jueves, 30 de julio de 2026

Chiquinquirá, iluminación y conversión

 Por Julio Ricardo Castaño Rueda

Sociedad Mariológica Colombiana

 

Foto: Julio Ricardo Castaño Rueda

 

“…El pueblo que andaba en tinieblas, vio una luz grande…”   (Is 9, 2)

 

La renovación del deteriorado lienzo de la Virgen del Rosario y sus edecanes hizo que la encomienda de Chiquinquirá, el lugar pantanoso cubierto de nieblas, entrara en la voluntad de los misterios divinos.

 El 26 de diciembre de 1586 marcó la fecha del colapso del fetichismo. Los muiscas, los hijos de la raza vencida por las banderas de Castilla, comprendieron las realidades dogmáticas del Evangelio.

 “…Porque a vosotros se os ha concedido conocer los misterios del reino de los cielos…” (Mt. 13,11).

 Sí, los nativos, elegidos por el amor de Cristo, expresado a través del parto de una Madre Virgen recibieron el bautismo del Espíritu Santo. La respuesta del gentío, colectiva y monumental, movió a los cacicazgos y familias a comunicar el prodigio por los pueblos aledaños. Turga, Tinjacá, Simijaca, Suta, Ráquira y el valle de Sanquecipá escucharon a los pregoneros con la oralidad propia del grupo lingüístico chibcha.

  El masivo desplazamiento de gentes hacia el punto de verificación de la iluminación dejó atrás la rutina de la doctrina. Los indígenas fueron los testigos del portento, catecismo indiano. Vieron su tela de algodón recién plasmada en Tunja, 1562. Participaron del desteñido de la pintura por las goteras de la choza, más el abuso de los catecúmenos. Estuvieron cuando el cura doctrinero, Juan Alemán de Leguizamón, llamó al orden al encomendero Antonio de Santana y le devolvió aquel trapo sucio y roto indigno del altar. Suta, 1578.

Al hombro del chasqui el cuadro desvanecido se envió para el sitio del clan de los sacerdotes, Chiquinquirá. El encargo fue dejado en la caballería de tierras del patrón Santana. Lo condenaron al secado de trigo. El andrajo, en su último beneficio de vida útil, servía al campo boyacense de 1585.

 La pascua de la Navidad de 1586 tenía a la comarca sometida a la dinámica de la conversión por amor a la convicción. La historia se inclinó ante la verdad. (Como debe ser).

 En los primeros días de enero de 1587, los alfareros, los olleros de Ráquira, sacaban la greda de la capilla de la renovación para copiar con manos maestras el trío de las santas figuras, cuyo credo era el Niño Jesús. El fuego de la artesanía ancestral concibió las primeras copias de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Los indios cocas (chamanes) edificaron una capilla de paja para albergar a la Rosa del Cielo. Los líderes espirituales de las comunidades autóctonas daban el ejemplo profundo de la compresión de los mandamientos del Dios, trino y uno.

 En septiembre de ese año teológico, los asombró que la señora Beatriz Sánchez, hemorroisa y vecina de Vélez, se sanara. El poder del Altísimo superaba las enseñanzas de su cosmogonía. El ecuatoriano, Alonso Ruiz Jurado, dejó sus muletas en presencia de la milagrosa imagen. La jurisprudencia eclesial y civil del Nuevo Reino de Granada con el notario de Su Majestad, Andrés Rodríguez, consignaba los hechos.

 En diciembre, una procesión de aborígenes llevó a la Virgen de Chiquinquirá, mestiza como su etnia, hasta la noble Tunja azotada por la viruela. La antigua Hunza se salvó de la mortandad. Los originarios catequizaron, por rumbos y latitudes coloniales, durante 50 años movidos por la virtud de la luz en la renovada Chiquinquirá. El 30 de mayo de 1636, la Orden de Predicadores se hizo cargo del santuario mariano.  


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