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| Foto Julio Ricardo Castaño Rueda. |
Por Julio Ricardo Castaño Rueda
Sociedad Mariológica Colombiana
“Os
rociaré con agua pura y quedaréis purificados; de todas vuestras impurezas” (Ez
36, 25).
Nuestra Señora de Las Aguas le pertenece a
Santafé de Bogotá por su historia donde se yuxtaponen la mariológica con la gomia.
La piadosa imagen surgió, quizás, de una
crisis de soledad del bachiller Juan Cotrina. El diplomado, hijo
de Juan Cotrina Topete y Elvira Valero, nació en Tunja. Contrajo nupcias con
Francisca de Tabita y Pizarro en Pamplona. Su vida marital la sustentó el
comercio apoyado por sus talentos musicales. Fue padre de dos hijos. El
primero, un varón, murió de niño y su hija tomó los hábitos en el Convento de
Santa Clara. Al fallecer su esposa, se ordenó sacerdote. La devoción mariana del presbítero
requería de un oratorio. El buen cura boyacense optó por adquirir las casas y
huerta de Juan Zapiain por la suma de 1200 patacones. La heredad, lejana del orden urbano, estaba
ubicada en la ladera del cerro de Guadalupe a un kilómetro de la Catedral
Primada. Cumplido el trámite de compraventa pasó, en 1644, a solicitarle al
arzobispo fray Cristóbal de Torres, O.P., una licencia para fundar una capilla,
bajo la tutela de la Virgen de Las Aguas, en aquella tierra vecina del camino
real de Ubaque.
La advocación tan bogotanísima no tuvo un
origen divino sino benévolamente humano. El presbítero Juan Cotrina Valero la
ideó junto a las orillas cristalinas del río San Francisco y la plasmó en un
lienzo el artista capitalino Antonio Acero de la Cruz, 1646.
El delicado pincel trazó una figura de
María Santísima coronada por dos ángeles. Sostiene en su mano derecha una
camándula. El brazo izquierdo expone a su unigénito desnudo portador de la
santa cruz. La Virgen reposa sentada
sobre una media luna sostenida entre nubes por los querubes. La contemplan
extasiados los jesuitas san Francisco Javier y san Ignacio de Loyola. El cuadro
fue testigo de vicisitudes.
Cotrina soportó las demoras en la
diligencia eclesial y los costos arquitectónicos. Eso le permitió madurar una
oferta. Él recurrió al señor arzobispo de Torres para prometerle cuidar la
naciente efigie y asegurarle testar en favor de la Virgen de Las Aguas. Ante la
belleza del trazo iconográfico decidió volverse su primer devoto. Así, sin más
que su fe en el sueño dibujado. Los favores celestiales pronto se materializaron
de forma tal que la modesta ermita se convirtió en convento. Cotrina invitó a
varios amigos sacerdotes para vivir en una recoleta bajo la disciplina de la
Congregación del Oratorio, legado de san Felipe Neri.
El apoyo económico para la monástica tarea
llegó de los bienes de la encomendera de Santiago de Chocontá, doña María Arias
de Ugarte, ella le donó 2000 pesos. La dadivosa dama santafereña permitió con
su aporte que varias copias fueran enviadas a peregrinar por el Nuevo Reino de
Granada. Las pinturas volvieron cargadas con alhajas y oro. Las riquezas se
invirtieron en la tarea ornamental y espacial del oratorio. La Madre de Dios
obtuvo rápidamente el título de milagrosa.
Mientras la devoción crecía, los convidados
al claustro decrecían. Los presbíteros no perseveraron en la regla. El novato
abad optó por entregar el fruto de sus esfuerzos a la Orden de Predicadores. El
12 de septiembre de 1665 Cotrina le donó su claustro a fray Carlos Melgarejo,
O.P. Requisito sine qua non terminar las estructuras del inmueble. La
comunidad dejó pasar un lustro sin cumplir el compromiso. Incluso se llegó a
rumorar que la Virgen de Las Aguas sería traslada para el Convento de Nuestra
Señora del Rosario donde recibiría el culto de hiperdulía. La habladuría lo
impulsó a negarles el regalo a los frailes. El pleito jurídico se atascó en las
barandas del juzgado.
El fiduciario de Cotrina, padre Juan Salvador Salgado,
usó los recursos legales vigentes para revocarles el dominio. La contrarréplica
la dio el capítulo dominicano de 1670. Allí se expidió la patente de aceptación
de la donación siendo maestro general fray Juan Tomás de Rocaberti, O.P., y se
tituló Convento de Nuestra Señora del Rosario de Las Aguas.
A la muerte de Cotrina (1680), el litigio
de Salgado siguió su parsimoniosa demanda ante el recién posesionado arzobispo
de Santafé, Antonio Sanz de Lozano, 1681. El prelado favoreció a los intereses
del demandante. Los religiosos apelaron a la Santa Sede donde el recurso fue
negado. El motivo estaba redactado de antaño por un santo padre.
“Breve del señor Gregorio XIII concedido
a instancias del Rey, emitido el 26 de febrero de 1573 a petición del rey
Felipe II. Este documento estableció que las apelaciones de juicios
eclesiásticos en América no debían elevarse directamente a Roma, sino que
serían conocidas y resueltas por los obispos sufragáneos y metropolitanos”.
