jueves, 16 de octubre de 2014

Las posadas de La Chinca en Colombia



Por Julio Ricardo Castaño Rueda
Sociedad Mariológica Colombiana

La devoción por Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá se extendió desde una vetusta capilla de los aposentos de la viuda del encomendero Antonio de Santana hasta las rutas precolombinas que comunicaban a los dominios incas con sus vecinos. El relato del fenómeno místico fue conservado y transportado por la tradición oral.

Las circunstancias de la evangelización les permitieron explorar al clero secular y a los propagadores del portento las rutas de la arriería. Esa etapa se ocupó de catequizar en la región central del Virreinato de la Nueva Granada, especialmente en las cordilleras oriental y central.

En estas breñas pobladas de tiempo atrás por los aborígenes se construyeron los pueblos hispanos. Se rebautizó la geografía y se castellanizó la lengua chibcha para escribir la historia de los criollos. Las capillas doctrineras dieron cabida a la recepción de una cátedra que les habló de la Virgen de Chiquinquirá. El impacto del suceso logró un puesto principal en los altares del colectivo español  y sus advocaciones peninsulares. La Santísima Virgen María se había hecho neogranadina y más adelante asumió su nacionalidad colombianísima.

El fervor por la Patrona se arraigó entre las costumbres familiares del mestizaje de forma que se convirtió en una norma de conducta social. La peregrinación expresó la relación de agradecimiento entre el patrocinio y los favores recibidos.

Los devotos levantaron templos en las aldeas de sus mayores y la romería cambió el comportamiento del campesino arrendatario en una manifestación de folclor sin precedentes. En ese acto creativo de las comunas se aportaron diferentes elementos a la literatura, la música, la arquitectura y la bromatología entre otras  expresiones del saber popular.

El mensaje del 26 de diciembre de 1586 echó raíces en lugares lejanos de la anónima hacienda de Chiquinquirá. La diáspora llevó su significado y se estacionó en los productivos feudos del virreinato. La distancia promedio entre el punto original del milagro y los nuevos centros de culto se ubicaron entre las 92 y las 111 leguas de distancia alrededor del sitio primario. El modelo abarcó los cuatro puntos cardinales en una gran circunferencia donde floreció la piedad mariana, bajo la advocación de Nuestra Señora de Chiquinquirá. La concentración de capillas, que llevaban el evangelio de Jesús en el corazón de María  a  zonas remotas, se ubicó en las áreas internas y fronterizas del actual Boyacá.

Ejemplo. Antioquia, al occidente. Cundinamarca, al Sur y los santanderes al Norte. Fueron estas áreas las plataformas sociales desde donde se lanzó el modelo del carisma mariano autóctono hacia otras regiones de su influencia. Antioquia predicó con su colonización en los territorios del Viejo Caldas, Tolima y el norte del Valle del Cauca. Santander llevó el mensaje por Venezuela y la costa Caribe. Cundinamarca permitió el paso hacia los llanos de Oriente.

La dinámica pedestre de los correos, los arrieros, los comerciantes, los colonos, las comunidades religiosas y las relaciones de negocios de esos conglomerados dinámicos de la cultura llevaron la noticia del prodigio fuera de los límites de sus órbitas de influencia y lejos de las fronteras del gran virreinato. Llegaron, por el Sur, hasta Bolivia.

El testimonio creció con el paso de los años hasta injertarse en la identidad de las gentes marianas. El mapa trazado por la maravilla de la renovación del lienzo de Nuestra Señora de Chiquinquirá, después de cuatro siglos, mantuvo su vigencia sin importar las distintas denominaciones y desmembraciones que sufrió la patria bajo el dominio crítico de unos gamonales de moral decadente y deformes desgracias en sus almas sectarias.

La división política de la República de Colombia muestra los resultados del mantenimiento de la veneración desde finales del siglo XVI  hasta principios del XXI.

En 18 de los 33 departamentos colombianos se conserva la usanza y el cariño por la Virgen de Chiquinquirá de forma muy marcada porque sus parroquias, museos, colegios y símbolos hacen una clara referencia a su nombre sublime.

Esto quiere decir que el 54 por ciento de las entidades territoriales de la administración política nacional cuentan con templos dedicados a la Virgen de Chiquinquirá. Son 91 iglesias, en 2014. Dos de las cuales ostentan el título de Basílica Menor, Chiquinquirá y la Estrella, Antioquia. La cifra tiende a crecer.

Sin embargo, en el 46 por ciento restante si bien no hay capillas levantados en su honor sí hay oratorios privados y además viven miles de fieles que siguen la práctica ritual de peregrinar al santuario de la Madre de Dios por lo menos tres veces por año en los meses de julio, octubre y diciembre, especialmente.

Los datos muestran donde pervive la unción con mayor arraigo nacional.

Departamento de Antioquia

1. Catedral Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Santa Rosa de Osos.

2. Templo de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Santa Fe de Antioquia.

3. Iglesia Parroquial Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá.  El Peñol.

4. Capilla de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. La Ceja.

5. Basílica Menor de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá de La Estrella.

6. Catedral Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá de Sonsón.

7. Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá del Valle de Niquía.

8. Templo de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. El Santuario.

9. Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. San Vicente Ferrer.

10. Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Bello.

11. Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Angostura.

12. Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Amalfi.

13. Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Sevilla-Ebéjico.

14. Capilla de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Abejorral.

15. Parroquia Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Medellín. En el Barrio Simón Bolívar.

16. Parroquia La Ermita de la Virgen de Chiquinquirá. La Estrella-Pueblo Viejo.

17. Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. En el Barrio Estrella. Medellín.

18. Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Corregimiento de Buenos Aires. Andes.

19. Parroquia Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Rionegro. Vereda El Tablazo.

20. Templo Roca. Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. El Peñol.


Departamento de Atlántico.

1. Iglesia Parroquial de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Barranquilla.

Departamento de Bolívar

1. Parroquia María de Chiquinquirá. Arquidiócesis de Cartagena.

Departamento de Boyacá.

1. Basílica Menor de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Lienzo original de la imagen renovada.  

2. Parroquia Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, La Renovación.  

3. Templo de las Carmelitas de Villa de Leiva. Iglesia de Chiquinquirá. (Mamá renovada) 1836.

4. Parroquia Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Sogamoso.

5. Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Guacamayas.

6. Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Moniquirá.

7. Templo parroquial Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Garagoa.

8. Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. San Mateo.

9. Parroquia Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Duitama.

Departamento de Caldas

1. Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Está ubicada en la Plaza de la Confraternidad o parque de La Vana. Aguadas.

2. Iglesia Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, barrio Linares. Manizales.

3. Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Manizales. Calle 33A nro 25-34.

