San Juan Damasceno. Homilía II sobre la Asunción
 |
| Foto: archivo particular |
“¿Cómo
era posible que la que albergó a Dios en su seno fuera devorada por la muerte?
¿Cómo podía ser absorbida por el infierno? ¿Cómo la corrupción podía atreverse
a invadir el cuerpo que había recibido dentro de sí a la Vida? Todas estas
cosas en modo alguno podían afectar el alma y el cuerpo de la que fue portadora
de Dios. La muerte se llenó de temor, al contemplar a María, pues, con lo que
había acontecido Cuando atacó al Hijo de ella, aprendió a ser más prudente y
precavida”.
“Era
preciso que Aquella que, al ser Madre, había conservado intacta su virginidad,
obtuviera la incorrupción de su cuerpo después de morir. Era preciso que quien
llevó en su seno al Creador hecho niño, habitara en los divinos tabernáculos.
Era preciso que la Novia que el Padre había desposado residiera en la cámara
nupcial de los cielos. Era preciso que la que había visto a su Hijo en la cruz,
con lo cual atravesó su Corazón la espada del dolor, que no había conocido en
el parto, contemplara después a su Hijo sentado junto a Dios Padre. Era preciso
que la Madre de Dios poseyera las cosas de su Hijo y que por todas las
creaturas fuera Ella venerada como Sierva del Señor y Madre de Dios. En efecto,
las herencias pasan siempre de padres a hijos, en este caso, sin embargo,
usando las palabras de un sabio, diré que las fuentes de los ríos sagrados
lanzan el agua desde abajo hacia arriba, es decir: que el Hijo dio a su Madre
el dominio sobre lo creado”.
“Hoy,
el Tesoro de la Vida y el Abismo de la Gracia (no sé con qué otras palabras
podría expresarme) queda encubierto por una muerte vivificante; y, sin temor
alguno, se somete a la muerte la que ha dado luz al vencedor de la muerte;
aunque no sé hasta qué punto puede aplicarse el nombre de muerte a este sagrado
tránsito hacia la vida, pues ¿cómo podría sujetarse a la muerte Aquella que nos
ha proporcionado la verdadera vida? Acepta, sin embargo, la ley establecida por
el mismo que de Ella nació y, como hija del primer Adán, se sujeta a la
sentencia que había recaído sobre su padre. Efectivamente, si su Hijo, que es
la vida, no rehusó la muerte, así también, a través de la muerte, la Madre del
Dios Vivo es conducida a la presencia divina. Dios ciertamente había dicho: Que
el primer hombre que ha sido creado no extienda la mano y tome el fruto del
árbol de la vida y, comiendo de él, viva para siempre (Gn 3, 22); pero ¿cómo
era posible que Aquella que había recibido en su seno al que es la vida
sempiterna e indeficiente y que no tiene principio ni tendrá fin, no hubiera
también Ella de vivir por todos los siglos?”.
“María
no conoció las tenebrosas rutas de la bajada a los infiernos, sino que para
Ella se dispuso un camino recto, llano y seguro hacia el cielo. En efecto, si
Cristo, que es la verdad y la vida, dijo: Donde yo estoy, allí estará también
mi servidor (Jn 12, 26), con mucha más razón, ¿no había acaso de morar junto a
Él su propia Madre? Así como Ella le dio a luz sin dolor, así también su muerte
estuvo exenta de dolores. Funestísima es la muerte de los pecadores (Sal 34,
22); de Aquella, en cambio en quien ha sido vencido el pecado, que es el
aguijón de la muerte, ¿no habremos de decir que es el principio de una vida
superior e indefectible? Si en verdad es preciosa la muerte de los santos del
Señor Dios de los ejércitos, mucho más lo es el glorioso tránsito de la Madre
de Dios”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario