jueves, 6 de marzo de 2014

La gloriosísima realeza de la Santísima Virgen María


PBRO JOSÉ MANUEL TOBAR C.
Sociedad Mariológica Colombiana 

INTRODUCCIÓN

El título de Reina se ha atribuido a la Santísima Virgen María por la tradición cristiana desde comienzos del siglo IV.

En su introducción a  la carta  encíclica Ad Coeli Reginam, el papa Pío XII, afirma:
“Desde los primeros siglos de la Iglesia católica, el pueblo cristiano ha venido elevando fervientes oraciones e himnos de alabanza y devoción a la Reina del cielo, ya en circunstancias de alegría ya, sobretodo, en tiempos de graves angustias y peligros. Y nunca fallaron las esperanzas puestas en la Madre del Rey divino, Jesucristo, ni languideció jamás la fe, por la que aprendimos como la Virgen María Madre de Dios, Reina con corazón materno en la tierra y como es coronada de gloria en la celestial bienaventuranza”.

Por otra parte no faltan quienes afirman que el término Reina, pertenece a una época histórica ya superada, que refleja concepciones culturales ya pasadas y extrañas a la sensibilidad del hombre moderno. 

Otros anotan que el poner el acento exclusivamente en la grandeza de la Virgen; podría terminar por borrar el perfil evangélico. Habría el peligro de quedarnos anclados en una Mariología de los privilegios, sin  pasar decididamente a una Mariología del servicio. 

Se daría entonces una oposición entre la tendencia a exaltar en la Virgen, su singular dignidad de Madre (contemplándola en la gloria celeste como mujer revestida de luz) y cercana al trono del Altísimo; y la tendencia a contemplar a la Virgen en su vida evangélica, considerando su camino de fe y su adhesión al querer de Dios. Es por tanto necesario introducirnos en las fuentes bíblicas y patrísticas que nos ayudarán  a aclarar dudas y a precisar conceptos, a fin de elaborar una correcta teología, en el ámbito de lo que podemos entender como la realeza de la Madre de Dios. 


1. FUNDAMENTOS ESCRITURÍSTICOS.

A) La maternidad real de la María:
- La Reina Madre (“GuebiRah”).
Este título nos remite de inmediato al A. T: Podemos observar como en la tradición de la dinastía davídica, solamente la Reina – Madre desempeña el papel oficial que comparte una dignidad y unos poderes especiales. No sucede igual con la Reina –Esposa, aunque esta aparezca como la preferida entre las mujeres y la concubina del Rey.
La Reina – Madre es llamada GuebiRah, término que significa dueña. Término que se encuentra en antítesis a sierva; y que a la vez es paralelo a Odon (Señor). Ella aparece mencionada en la lista de los reyes de Judá, mientras que en el reino del norte (Israel), su nombre no es recordado.

En 2 Re 10,13 Jezabel es recordada como GuebiRah. Igual sucede con Betsabé quien dice a Salomón:

“Tengo que pedirte una gracia; espero que no me la negarás”. El rey responde; “Pide, Madre mía, que no te rechazaré. (I Re 2,12-20”).

De lo anterior se deduce que la GuebiRah, con sensibilidad materna, presenta al rey las necesidades del pueblo. De acuerdo con Jeremías 13, 18,  parece que la Reina – Madre llevaba también diadema real. Durante las fiestas nupciales del Hijo, es ella la que le coloca la corona:
En cantares 3,11 podemos leer:
“Salid, hijas de Sión a contemplar al Rey Salomón con la
diadema con que le coronó su Madre el día de sus bodas,
el día de las delicias de su corazón”.


En el Salmo 44,10 se lee; “a tu diestra está la Reina (Hebreo segal) con oro de Ofir. ¿Se trata de la Reina Madre o de la Reina esposa aquí? Hay quienes equiparan la voz segal como equivalente a GuebiRah.

Un pasaje que se aduce en favor de la realeza, es el de Ester 2,17, el cual sería  tipo de la figura de María: Aquí se narra que Asuero exaltó a Ester hasta hacerla Reina constante consorte.

Ester, como figura de María, al igual que Judith y otras mujeres insignes del Antiguo Testamento, es tema predilecto de escritores marianos, siendo este pasaje uno de los que con mayor frecuencia se invocan.

Santo Tomás, en el prólogo a su contenido de las epístolas canónicas nos presenta a Ester, precisamente en este episodio, como figura de María a la que llama “Reina de Misericordia”, como “Madre del Rey de la Justicia”. Podemos preguntarnos si los autores antiguos, ¿Entendían por los términos “tipo, figura, símbolo” los conceptos precisos que posteriormente han sido establecidos por el estudio científico de la Sagrada escritura?

¿Querían decirnos que Dios había intentado proponernos a Ester en las escrituras como prefiguración de María, y de María precisamente en su calidad de Reina? Esto nos hace dudar, cuando se hace un ejemplo promiscuo de los términos “tipo” y “símbolo”, ya que estos pueden indicar conceptos diversos. Bien pudieron hablar estos autores de “tipos”,”símbolos” y “figuras”; en el sentido alto de la persona o cosa bíblica.

A favor de que Ester es tipo de la Santísima Virgen el P. Alameda O.S.B afirma: “Ester es la principal figura de María”. En María encontramos la fisonomía espiritual de la libertadora del pueblo judío:

“No menos agradable fue María a los ojos de Jesucristo, Rey
celestial, quien la hizo su principal esposa, y… la introdujo 
en su palacio y como no, con corona real en la cabeza…”
(Dog Matik, Poderbarn, (932 11, 306).

Nótese no obstante que para que una persona del A. T., pueda decirse con certidumbre Tipo de otra del Nuevo, es preciso que la significación típica quede establecida por la misma Sagrada Escritura o por la tradición, a lo menos implícitamente. No encontramos en el caso que nos ocupa texto alguno de los Padres o de la Escritura que nos hablen de Ester como Tipo de María; menos aún sucede esto en la precisa formalidad de Reina.

Nos vemos entonces en la necesidad de pasar al Nuevo Testamento, donde encontraremos textos más explícitos, que arrojarán nuevas luces sobre el trabajo en cuestión. Textos que son a saber:

1. Mt 1,22-23: Donde se hace una relectura de Is 7,14 tenemos en este texto la mención de la “almah,” la joven esposa de Acaz, Madre del Emmanuel, el rey Ezequías, cuyo nacimiento y reino aseguran la supervivencia de la dinastía Davídica gravemente amenazada.
Por otra parte tenemos a María, “la Virgen”, sin conocer a varón se convierte en Madre de Cristo, Rey Mesías. Él que es el perfecto Emmanuel, el “Dios con nosotros”; garantiza la continuidad perenne de la nueva casa de David, la Iglesia contra toda la potencia adversa.

2. Mt 2,11: En el episodio de la adoración de los magos, (Relato que tiene sin lugar a dudas un carácter regio); vemos como José que también ocupa un lugar de primer plano casi desaparece. Quizá aquí se aparece la tradición veterotestamentaria  sobre la GuebiRah. Ahora es María la Reina Madre del recién nacido Rey – Mesías. Sus rodillas son el trono natural donde se sienta la majestad real del Niño.

La fiesta de la Epifanía, que prepara el trozo evangélico de Mt 2,1-12, es la de Isaías 60,1-6. Es probable que Mateo transcriba aquí en clave Cristología este episodio; en lugar de Jerusalén – Madre, entra ahora María Madre, mientras el Niño, su Hijo, desempeña el oficio del Rey Mesiánico que recibe el homenaje de todas las gentes.
El encuentro con los magos tiene lugar en la casa de Belén, que podría figurar a la Iglesia. Cada vez que los pueblos, a semejanza de los magos acuden a Cristo, encontraron al Niño con María; Ella siempre estará indisolublemente unida a su Hijo.

3. Lc 1,43; “¿De dónde a mí que venga la Madre de mi Señor a visitarme?” Nótese como el título “mi Señor” es de naturaleza regia. En el Salmo 110,1 David llama justamente al Rey “Mi Señor”. (Recordemos que este salmo tuvo relecturas escatológico - mesiánicas, con una referencia privilegiada a la espera del Rey Mesías. (Cfr: Mc 12,35-37, Lc 20,41-44). Isabel, pues, saluda en María a la Madre del Rey – Mesías, el Rey que nacerá y del que habló el ángel a María.

Dos textos arrojan luz directa sobre la realeza de María a saber:
A) Lc 1,32b-33: El ángel Gabriel revela a María la misión del Niño que va a concebir.
B) Ap 12, 155. La mujer coronada.

En el primer texto leemos: “El Señor Dios le dará el trono de David su padre, reinará por siempre sobre la casa de Jacob y su reino no tendrá fin”. En estos versículos resuena la celebre profecía de Natán a David:

“Yo Jhwj haré surgir a tu linaje después de ti, que saldrá de tus 
entrañas y afirmaré su reino;... yo afirmaré para siempre su trono
real”. ( 2 Sam 7 – 16).

Con respecto al texto del Apocalipsis en el que se presenta a “la mujer vestida de sol, con la luna bajo sus plantas, y coronada con diadema de doce estrellas”, se pregunta sí ella puede representar a la Madre de Dios.

Nótese como el Hijo varón de Ap 12,5 que “Regirá todas las naciones con férrea vara”, hace eco a la descripción del rey davídico en Sal 2,9 (Salmo empleado en el N. T a menudo con relación al Mesías. (Cfr : Lc 3,22, Hch 13.33). Al aplicar esta descripción al “Verbo de Dios” Ap 19,15 nos  cercioramos de que el autor quiere referirse aquí a Cristo.

La mujer que aparece revestida de sol, con la luna bajo los pies y corona de doce estrellas, evoca el sueño de José (Gen 37,9); donde el sol es Jacob / Israel, Raquel es la luna, y las doce estrellas son los hijos de Jacob.

La mujer que grita por los dolores del parto en la angustia de dar a luz (Ap 12,2), puede estar diseñada para que evoque las descripciones del pueblo de Israel o Sión como parturienta (Cfr: Is 26,17,54,1, Miq 4,19).

Aquí los dolores del parto son los tiempos confusos que introducen la era mesiánica.
Nótese como el motivo de la mujer en el desierto, de Ap 12,6 – 14 tiene como probable destino recordar a Israel y el éxodo.


SIGNIFICADO PRIMARIO DE AP 12.

¿Qué intenta el hagiógrafo con el símbolo de la mujer?

Una mayoría de autores considera referencia primaria, a saber el pueblo de Dios. (Israel, la Iglesia o ambos).

El Ap 12 subyacen fuentes judías, ya que es muy probable que la mujer encarne a Israel, pueblo de Dios en el Antiguo Testamento.

La adaptación cristiana del símbolo hace que, dado a luz el Niño Mesiánico, la mujer se convierta en Iglesia, pueblo de Dios en el nuevo Testamento.

Referida a la mujer la expresión “en el cielo”, se explicaría como reflejo del apocalíptico sentido de las realidades celestes y terrestres presentadas a un mismo tiempo. En Is 54 Dios llama a Israel o Jerusalén, que es estéril a ser esposa suya, y la adorna de tal modo que parece un ser celestial.

De igual modo los dolores de parto y el parto mismo son descritos en términos veterotestamentarios. (El relato no sufrió remodelación alguna para que correspondiese a determinados rasgos de la vida de Jesús).

El nacimiento del Mesías significa aquí que emerge la salvación mesiánica. Se describe en general la protección del Mesías y se promete que Dios no permitirá el triunfo final del mal sobre el pueblo.

Se esperaría que el Mesías destruyese inmediatamente al dragón. En la experiencia cristiana no es visible la victoria del Mesías aunque haya venido; más bien se espera en el futuro su victoria final.

La caída de Satán, que en el pensamiento judío se asociaba con los tiempos primitivos, es reasociada con la acción que lleva al Mesías ante Dios y ante su trono.

¿Hay referencias a María en Ap 12?

Recordemos aquí cómo el concepto bíblico de personalidad corporativa permite que un único individuo represente a la colectividad.