 Departamento de Casanare


1. Parroquia Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Yopal.

Departamento de Cauca

 1. Parroquia Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Silvia.

Departamento de Cesar

1. Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Chiriguaná.

Departamento de Córdoba


1. Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. San Antero.

2. Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Corregimiento de San Anterito. (Montería).

Departamento de Cundinamarca


1. Iglesia Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Zipaquirá, barrio San Miguel.

2. Capilla Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Alto de Sáname. Cáqueza. (Vuelta de la Virgen de Chiquinquirá).

3. Templo parroquial de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Nocaima.

4. Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Pradilla. Corregimiento del municipio de El Colegio. (El Charquito, Salto de Tequendama).

5. Iglesia de Chinga o de Chiquinquirá. San Cayetano.

6. Parroquia Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Quetame.

7. Parroquia Virgen de Chiquinquirá. Funza.

8. Capilla Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Supatá. 

9. Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Útica.

10. Parroquia Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Urbanización San Martín de los Olivos. Fusagasugá.

11. Templo dominicano de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Soacha. Cazuca.

12. Parroquia Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Chipaque.

13.  Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Inspección de Puente Quetame.

Bogotá

1. Templo parroquial Iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. (Calle 52 con carrera 13).

Departamento de Huila

1. Parroquia Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Garzón.


2. Parroquia Nuestra Señora de Chiquinquirá. Corregimiento Vegalarga. Neiva.


Departamento de Meta

1. Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Puerto López.

Departamento de Nariño.

1. Parroquia Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Peñol.

Departamento de Norte de Santander

1. Casa de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Tibú. (Padres dominicos.) La Virgen de Chiquinquirá es la Patrona de la población de Tibú.

2. Parroquia Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Bábega-Silos.

3. Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. El Zulia.
4. Parroquia Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Cúcuta, barrio San Luis.
5. Capilla de la Virgen de Chiquinquirá. Ocaña. Corregimiento  Quebrada de la Esperanza. Vereda Llano Grande.
6. Capilla Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Gramalote. Vereda El Zumbador.

Departamento del Quindío

1. Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Armenia.

Departamento de Risaralda

1. Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Barrio San Diego. Dosquebradas.

Departamento de Santander

1. Iglesia Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá y San Laureano Real de Minas (1772) Bucaramanga.

2. Iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Socorro.

3. Parroquia Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá de Santa Bárbara de Simacota.

4. Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá.  Zapatoca.

5. Iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá del Páramo. Ubicada entre la carretera de Charalá y San Gil.

6. Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá de  Cerrito.

7. Capilla de Santa Bárbara de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Piedecuesta.

8. Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Mogotes.

9. Capilla de Chiquinquirá o La Cañada. Valle de San José.

10. Capilla Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Oiba.

11. Templo de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Monumento Nacional. Confines.

12. Parroquia Nuestra Señora La Virgen de Chiquinquirá. Barrio San Alonso. Bucaramanga.

13. Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Barrio San Francisco de La Cuesta. Área Metropolitana de Bucaramanga.


Departamento del Tolima

1. Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Barrió Piedra pintada, Ibagué.

2. Iglesia Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá y San Roque. Alvarado.

3. Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Prado.

4. Iglesia Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Coello.

5. Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Alpujarra.

6. Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Ortega.


Departamento de Valle del Cauca

1. Capilla-Ermita de la Virgen de Chiquinquirá. Roldanillo.

2. Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Cerrito.

3. Iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Cali. (Carrera 56 nro 2-70 oeste).

4. Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Corregimiento Presidente, plaza principal. San Pedro.

5. Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Buga.



miércoles, 8 de octubre de 2014

Oración sacerdotal a María



¡Oh Madre Señora y Reina de los sacerdotes! desde el día grande y bello para la Humanidad en que comenzaste a ser Madre del Verbo Encarnado, comenzó tu Maternidad Sacerdotal. En ese Sacerdote Eterno que inició su sacerdocio en tus purísimas entrañas, estábamos personificados todos los sacerdotes de la tierra, a todos nos llevaste en tus entrañas, a todos nos diste algo de tu ser, ya que de esa unión misteriosa de Dios con el Hombre, que en tu virginal seno se llevó a cabo, brotó como fruto el Sacerdote Eterno de quien nosotros indignamente somos prolongación.

         Si todos los hombres tienen derecho de llamarte Madre, nosotros los ungidos del Señor tenemos un doble derecho, por hombres y por sacerdotes; eres pues por doble título Madre nuestra y si más nos gusta llamarte Madre, que Señora y Reina, es porque este nombre te es más dulce, más grato, más noble. Danos a todos tu ayuda y tu gracia, para dejarnos formar en tus entrañas, para que tú nos comuniques tu santidad y tu virtud y poder ser lo que fue tu Hijo, glorificadores del Padre, ya que esa fue su misión y debe ser la nuestra.

         Madre, así como en pobreza y en humildad lo diste a luz, así ayúdanos a nosotros a vivir pobres de corazón, pobres de espíritu, para que viviendo pobres, muramos pobres y seamos eternamente ricos; y humildes, Madre; tú sabes por experiencia, que la humildad es el cimiento de la santidad y que si los sacerdotes no somos humildes, no seremos santos, que es lo que todos debemos ser, para la gloria de Dios.

         En obediencia, en santidad y en gracia, debes vernos a nosotros crecer, pues sin ellas no seremos nunca los continuadores de la obra de Cristo.

         En la vida oculta, fuiste la compañera del Dios-Hombre-Sacerdote; a nosotros ayúdanos a amar la vida oculta, el recogimiento, el silencio, para que el amor a la vida oculta, al recogimiento y al silencio, nos lleve al silencio del amor y así envueltos en él y llenos de él, podamos desarrollar nuestro ministerio, que sería estéril e inútil sin el amor.

         En la vida pública de tu Jesús, aunque los evangelios callen, para agigantar tu humildad, tú estabas con Él, cuando no real, espiritualmente, nunca lo dejaste, nunca lo olvidaste; tampoco a nosotros nos dejes, no nos olvides nunca, aunque a veces nosotros por desgracia te olvidemos a ti, necesitamos tu compañía, necesitamos tu ayuda; hay días que parece, que todos nos olvidan, que, todos nos abandonan, que todo se oscurece. ¿No es verdad, Madre, que tú estás con nosotros?, ¿no es verdad que siempre nos acompañas?, ¿no es verdad que si hemos caído, tú eres la que nos has levantado?, ¿cuando hemos estado tristes, tú nos has consolado?, ¿cuando débiles, tú nos has fortalecido?, ¿y nunca en nuestro ministerio nos has olvidado?

