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| Foto: Julio Ricardo Castaño Rueda. |
Por Julio Ricardo Castaño Rueda
Sociedad Mariológica Colombiana
“Él dirige a los humildes en la justicia, y les enseña su camino”.
(Sl 25,9)
María Santísima estableció el mandamiento de
la humildad: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí
según tu palabra”. (Lc 1,38).
La Virgen prudentísima comprendió la
semántica puramente telúrica de esa palabra y la recitó en el Magnificat: “y
enaltece a los humildes”. Así, su
etimología habla de “humus” material humano, polvo de la tierra.
La humildad abarca un campo mayor a las artes
gramaticales. Tiene en su esencia el código de la salvación eterna. Trae
terrible un destino apoteósico, la beatitud. Implora de hinojos el encanto del
amor sublime. Su silente esperanza es la llave de la misericordia divina.
El poderío del mundo la condenó al fuego de
la vanidad. La dejó sitiada por el dolor
mudo de la desobediencia desesperada. La definió sin tregua con la confusión de
la designación. La altivez defendió su ignorancia con la mentira y señaló:
“aquel no es humilde”.
Y dónde está su significado práctico. Dónde su
definición de vocablo bíblico olvidado por la vehemencia de la altanería.
La respuesta podría llenar un volumen con las
explicaciones de los santos, contemplación inmensa de sus testigos. Bastaría
con repasar a san Bernardo de Claraval y su tratado “Sobre los grados de
humildad y soberbia” (1125) para restaurar definiciones sorprendentes.
Laberinto de sucesos encerrados en la perfección del esfuerzo titánico por la
conversión. Ruta perfecta en la época de la mística de los templarios.
Y todavía falta una tesis que redacte una descripción
que colme a las almas enamoradas del corazón traspasado de Jesús. Ellas se
agitan sedientas de su salvación derramada en el calvario.
Los conceptos, tomados al azar, no sosiegan a
los soldados de María. Las definiciones, consignadas por los escogidos para el
santoral, guardan reflexiones y certezas prolíficas. Ejemplos:
San Ambrosio: “En nada pueden separarse las virtudes de la humildad y
la caridad. Su conexión es tan inseparable que quien se mantiene firme en una,
necesariamente domina la otra. Pues, así como la humildad forma parte de la
caridad, así la caridad forma parte de la humildad”. (Epist.
Libr. x. ad Demetriadem).
Santa Teresa de Ávila: “La humildad es la verdad, y la verdad es que no tenemos
nada bueno que no hayamos recibido de Dios”.
San Ignacio de Loyola: “La verdadera humildad consiste en la persuasión y
convicción de que sin Dios somos poca cosa y despreciable, y en aceptar que me
traten como tal”.
Santa Teresita: “Me parece que la humildad es la verdad. No sé si soy
humilde, pero veo la verdad en todas las cosas”.
Los enunciados trajeron el asombro superior en
un lenguaje cifrado por un encantamiento distante del ego y del cálido nosotros.
La cantidad, no publicada en este texto, de expresiones bastaría para no tildar
de falta de humildad al prójimo, conducta tan propia de la barriada parroquial.
Por esa razón, el Praesidium Nuestra Señora
del Rosario de Chiquinquirá, de la Legión de María, perteneciente a la Parroquia
Inmaculada Concepción de Zipaquirá decidió estampar en su trabajo heroico, la
santificación personal, una frase de san Agustín:
“La
soberbia hace su voluntad, la humildad hace la voluntad de Dios”. (Sobre el Evangelio de san Juan, tratado 25,16).