Según la narración, la mujer alumbra al Mesías, se preguntará: ¿Hubiese hecho referencia a la Madre del Mesías un cristiano del siglo I, sin pensar en María, de la que habría nacido Jesús? Los escritores primitivos eclesiásticos no atribuyen sentido mariológico a Ap 12; la más temprana interpretación mariológica data en realidad del siglo IV. Epifanio: (Panarion 78.11), Andrés de Creta (In Apoc 33). Este silencio debilita pero no destruye la causa de quienes abogan por una identidad mariana.

Se objeta que, según se describe el nacimiento, este no trascurre en realidad como consta que aconteció en Belén. Según Ap 12, no está claro que el nacimiento tenga lugar en la tierra; apenas nace el Niño es arrebatado, sin que se aluda apenas el ministerio público de Jesús; la dificultad se agrava, si la acción de ser arrebatado el Niño, simboliza la resurrección y ascensión; Jesús no ascendió al cielo apenas hubo nacido en Belén.

Si sensatamente se busca una posible referencia mariana en Ap 12, se debe necesariamente inquirir sobre alguna otra presentación del nacimiento que implique a María y ostente una mayor afinidad.


El cuarto Evangelio por su parte nada dice acerca del nacimiento en Belén.
Los dolores de parto por su parte, parecen ser las penas que rodean la despedida o muerte de Jesús, mientras que el nacimiento aludiría a su vuelta tras la victoria. 

Al pie de la cruz está presente la Madre y esta es designada como mujer. (Jn 19,25-27). Esa muerte y la subsiguiente victoria las cuales constituyen “la hora de Jesús”, señalan el momento de la expulsión de Satán. (Jn 12,27-31).

Si el nacimiento del Mesías significa que Jesús va al Padre después que muere, resulta comprensible que Ap 12,5 asocie el nacimiento del Niño con la acción de ser este llevado ante Dios y ante su trono.

Es posible pero no seguro, por lo que hace a la intención misma del vidente, la referencia secundaria a María en Ap 12. Más seguro es que el símbolo de la mujer, de la que nace el Mesías, se preste a intermediación mariana, cuando creció ese interés en la tardía comunidad cristiana.

Nótese cómo encontramos elementos comunes entre el texto de Apocalipsis y Jn 19,25-27 (María al pie de la cruz). Al respecto el padre André Fuillet lo relaciona así:
“En Juan 19,25-27, la Madre de Jesús se halla caracterizada por tres rasgos que no se hallan en los otros evangelios: 1) La insistencia con la que la Madre de Jesús es llamada “mujer”; la coincidencia a este propósito entre la escena de Caná y la escena del Calvario revela una intención, sin duda, de orden doctrinal. En particular en cuanto que es la mujer por excelencia, en cierto modo, María es entregada como Madre a san Juan.
2) Ella tiene pues, otros Hijos además de Jesús: el mismo Salvador da por Hijo a su discípulo amado. 
3) Esta maternidad espiritual se halla ligada al Gólgota.

“Ahora bien : estos rasgos caracterizan de manera semejante a la Madre del Mesías en el Apocalipsis: ella es también llamada Mujer, también tiene otros Hijos además del Mesías y, en fin, se le atribuye igualmente un alumbramiento metafórico , es indudable que estamos en presencia de una tradición propiamente Joanica, común al evangelio y al Apocalipsis”
(Ignacio de la Potterie: “María
en el misterio de la alianza”, página 306).

Después de la huída de la mujer al desierto (12,14) nos sale al paso el versículo 17: “Se enfureció el dragón contra la mujer y se fue a hacer la guerra contra el resto de su descendencia. Este importante versículo no menciona al Hijo de la mujer, el Mesías, sino “el resto de la descendencia”, es decir, todos los cristianos. Además del Hijo que la mujer ha dado a luz (El Mesías) ella tiene otros hijos.

La figura de la mujer - Ap 12 - tiene pues, una significación a la vez eclesial y mariana, sobre todo bajo el aspecto de la maternidad de la mujer, es decir en virtud de la relación que guarda con sus hijos.

Ella es la Madre del Hijo varón que ha dado a luz, pero en el ámbito espiritual es también (y esto se aplica tanto a María como a la Iglesia), Madre de otros hijos: “el resto de su descendencia”.

Respecto a otro tema de Ap 12: el combate entre el dragón y la mujer, creemos que si María es la imagen concreta de la Iglesia, con todo lo que esto conlleva de pruebas, persecuciones y torturas en el curso de la historia, ha de ser posible dar una interpretación mariológica de la lucha entre la mujer y el dragón.

A propósito del texto del cantar de los cantares:

“Quién es esta que se levanta como la aurora, hermosa cual luna, resplandeciente como el sol, terrible como escuadrones ordenados”.
(Cant 6,10 55).
El padre Feuillet descubre aquí un argumento para afirmar que esta mujer significa Israel. Este sorprendente juego de imágenes que expresa tanto el esplendor de esta mujer como su victorioso poder, debe integrarse en la visión sintética de la mujer de Sión del pueblo de Dios; pero puede aplicarse también a María.

En María alcanzan su cumplimento todos los aspectos importantes de las promesas hechas en el antiguo Testamento a la hija de Sión, y en su persona concreta se anticipa lo que será realidad para el nuevo pueblo de Dios, para la Iglesia.
En el antiguo breviario en los maitines del 15 de agosto se leía la antífona:

“Alégrate, Virgen María porque tú sola venciste a todas las herejías en el mundo entero”.

María se halla personalmente comprometida en la lucha escatológica contra el mal.

Al comparar Jn 19,25-27 y Ap  12 nótese una relación inversa: En Ap 12 se pone el acento pues, en la Iglesia pero con resonancias mariológicas; en el evangelio el acento se coloca (en el episodio de Caná y al pie de la cruz), sobre la persona de María, “La Madre de Jesús”.
En Ap 12, la mujer Sión, la Iglesia, será la esposa del cordero cuando tenga lugar la conclusión definitiva de la alianza.

La mujer revestida del sol y coronada de estrellas (figura de la Iglesia Virgen y Madre), nos pone ante los ojos a la Reina de los apóstoles y a la soberana del mundo. Es la Iglesia, pero la Iglesia como destello de María, porque la una es el ejemplar y la otra la copia.

En Ap 12, brilla deslumbrante de majestad y de grandeza, coronada con diadema real, y como Madre de “un Hijo varón que ha de gobernar a todas las naciones con mano férrea”, Hijo que es “arrebatado hacia Dios y hacia su trono”.

Una vez más la Madre del Rey se ofrece a nuestros ojos ostentando los atributos de su excelsa realeza.

Sigue entonces abierta la cuestión respecto al sentido mariano que pueda tener el texto en estudio, dirá: debemos superar una visión demasiado humana y sociológica de la Iglesia y elevar la mirada hacia el misterio de la “mujer” que es indisolublemente María y la Iglesia que es nuestra Madre.


CAMPOS DE SIGNIFICACIÓN EN AP 12: (TRIPLE LECTURA)



1) Plano mitológico:

- Símbolos celestes
- Función respecto al dragón
- Persecución – Dar a luz.




Estos rasgos pertenecen a los ciclos más significativos y fecundos de los mitos de Egipto, Asía  menos y Grecia. En este fondo ha de entenderse la figura de la mujer.



2) Contexto de historia y esperanza israelita:



- La fecundidad (de la Palabra de Dios) 
- Los dolores de parto
-Tradición profética del A.T: Israel o la hija de Sión, como personificación del pueblo de la espera.
- Se espera la plenitud y verdad del tiempo nuevo.
- Nacimiento del Hijo varón (El Mesías esperado)
- En este contexto se entiende la derrota del dragón (Diablo).
- Plenitud del tiempo nuevo



3) Lectura cristiana:

- La mujer en parto (identificada con la Iglesia)
- El Hijo (Varón – Rey) es Jesucristo.
- Padecimiento de la mujer // persecución de la Iglesia tras la pascua de Jesús.



2) FUNDAMENTOS TEOLÓGICOS DE LA REALEZA DE MARÍA SANTÍSIMA.

En sentido amplio y genérico, “Rey” se dice de todo aquel que dirige o gobierna; o sea de quien, con verdadero dominio y poder, conduce a otros hacia un fin determinado.
En este sentido se podría llamar rey a cualquiera que tenga autoridad o poder sobre otro.

La potestad de gobernar, propia del oficio del rey, es potestad de jurisdicción, o sea potestad de regir a otros como súbditos, y comprende el poder legislativo, judicial y ejecutivo. El más esencial a la función regia es el poder legislativo.

Pío XII establece en la Ad Caeli Regiam cómo la realeza de María debe ser concebida analógicamente con la realeza de Cristo.

“Como Cristo con el título particular de la redención es Señor y Rey, así la bienaventurada Virgen es Señora nuestra por el singular concurso prestado a nuestra redención, suministrando su sustancia y ofreciendo voluntariamente por nosotros, deseando, pidiendo y procurando de una manera especial nuestra salvación”. (Ad Caeli Reginam  48).

El concilio Vat II nos propone también la realeza de María Santísima: “La Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original, terminado el curso de su vida terrena fue asunta en cuerpo y alma a la Iglesia celestial y fue enaltecida por el Señor como Reina del Universo, para que se asemejara más plenamente a su Hijo, Señor de los que dominan y vencedor del pecado y de la muerte”.


Puesto que la realeza de María ha de explicarse por analogía con la de Cristo Rey, se hace necesario en primer lugar precisar la teología sobre la realeza  de Cristo, (Cfr: Encíclica Quas Primas del papa Pío XI).

1. Cristo hombre es rey del universo no sólo en sentido metafórico, sino también en sentido estricto, literal y propio. En sentido propio hay que atribuirle a Jesucristo hombre el título y la potestad del Rey; pues solo como hombre se puede afirmar de Cristo que recibió del Padre la potestad, el honor y el reino, ya que el Verbo de Dios identificado sustancialmente con el Padre, posee en común con él todas las cosas. Cristo es Rey en sentido propio según lo afirma la escritura. (Lc 1,32-33, Jn 18,37, Ap 19,16).

2. El fundamento de la realeza de Cristo – hombre, es la unión hipostática  de su naturaleza humana con la persona del Verbo Divino.
Cristo en cuanto Verbo de Dios, es el creador y conservador de todo cuanto existe y tiene por tanto pleno dominio sobre toda la creación universal. 

3. Cristo hombre es rey del universo también por derecho de conquista, como Redentor del mundo.
Por derecho de conquista significa por haber redimido al mundo con su pasión y su muerte en la cruz. (Cfr: 1 Pe 1,18-19).

4. La potestad real de Cristo abarca el triple poder legislativo, judicial y ejecutivo.
a. P. Legislativa: “Habéis oído que se dijo… pero yo os digo” (Mt 5,21-22). “Un nuevo mandamiento os doy” (Jn 13,34).
b. P. Judicial:” El Padre no juzga a nadie sino que ha entregado al Hijo el poder de juzgar” (Jn 5,22)
c. P. Ejecutiva: El rige de hecho los destinos de la historia del mundo, sirviéndose a veces de sus mismos enemigos (guerra, martirio, etc) para sacar adelante los planes de su Reinado de amor sobre el mundo entero.

5. El reino de Cristo no es un reino temporal y terreno, sino un reino eterno y universal: Reino de vida, de santidad, de gracia, de justicia, de amor y de Paz.
a. No temporal: “Mi reino no es de este mundo” (Jn 18,36), lo cual no implica el mantener absoluto dominio sobre todos los reinos de la tierra y sobre todas las cosas creadas.
b. Eterno y Universal: “y su reino no tendrá fin” (Lc 1,33)
“Se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra” (Mt 28,18).
c. De Verdad y de Vida: Vino al mundo “para dar testimonio de la verdad” (Jn 18,37) y para que “todos tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10).
d. De Santidad y de Gracia: “El Hijo engendrado será santo y será llamado Hijo de Dios” (Lc 1,35). “Lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14).
e. De Justicia: Vino a establecerla en el mundo y juzgará a cada uno según sus obras” (Rom 2,5-6).
f. De Amor: Porque es el reino de caridad, virtud y que no pasará jamás (1 Cor 13,8).
g. De Paz: Porque la paz es “obra de la justicia” (Is 32,17) Jesucristo es el príncipe de la paz anunciado por el profeta Isaías (Is 9,6).


