miércoles, 9 de julio de 2014

La Chinca invita a renovar el alma en el Sacramento de la Reconciliación


 “…Y no os acomodéis a este mundo; al contrario transformaos y renovad vuestro interior para que sepáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo que agrada, lo perfecto…” (Romanos 12, 2).

Por Julio Ricardo Castaño Rueda
Sociedad Mariológica Colombiana

Introducción

El verbo renovar tiene una delicada semántica de tinte  mariológico que es necesario desentrañar. El misterio de la dinámica moral del significado se encuentra en el diccionario donde aparece una plataforma de pensamiento sencillo y místico. Renovar: (Del lat. renovāre).  Hacer como de nuevo algo, o volverlo a su primer estado.

Si esa palabra se aplica a una situación fenomenológica se entraría en un campo de la mariología histórica donde se conjugan estos dos elementos, el verbo y el prodigio.

Entonces es necesario ubicar a la dupla de palabras en un entorno definido por la cátedra. En la Iglesia Católica Apostólica y Romana las manifestaciones de la Santísima Virgen María son llamadas mariofanías. Estos fenómenos suelen ocurrir ante los seres humanos de forma individual o colectiva en un lugar geográfico y en un tiempo específico.

Dentro de esas manifestaciones se estudian tres casos especiales que son: renovación, hallazgo y aparición. Los siguientes ejemplos tienen su propia historia para ilustrar perfectamente los conceptos señalados. Renovación: Lienzo de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá (1586) Hallazgo: Conjunto escultórico de piedra Nuestra Señora de la Peña de Bogotá (1685) Aparición: Nuestra Señora de Guadalupe, México (1531).

Ahora, el lector puede entrar en el más famoso caso conocido de renovación de una pintura de la imagen de la Santísima Virgen María que se deterioró y regresó a su esplendor original por gracia de Dios.
 En 1586, doña María Ramos, esposa del sobrino del difunto encomendero, Antonio de Santana, vivía en los aposentos de Chiquinquirá doña Catalina de Irlos, viuda de Santana. En la capilla de esa estancia solariega encontró un lienzo abandonado donde en 1562 se había pintado a la Santísima Virgen en compañía de dos santos. La piadosa mujer lo recogió, lo arregló y lo colocó en un bastidor frente al cual hacía sus oraciones y una jaculatoria: “¿Hasta cuándo, rosa del cielo, habéis de estar tan escondida? La respuesta llegó el 26 de diciembre de 1586 cuando ante testigos la imagen se renovó milagrosamente al cambiar de color entre grandes resplandores.

El porqué María Ramos con sus preces logró semejante portento lo podría explicar  Isaac, el Sirio (siglo VII),  en sus discursos ascéticos, serie 1ª, n° 32.  cuando dijo: “…De igual manera que toda la fuerza de la ley y los mandatos que Dios ha dado a los hombres se cumple en la pureza del corazón, como lo dijeron los padres, así también todos los modos y maneras por los cuales los hombres rezan a Dios se cumplen en la oración pura. Los gemidos, las prosternaciones, las súplicas, los lamentos, todas las formas que puede tomar la oración tienen en efecto su fin en una oración pura... La reflexión no tiene nada más que lo que tiene: ni oración, ni movimiento, ni lamento, ni poder, ni libertad, ni súplica, ni deseo, ni placer de lo que espera en esta vida o en el mundo venidero; después de la oración pura, no hay otra oración... Más allá de este límite, está la admiración, no hay más oración; la oración cesa, y comienza la contemplación...”

La oración de la señora Ramos cesó y contempló un prodigio que cambió la vida del Nuevo Reino de Granada y su proceso de evangelización.

Sin embargo, entre la oración y la contemplación se vivió un momento único e imprescindible, la renovación.

Desarrollo

En forma más sencilla se puede explicar con el siguiente esquema:

La renovación del lienzo de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá trasciende la situación fenomenológica para entrar en una dimensión teológica Cristo céntrica. El misterio del milagro se desarrolla de forma trinitaria Oración, Renovación y Contemplación. “…así en el santuario te contemplo para ver tu gloria y tu poder…” Salmo (63-62, 3).

-María Ramos, motivada por la fe, la esperanza y la caridad, postrada en su oratorio en un actitud humilde suplica ver a la Virgen María.  Las tres virtudes teologales le prepararon el camino.

 -La Misericordia del Dios, Trino y Uno, respondió con la reparación del lienzo destrozado donde hay tres figuras la Virgen María con el Niño en sus brazos, san Antonio y san Andrés.

-En la tercera etapa se da la contemplación, el encuentro del alma con la fuerza creadora del Altísimo.

