martes, 22 de septiembre de 2020

La Mariología bogotana, un legado de Alemania


 


 

Por Julio Ricardo Castaño Rueda

La Sociedad Mariológica Colombiana cumple hoy 61 años de silentes tareas investigativas. La academia fue fundada por el reverendo padre Richard Struve Haker, un alemán protestante, que encontró el camino al Padre en el catolicismo.

El presbítero, perseguido por la Gestapo a causa de su fe, abandonó su tierra y llegó a Colombia, el Jardín Mariano, 1935. La nueva patria tenía un altar a la Madre de Dios en cada pueblo remoto. La devoción por la Santísima Virgen María era un legado que pasaba de madres a hijos por el cordón umbilical de una devoción cristiana: el rosario.

Eso le llamó la atención.  ¿Cómo en un país tan piadoso no existía un centro de estudios dedicado a la Mariología? La respuesta a la incógnita fue su trabajo como capellán y luego párroco del Santuario Nacional de Nuestra Señora de la Peña. Allí en los cerros bogotanos reconstruyó la ermita de la Peña Vieja (1946) y junto a los pies de la Patrona de Bogotá, fundó la revista Regina Mundi (1957) y el 22 de septiembre de 1959 la Sociedad Mariológica de Colombia.

El buen cura restauró el templo colonial, fundó el boletín Ecos del Santuario, levantó el Centro Mariano Nacional de Colombia, creó la Biblioteca Mariana de la Peña, estableció el museo parroquial publicó el libro El Santuario Nacional de Nuestra Señora de la Peña y cambió las costumbres de la loma con sus carnestolendas marianas.

El foráneo presbítero lanzó su cruzada por recuperar la memoria de la cultura religiosa de la capital. Su extensa obra se guarda en el cofre del silencio, herencia mariana. Su legado se mantiene vigente en el corazón de la academia.

jueves, 17 de septiembre de 2020

El romance de la tentación

 


 

Por Julio Ricardo Castaño Rueda

Sociedad Mariológica Colombiana

 “…y no nos dejes caer en tentación”.  (Mateo. 6, 13).

La provocación es un complot del mal para destruir las potencias del alma y destazar, mediante el pecado, la esencia divina del hombre.

La definición bastaría para colocar en alerta a la frágil condición humana, pero la advertencia es cómplice de la desobediencia porque el peligro inminente no alerta de la catástrofe. La razón es la existencia de un delicioso amorío entre el deseo y el riesgo, en una confusión sin tregua. En esa ebullición de los sentidos, la aventura de lo prohibido abre sus puertas al goce del alborozo.

La belleza y el placer, dupla idealizada, se transforman en una trampa de prosas.  Las variantes de ese comportamiento serían infinitas en la inconsciencia de la inocencia. Y si la ingenuidad es avasallada por el trasegar de la pasión, la experiencia y la razón son escombros reducidos por un encanto trémulo. El arrebato indiferente grita: antojo. El regocijo invita al azar delirante de la instigación privilegiada por la extravagancia del deleite.

El apetito de la voluntad enciende los devaneos de la sugestión. La lujuria implora la profunda huella de la ilusión. La realidad trastocada se enamora del anhelo fantástico y vuelve frenético a su destino irredento.

El movimiento de la hermosura atrapa al corazón en una fuga de consolaciones errantes. Tiembla la dicha con la ardentía de las dulzuras florecidas. El diálogo de las intenciones saborea placeres atrevidos. La propuesta sin sonrojos saborea con el secreto de los impulsos. La locura es un suspiro donde el instante se vuelve pensativo. El cuerpo estremecido desafía a la sangre reventada por el verso dulce de un poema.

La claridad taciturna de la experiencia advierte sobre la insegura noche sonámbula. La mujer jubilosa marca un punto de ardor en el infinito esplendor del desasosiego.

La frontera entre el amor inmensurable y las sombras confundidas se unen en una lucha de senderos prístinos. Lugar en rebeldía.

La fascinación ha señalado su derrotero con un marcado acento de tatuaje femenino. La elección del frenesí, quemadura del beso, declama la dulzura de los labios desposados por la quimera prometida.

Las honduras galopantes imantan los suspensos. La invitación clama impasible por la inmensidad de la insistencia, miel ardorosa. Deliciosa bebida de conjuros.  

Las fragancias de la incitación irrumpen impetuosas sobre las mareas de la plenitud íntima. El misterio de la palabra se dona prodigioso ante la incógnita fascinante. Vértigo sublime.

El latido de la fiebre danza pensativo. La jornada indivisible enumera el orden de la angustia sonrosada. La lumbre estremece al horizonte, ímpetu ansioso. La piel es prisionera del tacto, arte de los delirios milenarios. Cruzar esa raya lívida es sentir el escápelo avieso en la garganta. Acción desatada.