Podemos entonces profundizar ahora en la realeza de María en parangón analógico con la realeza de Cristo Rey y Señor del universo. La realeza de María ha de concebirse en parangón analógico con la de Cristo. La Virgen María es Reina del universo no sólo en sentido metafórico, sino también en sentido estricto, literal  y propio.

Los títulos de Rey y de Reina convienen a Cristo y a María también en sentido propio, a causa de su primado, no sólo de excelencia, sino también de poder sobre todas las cosas.

El fundamento principal de la realeza de María en su divina maternidad, que la eleva al orden hipostático y la une indisolublemente con su divino Hijo, Rey universal.

“Como Cristo, con el título particular de la redención es Señor y Rey, así la bienaventurada Virgen es Señora nuestra por el singular concurso prestaba nuestra redención, suministrando su sustancia y ofreciendo voluntariamente por nosotros, deseando, pidiendo y procurando de una manera especial nuestra salvación”.
(Ad Caeli Regenam  48).

María por voluntad divina, tuvo parte excelentísima en la obra de nuestra salvación. Reparando con sus méritos todas las cosas, es Madre y Señora de todas las cosas ha elevado estas cosas a su dignidad original con la gracia que ella mereció (Aquí situamos a María como corredentora de la humanidad). María es real y verdadera Reina aunque en sentido limitado y analógico con relación a Cristo. Lo es por su título de conquista y de asociación a Cristo.

Tenemos entonces, dos potestades: Absoluta la de Jesucristo y relativa la de María; ambas regias dentro de un mismo orden, de las cuales una la de María, es totalmente dependiente y subordinada a la de Jesucristo. La realeza de María pertenece a un orden inmensamente superior. (Orden hipostático – Relativo) que nada tiene que ver con las realezas de la tierra.

María participa también de la potestad legislativa en el reino de Cristo.

Puesto que la ley del reinado de Cristo es la gracia, puede con verdad afirmarse que María, en cuento Reina, participa directamente del poder legislativo del Rey en tanto cuanto participa ella en la adquisición y distribución de la gracia. Siendo la ley del reino de Cristo, en primer lugar la gracia, y, siendo María participante en el procurar esta gracia a los individuos, se sigue lógicamente que María participa de la potestad legislativa de Cristo.

A semejanza y en perfecta dependencia de Jesucristo, el reino de María no es un reino universal y terreno, sino un reino eterno y universal. (Reino de santidad, de gracia, de justicia, de amor y de paz).

María ha comenzado a reinar en el momento mismo en que por obra del Espíritu Santo a Jesucristo Rey, y reafirma su derecho de conquista con su compasión al pie de la cruz de Jesús; la ejerció sobre la Iglesia de los primeros discípulos del Señor, y la seguirá ejerciendo en el cielo sobre todos los seres creados.

Entre los padres orientales encontramos testimonios claros respecto a la realeza de María:


Orígenes coloca en boca de Israel estas palabras:
“¿Por qué me saludas tu primero? ¿Por ventura soy yo la que engendró al Salvador? Más bien yo debo ir a ti, porque tú eres bendita entre las mujeres. Tu eres la Madre de mi Señor, tu eres mi soberana”.
(Orígenes: Homilía san Lucas, homilía VII).

San Juan Damasceno es quien con más claridad habla de la relación entre María Reina y Cristo Rey; entre la maternidad divina y la realeza de María. María Reina íntimamente unida con Jesús rey; donde Reina él su reino es universal: “Es soberana en cuanto es masculino y femenino, celestial y terreno”. “Reina sobre todas las criaturas”. “Sobre la creación entera”. (Cfr: Homilías en la fiesta de la dormición II y III).

El poder real de María, afirma el Padre Dillenschnerider (Congreso Mariológico de Boulogne Sur-mer, 1938)), se ha caracterizado por la ternura maternal que informa su actividad medidora entre Dios y los Hombres.

Si bien debemos renunciar a admitir en María todo poder ejecutivo y judicial, podemos, no obstante, concederle un verdadero poder legislativo, ya que en el reino de la gracia el poder legislativo se confunde con la facultad de dispensar la gracia.

El poder propio de la Virgen en la distribución de las gracias constituye su poder de intercesión, sin que se pretenda con esto coartar su libertad mediadora.
Su causalidad de intercesora, de “omnipotencia suplicante”, entra de lleno en una zona de independencia en virtud de la autonomía que le concede su oficio de Madre y mediadora de los hombres.

María la asociada más perfecta, es también reina perfecta.

Con toda la vida y el alma del Verbo encarnado, ella abraza toda la vida y todo el destino de la humanidad y hace suya esa preocupación por la humanidad que a Cristo acucia y consume. El carácter de sus plegarias y de las misiones que se le confían, le vienen precisamente de esta suerte de unión con Cristo – Rey, y en esto estriba su condición de Reina.

¿Dónde encontrar convergentemente, una Reina que goce sobre el corazón del Rey, de un ascendiente comparable al ascendente de que goza María sobre el corazón de Jesucristo?

De lo anterior se concluye que su participación en el reinado universal de su Hijo, sobrepasa también la participación de los reinos de la tierra en el gobierno de sus respectivos reinos. Porque el distintivo específico del reinado de María es: fecundar, vivificar, embellecer y divinizar las almas de sus súbditos; la Iglesia por tanto la llama no solamente Reina sino Reina de Misericordia.

María es pues, la gran confidente, conocedora de planes y proyectos acariciados por el Rey, ante todo por medio de sus súplicas; matiza con un tinte de bondad y de ternura, todos los actos de gobierno de su regio consorte depositario, único del poder ejecutivo y judicial. Ella logrará con su prestigio personal y el ambiente que goza sobre el corazón del Rey; que la severidad impuesta por los imperativos de la justicia vaya templada por la caricia suave y amorosa de la misericordia.

María, por lo tanto, desplegará especialmente su poder de Reina, al poner en juego el gran resorte de su plegaria, de sus ruegos y de su intercesión omnipotente.

Nótese de otra parte, como se destacan las íntimas relaciones que unen la realeza de María con su corazón inmaculado. María es Reina principalmente por su corazón. El corazón de María es símbolo de esa riqueza inconmensurable de afectos y virtudes que lo adornan.

El amor inmenso de María simbolizado por su corazón ejerce un influjo decisivo en la divina maternidad, como raíz y fundamento de los actos que en ella desembocan. Y como la maternidad, a su vez es la raíz y el fundamento de la realeza, síguese por lógica consecuencia que también el corazón, o digamos el amor, es razón y motivo de la realeza de María.

Su calidad de corredentora constituye a María Reina y soberana; la corredención es ante todo y sobre todo, obra del amor y de la caridad de María, es decir de su inmaculado corazón; luego también su prerrogativa de Reina tiene por razón, raíz y fundamento el amor y la caridad de María, es decir su inmaculado corazón.


REALEZA Y ASUNCIÓN DE MARÍA.

Asociada a Jesucristo y a su obra, en fuerza de la gracia maternal, la misión de la Virgen reviste una nota de universalidad y un carácter oficial indiscutible. En la sinfonía del misterio mariano se descubren múltiples y maravillosos acordes.

Dios ha querido que ambos privilegios (realeza y asunción) alcanzasen su consagración definitiva con pocos años de diferencia.

Pío XII, el gran pontífice mariano, para celebrar el triunfo de la Virgen glorificada en cuerpo y alma, introduce en las letanías la conocida invocación; Regina in Coelum Assumpta, ora pro nobis. Los antiguos oficios de la Asunción, contemplaban a la Madre de Dios exaltada a los reinos celestiales, sobre todos los coros de ángeles; pero quedan mucho más de manifiesto y explicitados en el nuevo oficio, cuyos himnos, una y otra vez, saludan a María asunta como Reina.

Si recogemos los testimonios de la antigüedad cristiana, hallamos que la realeza ya era celebrada siglo y medio o dos siglos antes que la Asunción. (Véase la abundancia de textos antiguos que Pío XII cita en la “Ad caeli Reginam” en la voz de la realeza).

Los testimonios a la voz de la Asunción no aparece no aparecen sino hasta el siglo V. (Cfr: Sn Juan Damasceno, Germán de Constantinopla).

Los romanos pontífices afirman también mucho antes la realeza de María que su asunción en cuerpo y alma a los cielos.

La formula “Asunción de María en cuerpo y alma al cielo” no aparece sino hasta Pío XII que la empleó primero en la “Mystici Corporis”, y luego en una alocución del 15 de agosto de 1945. (Regina in Coelum Assumpta, Capt. IV).

La fiesta de la asunción celebrábase ya en algunas Iglesias de oriente, a mediados del siglo VI (con el nombre de dormición de la Santísima Virgen) sólo hasta mediados del siglo VIII la Iglesia de Roma la hace suya.

Nótese cómo entre los privilegios marianos, exceptuando la maternidad, ninguno fue tan celebrado como la virginidad, y, sin embargo, hoy es el día en que la virginidad aún no tiene fiesta propia.

La Madre del Rey y Creador de todas las cosas es levantada, sobre todos los coros angélicos… allí en el cielo, es reclinada la Madre de Cristo y Reina del mundo; los ciudadanos del cielo se alegraron de tener ya consigo a María, Reina de todo lo creado.

Berceo, el poeta, cree en la Asunción, pero contemplando a la Virgen en el cielo, lo que canta en la ingenuidad de sus versos en la realeza:
“Sennora benedicta, Reina y acabada por manos de tu hijo don Cristo coronada”
(Milagros de Nuestra Señora, milagro 26, estrofa 910).

Veamos pues cuáles son los fundamentos comunes de la asunción y la realeza de María Santísima.

1. María, se encuentra santamente asociada a Jesucristo.
Entendemos aquí la asociación perfecta e indisoluble de la Virgen con Cristo en su predestinación, en su vida, en su misión y teología, y no meramente en el ejercicio o realización de los actos postulados por la misma.
Toda la razón de ser de María, es el Verbo humanado al cual está unido totalmente y desde el principio.
Jesús y María los padres y restauradores del orden nuevo: quedan unidos no sólo por las mutuas relaciones que ligan a la Madre con el Hijo, sino mucho más por razón de su ministerio o destino y misión comunes, aunque con las diferencias radicales que se adivinan entre el Verbo humanado y su Santísima Madre.

Cuando contemplamos a María en sus diferentes oficios de corredentora. (correndención subordinada a la de Cristo), medianera, Reina, etc; descubriremos la armonía y unidad que el principio de asociación imprime a todo el misterio de María, profundamente maternal en su raíz mas honda.

A) Asociada en la predestinación:
Dios destinó a su Unigénito la Madre de la cual nacería en la plenitud de los tiempos; la escogió y distinguió su puesto en los designios, la amó sobre todas las criaturas con tal predilección, que solo en ella se complació de singular manera.

B) Asociada en su vida:
El papa León XIII afirma: “Cuantas veces rezamos (el rosario)  traemos  a la memoria los episodios que constituyen la obra de nuestra redención; ante nuestros ojos se desarrolla, la grandeza de los misterios que constituyen a María como Madre de Dios y Madre nuestra”.

C) Asociada en la redención del hombre :
La Virgen fue escogida para Madre de Dios, a fin de asociarla a la obra de redimir al género humano. De lo cual se sigue que alcanzase favor y poder tan grandes ante su Hijo, que jamás podrá conseguirlo mayor naturaleza humana o angélica.

D) Asociada en gloria:
Por haber sido cooperadora suya en la obra admirable de la redención vino a ser para siempre la dispensadora de las gracias, fruto de esa misma redención.