Esa situación, ocurrida en 1586, es un llamado actual y constante para que la humanidad vuelva a vivir el Sacramento de la Reconciliación donde se repite el misterio de la renovación.

La Madre de Dios en su eterna pedagogía, de la complejidad de lo simple, se permitió recordarles a sus hijos la urgente necesidad de de la salvación con un suceso que remite especialmente al sacramento base para el encuentro con Dios, la reconciliación.

El penitente en su acto de contrición y acusación de sus yerros ante el sacerdote ora para que su súplica implore la misericordia de Dios. El Altísimo responde con la limpieza del alma, le devuelve a un estado de pureza angelical. Así el hombre puede contemplar la virtud de la misericordia divina.

El modelo es simple:

1-El penitente se sumerge en la oración como un acto preparatorio para la confesión.

“Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito, limpia mi pecado” (Salmo 50, 3-4).

2-El penitente recibe la absolución con lo cual el alma se renueva por la gracia de Dios y vuelve a su estado angelical.

“Tus pecados te son perdonados”. Lc 7, 48.

 “Como se levanta el cielo de la tierra,
 Se levanta su bondad sobre lo fieles;
Como dista el oriente del ocaso,
Así aleja de nosotros nuestros delitos”. Salmo 102.

3- El alma libre del pecado contempla a su Creador en la Eucaristía.

 “Toda explicación teológica que intente buscar alguna inteligencia de este misterio, debe mantener, para estar de acuerdo con la fe católica, que en la realidad misma, independiente de nuestro espíritu, el pan y el vino han dejado de existir después de la consagración, de suerte que el Cuerpo y la Sangre adorables de Cristo Jesús son los que están realmente delante de nosotros”. Pablo VI. El  credo del Pueblo de Dios (30 junio 1968), 25: AAS 60 (1968), 442-443.

En síntesis, cuando se habla de renovación en el campo iconográfico se abre la opción de profundizar en el sacramento del perdón como una gran invitación de María Santísima a sus hijos para que regresen a las moradas del amor eterno, el Corazón de Jesús. Ese llamado se replica en el Continente de la Esperanza como una súplica bíblica: “convertíos”.


miércoles, 2 de julio de 2014

La promesera



Por José Joaquín Casas Castañeda

Promesera del alma,
Fugaz trigueña
Que vas hacia la Virgen
Chinquinquireña:

Peregrina devota
De ojos luceros,
Soberana entre corte
De promeseros.

La Virgen del Rosario,
Madre bendita,
En sus brazos te acoja
Promeserita.

Huéspeda de una noche,
Fugaz viajera,
Ya dejas la posada
De La Cabrera.

El tiesto de claveles
Do uno cogiste,
Y toda la posada
Se queda triste;

Y los otros claveles
Ven con despecho
Al que tú preferiste
Para tu pecho.

Bajo el sol de diciembre
Pasear veo
Rosadita la cara
Del asoleo.

Gracia va derramando
Tu faz lozana;
Como reina te mima
Tu caravana;

Y hasta el brioso pajizo
Que vas montando
Marcha ufano del peso
Que está llevando.

Cuando llevas contigo
Todo cautiva:
El leve sombrerillo
Con siempreviva,

El sillón de gamuza
De antigua usanza,
La gualdrapa con fleco
Verde- esperanza,

 La gasa que te adula
 Jugando al viento
 Dando al talle garrido
 Más movimiento.

¿De do vienes? ¿Qué buscas?
¿Un bien perdido?
Avecica de paso,
¿Dónde es tu nido?

¿Qué pides a la Virgen?
¡Si yo supiera
Por qué pena, qué angustia
Vas promesera!




Vas un voto cumpliendo
Piadosa y bella;
Parece que contigo
Viaja una estrella.

Feliz ¡ay! Quien merezca
Por su ventura
Ser objeto de un voto
De tu alma pura.

¡Feliz pueblo tu pueblo!
¡Feliz tu madre!
¡Más feliz aquel hombre
Que a ti te cuadre!

Feliz quien, donde todo,
Todo es cambiante,
De posada siquiera
Te halló un instante,

Y en su pecho, cual perla
Que diera un hada,
Guarda oculto un destello
De tu mirada!

¡Ay! Adiós… en tu corte
Lleva un cautivo;
Llévame, te lo ruego,
De peón de estribo.

Yo haré tales prodigios
Que viajar puedas
Sin que te ajen lloviznas
Ni polvaredas.




Cuidaré del pajizo
Con tanto empeño
Que él y todos entiendan
Que soy su dueño.

Como buen escudero
De firmes brazos
Lo guiaré del cabestro
Si hay malos pasos.