La última brizna de cordura receta un remedio de curación instantánea. Implorar a la bogotanísima Virgen de la Peña un corazón inmaculado y pétreo. San Bernardo de Claraval lo recomienda con ahínco de templario: “Si se levanta la tempestad de las tentaciones, si caes en el escollo de las tristezas, eleva tus ojos a la Estrella del Mar: ¡invoca a María!”

martes, 8 de septiembre de 2020

Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado

Foto Julio Ricardo Castaño Rueda

San Andrés de Creta


Sermón 1: PG 97, 806-810

Cristo es el fin de la ley: él nos hace pasar de la esclavitud de esta ley a la libertad del espíritu. La ley tendía hacia él como a su complemento; y él, como supremo legislador, da cumplimiento a su misión, transformando en espíritu la letra de la ley. De este modo, hacía que todas las cosas lo tuviesen a él por cabeza. La gracia es la que da vida a la ley y, por esto, es superior a la misma, y de la unión de ambas resulta un conjunto armonioso, conjunto que no hemos de considerar como una mezcla, en la cual alguno de los dos elementos citados pierda sus características propias, sino como una transmutación divina, según la cual todo lo que había de esclavitud en la ley se cambia en suavidad y libertad, de modo que, como dice el Apóstol, no vivamos ya esclavizados por lo elemental del mundo, ni sujetos al yugo y a la esclavitud de la ley.

Éste es el compendio de todos los beneficios que Cristo nos ha hecho; ésta es la revelación del designio amoroso de Dios: su anonadamiento, su encarnación y la consiguiente divinización del hombre. Convenía, pues, que esta fulgurante y sorprendente venida de Dios a los hombres fuera precedida de algún hecho que nos preparara a recibir con gozo el gran don de la salvación. Y éste es el significado de la fiesta que hoy celebramos, ya que el nacimiento de la Madre de Dios es el exordio de todo este cúmulo de bienes, exordio que hallará su término y complemento en la unión del Verbo con la carne que le estaba destinada. El día de hoy nació la Virgen; es luego amamantada y se va desarrollando; y es preparada para ser la Madre de Dios, rey de todos los siglos.

Un doble beneficio nos aporta este hecho: nos conduce a la verdad y nos libera de una manera de vivir sujeta a la esclavitud de la letra de la ley. ¿De qué modo tiene lugar esto? Por el hecho de que la sombra se retira ante la llegada de la luz, y la gracia sustituye a la letra de la ley por la libertad del espíritu. Precisamente la solemnidad de hoy representa el tránsito de un régimen al otro en cuanto que convierte en realidad lo que no era más que símbolo y figura, sustituyendo lo antiguo por lo nuevo.

Que toda la creación, pues, rebose de contento y contribuya a su modo a la alegría propia de este día. Cielo y tierra se unen en esta celebración, y que la festeje con gozo todo lo que hay en el mundo y por encima del mundo. Hoy, en efecto, ha sido construido el santuario creado del Creador de todas las cosas, y la creación, de un modo nuevo y más digno, queda dispuesta para hospedar en sí al supremo Hacedor.


jueves, 3 de septiembre de 2020

El origen del culto a Nuestra Señora

 


Coronel Alonso Jaramillo, KCHS, BM.

 

 

¿Cuándo se inicia el culto a la Santísima Virgen? Debemos remontamos al hogar conformado por San Joaquín y Santa Ana, miembros de la Casa Real de David, padres de la futura Madre de Jesús. Seguramente, por designio divino, presentían que su Hija había sido predestinada por Dios para un cometido que marcaría el futuro de la humanidad, hasta el fin de los siglos. Ellos fueron quienes rindieron inicialmente culto de veneración a la Mujer excelsa que daría cumplimiento a la llegada del Mesías, tan anunciada por los profetas del Antiguo Testamento.

 

El primero en venerar a Nuestra Señora fue el mismo mensajero que le entregó el anuncio del Señor. El Arcángel San Gabriel le rinde homenaje cuando le dice: “Ave María Gratia Plena” (Lc 1,28). La Segunda devota de María, como nos muestra el Evangelio es su prima Santa Isabel quien le expresa sus sentimientos de júbilo diciéndole: “Bendita tu entre las Mujeres y bendito el fruto de tu vientre” (Lc 1,42).

 

Los pastores, aldeanos de Belén, adoraron al Redentor envuelto en pañales, y naturalmente veneraron a la Señora que acababa de entregar a la humanidad a la Luz del Mundo. Después del cumplimiento de la purificación, según la ley mosaica, el anciano Simeón bendice también a los padres del niño (Lc 2, 34) y se suma a los primeros devotos de la Reina del Universo.