Como consecuencia:
“La Augusta Madre de Dios, misteriosamente unida a Jesucristo desde la eternidad con un mismo decreto de predestinación, Inmaculada en su concepción, Virgen sin mancha en su divina maternidad, generosamente asociada al Divino Redentor, que obtuvo el triunfo pleno sobre el pecado y sus consecuencias como supremo coronamiento, fue preservada de la corrupción del sepulcro y, vencida la muerte como lo fuera antes por su Hijo, fue elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo, donde resplandece como Reina a la diestra de su Hijo, rey inmortal de los siglos”.
(ENC Munificentissimus Deus. D. C,  809).

Glorificada María en el cielo y participando de la realeza de Cristo, la asociación entre ambas resulta perfecta bajo todos los aspectos.
Por su maternidad, pues, es María segunda Eva y subsiste el principio de recirculación; fundados en la maternidad, contemplamos a la Virgen envuelta en un halo de gloria incomparable y afirmamos su posición única por sobre todas las demás criaturas, es decir, el principio de singularidad trascendente.
De la realeza en primer término podemos afirmar:

Por la maternidad, la Santísima Virgen hallase aparte y en un orden especial: debajo de Jesucristo, que por la unión hipostática es verdadero Dios; pero muy por encima de todos los hombres, que no pasan de ser hijos adoptivos de Dios, cuando María es Madre suya verdadera y natural.

La maternidad divina la hace Reina, no sólo por su excelencia y dignidad, sino también por su dominio e influjo sobre todos los súbditos del Reino de Dios. No cabe concebir al Verbo divino encarnándose sin recibir desde aquel primer instante el dominio absoluto y universal sobre todo lo existente, ni a María elevada a la dignidad de Madre de Dios sin participar inmediatamente de esa realeza. Al quedar elevada a la maternidad divina por una excelencia superior a la de todas las criaturas, queda incorporada a la familia humana, bien que Reina y Señora de toda ella.

Hablando del amor de Cristo a María afirmamos; el amor primero y antecedente con que la eligió; por este amor hizo la perfectísima y no sometida a corrupción alguna, y la asocio a su obra redentora constituyéndola principio de vida y antídoto contra la muerte, de la cual nunca sería dominada. María está indisolublemente asociada a la santidad de Cristo; y como Este por naturaleza, así María por gracia.

Será inaccesible al pecado que es la muerte. En consecuencia debe estar asociada a la vida ya los bienes de su Hijo en el cielo, es decir deberá estar a su lado en cuerpo y alma y reinar junto a Él en trono de gloria.

María está formalmente asociada a Jesucristo en la destrucción del pecado y de la muerte. Esta destrucción se consuma con la resurrección anticipada de Jesucristo, en la cual debía seguirle su Madre. Es claro que lo que es causa de vida y antídoto contra la muerte no puede permanecer en el sepulcro presa de la muerte misma.
San Bernardino de Bustis afirma al respecto:
“La Reina no puede estar separada del Rey ni cuanto al alma, ni cuanto al cuerpo. Como Jesucristo, Rey de Reyes, estuvo exento de la corrupción, así debió estarlo María, por su dignidad de soberana emperatriz”.
(Mater Etecclesía vol. V pag 27-28).


La asunción de María en cuerpo y alma a los cielos está contenida formalmente en el depósito de la revelación y es verdad definida. Quizá hayan quedado sin definir  circunstancias de esa glorificación, como su modo (o proceso) y su término, que acaso sean definibles.

Sobre la realeza no tenemos determinado autoritariamente el elemento esencial de la misma o en que consista, y mucho menos la presentación oficial de la misma por el magisterio solemne de la Iglesia como verdad revelada por Dios.

Nadie no obstante puede concluir aquí que se trate de cosa baladí. Verdades creídas o reveladas por la Iglesia, pueden tardar en ser definidas.

Según el Concilio Vat II: son objeto de fe divina y católica todas las verdades que se contienen en el depósito de la revelación y que la Iglesia nos propone ora por solemne definición, ora por su ordinario y universal magisterio. (DB N. 1.792).

La realeza, como la gracia de la maternidad, como la predestinación está en la constitución misma del misterio mariano y es algo que la Virgen no pudo merecer en su raíz, aunque luego mereciese la gloria que acompaña a su ejercicio.

Por analogía con Jesucristo Nuestro Señor: desde el primer instante era Rey, en sentido riguroso, y se le debían todos los honores. Los títulos primeros de Cristo a la realeza son naturales por su persona; los de María eran sólo de gracia por la predestinación que Dios hiciera de Ella, de manera algo semejante.

De la Virgen se sirve el mismo Jesucristo; al respecto afirma el papa Pío XII:

“De esta unión con Cristo Rey deriva Ella tan esplendorosa sublimidad, que supera la excelencia de todas las cosas creadas; de esta misma unión con Cristo, nace aquel poder regio por el que Ella puede dispensar los tesoros del Divino Redentor; en fin: en esta misma unión con Cristo tiene fundamento y origen la inagotable eficacia de su patrocinio a favor nuestro ante su Hijo y delante del Padre Celestial”.
(ENC Ad Caeli Reginam Doc Marianos  902).

La asunción era reclamada por la dignidad de María.
Era también obligada para el adecuado desempeño de sus funciones a favor de los hombres.
“In regias caelorum sedes, regina tu, hera domina, veraque Dei genitrix translata est”
(Mariale canon 3 oda 5).

La soberanía regia, como dignidad suprema, sólo puede recaer dignamente en una persona plena e íntegramente constituida. Sin la asunción corporal, separada el alma del cuerpo, la persona de María quedará incompleta, deficiente, sujeto impropio e inadecuado para sostener la dignidad soberana de Reina Universal.

Una perfección que tendrían sus súbditos: los ángeles en el cielo y los hombres que en la tierra van hacia la eternidad, no podía menos de hallarse en nuestra gloriosa Reina.

La asunción era por lo tanto complemento de la realeza y camino para su ejercicio pleno.

Si la Madre de Dios ha sido elevada sobre todos los espíritus angélicos, tan excelsa exaltación no es sólo para su gloria, sino para beneficio nuestro. Para todos los Hijos de Dios, ella ha traído la salvación y la redención en Cristo Nuestro Señor.

La asunción diríase reclamada por la maternidad espiritual tal como, en su etapa celeste, la desempeña la Virgen. Hoy ejerce la redención desde el cielo a través de su maternidad espiritual, haciendo la redención subjetiva, distribuyendo las gracias que nos ganó. Ella distribuye las gracias con su voluntad, su querer y su cuerpo, como lo hace también su Hijo.

Sin la asunción corporal, esta maternidad quedaría capitalmente disminuida, lo cual quiere decir que la maternidad espiritual reclama la asunción; ésta también era complemento de los oficios de María a favor de los hombres: de la maternidad, de la mediación, de la realeza.

Si pues, Jesucristo resucitó como primicias de los difuntos que han de resucitar, así también, la resurrección y glorificación del cuerpo de la Virgen son como prenda y anticipo de las nuestras.

La asunción reclamada por todos los oficios y por la dignidad de María, era complemento y disposición última en todos ellos para su natural y ordenado ejercicio; y aunque fue asunta por ser Reina, de hecho, por la asunción entró en posesión de su trono y comenzó de lleno su reinado.

La asunción es pues, el triunfo y la consagración definitiva de María Reina.
La realeza de María por analogía con la de Cristo, se verifica también en el Espíritu Santo. El Espíritu desarrolla al máximo la potencialidad unitiva que empuja a la Madre hacia el Hijo. La Virgen no tiene otra voluntad que la de Cristo.

(Flp 2,5). En virtud, pues, de aquel mismo espíritu que la hizo perfectamente conforme con Cristo su Señor, se convierte a su vez en canal de gracia.

María se convierte en Madre del Rey Mesiánico porque se ha declarado sierva del Señor (Lc 1.38). El concilio Vat II actualiza esta doctrina afirmando:

“Asunta  a los cielos no ha dejado esta misión salvadora sino que con su múltiple intercesión continua obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligro y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria celestial”.
(L. G  62).

María es Reina en cuanto que participa de la realeza del pueblo de Dios. “Pueblo de sacerdotes, nación santa” (Ex 19.6). El N. T., afirma: los redimidos participarán de la exousía o poder real de Dios. “Trasladados al reino del Hijo amado” (Col 1,13).
Dentro de la condición regia del pueblo de Dios, hay que comprender el título de María Reina.

La Virgen en efecto es parte de la Iglesia y no es lícito separarla de ella. Nada en María enmascara o vela el poder (reinado) único de Dios. Todo resplandece como pura gracia de Dios en Ella. María triunfa sobre la ley, entendida como código exterior portador del pecado. María es Reina coronada de gloria. Ella ya y para siempre en el reino de Dios ha conseguido la corona de gloria. (1 Pe 5,4), la corona incorruptible (1 Cor 9,25).

María no sólo coopera a la existencia del reino del Hijo; ella es la “quebirah” del reino Mesiánico, la Reina-Madre que hace posible las bodas del Verbo con la humanidad. María es un persuasor oculto de santidad y de seguimiento de Cristo en sus fases iniciales (Inmaculada), central (Madre de Dios) y final (asunta en el cielo). Ella como líder se ha hecho protagonista  de primer orden al servicio del plan salvífico de Dios. 

Anotemos, finalmente, como no debe vaciarse de sentido, ninguno de los títulos que a la Virgen otorga el pueblo cristiano (Madre, Reina, medianera…) Veamos el significado ontológico de los mismos, relacionando a la Virgen con Jesucristo su Hijo de quien depende todo el orden de la gracia, pero lo cual en todo, también lo quiso Dios, asociada.

Salve Regina Mater Misericordie.


APÉNDICE

Entre los muchos aspectos que se podría tratar sobre las incidencias de la realeza de la Virgen María en la piedad mariana, se destacan a saber:

1. Salve Regina
La antífona Salve Regina, se ha atribuido a los apóstoles, a san Atanasio, Juan Damasceno, Anselmo de Canterbury, etc.
El primer libro litúrgico que trae esta antífona de la Virgen María, es un breviario de Seckau, de los siglos XI – XII.
El texto primitivo decía: Salve, Regina Misericordia… O dulcis María. En el siglo XIII se le añadieron por influencia de Cluny las palabras: Mater misericordie y O dulcis virgo María. 
La Salve Regina es sin duda el caso más sorprendente de como una antífona litúrgica puede hacerse inmensamente popular en la piedad cristiana. No puede compararse con otras similares como Ave Regina caelorum, ni siquiera con la de Regina Caeli laetare.
Una nota singular de esta antífona es el apelativo “de misericordia”, tanto si se une a la palabra Reina o Madre. Es una nota peculiar del Reinado de la Virgen María e indica en primer lugar su poderosa intercesión.

María es Reina con su Hijo Jesús:
“Habiendo sido exaltada la Virgen María como Madre del Rey de Reyes, con toda razón la Santa Iglesia la honra y quiere ser honrada por todos con el título glorioso de Reina. Si el Hijo es rey, dice san Atanasio, con toda razón la Madre debe tenerse por Reina y llamarse Reina y Señora. Desde que María, añade san Bernardino de Siena dio su consentimiento aceptando ser la Madre del Verbo Eterno, desde ese instante mereció ser la Reina del mundo y de todas las criaturas”.
(San Alfonso María de Ligorio:
Las glorias de María, comentario a la Salve Regina).

2. Letanías Lauretanas.
Todas las invocaciones marianas de las letanías están agrupadas en cuatro temas centrales: maternidad divina, virginidad perpetua, mediación y realeza universal de la Virgen María. En el grupo referente a la realeza se sigue el orden litúrgico de grupos de santos, ángeles, patriarcas, profetas, apóstoles, etc.

El papa Gregorio XVI concedió a determinados lugares la facultad de añadir la invocación “Regina sine labe originalli concepta.” León XIII concede en 1883 que se introduzca la invocación Regina sacratissimi rosarii. (Que en un principio era privilegio exclusivo de los dominicos).

Benedicto XV añade la invocación Regina Pacis en 1915. Pío XII prescribe que se incluya, en memoria de la definición dogmática, la invocación de Regina in Caelum assumpta.