         En la Pasión del Hijo de tus entrañas, sí que supiste acompañarlo, mirarlo y ayudarlo con tu amor; esas miradas tuyas fortalecían al que por el hombre se hizo débil. Oh Madre, todos tus sacerdotes necesitamos días de pasión y vida de pasión, para asemejarnos a tu Hijo, no serán nunca los mismos dolores, los mismos sufrimientos, la misma tristeza, pero sí necesitamos la misma ayuda, la misma compasión, la misma mirada amorosa.

         En la Cruz, cuando tu Hijo ofrecía al Eterno Padre el Sacrificio de su Vida, por la salud del Mundo, tú estabas con Él, oíste su último suspiro y lo recibiste ya muerto en tus brazos; a nosotros también asístenos cuando ofrecemos al Padre el mismo Sacrifico de tu Hijo, para que tengamos más fe y más amor. En el último instante de nuestra vida, cuando nuestra carrera hacia Dios termine y nuestra misión sacerdotal en la tierra toque a su fin, acompáñanos, Madre, y entrega nuestro espíritu al Eterno Sacerdote, para que Él nos presente al Padre y ante Él y con Él seamos sus eternos glorificadores. Amén.

Higinio Cubillos
Pbro.

Sopó (Cundinamarca).


Tomado de Regina Mundi nro 4

miércoles, 1 de octubre de 2014

Respuestas para una legionaria de María



Estimada hermana:

Recibe un caluroso abrazo de parte de Nuestra Señora en su advocación de Chiquinquirá. Es ella quien me alienta para decirte que es imposible contarte en un simple artículo las maravillas que ocurren en su santuario boyacense.

El dilema radica en que se quedarían cientos de folios vitales por su importancia guardados entre el tintero. La realidad de ese acontecimiento es irreversible en cuanto a que es inagotable. Nada puedo hacer contra la inmensa necesidad de contarte una hagiografía que no culmina. La disyuntiva radica en el tejido de las circunstancias que se anudaron en la  memoria de la Patria por espacio de 428 años.

Quizás querrías un resumen de los hechos más significativos. También esta opción se quedaría miserablemente corta porque rompería la continuidad del suceso. Tengo guardado en mi corazón de cronista las voces de 22 generaciones de promeseros que me hablaron de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá desde múltiples vivencias, escritas y orales, que se acumularon en mis bitácoras después de escasos 16 años de investigar ese fenómeno celestial. Apelo a tu compresión. Te pido perdón por mi frágil capacidad para relatar, en unos pocos párrafos, un prodigio inextinguible.

Y para compensar en algo la curiosidad mística de tus devociones por la Patrona, le daré unas toscas pinceladas de información a varios de tus interrogantes. Espero que ese acto de osadía, que desmiembra el relato sacro, te sirva para buscar con profundidad misionera el sentido de la renovación del ser desde la misteriosa catequesis dictada por la Santísima Virgen en Chiquinquirá.

Te cuento que en la Capital Religiosa se escucha hablar en mandarín, portugués, coreano, inglés, alemán e italiano entre otras lenguas. Son los idiomas de los peregrinos de las tierras lejanas. A ellos, a diferencia de muchos raizales, no les causa vergüenza visitar el primer santuario de la América del Sur donde se custodia el tesoro de la Patria, el lienzo de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá.

Te das cuenta, hermana, que hay tristeza en la ironía. Me cuesta mucho aceptar el asombro respetuoso de los foráneos que aman lo nuestro con delirio de viajeros. Afortunadamente, los labriegos, los taitas de alpargate, los hombres de ruana y sus mujeres de pañolón saben que en la casa de la Patrona se guarda en herencia la voluntad de la misericordia divina. Todavía se ven grandes romerías de caminantes que fatigan la geografía por los antiguos caminos reales al gastar entre tres y cinco días de actividad puramente pedestre. Adoloridos de andar golpean las puertas de la Basílica para entrar a descansar en las bancas. A las cuatro de la madruga, su felicidad doliente se trasmuta en oraciones y coplas. Versos y promesas. Agradecimientos y mandas. Son el testimonio de un pueblo en cuyas venas hay un surco de gloria inmarcesible.

Los ancestros de esa infantería folclórica fueron los que cantaron victoria en la Batalla de Ayacucho. Sobre las frías pampas de los Andes libertados se dejó una estampa de la taumaturga Virgen del Terebinto.

Sí, no te asombres. Chiquinquirá es conocida como la Villa de los Milagros. Y para desentrañarte el arcano de ese apelativo basta con echarle una ojeada a los cronistas de Indias. Ellos registraron un acontecimiento que no terminó guardado entre los límites de las variables del tiempo y el espacio.  El signo sigue vigente. El bautismo  formal de la ciudad no es el producto emocional de una figura literaria escrita por los poetas chiquinquireños. Es una realidad documentada y refrendada por cuatro siglos de sucesos felizmente extraordinarios. 

En Chiquinquirá la fe, la virtud teologal, y las leyes del universo, que edifican el conocimiento científico, entienden que son  hermanas gemelas, hijas del Padre Creador y bajo ninguna circunstancia se oponen a la dignidad de la razón.

El intelecto puede comprobar la armonía de este delicado principio en los anales del fenómeno mariano que no deja de asombrar a propios y extraños.

Y con tu permiso intentaré dar un brevísimo paseo por las épocas donde la frase: “Bendita sea Nuestra Señora de Chiquinquirá” alegró el corazón de sus devotos con un grito desaforado: “Gracias, Dios mío”.

En mi  humilde concepto la colombianidad, en su tradición más cara, debe saber qué pasó el 26 de diciembre de 1586 en los Aposentos de la encomienda de Chiquinquirá. Y sino lo sabe  puede preguntárselo a los hermanos de Maracaibo  (Venezuela). Ellos sí aman, defienden y propagan lo que por derecho de suelo y herencia le pertenece a un país amnésico.

Nuevamente, mi sarcasmo hiere estás páginas. Es una inevitable protesta contra la indiferencia que oculta el sentir de la Nación. Mejor dejo de lado el sentimiento para entregarles la palabra a los doctos que escribieron sobre Chiquinquirá, con tintas de agradecimiento, “Villa de los Milagros”.

En primer lugar deseo que comprendas que donde se levanta la verdad no puede haber cabida para las leyendas, los mitos o las opiniones de los trujamanes del embuste. Y ante esa realidad se levanta magnifico el Proceso jurídico-canónico de la Renovación del cuadro de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá realizado por varios peritos entre 1587-1589 y cuyos originales pertenecen al archivo de la Provincia San Luis Bertrán de los Padres Dominicos.