Te daré de refresco,
Si arden las horas,
Frutas de curuberas
Y zarzamoras.

Cantaré con tu coro
De cantadores,
Villancicos, plegarias,
Coplas de amores.

Y cual buen promesero
De cuando en cuando
Milagros de la Virgen
Te iré contando.

De esta senda mil veces
Fui peregrino;
Como nadie ¡viajera!
Sé yo el camino.

La tierra adonde viajas
Es tierra mía,
Dulce y cara a la Virgen
Santa María.



No hay en toda Colombia
Ni en patria alguna
Valle como el que es mío
Por mi fortuna.

Es tierra milagrosa,
Donde se hermana
Con la gracia divina
La gracia humana.

¡Chiquinquirá!...¡qué nombre!
Voz de poeta,
Suena como cascada
De pandereta.

Ese nombre leyendas
De fiestas narra
Con el mágico hechizo
De la guitarra;

Con el aire mimoso
Del patrio arrullo
Del robledo aborigen
Lleva un murmullo.

Ese nombre en las cuerdas
Del alma mía
Dice infancia, inocencia,
Luz, armonía.

Ya verás qué tesoros
Mi valle encierra;
De robar tu cariño
Digna es mi tierra.




Ya, de azules neblinas
Por entre el velo,
Sobre el limpio horizonte
De lago y cielo,

Ya verás dibujarse
Suaves y finas
Las combas virginales
De sus colinas;

Y allá lejos, radiante
Como estrella
El fanal de la Virgen
Que amor destella.

Allí turbios de llanto
Miran los ojos,
Allí todas las penas
Llegan de hinojos.

Cada cual con su cuita
Lleva esperanza
De que allí está el remedio
Y allí se alcanza.

Vamos, niña, a mi tierra
Para los sueños
Nada como mis valles
Chiquinquireños.

Allí todo florece,
Todo es donaire,
El ambiente es fragancia,
Música el aire.




Hay bosques encantados,
Pardos rastrojos,
Claros lagos que ensueñan
Como tus ojos.

Los sauces de sus vegas
Son trovadores
Que lloran cabizbajos
Penas de amores.

Las garzas, como ninfas
De la laguna,
Ven rielar entre juncos
La blanca luna.

Populares orquestas
Difunden gratas
Galerones de fiestas
Y serenatas;

Y hay ventanas curiosas
Con cortinillas
Que se pliegan discretas
Como a hurtadillas.

Y esa blanda, armoniosa
Tierra de flores
Lo es de bravos jinetes
Y tiradores.

Que en la paz y en la guerra
Saben su oficio,
Listos para los toros
Y el sacrificio.




Promesera del alma:
Que en su recinto
Te hagan sombra los robles
Del Terebinto;

De su clara corriente,
Que al baño invita,
Los raudales te brinde
La Veranita.

Te refieren la historia de
De sus pesares
Los sauces que sollozan
En Apallares.

¡Vamos, niña, a mi tierra!...
¿Te vas?... ¡fue un sueño!
¡Venturoso mi valle
Chiquinquireño!

¡Ay, adiós! dime al menos
Con la mirada
Que un recuerdo te llevas
De esta posada.

Cuando llegues al valle
Que en sueños miro,
Da, viajera del alma,
Por mí un suspiro;

Y ruégale a la Virgen
Que a un triste pecho
¡Ay! le cure la herida
Que tú les has hecho.


Tomado de Poemas criollos. Imprenta del Corazón de Jesús. 1932.

miércoles, 25 de junio de 2014

Un colombiano llamado Jesús de Nazaret

  
Por Julio Ricardo Castaño Rueda
Sociedad Mariológica Colombiana

La devoción y la geografía se unieron en Colombia el 22 de junio de 1902.  Ese día monseñor Bernardo Herrera Restrepo consagró el país al Sagrado Corazón de Jesús para pedir el fin de la Guerra de los Mil Días.

La contienda acabó y por 30 años hubo paz entre los surcos de dolores de un siglo de matanzas fratricidas. La generación patriarcal que ofreció sus votos pasó a sus hijos la valiosa tradición de sus mayores.

De la liturgia se pasó al rito que sostenían las buenas matronas con sus camándulas de nácar… La fidelidad se convirtió en un ritual folclórico en los pueblos amantes de sus valores vernáculos. El amor superior se erosionaba en el alma nacional.

El tiempo del olvido llegó y el pecho abierto de Jesús se convirtió en un gran retrato a color. La figura vivía entre un sólido marco dorado que colgaba en la sala principal de las señoriales casonas de las venerables abuelas.

Los nietos de una generación valiente dejaron erosionar sus más caros valores dentro de la masificación de las modas extranjeras donde hoy todo parece ridículo… “BUM”.

