempiterno abismo entre la obediencia mariana y el cuestionamiento profano.
En conclusión, la senda estrecha de la redención ha sido plasmada y trazada con la plasticidad de la creación divina: María, Tú por tu sumisión, engendrarás un hijo, El Salvador.

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