Tengo en mi poder una copia, que me obliga a compartirte una pregunta al margen de toda pasión. ¿Existe otro elemento probatorio abierto 15 días después de presentarse la mariofonía?  El cuestionamiento va para los señores directores de los santuarios marianos del mundo. No hay vanidad ni inocencia en esos requerimientos. Es mi reto contra la ausencia de identidad de una casta que añora la decadencia de los objetos de los forasteros. Mientras que la respuesta llega tomaré para ti, y al azar, uno de los sucesos que reposan en las hojas de aquel primer expediente.

El 2 de septiembre de 1587, el ecuatoriano Alonso Ruiz Jurado llegó a visitar a Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá  en busca de salud. Estaba tullido de pies y manos.  “…Había un hombre, tullido desde su nacimiento, al que llevaban y ponían todos los días junto a la puerta del Templo…” (Hechos 3,2).

El 7 de septiembre 1587, el ecuatoriano, Alonso Ruiz Jurado, dejó sus muletas y recuperó su movilidad ante Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Ruiz sirvió en la santa casa por espacio de un año para agradecer el  favor. “…Y los cojos andan…” (Mateo 11,5).

Ya te imaginarás la travesía que debieron hacer los familiares para traerlo desde tan lejos a una humilde choza-capilla de una desconocida encomienda. Algo superior estremecía a las fibras de  la idolatría pertenecientes a la cosmogonía muisca en el Nuevo Reino de Granada.

Y por esos finales del siglo XVI, ocurrió que un pueblo se levantó para ir con sus nobles heraldos de a caballo a pedirle al cura de Chiquinquirá que les permitiera sacar el lienzo de la Virgen para llevarlo a Tunja. Los enviados se encomendaron a los favores de la Santísima Virgen María para que los librara de la peste. El mal cesó y la mortandad abandonó los arrabales de incipientes trazos castellanos. Sucedió en diciembre de 1587.

¿Sería que Tunja era una comunidad de mitómanos?  ¿Tú, que piensas? Y sobre el hecho criminal de violar la ley de Dios con una hedionda mentira colectiva recolectaron dinero suficiente para hacerle un templo votivo en el Cerro de los Ahorcados en acción de gracias a la Reina de los Ángeles. Lo interesante es que la fe pervivió y en el año 2014 aún suben los boyacenses a esa loma tutelar para confiarle sus cuitas a su Señorita. 

Y te sigo armando el emblema de la conciencia nacional. El tiempo pasó y el mal, como el pecado, regresó. Esta vez no fue solamente la señorial Tunja la afectada. El 30 de julio de 1633, los pobladores de la Villa Santa María de Leiva realizaron una sesión de Cabildo Abierto para pedirles a las autoridades que se gestionaran los permisos para poder sacar el cuadro de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá de su sede y traerlo, en rogativa, contra la peste y el hambre. La llamada Peste Grande o de Santos Gil azolaba el Nuevo Reino de Granada con sus sepulturas insepultas. Los brazos para cargar a los muertos escaseaban. La mortandad era un signo del horror sin tregua.

Los hijos de aquella primera generación de testigos no olvidaron el socorro al que acudieron sus viejos. Fieles al principio de la tradición volvieron sus rostros hacia la Virgen de Chiquinquirá. 

El 7 de agosto de 1633, el Cabildo de Tunja nombró al alcalde ordinario, Diego Juárez de Novoa; al regidor, Diego de Ventura; al procurador general, capitán Jacinto de Guevara y al escribano Alonso de Vargas para dirigir la comisión que iría a Chiquinquirá para solicitar la salida de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. El objetivo era llevarla para Tunja e invocarla como remedio contra la peste.

Sobre este tema tienes material de consulta suficiente en la  Biblioteca Nacional y aún por Internet puedes ilustrarte sobre la llamada peste de Santos Gil y la participación de la Chinca en el aciago suceso.

Pero antes de salir del siglo XVII te invitó a fatigar tus ojos. ¿Serías tan gentil de leer en castellano antiguo el libro Verdadera histórica relación del origen, manifestación y prodigiosa renovación por sí misma y milagros de la imagen de la Sacratísima Virgen María Madre de Dios Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá de fray Pedro de Tobar y Buendía, O.P., facsimilar de la primera edición de 1694. Instituto Caro y Cuervo, Bogotá 1986?

Supongo que no soy un modelo pedagógico de motivación propedéutica, pero en tus manos está la opción. Si lo deseas te puedo prestar un tomo. Se editaron 1.000 ejemplares, 200 de  ellos numerados. ¿Cuántos habrán sobrevivido a las purgas de los trasteos? Si por gracia de divina llegaste hasta este reglón quizás  pueda lanzar al vuelo de tus intereses otras temáticas.

Entonces, considero un deber cristiano rogarte que por favor te documentes sobre la manifestación de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá ocurrida en Maracaibo (Venezuela) el 18 de noviembre de 1709. Eso me ahorraría una larga conferencia en los salones de la sede del Senatus de Bogotá.

Sin embargo, regreso a la duda del principio. Aquí el resumen no es válido aunque admito cierta ventaja en saltar por las épocas para poder enseñarte algo que afiance tu sana doctrina. Para eso elegí de regalo un suceso irrefutable que aconteció en la quinta salida de la Patrona de su santuario.

El Papel Periódico Ilustrado (nro 113) del primero de abril de 1887 publicó el caso de la conversión del señor Bonilla ante Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá en su visita a Bogotá en 1841. “…Decidióse, pues, sacar a la Virgen de Chiquinquirá para traerla a la capital. Más de seis mil personas la acompañaban con cirios encendidos y se le hacían rogativas en todos los templos del tránsito. Ya en Bogotá, era conducida para la Catedral y Bonilla estaba con un amigo en la esquina de la plaza burlándose de la imbecilidad del pueblo que, decía, adoraba un lienzo mugroso, o tal vez más bien las joyas con que estaba adornado. Al pasar el cuadro de la Virgen delante de él, cayó de rodillas con su compañero, creyendo los que lo veían que hacía aquello aún por burla; pero luego se notó la descomposición y el espanto en la fisonomía del incrédulo, quien de allí mismo subió a pedir una celda en el Convento de la Candelaria para tener ejercicios espirituales. De ellos salió transformado en otro hombre, anunciando su próxima muerte de la epidemia que estaba cesando y de la cual murió algún tiempo después, y dando ejemplo de fervor y de fe. No se supo que fue lo que vio o sintió, pero él exclamó siempre desde ese momento: ‘Sí hay cielo; sí hay infierno; todo lo que nos enseña la Iglesia es verdad’…”

Debes estar fatigada de saber que he abierto en tu conciencia una cantidad de huecos históricos que se bifurcan por entre profundos laberintos de relatos sin lectura. Es casi un delito de academia dejarte con la miel en la boca.