La serie de invocaciones aclamando a la Virgen Reina sobre los diversos órdenes de santos, ha de hacer necesariamente en el pueblo fiel el efecto de una catequesis constantemente repetida sobre la realeza de la Virgen. Es al mismo tiempo una aclamación permanente de esta prerrogativa mariana que eleva a la Virgen María al grado de santidad más próximo a Dios. Todas estas advocaciones son otras tantas perlas engastadas en la inmortal corona de la Reina del universo.

3. La esclavitud mariana.
El esclavo es ante todo fiel a su Reina; si realmente lo es, ante todo la venera, reconociendo su excelencia singular. En segundo lugar la ama y hace todo lo que le agrada, evitando todo lo que pueda injuriarla.

Además del culto de veneración, de amor y gratitud, de invocación y de imitación, se debe a la Virgen Santísima, como Reina del Universo un culto de esclavitud. La consagración a la Madre de Dios es un grito que arranca del corazón y de la voluntad: todo por María.

Anotemos finalmente como la realeza de la Virgen, se mantiene explicita en todas las advocaciones marianas, incluso en las de su mayor dolor por la pasión y muerte de su Hijo.
Seria, interesante hacer el estudio de las imágenes marianas coronadas canónicamente.
Cada 15 de agosto se espera la salida de la Virgen de los Reyes de la catedral hispalense. Se oye entonces el eco de las súplicas del pueblo a la Virgen de los Reyes:

“Venid oh Madre excelente 
pues qué virtud os abona:
con esta imperial corona
reinareis eternamente”.

Nota. Acerca de la fiesta de Santa María Reina:
La costumbre de coronar las imágenes marianas se difundió en occidente a partir del siglo XVI. La atribución del título de “Reina” a María está consagrada por la tradición milenaria de la Iglesia. En 1954 como conclusión del año mariano por el centenario del dogma de la Inmaculada, Pío XII instituyó la fiesta. Inicialmente se fijó como fecha de su celebración el 31 de mayo”.

El Papa mismo coronó el icono de la “salus populi romani”. La reforma del calendario le asignó el grado de memoria y la trasladó para el 22 de agosto, con el fin de que fuera más evidente la conexión entre Asunción y realeza de María.

BIBLIOGRAFÍA 

- De Fiores S, Meo E : Nuevo diccionario de Mariología.
     Ed San Pablo. Bogotá, Colombia 1993.

- De la Potterie I: María en el misterio de la alianza. B. A. C.
        Madrid, España 1993.

- Estudios Marianos: nro 48 1983. (Págs. 183-209). Fundamentos Teológicos 
   de la realeza de María. Madrid, España.

- Iglesias Luis A: Reina y Madre: Grandes temas marianos Vol. I.
        Ed. Cabarrulias Madrid, España 1988.

- Juan Pablo II: La Virgen María. Ed. Palabra Madrid, España 1992.

- María de Ligorio san A: Las glorias de María. Ed palabra, Madrid, España 
1992.

- Peinador M :  Fundamentos escriturísticos de la realeza de María.
   E phemenides  Mariologicae nro 12. 1962. Págs. 30 – 47
   Ed. Buen suceso, Madrid, España 2000.

- Pío XII : Ad Caeli reginam. Col: Actos y documentos pontificios 21.
     Ed. Paulinos, Bogotá, Colombia 1966.


- Pons G: Textos marianos de los primeros siglos.
       Ed. Cuidad Nueva, Madrid, España 1994.

- Royo Marín O.P.: La Virgen María. Teología y espiritualidad marianas B. A. C.
          Madrid, España 1996.


Tomado de la Revista Regina Mundi, nro 46

jueves, 27 de febrero de 2014

Asumida por cielo


Julio Ricardo Castaño Rueda
Sociedad Mariológica Colombiana

“¿Murió o no murió la Virgen María?” es el interrogante de un lector que confesó su duda: “yo le pregunté a un cura y él me contestó: pues si falleció Cristo, con mayor razón su madre”.

Esos diálogos apresurados sólo sirven para intentar echarle sombras al sol. La respuesta al dilema está escrita en la historia sagrada de la Iglesia de forma meridianamente contundente. Sin embargo, las opiniones que alejan al intelecto de la verdad caen en la banalidad de rendirle un tributo al sofisma.

El papa Pío XII, en la constitución apostólica munificentissimus deus, definió como dogma de fe que la Virgen María, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste: “…44. Por tanto, después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces e invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para acrecentar la gloria de esta misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, por la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y por la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste.

45. Por eso, si alguno, lo que Dios no quiera, osase negar o poner en duda voluntariamente lo que por Nos ha sido definido, sepa que ha caído de la fe divina y católica.

46. Para que nuestra definición de la Asunción corporal de María Virgen al cielo sea llevada a conocimiento de la Iglesia universal, hemos querido que conste para perpetua memoria esta nuestra carta apostólica; mandando que a sus copias y ejemplares, aun impresos, firmados por la mano de cualquier notario público y adornados del sello de cualquier persona constituida en dignidad eclesiástica, se preste absolutamente por todos la misma fe que se prestaría a la presente si fuese exhibida o mostrada. 
47. A ninguno, pues, sea lícito infringir esta nuestra declaración, proclamación y definición u oponerse o contravenir a ella. Si alguno se atreviere a intentarlo, sepa que incurrirá en la indignación de Dios omnipotente y de sus santos apóstoles Pedro y Pablo. Nos, PÍO, Obispo de la Iglesia católica, definiéndolo así, lo hemos suscrito. Dado en Roma, junto a San Pedro, el año del máximo Jubileo de mil novecientos cincuenta, el día primero del mes de noviembre, fiesta de Todos los Santos, el año duodécimo de nuestro pontificado…”

La declaración, tal vez, no sea lo suficientemente diáfana para algunos amantes de la duda metódica. Lo cual permite definir el concepto de muerte, dentro del contexto universal, como la separación del alma del cuerpo. Sobre el tema dice el catecismo: “…366 La Iglesia enseña que cada alma espiritual es directamente creada por Dios (Cf. Pío XII, Enc. Humani generis, 1950: DS 3896; Pablo VI, SPF 8) -no es "producida" por los padres -,y que es inmortal (Cf. Cc. de Letrán V, año 1513: DS 1440): no perece cuando se separa del cuerpo en la muerte, y se unirá de nuevo al cuerpo en la resurrección final…” 

Queda expuesto clarísimamente como ocurre la defunción y no coincide, de ninguna manera, con lo expresado por su Santidad Pío XII cuando pontificó que la Santísima Virgen María fue: “asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste”. Nótese, por caridad intelectual, que no fue asunta al cielo como consecuencia de la ruptura alma-cuerpo.

La dura cerviz, que desvirtúa la sana doctrina, necesita de un concilio ecuménico o de la proclamación del quinto dogma mariano. Ahí se definirá la corredención de la Santísima Virgen María y se dejará expresado que no pasó por el deceso. Simplemente porque el amor del Omnipotente la creó Inmaculada, prerredimida y la hizo consustancial al Verbo, misterio supremo de su misericordia. 

La conducta del Padre Celestial de prerredimir a sus criaturas aparece en el Antiguo Testamento donde otorgó la gracia de la asunción sin la tragedia de la defunción, destino de los pecadores. Dice Génesis, 5:24: “…Caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció, porque le llevó Dios…”

“…Mientras iban caminando y conversando, de pronto apareció un carro de fuego, tirado por caballos de fuego. Pasó entre los dos hombres y los separó, y Elías fue llevado al cielo por un torbellino…” (2 de Reyes 2: 11).

En ambos casos, la voluntad del Altísimo se impuso sobre las leyes naturales y eximió a los dos personajes del sepulcro a pesar  que sus méritos los mantenían en esencia e historia fuera de la condición impoluta de la Virgen Madre.

Y si ellos, manchados por el yerro de Adán, fueron premiados con el cielo, ¿qué no haría el Omnipotente por rescatar a su progenitora del sesgo oscuro de una parca insolente?

Además, ¿qué sentido tiene apoyarse en libros apócrifos, repletos de fantasías orientales y embustes de la oralidad pagana? Si lo único que une a los relatores es el mantenimiento de la tradición de la asunción o dormición de la bienaventurada Virgen María.

Y dormición es la palabra donde la vacilación regresa para tergiversar los acontecimientos. El verbo dormir jamás será sinónimo de morir porque la semántica y la etimología, en su evolución diacrónica, les definieron un significado exacto.

En síntesis, vale una contra pregunta: ¿dentro del Plan de Salvación de Dios de qué serviría la muerte de la Virgen María? De nada porque el único Redentor es Cristo Jesús. Ella soportó la profecía de Simeón, la que le atravesó el alma, hasta convertirla en Corredentora sin muerte. Este axioma lo ratificó el papa Juan Pablo II al citar a Borromeo. “…San Carlos escribe: ‘Sufrirás aún mayores dolores, Oh Madre bendita, y continuarás viviendo; pero la vida para ti será mil veces más amarga que la muerte. Verás cómo entregan en manos de pecadores a tu Hijo inocente… Lo mirarás brutalmente crucificado entre ladrones, su santo costado abierto por la cruel lanzada, y finalmente, contemplarás aquella sangre que tú misma le diste... ¡Aún así, no podrás morir!’ (Homilía el domingo después de la Epifanía en la Catedral de Milán, 1584). [1] Juan Pablo II, L'Osservatore Romano, edición en inglés, 12 de noviembre, 1984, p. 1

viernes, 21 de febrero de 2014

Para ingresar en el sagrado camino de la Mariología



Por el P. Juan Carlos Casté, EP

(Martes, 18-02-2014, Gaudium Press) El Concilio Vaticano II tuvo una importante mención sobre el papel de la Santísima Virgen cuando incluyó en la Constitución Dogmática Lumen Gentium, el capítulo VIII con el título: Sobre la Bienaventurada Virgen María, Madre de Dios en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Es evidente que un gran número de Padres Conciliares deseaba que el papel de la Santísima Virgen María en la teología y en la piedad católica estuviese claramente declarado en el Concilio. Y esto debido a la larga e ininterrumpida tradición en la Iglesia de veneración y amor especialísimo por la doncella de Nazaret, por su papel fundamental en la Redención y en toda la historia de la Salvación.

Desde los primerísimos tiempos la Iglesia comprendió la importancia del papel de María Santísima. Especialmente después del Calvario, y ya en el Cenáculo, los Apóstoles y fieles cristianos, tenían una noción viva del papel relevante de esta bondadosísima Madre.

En el Nuevo Testamento, de hecho, encontramos pocas referencias a Nuestra Señora, pero si las analizamos con cuidado, las menciones a Ella, son pasajes de la máxima importancia. Y en los primeros símbolos de la Fe se incluye siempre a María Santísima como Madre de Jesús por obra del Espíritu Santo. Esta mención a la Virgen María es de un alto valor teológico, vemos en ello su papel especialísimo.

"Gracias a Ella, Él es el descendiente de David, el heredero del trono, el portador de las promesas mesiánicas, Aquel sobre el que descansa el Espíritu de Yahvéh (Lc 1, 32-36; Is. 11, 1-3). La participación activa de la ‘mujer' en el misterio de la Encarnación es algo positivamente querido por Dios hasta tal punto que no se puede captar el misterio de Cristo, sino se acepta también que la manera que entró a formar parte del género humano fue encarnándose ‘por obra del Espíritu Santo', de Santa María Virgen". (Bastero de Elizalde, Juan Luis, María Madre del Redentor, EUNSA, Navarra, España, 2004, pág.18).

Pero no sólo eso. Enseña San Luis María Grignion de Montfort, que Dios quiso servirse de María en la Encarnación, como el medio más perfecto para que el Verbo operase la Redención y viniese hasta nosotros.

