sábado, 15 de agosto de 2026

San Juan Damasceno. Homilía II sobre la Asunción

Foto: archivo particular

“¿Cómo era posible que la que albergó a Dios en su seno fuera devorada por la muerte? ¿Cómo podía ser absorbida por el infierno? ¿Cómo la corrupción podía atreverse a invadir el cuerpo que había recibido dentro de sí a la Vida? Todas estas cosas en modo alguno podían afectar el alma y el cuerpo de la que fue portadora de Dios. La muerte se llenó de temor, al contemplar a María, pues, con lo que había acontecido Cuando atacó al Hijo de ella, aprendió a ser más prudente y precavida”.
“Era preciso que Aquella que, al ser Madre, había conservado intacta su virginidad, obtuviera la incorrupción de su cuerpo después de morir. Era preciso que quien llevó en su seno al Creador hecho niño, habitara en los divinos tabernáculos. Era preciso que la Novia que el Padre había desposado residiera en la cámara nupcial de los cielos. Era preciso que la que había visto a su Hijo en la cruz, con lo cual atravesó su Corazón la espada del dolor, que no había conocido en el parto, contemplara después a su Hijo sentado junto a Dios Padre. Era preciso que la Madre de Dios poseyera las cosas de su Hijo y que por todas las creaturas fuera Ella venerada como Sierva del Señor y Madre de Dios. En efecto, las herencias pasan siempre de padres a hijos, en este caso, sin embargo, usando las palabras de un sabio, diré que las fuentes de los ríos sagrados lanzan el agua desde abajo hacia arriba, es decir: que el Hijo dio a su Madre el dominio sobre lo creado”.

“Hoy, el Tesoro de la Vida y el Abismo de la Gracia (no sé con qué otras palabras podría expresarme) queda encubierto por una muerte vivificante; y, sin temor alguno, se somete a la muerte la que ha dado luz al vencedor de la muerte; aunque no sé hasta qué punto puede aplicarse el nombre de muerte a este sagrado tránsito hacia la vida, pues ¿cómo podría sujetarse a la muerte Aquella que nos ha proporcionado la verdadera vida? Acepta, sin embargo, la ley establecida por el mismo que de Ella nació y, como hija del primer Adán, se sujeta a la sentencia que había recaído sobre su padre. Efectivamente, si su Hijo, que es la vida, no rehusó la muerte, así también, a través de la muerte, la Madre del Dios Vivo es conducida a la presencia divina. Dios ciertamente había dicho: Que el primer hombre que ha sido creado no extienda la mano y tome el fruto del árbol de la vida y, comiendo de él, viva para siempre (Gn 3, 22); pero ¿cómo era posible que Aquella que había recibido en su seno al que es la vida sempiterna e indeficiente y que no tiene principio ni tendrá fin, no hubiera también Ella de vivir por todos los siglos?”.


“María no conoció las tenebrosas rutas de la bajada a los infiernos, sino que para Ella se dispuso un camino recto, llano y seguro hacia el cielo. En efecto, si Cristo, que es la verdad y la vida, dijo: Donde yo estoy, allí estará también mi servidor (Jn 12, 26), con mucha más razón, ¿no había acaso de morar junto a Él su propia Madre? Así como Ella le dio a luz sin dolor, así también su muerte estuvo exenta de dolores. Funestísima es la muerte de los pecadores (Sal 34, 22); de Aquella, en cambio en quien ha sido vencido el pecado, que es el aguijón de la muerte, ¿no habremos de decir que es el principio de una vida superior e indefectible? Si en verdad es preciosa la muerte de los santos del Señor Dios de los ejércitos, mucho más lo es el glorioso tránsito de la Madre de Dios”.
  

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