En aras de la brevedad de tu apostolado legionario pasaré fugaz por la ruleta de las cronologías y la detendré en la vida de dos santos de moda.

El primero es el papa Juan XXIII que envío un cirio votivo para que ardiera en la Basílica de Chiquinquirá por el éxito del Concilio Vaticano II. El segundo es el papa Juan Pablo II que, el 3 de julio de 1986, se arrodilló para orar ante el venerable lienzo. Sí, es el mismo sitio donde muchos compatriotas piensan que colocarse de hinojos ante la Reina de Colombia es una práctica ritual premoderna…

Eso es una falta de pertenencia que se podría arreglar con un rato de lectura. Te hago una sugerencia. Si pasas por la Hemeroteca Nacional te recomiendo hojear la revista Carrusel del periódico El Tiempo del 12 de julio de 2002. Este medio publicó una nota sobre la Reina Morena. El texto incluyó el testimonio de un militar norteamericano que luchó en la Guerra de Corea donde quedó ciego. El veterano recuperó la visión en una visita al Santuario de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá.

Y por favor, no te extrañes porque conozco una bibliografía donde encontrarás más de 400 casos de curaciones. Allí, la ciencia médica  dijo: “No se puede salvar” y el devoto respondió: “Pues yo ya me encomendé a la Virgencita de Chiquinquirá”.  Ahí es cuando se entiende porque a la urbe de mis afectos también se le conoce como: “La Ciudad Promesa”.

Y antes de finalizar esta extensa misiva de pequeñas informaciones te cuento que la tradición, la identidad y la historia son tres pilares que constituyeron a Chiquinquirá como la matriz donde se gestó el hombre colombiano y a sus pervivencias históricas y folclóricas. Es en ese vértice de mil caminos donde se reveló el contenido antropológico del signo de la fe. Ellos vieron y creyeron. En ese ámbito, de motivos y promesas, se encuentran los comportamientos heredados de la memoria, arquitecto de feliz de la raza criolla. Sobre la dimensión cultural de los peregrinos  creció el alma nacional. Ellos edificaron las plazas de la ciudad mariana para albergar sus procesiones, oficios, poesías y suplicas.

En esos espacios es donde el hijo aprende del padre y este de sus mayores el gusto por la artesanía de las costumbres. El saber popular se convierte en una cátedra donde los pueblos conversan e intercambian sus creaciones artísticas en una dinámica de  escuela de artes. En esas aulas callejeras, entre coplas y totumas repletas de chicha, se respira la síntesis del conocimiento vernáculo con sus tesis de asombro.

En aquellas charlas de patriarcas se escucha, con pausada armonía, el sonido del Siglo de Oro Español en las palabras que usó Francisco de Quevedo. La semántica y sus etimologías guardan intacto el sabor de Granada y sus amos árabes. Las voces fueron amansadas por el vicio castellano de bautizar las cosas con la lengua de Cervantes. Por ejemplo, la tradicional almojábana es una receta morisca que nuestra bromatología nacionalizó. Pero esa gramática, tejida por el latín, sirve para conservar técnicas que desafían la más aguda inteligencia. Se trata de la siembra del agua. El líquido sacado del Pozo de La Virgen se planta, con calabazos, en las tierras estériles y al cabo de un tiempo nace un manantial. ¿Cómo? Eso te corresponde a ti, hermana legionaria. Debes descubrir el tesoro que ocultan estas líneas porque como canta El Cuchipe: “De Chiquinquirá yo vengo de pagar una promesa”.

Un abrazo, Julio Ricardo Castaño Rueda.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Ricardo Struve, el apóstol de la Peña



El cálido carisma de un foráneo, con sotana y acentos paternales, les devolvió la dignidad a los hijos de un arrabal donde habitaba el despropósito de todas las violencias nacionales, el desarraigo de sus campesinos. 

Por Julio Ricardo Castaño Rueda
Sociedad Mariológica Colombiana

El 20 de julio de 1944, los habitantes del barrio Los Laches de Bogotá quedaron estupefactos. Ellos miraron, con recelo muisca, a un padrecito alemán que se había arrodillado ante la imagen de piedra de Nuestra Señora de la Peña para pedirle un favor, salvar a sus parientes de los bombardeos aliados sobre Kiel. La Patrona escuchó sus ruegos, anegados por la angustia. Sus progenitores salieron ilesos de los escombros y sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial.

El hombre de hinojos era el nuevo capellán, el padre Ricardo Struve Haker. Nadie dio un peso por su ministerio porque aquel sitio colonial existía a la deriva del lejano orden urbanístico de una capital que se autodenominaba la Atenas Suramericana.

La casa cural amenazaba ruina. El templo, tan saqueado por el hampa, no tenía esperanzas de subsistir. El paisaje era el principio de la loma desolada, el refugio de los desamparados. Allí empezaba el tugurio, la ciudad sin país. La ruina, física y moral, era acosada por un páramo donde se arrinconaba la pobreza, en la guarida del olvido.

Struve entendió que su misión sería de largo aliento. Se persignó salió de la bella capilla y comenzó a engendrar la raza de un milagro. Inició su tarea de arriba hacia abajo. Subió al cerro de la Ermita Vieja para buscar la verdad sobre el hallazgo de un conjunto escultórico de la Sagrada Familia de Nazaret al pie de un abismo de 300 metros. En 1946, previa investigación en los archivos del Palacio Arzobispal, desenterró las ruinas del oratorio levantado en 1715. Satisfecho con lo encontrado reactivó la antigua Cofradía de Nuestra Señora de la Peña y les inculcó a unos lugareños, que en su gran mayoría no sabían leer, nacionalidad, sentido de pertenencia y el afecto por sus pervivencias.

La fórmula de buscar en las raíces del patrimonio cultural de su feligresía sirvió para vencer el vértigo de los precipicios.  Struve hizo subir a un buey de carga hasta los 3.225 msnm para llevar el material que ayudaría a reconstruir el emplazamiento donde se dio el prodigio del 10 de agosto de 1685. 

Los brazos del vecindario, organizados por una conciencia evangelizadora, aportaron los talentos de las artes del fontanero, el carpintero, el alarife, el herrero, el arriero y la cocinera. La gente donó sus limosnas y esfuerzos, pero vio la esperanza flaquear. La morada del cura se vino al suelo. El desastre permitió el principio de una secuencia de creaciones.

Struve y su gente construyeron una vivienda nueva para el presbítero y restauraron la Iglesia. Hasta ahí, la hazaña logró el respeto de la alta sociedad bogotana que de pronto se acordó de que sus abuelas se casaron en aquella reliquia de los tiempos señoriales, de capa y espada.