Esta vinculación de María con todo el misterio de Cristo - el misterio de su ser y de su misión - es lo que condujo a la Iglesia a explicitar cada vez más la persuasión de que la Virgen tiene un papel singular, y ocupa un lugar importantísimo en la Redención de su divino Hijo, y por ende en la vida de la Iglesia. Y es por esta razón que Ella es única, lo que la coloca en una posición de superioridad en cuanto a todos los santos. Por ello la Iglesia le rinde el culto de hiperdulía, es decir por encima de todos bienaventurados. Hay un canto muy antiguo, fruto de la piedad popular, que se canta en España y en Hispanoamérica, cuyo estribillo dice: "Más que tú solo Dios, solo Dios..."

Los grandes santos marianos cuando hablaban de la Maternidad Divina de María Santísima, dicen que Ella es la "Digna" Madre de Dios. Esta palabra "digna" es muy importante, pues significa, que Ella a pesar de no dejar de ser una mera criatura estaba a la altura de este papel inimaginable, ser Madre de Dios. Si nos detenemos en este "digna Madre Dios", vemos una tal santidad, una tal altura y grandeza de alma que solo nos queda repetir el viejo estribillo "más que tú solo Dios, solo Dios".

El Profesor Plinio Corrêa de Oliveira, cuando comenta el Tratado de la Verdadera Devoción de San Luis María Grignion de Montfort, dice que él califica a María "como el Paraíso del Nuevo Adán", lo que es algo que no es fácil de encontrar en los manuales de Mariología. El hecho de hablar de Ella como "el Paraíso del nuevo Adán" nos hace ver la grandeza de esta alma y todo aquello que Dios Padre puso ahí.

Estos son apenas algunos aspectos que nos ayudan a comprender la inmensidad del papel de la Santísima Virgen en la Redención y por ende en la teología católica.

De ahí la Mariología, esta ciencia que, desde los primeros Padres de la Iglesia estuvo presente en el pensamiento de los fieles, que sin embargo fue tomando cuerpo en la teología hasta que alrededor del siglo XVII se la comenzó a distinguir como una rama de la teología.

Ahora, ¿Cuál es la importancia del estudio de la Mariología? Debemos estudiarla para amar más a esta buena Madre. Solo el estudio no basta, el estudio debe estar acompañado del amor y debe hacer que cuanto más estudiamos, más amamos y más deseamos servir a la Reina de Cielo. Hay un error muy común entre los fieles católicos, que es una especie de temor de "exagerar" en el amor y el culto a la Santísima Virgen, lo que podría causar un desagrado de Nuestro Señor. Nada más falso. Cuánto más amemos y rindamos culto a María más nos aproximaremos al Corazón Sagrado de su Divino Hijo. Este error tiene sus raíces en la vieja herejía jansenista que hizo tanto mal a la piedad mariana y eucarística.

Por eso no debemos temer en amar, conocer, y hacer conocer a la Santísima Virgen.

Estos son apenas unos pequeños puntos introductorios para comenzar a ingresar por el sagrado camino de la Mariología.


Contenido publicado en es.gaudiumpress.org, en el enlace http://es.gaudiumpress.org/content/55999#ixzz2tn9kCljw
Se autoriza su publicación desde que cite la fuente.


jueves, 20 de febrero de 2014

El camino hacia la gloria


De la homilía Maximopere laetamur del 8 de diciembre de 1933 de S. S. Pío XI, con la cual anunció la canonización de Bernardita, presentamos los siguientes párrafos:

“En 1864, Bernarda pidió ser admitida en la Congregación de las Hermanas de Nevers. Dio este paso, siguiendo el consejo del Obispo de Nevers quien había tratado ya con ella sobre su anhelo de abrazar la vida religiosa y le había ayudado a eliminar las dificultades que se oponían a este deseo. Mas por causas de salud, Bernarda permaneció todavía dos años más en el Hospital de Lourdes, donde, llevando vida casi ya de religiosa, se dedicaba solícitamente a atender los enfermos. Antes de realizar su deseo de emitir votos en 1866, y de obedecer el llamamiento divino, se despidió de la cueva de Massabielle y también del hospicio instituido por ella, lugares que tanto amaba. Partió para Nevers e ingresó con grande alegría en el noviciado. Más tarde, por orden de su superiora, contó, en forma cándida y sencilla, a todas las hermanas sus apariciones con que la Inmaculada Madre de Dios la había honrado, con especial referencia al modo milagroso como la Virgen le manifestó su nombre, y de ahí en adelante jamás volvió a hablar de esas apariciones a no ser que fuese obligada por el voto de obediencia.

Cuando ya había recibido el hábito y comenzado con mucho fervor el trienio, cayó gravemente enferma con peligro de muerte. Por tal razón hizo su profesión religiosa en esta grave enfermedad, para renovarla más tarde, el 30 de octubre de 1867 una vez que recuperó su salud y absolviendo todo el tiempo debido del noviciado; retuvo el nombre de María Bernarda. En todo este tiempo dio bellos ejemplos tanto en la observancia de la regla como en todas las demás virtudes cristianas, pero más que todo en la obediencia.

El vivo temperamento que la caracterizaba, lo dominó con fuerza; a sus compañeras siempre se presentaba alegre y sociable; las observaciones de sus superiores, las molestias y lo que cada día traía de cosecha de humillaciones, lo soportó con singular paciencia; a toda hora humilde y obediente, jamás se quejó en las adversidades ni de enemistades encubiertas; regaños y castigos aunque fuesen injustos, los aceptó prontamente y las órdenes las cumplió concienzudamente todas aunque fuesen muy molestas; ora mandada a la enfermería para cuidar de las enfermas, ora señalada para el cuidado del sagrario, todo lo mandado lo cumpliría tal cual le fue encargado y trataba de hacerlo aunque se hallaba indispuesta. El silencio lo observaba estrictamente; se distinguió grandemente por su sencillez, su modestia y la inocencia de sus costumbres, y conservó su inocencia bautismal hasta el último instante de su vida.

Como amaba mucho la vida oculta, y a pesar de que, fuera de su casa religiosa, su nombre ya había adquirido fama mundial, nada buscaba más que una vida escondida lejos de los hombres; siempre trataba de huir de las visitas que venían en gran número al convento, pues si no era por obediencia, no quería ni entrar en el locutorio; la vanagloria no tuvo entrada en su corazón, inmune al orgullo.

En tales ejercicios heroicos de todas las virtudes y crucificada por sus enfermedades, consumió sus fuerzas, derivando consuelo sólo del ardiente amor que sentía por la sagrada pasión de Nuestro Señor, la Sacratísima Eucaristía y la Virgen Inmaculada. Así llegó el 22 de septiembre de 1878, día en que emitió, para consuelo de su alma, los votos perpetuos. Mas ya en el año siguiente de 1879, mes de abril, se recrudeció gravemente la enfermedad que la aquejaba, y entre fatigas y dolores, como para ser hostia más pura todavía, el 16 de dicho mes, se vio reducida al último trance; reconfortada con los santos sacramentos de la Iglesia, recibidos con suma piedad, y llamando en su auxilio humildemente a la Virgen Santísima, voló plácidamente a las nupcias con el Cordero Celestial que “pastea entre lirios”, dejando tras de sí una estela de virtudes y santidad reconocidas. Ellas fueron confirmadas por Dios omnipotente con signos celestiales, con los cuales ya la había distinguido durante su vida mortal y mucho más todavía lo hizo después de su muerte”.

“Quitad de las poblaciones los santuarios de la Virgen, fuentes de poesía, refugio de los cristianos, sanatorios de las almas y aún de los cuerpos. Habréis quitado el paño de lágrimas de los que sufren en el destierro, una fuente de consuelos y alegrías sobrenaturales”.
Juan Rey. S. J.


La canonización de María Bernarda Soubirous

En el más grande de los días en su honor, había muchos Soubirous: los hijos, nietos, sobrinos y sobrinas de la hermana y de los hermanos de Bernardita. Pero el centro de la atención no fueron los parientes, sino el primogénito del milagro, el niño Bouhouhorts. Este último, más precisamente, Justino María Adolar Duconte Bouhouhorts, tenía ahora 77 años, era un hombrecillo de ojos alegres y de boca astuta, bajo un bigote todavía negro. A pesar de sus años, era todavía un activo vendedor de flores en Pau. Se le había dado un boleto de segunda clase para Roma, asegurándosele la pensión y el alojamiento allí. Porque el primogénito del milagro de Lourdes debía compartir la alegría del gran día en que Pío XI enrolaría a Bernardita Soubirous en el calendario de los santos. La cristiandad no tiene ceremonias más magníficas que la canonización de un santo por el Vicario de Dios sobre la tierra. Se decía del niño Bouhouhorts que la nueva santa lo había llevado a menudo en brazos, cuando se visitaban ambas familias. Esto no podía recordarlo en absoluto el florista de Pau. Sin embargo, en el curso del tiempo, los frecuentes interrogatorios y los cuentos de otros habían encendido su imaginación, ayudando a su memoria. El anciano gustaba describir con cuidadosos detalles la apariencia, la voz, el carácter, el comportamiento de aquella a quien debía su milagrosa curación y todas las modestas bendiciones de su larga vida.

“Cuando era niño, era paralítico y tenía convulsiones, como ustedes habrán leído” solía decir: “Bernardita y su madre acostumbraban tomarme y sacudirme hasta que volvía del ataque. Y yo seguí viéndola hasta que se despidió y se fue al convento de Nevers. Tenía entonces cerca de 8 ó 9 años. Los Soubirous eran entonces nuestros mejores amigos, lo sé por mis padres. Y ahora, setenta años después, soy el único ser humano viviente que estuvo personalmente cerca de nuestra dulce intercesora de Lourdes, cuando ella era un poco más que una niña. Y veo ahora ante mí su rostro querido, como si hubiera partido sólo hace unas pocas horas. Los miembros de la familia Soubirous no pueden tener esa experiencia. Todo lo que saben, lo saben por libros y cuadros, de oídas…”

Era un año de gracia, el trigésimo tercero del siglo. Era el 8 de diciembre, fecha de la Inmaculada Concepción. Las nueve de la mañana. Junto al niño Bouhouhorts se sentaba un caballero cordial y bien informado, francés, que vivía en Roma y que era bastante generoso en sus explicaciones.

“Sólo con ocasión de las canonizaciones se adornan las ventanas de damasco rojo, así como las ventanillas de la cúpula, para que no entre la luz del día. Es una impresión que no se tiene otras veces. Aunque soy casi un romano, he presenciado anteriormente sólo una canonización. Noté que ahí, al lado de los proyectores, hay 600 candeleros con 12.000 ampolletas; cada una, por lo menos, de 100 bujías. Por lo tanto, la iluminación es de 1’200.000 bujías”.

“Las masas de gente son espantables. San Pedro puede contener 80.000 personas. Estoy convencido de que hoy hay 10.000 más. El pasillo central ha tenido que ser resguardado para que quede libre a la entrada de Su Santidad. Lo seguirá el Colegio de los Cardenales. Nadie puede recordar los nombres de los obispos y arzobispos, porque serán ciento ochenta. Un espectáculo magnífico, ¿verdad, señor?”

“Magnífico” dijo Bouhouhorts, como un eco.
“¡Y ahora esta magnificencia, esta luminosidad! La tierra no puede ofrecer nada comparable. Cincuenta y cuatro años después de su muerte. ¿Qué es un gobernante o un jefe de Estado o un dictador en comparación con ella? Son borrados como un dibujo en la arena del tiempo, desaparecen en un agujero de la tierra. ¿Qué queda? Un nombre sobre libros polvorientos. Piense en nuestro Napoleón III, señor. Nada sobre la tierra es más caduco y, en verdad, más cómico que un hombre de poder cuando el poder se ha terminado y ya no puede hacer daño a nadie. La muerte de un poderoso es su derrota final. Los grandes espíritus tienen mejor suerte. Pero, hablando profanamente, nada supera la senda llena de espinas cuyo fin es el cielo”.

En este momento, las trompetas de plata sonaron estrepitosamente. La silla papal estaba ya en el pasillo central, entre los guardias suizos, los guardias nobles, los Maestri di Camera, los Sediari, vestidos de escarlata, los abogados consistoriales, de terciopelo negro, los Prelados de la Signatura, los Penitenciarios con sus largos báculos en espiral.

