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| Foto Julio Ricardo Castaño Rueda |
P.E.D.
Lacordaire, O.P.
Cierto
que la elocuencia y la poesía no se hallan tan expuestas a morir como un monumento
arquitectónico, pero así la primera como la segunda no hablan sino a espíritus
cultivados, en los libros siempre escasos, y que no llegan sino a manos
privilegiadas. El monumento se adapta a los ojos y al corazón del pobre tiene
en él todos; en un lugar, lo mismo que el rico, y el hombre sencillo pues de
admirarlo al par que el artista. Por eso todo pensamiento grande busca exteriorizarse
en grandes monumentos y desde la torre de Babel hasta el templo de Salomón y
desde el templo de Salomón hasta la basílica de San Pedro, has visto al hombre
crear constantemente en el mármol o en el granito representaciones más memorables
y solemnes de los altísimos objetos da su amor y de su fe.
Son
en la tierra los lugares santos lo que los astros en el cielo: fuentes de luz,
de amor y de vida. Y si no se preguntase por qué el Señor ha santificado esta
montaña o aquel valle, daría lo mismo el inquirir por qué ha hermoseado el
firmamento con la estrella fija que guió nuestros hijos y a nuestros hermanos
sobre las ondas alborotadas del océano. ¡Ah! Pluguiese a Dios que no fueran tan
raros estos sitios donde ha revivido el amor. Ojalá que nuestro corazón pudiera
encontrar con más frecuencia sobre esta helada tierra algunas cenizas donde
calentarse. Mas sucede con lo que es santo como con lo que es grande, y si la
gracia es avara de sus dones como la naturaleza, sepamos a lo menos reconocer
sus maravillas y jamás repudiemos sus milagros.

Gracias, bendiciones
ResponderEliminarSí, santuarios que se deben visitar
ResponderEliminar¡Salve María!
ResponderEliminarNos hallamos ante un escrito de notable excelencia literaria e intelectual, en el que la elegancia del lenguaje se conjuga con la profundidad del pensamiento y la riqueza de las referencias históricas y religiosas. El autor demuestra una admirable erudición y una sensibilidad excepcional, transformando la reflexión sobre el arte, la fe y lo sagrado en una prosa de singular belleza y trascendencia. La armonía de su expresión y la solidez de sus ideas revelan una pluma distinguida, capaz de elevar el conocimiento a una auténtica experiencia estética y espiritual. Una obra digna de reconocimiento por la nobleza de su estilo y la profundidad de su contenido.