viernes, 1 de mayo de 2026

La Patrona, la pintura de un platero

Foto Julio Ricardo Castaño Rueda

Por Julio Ricardo Castaño Rueda

Sociedad Mariológica Colombiana

 

“Dios le ha dado sabiduría, inteligencia y una gran capacidad creativa para hacer diseños en oro, plata y bronce…” (Ex 35 31,32).

 

Alonso de Narváez, un orfebre andaluz radicado en Tunja, entró en la historia del arte neogranadino por causa de un milagro. Su destreza técnica no le alcanzó para escalar la cima de la celebridad.

El artífice, en cambio, tenía buenas relaciones con los frailes de Santo Domingo. En julio de 1560 estuvo de testigo en un contrato de compraventa de un solar que el prior, fray Juan Tomás de Mendoza O.P, compró a Catalina de Robles, viuda de Alonso de Aguilar. (Cf. Fray Alberto Ariza, O.P. Los dominicos en Colombia. Tomo I. Pág. 577).

En 1562, la selecta amistad lo condujo hasta el hermano cooperador, fray Andrés de Jadraque, O.P. Este lo invitó a solucionarle un inconveniente al encomendero de Suta Antonio de Santana que tenía pendiente el altar de la capilla, lugar vital para la catequesis.

Los tres protagonistas, Alonso, Andrés y Antonio, optaron por diseñar una imagen de la Virgen del Rosario en una manta de algodón, manufactura muisca. La tosca mano, para el cerdamen, plasmó la figura de María Santísima y rompió las reglas de la iconografía sacra. El joyero se limitó a ejecutar las órdenes del cliente apoyadas en 20 pesos oro. El improvisado artista colocó a san Antonio de Padua a la diestra de Nuestra Señora y a san Andrés Apóstol a la izquierda. La trilogía de los bocetos fue repasada con las técnicas del temple acompañadas con tinturas de yerbas y tierras de barranco boyacense.

El yerro de la composición pictórica espacial provocó corrosivos comentarios por parte de la elite social, seguidora del Concilio de Trento. El desatino de Narváez confirmó porque su nacionalidad no le dio cabida en los salones de su Majestad Felipe II, el Prudente.

La construcción del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, escuela de inspiración, tuvo en su nómina a los gigantes del talento. A ellos los iluminó el cretense Doménikos Theotokópoulos, el Greco, (1541–1614). Sus figuras alargadas marcarían un derrotero para movimientos posteriores. Trascendental para el modernismo.

A ese equipo de genios se sumó el artista extremeño de marcado interés por la práctica religiosa. Lo apodaron el Divino, Luis de Morales (1509–1586). La época del esplendor aceptó al retratista Alonso Sánchez Coello (1531–1588), discípulo de Antonio Moro. La fila de gente dotada de una sensibilidad superior para la expresión artística renacentista incluyó a Juan Fernández de Navarrete, el Mudo, (1526–1579) y la resumida lista de luminarias no contiene la membresía de Narváez. La aristocracia de la maestría jamás lo invitó a sus escuelas, tertulias ni talleres. La razón era puramente de habilidad natural, Alonso nació sin el don de la genialidad.  Era indigno de tan altos caballetes.

Alonso de Narváez murió (1583) sin dejarle un legado a las nacientes urbes del Nuevo Reino de Granada. Su constante lejanía de la ciencia del esbozo así lo confirmó. La época motivó a otros extranjeros para presentar sus creaciones con éxito permanente. Angelino Medoro, pintor romano, vivió en Tunja y Santafé de Bogotá entre 1587 y 1589, a él se sumó fray Pedro Bedón, religioso quiteño. Laboró en Tunja entre 1593 y 1598. Esa palestra de afamados la redondeó el español Baltasar de Figueroa, el Viejo, que brilló en Turmequé a finales del siglo XVI. Este se volvió pionero de un plantel de formidables pinceles. Al cierre de esa explicación, que colocó al desconocido entre dos mares de tinturas, recuerda que Alonso de Narváez era de profesión orive. Así lo afirma la documentación histórica.

“Alonso de Narváez era oriundo de Alcalá de Guadaira. Era hijo de Hernando de Alma y de Mencía de Narváez.  Se casó con Ana de Prado y fue padre de diez hijos. Juan de Narváez y Alonso de Narváez y Agustín de Narváez y Antonio de Narváez y Sevastián de Narváez e María de Narváez muger de Nicolás de Bermeo e Ysabel de Guevara y Ana de Narváez e Jerónima de Narváez y Úrsula de Narváez, mys hijos legítimos, y de la dicha Ana de Prado mi muger.  De profesión platero”. (Cf. Archivo Histórico Regional de Tunja. Fondo Protocolo Notarial. Volumen 11. Año 1583.Folios 336r-342r. Folio 340v).