El trono del Papa estaba erigido en el ábside, debajo de La Gloria del Bernini. Dieciséis cardenales se sentaban a cada lado y, a sus pies, los prelados de la Corte. Un personaje de negro se aproximó al trono de Su Santidad, se arrodilló y recitó algunas palabras en latín. Era el abogado consistorial que terminó de dirigir el proceso de canonización de su cliente, Bernardita Soubirous. El proceso se había prolongado durante décadas, y dificultado en complicadas discusiones en pro y en contra, y sujeto, sobre todo, a la implacable intervención del tiempo, el ácido que separa lo auténtico de lo falso. Entre los abogados del consistorio se encontraba el que había representado, por decirlo así, el opositor, la facción de los escépticos, por lo cual era conocido por el nombre vulgar de “abogado del diablo”. No le había ido mejor con Bernardita que, tiempo atrás, al acusador imperial Vital Dutour. Incluso muerta, ella invalidaba con tranquila pertinacia todas las objeciones…

Y ahora, después de ocho años más, al extremo del ábside, bajo La Gloria del Bernini, el abogado de Bernardita que había dirigido victoriosamente su caso a través de todas sus fases, suplicó humildemente al Sumo Pontífice que catalogara el nombre de la niña de Lourdes en el calendario de los santos. El Papa no respondió personalmente, sino por la boca de su interlocutor, monseñor Bacci, sentado en un taburete al pie del trono, vuelto de perfil hacia Pío. El Santo Padre (declaró Bacci) no tenía deseo más ardiente que el cumplir esta canonización. Sin embargo, antes de que tuviera lugar la solemne canonización, era necesario invocar una vez más la luz divina. De rodillas, la asamblea entera entonó las letanías de los santos. Luego el Papa dio la señal para cantar el Veni Creator Spiritus, que, iniciado por las voces de los sacerdotes y de los niños del coro de la Capilla Sixtina, inundó el poderoso edificio. Luego el abogado de Bernardita repitió su súplica al Papa. Monseñor Bacci se levantó, se arrodilló ante Su Santidad, extendió los brazos, diciendo: “Levántate, Pedro en persona, viviente en tu sucesor, y habla”. En seguida, volviéndose a la inmensa reunión, gritó sonoramente: “¡Y vosotros, escuchad con reverencia el oráculo infalible de Pedro!”.

Se colocó un micrófono frente al Papa. La sonora voz del undécimo Pío, amplificada por los altoparlantes, penetró hasta el último rincón de la iglesia de San Pedro.

“Declaramos y decidimos que la bienaventurada María Bernarda Soubirous es santa. Colocamos su nombre en el calendario de los santos. Decretamos que su memoria sea anualmente celebrada, en el nombre de la Virgen, el 16 de abril, día de su nacimiento al cielo”.

Apenas habló, miles de voces se alzaron en el Te Deum, acompañadas por el estrépito de las trompetas de plata y el tronar profundo de las campanas de San Pedro. Las campanas de 300 iglesias romanas y de innumerables otras iglesias en todo el mundo tañeron para proclamar la eterna gloria de Bernardita Soubirous.

Por Franz Werfel


Tomado de la Revista Regina Mundi

miércoles, 12 de febrero de 2014

Carta encíclica de su Santidad Pío XII, con motivo del primer centenario de las apariciones de la Santísima Virgen en Lourdes.



A nuestros muy amados hijos:

El cardenal Aquiles Lienart, Obispo de Lille;
El cardenal Pierra Gerlier, Arzobispo de Lyon;
El cardenal Clément Roques, Arzobispo de Rennes;
El cardenal Maurice Feltin, Arzobispo de París;
El cardenal Georges Grente, Arzobispo-Obispo de Mans.

Y a todos nuestros venerables hermanos los Arzobispos y Obispos de Francia en paz y comunión con la Sede Apostólica,
PIUS PP. XII.

Amados hijos y venerables hermanos, salud y bendición apostólica.

La peregrinación a Lourdes que Nos tuvimos la alegría de hacer cuando fuimos a presidir, en nombre de nuestro predecesor Pío XI, las fiestas eucarísticas y marianas de la clausura del Jubileo de la Redención dejó en nuestra alma profundos y dulces recuerdos. Por ello nos es también particularmente grato el saber que, por iniciativa del Obispo de Tarbes y Lourdes, la ciudad mariana se dispone a celebrar con esplendor el centenario de las apariciones de la Virgen Inmaculada en la Gruta de Massabielle, y que un comité internacional se ha creado con ese fin bajo la presidencia del eminentísimo cardenal Eugenio Tisserant, decano del Sacro Colegio. Con vosotros, amados hijos y venerables hermanos, Nos queremos agradecer a Dios el insigne favor concedido a vuestra patria y las muchas gracias derramadas desde hace un siglo sobre la multitud de peregrinos. Nos queremos además invitar a todos nuestros hijos a renovar, en este año jubilar, su piedad confiada y generosa en quien, según la frase de san Pío X, se dignó establecer en Lourdes “la sede de su inmensa bondad” (carta del 12 de julio de 1914; A. A. S., VI, 1914, p. 376).



I-Francia y la devoción a María

Toda tierra cristiana es tierra mariana; y no existe pueblo rescatado por la sangre de Cristo que no se ufane de proclamar a María como su Madre y Patrona. Esta verdad adquiere, sin embargo, un relieve asombroso cuando se evoca la historia de Francia. El culto a la Madre de Dios allí se remonta a los orígenes de su evangelización; y entre los santuarios marianos más antiguos el de Chartres atrae aún a los peregrinos en gran número y a millares de jóvenes. La Edad Media que, con san Bernardo principalmente, cantó la gloria de María y celebró sus misterios, vio el admirable florecimiento de vuestras catedrales dedicadas a Nuestra Señora: Le Puy, Reims, Amiens, París y muchas otras. Esta gloria de la Inmaculada la anuncian desde lejos con sus esbeltas agujas, la hacen resplandecer en la luz pura de sus vidrieras y en la armoniosa belleza de sus estatuas; testimonian sobre todo la fe en un pueblo que se eleva sobre sí mismo en magnífico impulso para rendir en el cielo de Francia el homenaje permanente de su piedad mariana.

            En las ciudades y en el campo, en la cima de las colinas o dominando el mar, los santuarios consagrados a María —humildes capillas o basílicas espléndidas— cubrieron poco a poco el país con su sombra tutelar. Príncipes y pastores, fieles innumerables, han acudido a ellas, hacia la Virgen Santa, a la que invocaron con los títulos más expresivos de su confianza o de su gratitud. Invócasela aquí como Nuestra Señora de la Misericordia, de Toda Ayuda o del Buen Socorro; allá, el peregrino se refugia junto a Nuestra Señora de la Guardia, de la Piedad o del Consuelo; en otras partes, su oración se eleva hacia Nuestra Señora de la Luz, de la Paz, del Gozo o de la Esperanza; o implora a Nuestra Señora de las Virtudes, de los Milagros o de las Victorias. ¡Admirable letanía de vocablos cuya enumeración, jamás agotada, narra de provincia en provincia los beneficios que la Madre de Dios prodigó a través de los tiempos sobre la tierra de Francia!
El siglo diecinueve, sin embargo, tras la tormenta revolucionaria, había de ser por muchos títulos el siglo de las predilecciones marianas. Para no citar más que un hecho, ¿quién no conoce hoy la medalla milagrosa? Revelada en el corazón mismo de la capital francesa, a una humilde hija de san Vicente de Paúl que Nos tuvimos la dicha de incluir en el catálogo de los santos, esta medalla, adornada con la efigie de “María concebida sin pecado”, ha prodigado en todas partes sus prodigios espirituales y materiales. Y algunos años más tarde, del 11 de febrero al 16 de julio de 1858, plugo a la Bienaventurada Virgen María, con un nuevo favor, manifestarse en tierra pirenaica a una niña piadosa y pura, hija de una familia cristiana, trabajadora en su pobreza. “Ella acude a Bernardita —dijimos Nos en otra ocasión—; la hace su confidente, su colaboradora, instrumento de su maternal ternura y de la misteriosa omnipotencia de su Hijo para restaurar el mundo en Cristo mediante una nueva e incomparable efusión de la Redención” (discurso del 28 de abril de 1935 en Lourdes; Eug. Pacelli, Discursos y Panegíricos, 2a ed., Vaticano, 1956, p. 435).
Los acontecimientos que por entonces se desarrollaron en Lourdes, y cuyas proporciones espirituales se miden hoy mejor, os son perfectamente conocidos. Sabéis, amados hijos y venerables hermanos, en qué condiciones asombrosas, a pesar de las burlas, las dudas y las oposiciones, la voz de esta niña, mensajera de la Inmaculada, se ha impuesto al mundo. Conocéis la firmeza y la pureza del testimonio, controlado con prudencia por la autoridad episcopal y por ella sancionado ya en 1862. Ya las multitudes habían acudido, y no han dejado de ir a la gruta de las apariciones, a la fuente milagrosa, en el santuario erigido a petición de María. Se trata del conmovedor cortejo de los humildes, de los enfermos y de los afligidos; de la imponente peregrinación de miles de fieles de una diócesis o de una nación; del discreto paso de un alma inquieta que busca la verdad... “Nunca —dijimos Nos— se vio en ningún lugar de la tierra semejante efusión de paz, de seguridad y de alegría” (ibídem, p. 437). Jamás, podríamos añadir, llegará a conocerse la suma de beneficios que el mundo debe a la Virgen socorredora. “O specus felix, decorate divae Matris aspectu! Veneranda rupes, unde vitales scatuere pleno gurgite lymphae!” (Oficio de la fiesta de las Apariciones, himno de las segundas vísperas).

Estos cien años de culto mariano, por otra parte, han tejido en cierto modo entre la Sede de Pedro y el santuario pirenaico estrechos lazos que Nos tenemos la satisfacción de reconocer. ¿No ha sido la misma Virgen María la que ha deseado estas aproximaciones? “Lo que en Roma, con su infalible magisterio, definía el Soberano Pontífice, la Virgen Inmaculada, Madre de Dios, bendita entre todas las mujeres, quiso, al parecer, confirmarlo con sus propios labios cuando poco después se manifestó con una célebre aparición en la Gruta de Massabielle...” (Decreto De Tuto, para la canonización de santa Bernardita, 2 de julio de 1933,- A. A. S. XXV, 1933, p. 377). Ciertamente que la palabra infalible del Pontífice Romano, intérprete auténtico de la verdad revelada, no tenía necesidad de ninguna confirmación celestial para imponerse a la fe de los fieles. Pero ¡con qué emoción y con qué gratitud el pueblo cristiano y sus pastores recogieron de labios de Bernardita esta respuesta venida del cielo: “Yo soy la Inmaculada Concepción!”.

Por lo tanto, no sorprende que nuestros predecesores se hayan dignado multiplicar sus favores hacia este santuario. Desde 1869, Pío IX, de santa memoria, se felicitaba de que los obstáculos suscitados contra Lourdes por la malicia de los hombres hubiesen permitido “manifestar con más fuerza y evidencia la claridad del hecho” (carta del 4 de septiembre de 1869 a Henri Lasserre; Archivo Secreto Vaticano, Ep. lat. an. 1869, número CCCLXXXVIII, f. 695). Y contando con esa garantía, colma de beneficios espirituales a la iglesia recién construida, y hace coronar la imagen de Nuestra Señora de Lourdes. León XIII, en 1892, concede oficio propio y la misa de la festividad in apparitione Beatae Mariae Virginis Immaculatae, que su sucesor extenderá muy pronto a la Iglesia Universal; el antiguo llamamiento de la Escritura encontrará en ella una nueva aplicación: Surge, amica mea, speciosa mea, et veni: columba mea in foraminibus petrae, in caverna maceriae! (Cant. 2, 13-14. Gradual de la misa de la festividad de las Apariciones). Al final de su vida, el gran Pontífice quiso inaugurar y bendecir personalmente la reproducción de la Gruta de Massabielle construida en los jardines del Vaticano; y en la misma época su voz se elevó hacia la Virgen de Lourdes en una oración fervorosa y ejemplar: “Que gracias a su poderío, la Virgen Madre, que cooperó en otro tiempo con su amor en el nacimiento de los fieles dentro de la Iglesia, sea de nuevo ahora instrumento y guardiana de nuestra salvación...; que devuelva la tranquilidad de la paz a los espíritus angustiados; que apresure, en fin, en la vida privada lo mismo que en la vida pública, el retorno a Jesucristo” (breve del 8 de septiembre de 1901; Acta Leonis XIII, vol. XXI, p. 159-160).