 

Sin duda los apóstoles del Señor, serán los más fervientes seguidores de Nuestra Señora. Ella será su luz y fortaleza en las dudas y aflicciones, será la roca firme ante la desconfianza y la incertidumbre. Ella estará en Pentecostés, acompañando a sus hijos en adopción, los doce escogidos para transmitir la nueva buena a todo el orbe, y finalmente terminará su tránsito terreno acompañada de Juan el discípulo amado de Jesús.

 

La tradición hispánica nos dice que la Santísima Virgen fue en carne mortal a Zaragoza, donde entregó al apóstol Santiago el Pilar, la columna vertebral del primer templo Mariano que se construiría en el mundo como lugar de culto a la Madre de Redentor. Los españoles tienen certeza de este hecho, y se ufanan de ser los iniciadores de la devoción a Nuestra Señora, en forma “oficial”.

 

En la patrística occidental, figuras como Justino, Ireneo y Tertuliano ofrecen sus aportes teológicos para consolidar la devoción de hiperdulía a la Madre del Mesías. Ellos la ven como la “nueva Eva”, la Mujer que devolvió la gracia que nos había arrebatado la primera pecadora expulsada del Paraíso.

 

Una vez terminado el Concilio de Efeso, en 431, la Iglesia empieza a celebrar las festividades de la Asunción, la Anunciación, la Natividad y la Purificación. La Edad Media en Oriente y Occidente se verá adornada por el devotísimo culto a Nuestra Señora a través de diversas advocaciones que han quedado plasmadas en las multicolores vidrieras de las catedrales de la época. En 1751 se inicia el culto a María como Madre de Dios en Portugal, que se oficializará por El Santo Padre Pío XI algunos años después. Nuestra Señora será venerada como Inmaculada Concepción con el beneplácito del Papa Sixto IV, privilegio elevado a la certeza del dogma, por Pío IX en 1854.

 

Todos los siglos se colmarán de amor a la Madre de los Cielos con las manifestaciones de Monserrat, Guadalupe, Lourdes, La Salette, París, Fátima, o Chiquinquirá, donde Nuestra Señora seguirá acompañando la historia de los pueblos y naciones que caminan bajo el amparo de su manto sagrado. Recordemos a San Bernardo “De María Nunquam Satis; De María nunca se hablará suficiente”.

 

Tomado de la Revista Regina Mundi, nro 59.

jueves, 27 de agosto de 2020

La Ermita de la Peña Vieja, un lugar desconocido.

Alto de la Peña Vieja. Foto archivo Particular
Ruinas de la Ermita de la Peña. Foto Jorge E. Castro F,


Por Jorge E. Castro Fresneda.

El sábado 16 de agosto de 2008, siendo las siete de la mañana en compañía de mi hijo Jensen, mi yerno Martín y nuestra mascota Duncan, un perro de raza Akita japonés, salimos con destino a la Ermita de Nuestra Señora de la Peña lugar donde fue hallada la escultura tallada en roca de la Virgen y su corte de ángeles.

Partimos hacia nuestro destino. Caminamos, con la intención de hacer penitencia, desde nuestra residencia ubicada en el barrio Eduardo Santos, en la avenida calle 3ª. con carrera 18, para tomar posteriormente la avenida calle sexta o de los Comuneros. Para nuestro viaje llevamos suministros de agua y pedazos de panela, a su vez salimos sin celulares, ni dispositivos electrónicos.

Alrededor de las ocho de la mañana nos encontrábamos frente al santuario. Allí, dispuestos a continuar nuestro camino a la ermita, seguimos en dirección hacia el Alto de la Cruz. Empezamos a subir la montaña, en línea recta, transcurrió aproximadamente una hora y 30 minutos. Estábamos exhaustos de tanto caminar, pero con la mirada enfocada en la cruz que se sentía cada vez más cerca, a un poco más o menos de 400 metros fue cuando fuimos sorprendidos por un abismo que solo nos permitía ver la cruz a distancia pero no podíamos seguir avanzando. En ese momento sentimos una gran impotencia y desilusión, estábamos perdidos y sin salida.

Lastimosamente, tendríamos que devolvernos y dar por terminado nuestro recorrido. No obstante, mantuvimos la fe y no perdimos la esperanza de llegar a nuestro destino. Así que con devoción le pedí a Nuestra Señora de la Peña que nos iluminara y nos guiara por el camino correcto. Fue entonces que, de repente, vi con claridad un árbol grande con ramas gruesas y fuertes, que se encontraba al costado izquierdo del abismo el cual nos serviría de puente para bajar por sus ramas y poder acceder a la ruta que nos llevaría directo a la ermita.

Continuando con nuestra travesía bajamos por las ramas de aquel árbol, que inexplicablemente eran de fácil acceso. Mi yerno sujetó el perro que era grande y pesado. Comenzamos a descender logrando llegar a tierra firme sin novedad. Una vez más fuimos testigos de un milagro. Vimos como de un momento a otro un panorama desolador se transformó en bendición. El Altísimo puso ante nuestros ojos la solución perfecta para continuar hacia nuestro destino. Me sentí como Moisés abriendo las aguas del mar Rojo.