El moroso asunto terminó con dos hechos
de trámite formal. Primero, la curia no reconoció la personería del albacea y
segundo este murió. Entonces, el capellán de la iglesia en litigio cedió sus
derechos a los dominicos quedando ellos en la posesión del Convento y Capellanía
de Nuestra Señora de Las Aguas. El arzobispo, Ignacio de Urbina, O. S.H., proveyó
el auto que entregó la ermita a los padres de Santo Domingo, 25 de septiembre
de 1690.
Los frailes predicadores consolidaron el
culto por la Virgen del Rosario de Las Aguas en los siguientes 112 años. Para 1802 se terminó de adecuar, junto al
convento, un hospital de virolentos. El virrey Pedro Mendinueta y Múzquiz
enfrentó la peste de la viruela con este dispensario. Superada la emergencia
sanitaria los dominicos regresaron a su claustro, 24 de junio de 1804. Los religiosos
tuvieron que desalojar porque el virrey reformador, Antonio José Amar y Borbón,
destinó los espacios para hospital militar, 1810. El cambio de uso permitió
acoger a las tropas del León de Sampayo, Pablo Morillo, 1816. Las yacijas
españolas fueron ocupadas por los soldados heridos y vencedores en Boyacá,
1819.
La rutina de sangre
y agonías en aquel territorio de Nuestra Señora de Las Aguas debió acrecentar
el número de fieles. Muchos dados de alta partieron agradecidos con la
Inmaculada, Salud de los Enfermos, vecina misericordiosa de sus angustias y padecimientos.
El siglo XIX, con sus pugnas civiles, trajo súplicas urgentísimas a los pies de
la Patrona para que intercediera por los pecados de los conscriptos moribundos.
La pequeña iglesia, testigo del horror del hospital de guerra, tuvo su ingreso
a la Arquidiócesis de Bogotá. Monseñor Vicente Arbeláez expidió el decreto para
erigirla en parroquia, 16 de diciembre de 1882. En 1893, la Congregación de
Nuestra Señora de la Caridad del Buen Pastor llegó en apoyo doctrinal del
naciente curato y del contiguo asilo y centro de reclusión para mujeres. Así, la
feligresía trasmitió su fidelidad a la Santísima Virgen María a la siguiente
generación y centuria.
Entre la liturgia de
los oficios sacros pervivió, en la santa morada, una leyenda de rancio sabor al
ajiaco rolo. La narración llegó por entre los tejidos de la tradición oral. La
matrona Elvira Hinestrosa, vecina de la casa cural, les contó a sus nietos
sobre el Espeluco de las Aguas, versión tomada del literato Torres Torrente. La
abuela, sentada junto al brevo cuyas hojas acorazonadas sombreaban la carbonera
de la casona, relató de memoria:
“Hace muchos años
vivía, en la calle del Pecado Mortal, una bellísima joven de tez blanca. La
muchacha poseía todas las perfecciones y gracias que la feminidad puede
albergar. Dotada de una linda y voluminosa cabellera rubia dejaba pasmados a
sus cuatro pretendientes. Ella, mozuela y vanidosa, solía ufanarse de su
seductora melena. Un día, mientras se cepillaba en su alcoba, tuvo la osadía de
exclamar, repleta de soberbia, ante el espejo: ‘Ni la Virgen de Las Aguas tiene
una cabellera tan bella como la mía’.
La blasfemia fue
castigada eternamente. La manceba se convirtió en una medusa indiana. Sus sedosos
cabellos eran un revoltijo de asquerosas serpientes con feroces siseos. El piso
de su vestidor se rompió ante el abismo. La tierra crujió y expelió un
insoportable humo con hedor sulfuroso. Un demonio, disfrazado de monje, surgió
del averno y cogió a la pobre niña por la cintura. Se la cargó para el quinto
pailón. Desaparecida la moza, la fetidez y la jumareda con su estantigua mefistofélica
se desvaneció de la estancia. Secuestro de sierpe, sin fin. El sosiego paramuno
regresó a la Parroquia de la Virgen de Las Aguas y a las lenguas de gatuperio”.
La terrorífica
escena del rapto de la mechuda engreída fue llevado a un lienzo. La tela estuvo
colgada en una de las paredes del templo hasta 1860. En esa época, el cuadro
pasó a un museo particular del general Carlos José Espinosa donde se le perdió
el rastro al símbolo de las zalagardas del maligno.
En 1994, en una pesquisa
de este cronista a los tesoros de la capilla se halló, entre una de sus
bodegas, una vetusta estatua de la Virgen que tenía una blonda cabellera larga,
antaño debió ser delicadamente hermosa. Esa pieza, de colonial escultura, sirvió
de soporte argumental a la fábula porque la pintura original guarda el peinado
recatadamente recogido.
En 2026, la parábola
del regreso trajo hasta la Ermita de
Nuestra Señora de Las Aguas al primo Luis Miguel Castaño R. Él y el redactor
posaron en la puerta de la colindante casa de la 19 para la lente del recuerdo.
Pasaron 60 años después de jugar, con el
metálico carro de bomberos rojo, en el zaguán de baldosas ocres. Nadie les
habló de la Virgen de Las Aguas excepto el señor párroco, Giovanni Barrani, al venderles unas
estampas: “Recele, que Ella es muy milagrosa”. La señorial
nostalgia se aferró a la camándula.