El cincuentenario de la definición dogmática de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen ofreció a San Pío X la ocasión para testimoniar en un documento solemne el lazo histórico entre este acto del Magisterio y la aparición de Lourdes: “Apenas había definido Pío IX ser de fe católica que María estuvo desde su origen exenta de pecado, cuando la misma Virgen comenzó a obrar maravillas en Lourdes” (carta encíclica Ad Diem Illum, del 2 de febrero de 1904; Acta Pío X, vol. I, p. 149). Poco después crea el título episcopal de Lourdes, ligado al de Tarbes, y firma la introducción de la causa de beatificación de Bernardita. A este gran Papa de la Eucaristía estaba sobre todo reservado el subrayar y facilitar la admirable conjunción que existe en Lourdes entre el culto eucarístico y la oración mariana: “La piedad hacia la Madre de Dios —observa— hizo florecer una notable y fervorosa piedad hacia Cristo Nuestro Señor” (carta del 12 de julio de 1914; A. A. S. VI; 1914, p. 377). Por otra parte, ¿podía ser de otro modo? Todo en María nos lleva hacia su Hijo, único Salvador, en previsión de cuyos méritos fue inmaculada y llena de gracia; todo en María nos eleva a la alabanza de la adorable Trinidad, y bienaventurada fue Bernardita desgranando su rosario ante la gruta, que aprendió de los labios y de la mirada de 

jueves, 6 de febrero de 2014

La Virgen de Chiquinquirá en el Capitolio Nacional.



Alocución del padre Mora Díaz

“Yo, átomo microscópico, partícula infinitesimal, llevando la palabra el día de la  apoteosis de la Reina de Colombia, en el Capitolio Nacional, pórtico de la leyes, en la primera plaza de la República, ante la estatua del Libertador, al frente de los más ricos florones de la sociedad, como son las damas bogotanas; rodeado de los más altas poderes eclesiásticos y civiles, es lo que se puede llamar la debilidad atrevida y que no se explica y que no se justifica sino en atención al imperio de la obediencia que se me ha impuesto. Para tan solemne ocasión quisiera que mi voz fuera clarín de guerra, voz de cristal y mi inteligencia tuviera la intuición de un ángel y el entendimiento y el entusiasmo de un serafín para entonar la plegaria de María.

¿A qué obedece este acto tan solemne? Primeramente a cumplir un imperativo de conciencia, una cláusula protocolaria y testamentaria, un voto solemne de lo próceres de la independencia en momento en que apenas se mecía la patria en su cuna. Con reverencia filial oíd literalmente el sagrado decreto:

“El presidente de la Unión considerando muy propio de la piedad del Gobierno de los Pueblos Libres que lo han constituido, elevar públicamente sus votos al Dios de los Ejércitos para que proteja los de la República y la salve de la ruina y de la desolación con que la amenazan sus enemigos, y confiando en la poderosa intercesión de la Madre de Dios, en su Santuario de Chiquinquirá, decreta lo que sigue:

 1º. A expensas del Estado y con la solemnidad que permitan las circunstancias, se celebrará en aquella iglesia una Misa rogativa, a que se convocará a todo el pueblo; y

2º. Los primeros trofeos militares del enemigo que cayeran en poder de las armas de la República, se depositarán a los pies del Cuadro Milagroso.

Dado en Santafé a 21 de marzo de 1816.
José Fernández Madrid, presidente de la Unión.” 

También obedece esta solemnidad a celebrar las Bodas de Plata de la coronación pontificia de la Virgen de Chiquinquirá, que hoy, a esta misma hora, se verificó en el atrio de la Catedral. Como es de estilo entre gente decente celebrar las bodas de plata, oro y diamante obsequiando a la reina del hogar un regalo, la familia colombiana no podía dejar pasar en silencio el XXV de la solemne coronación sin exteriorizar su amor y gratitud a su Reina y Señora. La generación que ya va cayendo en el sepulcro de los siglos costeó la corona imperial de oro y piedras preciosas; la generación que se levanta tenía que ofrendar alguna presea digna del Augusta Emperatriz, pues las reinas no solamente ostentan en sus frentes las coronas sino que también empuñan en  su diestra el cetro imperial como signo de dominio sobre sus vasallos. Hoy a esta misma hora Colombia entera coloca la rica joya avaluada en diez mil pesos con peso de 215 gramos de oro de 916 milésimos, recamada con 22 esmeraldas, 18 diamantes y un topacio.

De todos los ángulos y de todos lo horizontes de la patria parten las caravanas de peregrinos hacia Chiquinquirá, brújula mariana de la nación. Desde las playas del Pacífico como de las laderas del Táchira y Maracaibo, desde las orillas del mar Atlante como de las selvas del Amazonas y Llanos de Casanare, suben a las alturas de los Andes los peregrinos para escalar el alcázar nacional de María. Los que visten de rústica estameña, como los gentiles y pulcros hombres; las damas de mantillas sevillanas, como las campesinas que calzan limpias alpargatas se dan cita bajo la gran cúpula, que se destaca sobre las verdes colinas, como un diamante engastado en el anillo de la cordillera. En estos momentos el Embajador Pontificio asesorado por ocho prelados que forman toda una constelación espiritual alrededor del milagroso cuadro, pasa en medio de la comunidad dominica, que le hace calle de honor, y va a colocar el rico cetro en manos de la Reina de Colombia. En estos momentos se le rinden honores militares. Los clarines, trompetas, cajas de guerra y bandas de música hieren los aires; las campanas de la basílica se echan a vuelo; dispara el cañón; el ejército rinde en tierra las armas; la bandera nacional ondea sin cesar sobre la selva de bayonetas; la flotilla de aviones cruza el espacio y arroja cascadas de flores sobre la basílica, fragua del más ardiente patriotismo; la colonia chiquinquireña residente en Bogotá despliega el artístico pergamino ante el trono de María y coloca la valiosa jardinería en la escalinata; el aristócrata por excelencia, la más alta gloria de aquella tierra, en estrofas inmortales canta por boca de una pudibunda doncella, las glorias y prodigios de la imagen, que se yergue en le pináculo de la historia nacional como un fanal, como una estrella protectora. El prelado boyacense escala las alturas de la cátedra sagrada como el pontífice de la elocuencia y presenta el sagrado lienzo tocado de eternidad como el objeto de todas nuestras esperanzas, como fanal cargado de luz y de victoria.

No es una fiesta local sino nacional y casi podríamos decir internacional, pues las grandes manifestaciones a la Virgen de Chiquinquirá  se verifican en todo el territorio y aún más allá de la frontera. Las fuerzas armadas de tierra, aire y mar visten el día de hoy de gala y rinden vasallaje a la que fue constituida generalísima de los ejércitos republicanos muchos antes de que se consolidara el régimen democrático en Nueva Granada. Bien estaría que el Congreso declarara fiesta nacional el día de la Reina de Colombia. Lanzo esta idea a la voracidad y al entusiasmo del pueblo colombiano. Haced que este proyecto pase a ser ley de la República.

De todas partes del territorio sube el día de hoy el incienso de la oración hacia el trono de María. Pero más pintoresco, sencillo y tierno es el homenaje del pueblo que no puede ir a Chiquinquirá. Levanta altares sobre la cresta de las cordilleras; en la garganta de las montañas, en los fértiles valles, en la desembocadura de los ríos, en la playa del océano, en la tupida y solitaria selva. El labriego enciende ante la imagen de Chiquinquirá la lámpara rodeada de yedra que brilla en el espeso bosque como un lucero matutino. El mismo salteador no comete hoy el crimen por respeto a María; es lo único que lo une a la humanidad, sin él sería una fiera.
Pero hay lugares donde no existe una capilla, un altar porque la población está en embrión, como acaece en las llanuras de Ayapel o en la fundación de Murillo, donde la colonia chiquinquireña perseguida y expulsada de su tierra, levanta improvisados toldos y desmantelados chozas al pie de las faldas del nevado del Tolima. Visitadas poco ha e interrogadas sobre la fiesta de la Virgen del terruño con motivo de las bodas de plata, contestaron: -No tenemos más que una imagen de la Linda; le obsequiaremos en este día nuestra quema.

Que homenaje tan elocuente y tan sincero. Esta noche convierten con sus fogatas la campiña en un inmenso templo de fuego, en una basílica silvestre, cuya amplitud está limitada por el horizonte; cuya cúpula de cristal es el nevado eterno; cuyas columnas y pilastras están formadas por la encinas y corpulentos robles; los arcos se entretejen con los bejucos que penden de un árbol a otro: por órgano tiene el fragor de la catarata que se desborda en el corazón de la montaña; por incienso el perfume de las flores; por lámpara la tibia luz de la luna. Mirad a los horizontes de la nación y os parecerá que en sus ángulos está escrita esta frase: Reina de Colombia, por siempre serás.

La Virgen de Chiquinquirá fue Reina en el pasado, lo es en el presente y lo será en el porvenir. Nuestros próceres fueron entusiastas amantes de la Virgen de Chiquinquirá. Al pie de ese trono estuvieron los oidores, virreyes, presidentes y generales. Se disputaron la posesión del cuadro, realistas y republicanos, como lo probaron Serviez y Morillo. Bolívar se postró ante la Virgen del Rosario de Tutazá pidiendo su auxilio en la jornada que iba a principiar, y en la que casi perdida la batalla del Pantano de Vargas, acudió a la misma Señora; amenazó a un coronel que blasfemaba contra la Virgen de Chiquinquirá, con fusilarlo por la espalda si continuaba atacándola. Dos veces estuvo en su santuario implorando su protección. La última vez fue en 1828. Llegó a la Plaza Mayor, dice el Obispo Toscano, entonces estudiante del Colegio de Jesús, María y José, y sin sacudir el polvo del camino, pidió al superior de los padres dominicos ver el cuadro milagroso. Llegó el Libertador a las gradas del altar, depuso, cabe el trono de María, la espada triunfadora. Luego hincó la rodilla, ocultó el rostro entre las manos, oró largo rato y al levantarse tenía las manos empapadas en lágrimas. Bolívar de rodillas ante la Reina de Colombia. Bolívar llorando de emoción ante María, es más grande que cuando fulguraba victorioso en las campos de Boyacá o en las alturas de Pichincha, o cuando envuelto en nimbos de gloria relampagueada en las alturas del Chimborazo. Solemne y eterna lección objetiva nos dio Bolívar: Se hincó ante el Señor de los Ejércitos, para nunca arrastrarse ante los déspotas de las naciones ni ante los gusanillos de la tierra. Juventudes que me escucháis: Sois la patria en flor; sois hijos de próceres creyentes; no vayáis a degenerar cayendo en el vil ateísmo  o en el estéril paganismo para que no se diga mañana que en vosotros empobreció la sangre colombiana. Acercaos al Trono de María en estos momentos apocalípticos, los más solemnes de la humanidad, cuando se va a decidir la suerte de las naciones. Empuñad el arma noble del rosario, rezadlo, cantadlo a voz en cuello para tener la gloria de ser descaradamente católicos y poner en fuga las sectas que nos quieren invadir, pues se intenta aguijonear al mundo con el pensamiento de la caridad, de la justicia y de la eternidad.

Si Colombia se ha de salvar no se ha de salvar sino mediante el Santo Rosario, que es la marcha real y triunfal de los espíritus”.


Tomado del libro Historia de los Santuarios Marianos de Colombia. Tomo I. 1950. Fray Mora Díaz, O.P.