Pero el alemán, como lo llamó algún literato, siguió regando aquel vergel con sus ideas y se transformó en redactor y editor de los Cuadernos históricos de la Peña, principio de una larga serie de estudios publicados sobre su advocación predilecta.

Luego vendría la revista Regina Mundi (1957) y la deuda académica de la Patria de María Santísima comenzó a aumentar porque en 1959 fundó la Sociedad Mariológica Colombiana y en 1961 presentó la primera parte del edificio del Centro Mariano Nacional, después inauguró la Biblioteca Mariana de la Peña… y los obstáculos de la montaña se demolieron en aras de un renacimiento formal a la devoción raizal.

Su vida se convirtió en un constante testimonio del amor al servicio del prójimo. Los parroquianos aprendieron a participar en las legendarias carnestolendas, pero bajo la guía del folclor mariano. Ellos escucharon a los grandes maestros de la música clásica interpretar las melodías que homenajearon a la Madre Dios. Un enorme parlante inundó las brechas laceradas por los caminos del alpargate con el Ave María de Bach-Gounod.

De la melomanía se pasó a la filatelia, a la teología, a la catequesis, a la iconografía y a la Historia porque también creó un pequeño museo para que sus ovejas pudieran mostrar con orgullo los tesoros de su terruño.

Su vida, diseñada para el trabajo sin tregua, donó su saber a las letras de molde e inventó un tiempo extra para que sus luces escribieran los siguientes libros: El Santuario Nacional de Nuestra Señora de la Peña (1955), El problema del protestantismo en Colombia (1958), Inquisición, tolerancia e idea ecuménica, (1959) María en el protestantismo moderno (1959), La Biblia sola o de error en error (1959), Los tipos de María en los padres pre- efesinos (1966) entre otros textos.

En su labor editorial dejó una corta biografía para evitar dudas a los futuros investigadores. El material dice: 

“…Nació el capellán el 8 de agosto de 1904 en la pequeña ciudad de Neustadt (Provincia de Schleswig-Holstein) en Alemania, sobre la costa del mar Báltico, hijo legítimo de Claus Richard Struve y Emma W. J. Haker, ambos protestantes, indiferentes en su  religión. Su padre había nacido el 2 de enero de 1873; su madre el 18 de diciembre de 1874. Su familia, desde hace tres siglos (el árbol genealógico completo de la familia Struve lo elaboró el presbítero Fritz Struve, con 128 nombres que para la ascendencia paterna y materna se dan en las siete generaciones, hasta 1600, aproximadamente), había sido radicado en la comarca Dithmarschen, sobre el mar del Norte y sobre tierras ganadas con esfuerzos frisones al mar, desde cuando el abanderado Eggert Strufe salió de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) ileso, para radicarse en esta comarca democrática de una organización semejante a la de las federaciones suizas. El lema de esta tierra es “Preferible muerto que esclavo”.

De la vida del autor, nada interesante hemos de recordar. Después de sus estudios de bachillerato en Kiel, se convirtió a la Iglesia católica el 7 de julio de 1923, y empezó estudios de Filosofía, Teología y Derecho Canónico en las universidades de Kiel, Fulda, Friburgo (Selva Negra), y Osnabrueck, donde se ordenó sacerdote el 23 de diciembre de 1928. Después de una escuela muy dura en el puerto internacional de Hamburgo (siete años de Capellán), salió en 1935 de Alemania, advertido del peligro que corría su vida por un criptocatólico en la misma Gestapo nazi; vino a Colombia el 5 de junio de este año para servir a los extranjeros en sus necesidades religiosas hasta 1945, año del fin de la guerra. Sirvió algunos puestos en la Curia y algunas cátedras en el Seminario Mayor y la Universidad  Javeriana (es autor de algunos libros), y se radicó, a consecuencia de su voto a la Santísima Virgen de la Peña, y por algunas otra razones, en ese Santuario testigo de sus sudores, sacrificios y satisfacciones, empeñado en revivir el culto a esta santa advocación de la Virgen, y con el deseo de expirar su último aliento viendo el Santuario amado por todo mundo. Nunc dimittis servum tuum, Domine, secundum verbum tuum in pace. Quia viderunt oculi mei salutare tuum, quod parasti ante faciem omnium populorum...” (Ahora Tú haces despedir a tu siervo, Señor, según tu palabra, en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la cual has preparado en presencia de todos los pueblos).

En la revista Regina Mundi nro 62 quedaron otros renglones de su existencia, escritos por el académico Álvaro González, que hablan del final de su apostolado. “…Con motivo del Congreso Eucarístico Internacional que se llevó a cabo en Bogotá en 1968, vino a Colombia el Arzobispo de Colonia (Alemania), para asesorar su organización, ya que el precedente había sido en esa ciudad. El prelado le comunicó al padre Struve una invitación del Gobierno de su país para que los sacerdotes alemanes pudieran regresar a su patria, previa consulta con el vicario encargado de la Arquidiócesis de Bogotá (con sede vacante). El padre Struve viajó de regreso a su tierra natal ese mismo año de 1968, poniendo así fin a su permanencia de 24 años al frente del Santuario de la Peña y 33 de estancia en Colombia, terminando de esta manera la época dorada del Santuario…”

El padre Struve logró derrotar a la amnesia capitalina. Por eso, la  Patrona de Bogotá no deja de recordarlo con el dedicado cariño que nace en altar de sus rocas eternas: “…Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia…” (Mateo 16:18).
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jueves, 18 de septiembre de 2014

Dios te salve, María... (Encomio a la Santa Madre de Dios).

 

San Cirilo de Alejandría


         Dios te salve, María, Madre de Dios, Virgen Madre, Estrella de la mañana, Vaso virginal. Dios te salve, María, Virgen, Madre y Esclava: Virgen, por gracia de Aquél que de ti nació sin menoscabo de tu virginidad; Madre, por razón de Aquél que llevaste en tus brazos y alimentaste con tu pecho; Esclava, por causa de Aquél que tomó forma de siervo. Entró el Rey en tu ciudad, o por decirlo más claramente, en tu seno; y de nuevo salió como quiso, permaneciendo cerradas tus puertas. Has concebido virginalmente, y divinamente has dado a luz.

         Dios te salve, María, Templo en el que Dios es recibido, o más aun, Templo santo, como clama el Profeta David diciendo: santo es tu templo, admirable en la equidad (Sal 64:6).

         Dios te salve, María, la joya más preciosa de todo el orbe; Dios te salve, María, casta paloma; Dios te salve, María, lámpara que nunca se apaga, pues de ti ha nacido el Sol de justicia.

