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| Foto Julio Ricardo Castaño Rueda |
Benedicto XVI. Catequesis
Queridos hermanos y
hermanas:
Se celebra hoy la memoria
litúrgica de la Bienaventurada Virgen María invocada con el título: «Reina». Es
una fiesta de institución reciente, aunque es antiguo su origen y devoción: fue
instituida por el venerable Pío XII, en 1954, al final del Año Mariano, fijando
para su celebración la fecha del 31 de mayo (cf. Carta enc. Ad caeli Reginam, 11
de octubre de 1954: AAS 46 [1954] 625-640). En esa circunstancia el Papa dijo
que María es Reina más que cualquier otra criatura por la elevación de su alma
y por la excelencia de los dones recibidos. Ella no cesa de dispensar todos los
tesoros de su amor y de sus cuidados a la humanidad (cf. Discurso en honor de
María Reina, 1 de noviembre de 1954). Ahora, después de la reforma posconciliar
del calendario litúrgico, fue situada ocho días después de la solemnidad de la
Asunción para poner de relieve la íntima relación entre la realeza de María y
su glorificación en cuerpo y alma al lado de su Hijo. En la constitución del
concilio Vaticano II sobre la Iglesia leemos: «María fue llevada en cuerpo y
alma a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del
universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo» (Lumen gentium, 59).
Este es el fundamento de
la fiesta de hoy: María es Reina porque fue asociada a su Hijo de un modo
único, tanto en el camino terreno como en la gloria del cielo. El gran santo de
Siria, Efrén el siro, afirma, sobre la realeza de María, que deriva de su
maternidad: ella es Madre del Señor, del Rey de los reyes (cf. Is 9, 1-6) y nos
señala a Jesús como vida, salvación y esperanza nuestra. El siervo de Dios
Pablo VI recordaba en su exhortación apostólica Marialis cultus: «En la Virgen
María todo se halla referido a Cristo y todo depende de él: con vistas a él,
Dios Padre la eligió desde toda la eternidad como Madre toda santa y la adornó
con dones del Espíritu Santo que no fueron concedidos a ningún otro» (n. 25).
Pero ahora nos
preguntamos: ¿qué quiere decir María Reina? ¿Es sólo un título unido a otros?
La corona, ¿es un ornamento junto a otros? ¿Qué quiere decir? ¿Qué es esta
realeza? Como ya hemos indicado, es una consecuencia de su unión con el Hijo,
de estar en el cielo, es decir, en comunión con Dios. Ella participa en la
responsabilidad de Dios respecto al mundo y en el amor de Dios por el mundo.
Hay una idea vulgar, común, de rey o de reina: sería una persona con poder y
riqueza. Pero este no es el tipo de realeza de Jesús y de María. Pensemos en el
Señor: la realeza y el ser rey de Cristo está entretejido de humildad,
servicio, amor: es sobre todo servir, ayudar, amar. Recordemos que Jesús fue
proclamado rey en la cruz con esta inscripción escrita por Pilato: «rey de los
judíos» (cf. Mc 15, 26). En aquel momento sobre la cruz se muestra que él es
rey. ¿De qué modo es rey? Sufriendo con nosotros, por nosotros, amando hasta el
extremo, y así gobierna y crea verdad, amor, justicia. O pensemos también en
otro momento: en la última Cena se abaja a lavar los pies de los suyos. Por lo
tanto, la realeza de Jesús no tiene nada que ver con la de los poderosos de la
tierra. Es un rey que sirve a sus servidores; así lo demostró durante toda su
vida. Y lo mismo vale para María: es reina en el servicio a Dios en la
humanidad; es reina del amor que vive la entrega de sí a Dios para entrar en el
designio de la salvación del hombre. Al ángel responde: He aquí la esclava del
Señor (cf. Lc 1, 38), y en el Magníficat canta: Dios ha mirado la humildad de
su esclava (cf. Lc 1, 48). Nos ayuda. Es reina precisamente amándonos,
ayudándonos en todas nuestras necesidades; es nuestra hermana, humilde esclava.
De este modo ya hemos
llegado al punto fundamental: ¿Cómo ejerce María esta realeza de servicio y de
amor? Velando sobre nosotros, sus hijos: los hijos que se dirigen a ella en la
oración, para agradecerle o para pedir su protección maternal y su ayuda
celestial tal vez después de haber perdido el camino, oprimidos por el dolor o
la angustia por las tristes y complicadas vicisitudes de la vida. En la
serenidad o en la oscuridad de la existencia, nos dirigimos a María confiando
en su continua intercesión, para que nos obtenga de su Hijo todas las gracias y
la misericordia necesarias para nuestro peregrinar a lo largo de los caminos
del mundo. Por medio de la Virgen María, nos dirigimos con confianza a Aquel
que gobierna el mundo y que tiene en su mano el destino del universo. Ella,
desde hace siglos, es invocada como celestial Reina de los cielos; ocho veces,
después de la oración del santo Rosario, es implorada en las letanías
lauretanas como Reina de los ángeles, de los patriarcas, de los profetas, de
los Apóstoles, de los mártires, de los confesores, de las vírgenes, de todos
los santos y de las familias. El ritmo de estas antiguas invocaciones, y las
oraciones cotidianas como la Salve Regina, nos ayudan a comprender que la
Virgen santísima, como Madre nuestra al lado de su Hijo Jesús en la gloria del
cielo, está siempre con nosotros en el desarrollo cotidiano de nuestra vida.
El título de reina es,
por lo tanto, un título de confianza, de alegría, de amor. Y sabemos que la que
tiene en parte el destino del mundo en su mano es buena, nos ama y nos ayuda en
nuestras dificultades.
Queridos amigos, la
devoción a la Virgen es un componente importante de la vida espiritual. En
nuestra oración no dejemos de dirigirnos a ella con confianza. María
intercederá seguramente por nosotros ante su Hijo. Mirándola a ella, imitemos
su fe, su disponibilidad plena al proyecto de amor de Dios, su acogida generosa
de Jesús. Aprendamos a vivir como María. María es la Reina del cielo cercana a
Dios, pero también es la madre cercana a cada uno de nosotros, que nos ama y
escucha nuestra voz. Gracias por la atención.
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