A esa semblanza habría que agregar su inclinación al dibujo de urgencia porque una familia numerosa requería de un dinero extra para su mantenimiento. La ficha de su oficio contiene: técnica: temple sobre algodón. Dimensiones: 1,25 x 1,19 m. Tamaño de las figuras: La Virgen de Chiquinquirá 1,05 m de alto. San Antonio de Padua 1,04 m de alto y san Andrés 90 cm de alto.

El único fruto sólo sirvió en los primeros años de la evangelización en la capilla doctrinera de Suta. Su vida útil escasamente alcanzó a los 16 años (1562-1578). Al final, el cura Juan Alemán de Leguizamón, quitó del templo la imagen de la Virgen del Rosario y sus edecanes porque estaba borrosa y deteriorada. La pieza era indigna de presidir la santa misa. La vejez del algodón, la humedad del recinto y el descuido de los catecúmenos había arruinado el lienzo.

Su cuadro quedó condenado al trajín de los olvidos coloniales. Ni soñar con la categoría de “maravilla de un solo golpe” (one hit wonder). A nadie de la Ciudad Madre se le ocurrió volver a solicitarle sus favores de aficionado al bosquejo. Lo cual abarcó a sus antiguos contratistas. Alonso de Narváez era vecino de Catalina García de Irlos, esposa del encomendero Antonio de Santana.

“…El matrimonio, Narváez-Prado, adquirió hacia 1580 unas casas en la ciudad de Tunja, una de ellas lindaba con la vivienda de Martín de Serena y la otra con la de la encomendera Catalina García de Yrlos. Los edificios habían pertenecido a Francisco Suárez de Mecina a quien pagó la cantidad de 870 pesos de oro corriente por ellas…” (Cf. Guadalupe Romero Sánchez. Alonso de Narváez pintor andaluz establecido en Tunja. Andalucía en América, arte, cultura y sincretismo estético. Editorial Universidad de Granada, 2011).

 La devoción católica de Narváez lo mantuvo firme en su fe. Pensaba más en la mística de los padres predicadores que en la pasión del trazo. Su testamento lo atestigua al ordenar un entierro particular:

 “…santísima yglezia mayor desa çibdad, en la sepultura que allí tengo, y quiero que mi cuerpo vaya arrebestido (sic) con el ábito de señor Santo Domyngo…”  (Cf. Archivo Histórico Regional de Tunja (Boyacá). Fondo Protocolo Notarial. Volumen 11. Año 1583. Folio 336r). Falleció en la ciudad de Tunja.  (12 de octubre de 1583. Sus exequias fueron el 29).

 El nombre de Alonso de Narváez resucitó para la crónica de la hispanidad el 26 de diciembre de 1586. La choza de la encomienda de Chiquinquirá se iluminó.  Su desteñido trapo de oficios domésticos se renovó milagrosamente. El celestial fenómeno, que asombró al continente, permitió que decenas de maestros famosos realizarán bellas copias de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, La Patrona de Colombia.

 El mutismo contra el escogido por Dios siguió vigente. El notablato, civil y eclesial, en un exceso de rigor investigativo aisló a Ana de Prado y a sus hijos del proceso jurídico canónico que siguió después del portento. La esposa y los vástagos de Alonso no fueron llamados a declarar. ¿Cosas de los albaceas o celos de la parroquia? Triste método del silencio. Dos de sus hijas sí escucharon los ecos de la fama paterna y entraron al Convento de Monjas de la Concepción, 1618.

   “…Ana del Espíritu Santo, y Úrsula de los Ángeles. Son las mismas Ana del Prado y Úrsula de Guevara hijas de Alonso de Narváez, el pintor del milagroso y famoso cuadro de la Virgen del Rosario de Chiquinquirá, y su mujer Ana del Prado, ya difuntos…”  (Cf. Magdalena Corradine Mora. Vecinos y moradores de Tunja 1620-1623. Buhos Editores.

 El tiempo de la justicia lo redimió de su osadía. El Ministerio de Cultura catalogó el cuadro de Narváez como bien de interés cultural (BIC) del ámbito nacional por medio de la resolución 395 de 2006.

 La manta que desecharon los sacerdotes, Francisco Pérez y Alemán de Leguizamón, fue la piedra angular de la Villa de los Milagros.