         Dios te salve, María, lugar de Aquél que en ningún lugar es contenido; en tu seno encerraste al Unigénito Verbo de Dios, y sin semilla y sin arado hiciste germinar una espiga que no se marchita.

         Dios te salve, María, Madre de Dios, por quien claman los profetas y los pastores cantan a Dios sus alabanzas, repitiendo con los ángeles el himno tremendo: gloria a Dios en lo más alto de los cielos, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad (Lc 2:14).

         Dios te salve, María, Madre de Dios, por quien los ángeles forman coro y los arcángeles exultan cantando himnos altísimos.
          Dios te salve, María, Madre de Dios, por quien los Magos adoran, guiados por una brillante estrella.

         Dios te salve, María, Madre de Dios, por quien es elegido el ornato de los doce Apóstoles.

         Dios te salve, María, Madre de Dios, por quien Juan, estando aún en el seno materno, saltó de gozo y adoró a la Luminaria de perenne luz.

         Dios te salve, María, Madre de Dios, por quien brotó aquella gracia inefable de la que decía el Apóstol: la gracia de Dios, Salvador nuestro, ha iluminado a todos los hombres (Tit 2:11).

         Dios te salve, María, Madre de Dios, por quien resplandeció la luz verdadera, Jesucristo Nuestro Señor, que en Evangelio afirma: Yo soy la Luz del mundo (Jn 8:12).

         Dios te salve, María, Madre de Dios, por quien brilló la luz sobre los que yacían en la oscuridad y en la sombra de la muerte: el pueblo que se sentaba en las tinieblas ha visto una gran luz (Is 9:2). ¿Y qué luz sino Nuestro Señor Jesucristo, luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo? (Jn 1:29).

         Dios te salve. María, Madre de Dios, por quien en el Evangelio se predica: bendito el que viene en el nombre del Señor (Mt 21:9); por quien la Iglesia católica ha sido establecida en ciudades, pueblos y aldeas.

         Dios te salve, María, Madre de Dios, por quien vino el vencedor de la muerte y exterminador del infierno.

         Dios te salve, María, Madre de Dios, por quien se ha mostrado el Creador de nuestros primeros padres y Reparador de su caída, el Rey del reino celestial.

         Dios te salve, María, Madre de Dios, por quien floreció. y resplandeció la hermosura de la resurrección.
         Dios te salve, María, Madre de Dios, por quien las aguas del río Jordán se convirtieron en Bautismo de santidad.

         Dios te salve, María, Madre de Dios, por quien Juan y el Jordán son santificados, y es rechazado el diablo.

         Dios te salve, María, Madre de Dios, por quien se salvan los espíritus fieles.

         Dios te salve, María, Madre de Dios: por ti las olas del mar, ya aplacadas y sedadas, llevaron con gozo y suavidad a los que son, como nosotros, siervos y ministros.

Madre de Dios (Homilía pronunciada en el Concilio de Éfeso).


         Dios te salve, María, Madre de Dios, tesoro veneradísimo de todo el orbe, antorcha inextinguible, corona de virginidad, cetro de recta doctrina, templo indestructible, habitación de Aquél que es inabarcable, Virgen y Madre, por quien nos ha sido dado Aquél que es llamado bendito por excelencia, y que ha venido en nombre del Padre.

         Salve a ti, que en tu santo y virginal seno has encerrado al Inmenso e Incomprensible. Por quien la Santísima Trinidad es adorada y glorificada, y la preciosa Cruz se venera y festeja en toda la tierra. Por quien exulta el Cielo, se alegran los ángeles y arcángeles, huyen los demonios. Por quien el tentador fue arrojado del Cielo y la criatura caída es llevada al Paraíso. Por quien todos los hombres, aprisionados por el engaño de los ídolos, llegan al conocimiento de la verdad. Por quien el santo Bautismo es regalado a los creyentes, se obtiene el óleo de la alegría, es fundada la Iglesia en todo el mundo, y las gentes son movidas a penitencia.

         ¿Y qué más puedo decir? Por quien el Unigénito Hijo de Dios brilló como Luz sobre los que yacían en las tinieblas y sombras de la muerte. Por quien los Profetas preanunciaron las cosas futuras. Por quien los Apóstoles predicaron la salvación a los gentiles. Por quien los muertos resucitan y los reyes reinan, por la Santísima Trinidad.

         ¿Quién de entre los hombres será capaz de alabar como se merece a María, que es digna de toda alabanza? Es Virgen y Madre, ¡oh cosa maravillosa! Este milagro me llena de estupor. ¿Quién ha oído decir que al constructor de un templo se le prohíba habitar en él? ¿Quién podrá ser tachado de ignominia por el hecho de que tome a su propia Esclava por Madre?

         Así, pues, todo el mundo se alegra (...); también nosotros hemos de adorar y respetar la unión del Verbo con la carne, temer y dar culto a la Santa Trinidad, celebrar con nuestros himnos a María, siempre Virgen, templo santo de Dios, y a su Hijo, el Esposo de la Iglesia, Jesucristo Nuestro Señor. A Él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.



jueves, 11 de septiembre de 2014

¿Qué los mueve?



Por Julio Ricardo Castaño Rueda
Sociedad Mariológica Colombiana


Hay peregrinos que viajan hacia Chiquinquirá en busca de una solución. Necesitan que sus creencias dejen de virar en contravía de la fe cristiana. No los motiva la predica ni la bondad del catolicismo. Tienen entre su morral un sincretismo religioso mezclado con vacíos profundos. En sus años de ausencia moral acumularon teorías y especulaciones sacadas de las aulas  callejeras donde el hombre impone su anhelo más allá de la dimensión de la razón y lo llama sueño.

El fascinante derecho de soñar con un mundo al gusto del ideal individual, sin normas, tiene un defecto. El proceso onírico depende de un guía que lo despierte a la fantasía de la realidad. Porque el exceso de elucubraciones lúdicas finaliza en una tolerancia que raya en la alcahuetería. Bienvenido el aborto, el uso de estupefacientes y la larga lista de atrocidades en favor del libre desarrollo de la personalidad que se atan al libertinaje de un sofisma manoseado por la crueldad.

La racionalidad egoísta termina por volverse una pesada carga de incógnitas. Ese criterio incorrecto está de acuerdo con aquello que rompa el orden ético en aras del bienestar del ego hedonista…

Un paradigma del modelo anarquista pasó muy cerca de estas páginas para dejar el testimonio de su experiencia. Él, el libre pensador del barrio, por vivir a la moda de las caravanas extranjeras que viajan hacia Chiquinquirá se preguntó: ¿qué los invita a la travesía? ¿Turismo?, ¿historia?, ¿religión?, ¿fe?, ¿promesas?, ¿folclor?, ¿curiosidad?, ¿tradición?, ¿necesidad? En el engranaje de las respuestas cada pieza de las incógnitas tiene un mecanismo dinámico que impulsa al individuo a visitar el templo de la Patrona Nacional, pero no es el motor.