Estando en la cima de la montaña encontramos las ruinas de la ermita vieja, lugar sagrado y de veneración. Admiramos la imponente naturaleza que la rodea. Con orgullo le contaba a mi hijo y a mi yerno las veces que había subido de la mano de mi madre y que en ese momento había sido yo quien seguía sus pasos, manteniendo viva la tradición familiar.

Permanecimos allí una hora y emprendimos nuestro viaje de regreso a casa, siguiendo el curso de una quebrada, que a su vez formaba una media luna que nos alejaba del abismo, un camino escabroso pero que nos llevó a salvo al santuario y de ahí a nuestro hogar.

Indudablemente fue una gran experiencia. Gracias a la Santísima Virgen de la Peña.


La Ermita de la Peña Vieja, un lugar desconocido



Por Jorge E. Castro Fresneda.

El sábado 16 de agosto de 2008, siendo las siete de la mañana en compañía de mi hijo Jensen, mi yerno Martín y nuestra mascota Duncan, un perro de raza Akita japonés, salimos con destino a la Ermita de Nuestra Señora de la Peña lugar donde fue hallada la escultura tallada en roca de la Virgen y su corte de ángeles.

Partimos hacia nuestro destino. Caminamos, con la intención de hacer penitencia, desde nuestra residencia ubicada en el barrio Eduardo Santos, en la avenida calle 3ª. con carrera 18, para tomar posteriormente la avenida calle sexta o de los Comuneros. Para nuestro viaje llevamos suministros de agua y pedazos de panela, a su vez salimos sin celulares, ni dispositivos electrónicos.

Alrededor de las ocho de la mañana nos encontrábamos frente al santuario. Allí, dispuestos a continuar nuestro camino a la ermita, seguimos en dirección hacia el Alto de la Cruz. Empezamos a subir la montaña, en línea recta, transcurrió aproximadamente una hora y 30 minutos. Estábamos exhaustos de tanto caminar, pero con la mirada enfocada en la cruz que se sentía cada vez más cerca, a un poco más o menos de 400 metros fue cuando fuimos sorprendidos por un abismo que solo nos permitía ver la cruz a distancia pero no podíamos seguir avanzando. En ese momento sentimos una gran impotencia y desilusión, estábamos perdidos y sin salida.
Lastimosamente, tendríamos que devolvernos y dar por terminado nuestro recorrido. No obstante, mantuvimos la fe y no perdimos la esperanza de llegar a nuestro destino. Así que con devoción le pedí a Nuestra Señora de la Peña que nos iluminara y nos guiara por el camino correcto. Fue entonces que, de repente, vi con claridad un árbol grande con ramas gruesas y fuertes, que se encontraba al costado izquierdo del abismo el cual nos serviría de puente para bajar por sus ramas y poder acceder a la ruta que nos llevaría directo a la ermita.

Continuando con nuestra travesía bajamos por las ramas de aquel árbol, que inexplicablemente eran de fácil acceso. Mi yerno sujetó el perro que era grande y pesado. Comenzamos a descender logrando llegar a tierra firme sin novedad. Una vez más fuimos testigos de un milagro. Vimos como de un momento a otro un panorama desolador se transformó en bendición. El Altísimo puso ante nuestros ojos la solución perfecta para continuar hacia nuestro destino. Me sentí como Moisés abriendo las aguas del mar Rojo.

Estando en la cima de la montaña encontramos las ruinas de la ermita vieja, lugar sagrado y de veneración. Admiramos la imponente naturaleza que la rodea. Con orgullo le contaba a mi hijo y a mi yerno las veces que había subido de la mano de mi madre y que en ese momento había sido yo quien seguía sus pasos, manteniendo viva la tradición familiar.

Permanecimos allí una hora y emprendimos nuestro viaje de regreso a casa, siguiendo el curso de una quebrada, que a su vez formaba una media luna que nos alejaba del abismo, un camino escabroso pero que nos llevó a salvo al santuario y de ahí a nuestro hogar.+

Indudablemente fue una gran experiencia. Gracias a la Santísima Virgen de la Peña.


jueves, 20 de agosto de 2020

Oración a Nuestra Señora de la Peña

Foto Julio R. Castaño R.


Dios de bondad y de misericordia, gracias os damos por vuestro paternal amor, manifestado en los innumerables beneficios que constantemente dispensáis a los que devotamente veneran las sagradas imágenes de Jesús, María y José en su Santuario de La Peña. 

Os suplicamos, pues, que a tantos beneficios, añadáis el encomendar a vuestra Santa Familia la tutela especial de nuestra amada Patria y la de nuestras casas y familias.

Amén.
(Con licencia eclesiástica)