El gran aliento, que ha sostenido por más de cuatro siglos el trasegar de las muchedumbres es el afecto de Dios. El misterio del santuario abarca el regreso del penitente al seno de la maternidad divina. Si la intención abre la intimidad al constante llamado de Cristo: “convertíos”, ningún mortal regresará intacto de Chiquinquirá. No podrá porque la voz del milagro ha depositado su imperio de misericordia en el alma con una palabra indeleble: “Renovación”.

Renovar es un verbo que no admite dudas porque se conjuga en un solo tiempo, el presente vital e infinito. Regenera siempre. El neuma, tocado por la fragancia que perfuma el altar de la Virgen de Chiquinquirá, incendia la existencia. El pecador entiende que el barro es la materia prima del alfarero que moldea según su consentimiento para plasmar la perfección del Altísimo.

Frente al tabernáculo la opinión falaz, el sofisma comercial, la herejía perversa y la lista de errores levantados por milenios en contra de la verdad son derretidos por la luz del Evangelio. La venda de la terquedad, debilidad del continuo errar, se deshace. Las montoneras de esquemas preconcebidos, por una sociedad ahíta de vicios, se derrumba ante el sentido de la ternura en la inocencia de la fe.

El resultado es contundente. El peregrino incrédulo estuvo en la casa de Dios y su Madre como gran anfitriona salió a recibirlo rodeada de ángeles. Ella se encargó, con maternal delicadeza, de consolarlo y curarlo a través del propio arrepentimiento. La Reina lo condujo ante sus amados sacerdotes en el confesionario. El servicio de lavandería espiritual lo pagó la sangre de Cristo. El hombre, roto y desteñido, como alguna vez estuvo el sagrado lienzo que guarda la Basílica quedó inmaculado y pudo pasar al banquete Eucarístico.  El prodigio inmenso de la salvación  desplazó el pasajero vaivén de la subsistencia hacia la eternidad. El sendero de las ceremonias especulativas se perdió en la ruta que conduce a un diluvio de bendiciones.

¿Qué los mueve? y la respuesta total es el propulsor latente del corazón de una Madre Virgen que enamorada asintió: “Hágase en mí según tu palabra”  y desde entonces,  como lo declamó el poeta Alcántara, “el amor se hizo romero”.
De las romerías y su excelsa misión apostólica de predicar el evangelio de María surge el valor sagrado de los sacramentos. Entre ellos el marital como lo canta la Guabina Chiquinquireña.

El rebelde redimido escuchó de su amada la plegaria de marcha: “Virgencita de Chiquinquirá, llévanos con bien. Santo ángel, con tus alas protégenos y con tus espadas defiéndenos”.










jueves, 4 de septiembre de 2014

La catequesis de una promesera

Por Julio Ricardo Castaño Rueda
Sociedad Mariológica Colombiana

En Chiquinquirá, la Villa de los Milagros, es frecuente escuchar historias de peregrinos, relatos vernáculos que por su sencillez guardan la herencia del valor teológico.

Este cronista fue testigo de una idea expresada en una tienda- restaurante donde los romeros toman sus alimentos con sabor a tierra colombiana sin más recetas que la tradición del buen gusto.

Entre la sopa de mazorca y las viandas exquisitas se habló de la Santísima Virgen María. El respeto apostólico del creyente, que sabe que puede expresar sus ideas sin temor, estuvo dentro de los linderos de un santuario mariano.

Mientras las cucharas y los comentarios de los hombres dejaban construir sus conversaciones sobre María Santísima, una hermosa zipaquireña, hija de nobles solares, dejó para el recuerdo de la travesía sus posturas sobre el episodio de las Bodas de Caná (Juan 2-1,11). Ella entregó el resumen de sus tesis para estas líneas que solo quieren destacar el valor de la Mariología popular. Ciencia construida bajo el anónimo pasar de los andariegos que visitan a la Patrona de rodillas y con su camándula enredada en el alma.

El texto de aquella charla de romeros dice: “En ese pasaje tan interesante, la Madre de Dios es muy solicita a la necesidad de los novios, pero también intercede y se adelanta al misterio de la Eucaristía a la transustanciación, al Cordero.

Ante el  llamado de atención de su Hijo: ‘Aún no ha llegado mi hora’ (la hora del sacrificio por la humanidad) Ella acató la voluntad de su Hijo y lo ratificó con la frase: ‘Hagan lo que Él les diga’. Los sirvientes obedecieron el mandato de Jesús y llenaron las vasijas.

Las tradiciones de los judíos no explican lo de las seis tinajas destinadas a los ritos de purificación. Pero en este signo hay tanta complejidad en su simplicidad que vale la pena mirarlo con la lente del catolicismo. En ese acto de la ablución, los cristianos marianos podemos pensar en el sacramento de la confesión donde nos limpiamos de nuestros pecados para poder pasar al banquete de la Eucaristía.

Dios nos espera siempre y nos dice: ‘Llenen sus corazones hasta el borde’. Él nos explica que nunca limita el amor que nos tiene porque está destinado para nuestra salvación.

La crónica muestra a un novio que escuchó a un maestresala decir: ‘todos sirven primero el vino mejor; y cuando se ha bebido en abundancia, el peor. Tú, en cambio, has guardado el vino mejor hasta ahora’. Este hecho nos enseña el paralelo entre los dos líquidos, el humano y el divino. El licor de Dios es el mejor porque es en su ágape donde se sirve el elixir de la vida eterna.

Sin embargo, el hombre se deja llevar por las superficialidades mundanas. Se obnubila por las cosas materiales y no se da cuenta de que Dios es lo único trascendentalmente importante.

El Evangelio también destaca un sacramento, el del matrimonio donde se unen lo divino y lo humano. En esta descripción se identifica lo indisoluble de la unión, a ejemplo de las bodas de Cristo con su Iglesia, indivisible por el afecto divino.

De esos enlaces y su excelsa misión surge el valor sagrado, tanto del sacramento marital como el de la Iglesia, al fundirse con Jesucristo en la intimidad de la Eucaristía.

En síntesis, los esposos por el misterio de la comunión deben llegar a la salvación por medio de la fe, la esperanza y la caridad”.

La promesera calló y partió. En sus labios se escuchó una plegaria de marcha: “Virgencita de Chiquinquirá, llévanos con bien. Santo ángel, con tus alas protégenos y con tus espadas defiéndenos”.