Infortunadamente este artículo debió quedar inconcluso, a manera de protesta, porque un petardo explosivo, colocado en el CAI del parque de la Iglesia de Lourdes en Chapinero, explotó a las 4:46 pm del 20 de junio de 2014 y estas páginas fueron interrumpidas por los ecos del horror de una paz sin Cristo.


Las ondas expansivas rompieron los ventanales de la Oficina Arquidiocesana Pro-culto al Sagrado Corazón de Jesús, ubicada en la calle 63A nro 10-21… ¿Bogotá, Bogotá, por qué me has abandonado?

jueves, 19 de junio de 2014

Los heraldos del honor y de la gloria


Por Julio Ricardo Castaño Rueda
Sociedad Mariológica Colombiana

El primer acto de la voluntad del Verbo encarnado fue amar a  su Santísima Madre. El corazón de Jesús comenzó a latir bajo el impulso de los movimientos de sístole y diástole del amor mariano.

La vida del Todopoderoso tomó la herencia de un vientre femenino porque el sagrario de la divinidad acogió a la luz de la revelación. En esa condición de íntima gestación, el alma de María se llamó Jesús y el corazón de Jesús se denominó María.

La devoción por la amada entraña surgió feliz en el afecto inmaculado de la Virgen Madre. Triunfó la totalidad del sentimiento.

La gracia vital de aquel tabernáculo necesitaba ser difundida. El fuego ardía en el altar de María, pero no bastaba. El mundo debería ser incendiado por el sentir del Dios con sensibilidad maternal.

Jesús no podía soportar más la dicha sublime de salvar al hombre y su ansiedad de Redentor se debatía entre el impulso y la dependencia. El respeto al libre albedrío estaba vigente desde la Anunciación. Nada podía hacer por su propia voluntad porque  dependía de su progenitora en el misterio de la humildad.

El resultado de este episodio lo resolvió María. Ella adelantó el  proceso de evangelización y le dio una urgente prioridad, aún sobre sus propias circunstancias. Se decidió, plena y libremente, por el orden asignado a la palabra, primero fue el Verbo.

La Estrella de la Evangelización se encendió en el firmamento de la humanidad. La Santísima Virgen asumió su tarea de intercesora y salió de su entorno habitacional, en un acto de rebelde liberación. Rompió la norma de la mujer sumisa y en complicidad con su Hijo se fue a visitar a su prima Isabel.

El saludo de María abrió el sendero para Juan, El Bautista. Él recibió la certeza del Evangelio para transformarse en el segundo devoto del Sagrado Corazón de Jesús. Su vida quedó consagrada al Mesías. Jamás calló. No negoció con la verdad. Su legado nunca dejó de inspirar esa suprema radicalidad que se necesita para seguir al Salvador.

La Madre del Señor ratificó la alegría del hijo de Isabel y en su canto del Magníficat proclamó la esencia de su unigénito: “…Su nombre es Santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación…” (Lucas 1, 49-50).

La caridad fue la invitación para crear un grupo elite de seguidores de Jesús. A esa idea se unió un varón justo llamado José, que acercó su oído al seno de su esposa para escuchar el pulso del milagro prometido a su pueblo.

A la Sagrada Familia se presentaron nuevos miembros. Esa vez fueron unos inocentes zagales que abandonaron sus rebaños para conocer al Buen Pastor. La comitiva de adoradores siguió creciendo para recibir a otras almas. Tres sabios reyes de Oriente vinieron a postrarte ante la cuna de Belén.

Los recién llamados no eran suficientes para ese misionero que crecía en una carpintería de Nazaret. Un día se escapó de la custodia paterna para ir al templo de Jerusalén. Fue a buscar las razones de sus ministros. Él les predicó sobre la ley del amor y su diferencia sobre el amor a la ley. El asombro de aquellos doctores aún se estudia con respeto.

La Madre angustiada intervino para llevarlo devuelta a casa. El discipulado del honor debía seguir aguardando su presentación oficial, su bautismo de fuego y sangre.

El tiempo de la vid maduró, y una revolución interminable se inició en las Bodas de Caná de Galilea. Jesús, obediente al mandamiento de su madre, “…Hagan lo que Él les diga…” (Juan 2, 5) firmó una maravillosa secuencia de signos que después de 2.000 años solo se multiplican cada día como los pescados en la red de Pedro.

El cuartel de las misericordias aún necesitaba de un ara donde la ternura del Cristo pudiera derramarse de forma infinitamente copiosa. Y  en el sacro madero del calvario una lanza romana le atravesó el costado para diagramar una institución que tendría la dicha de formar una cohorte de centinelas.

El ente  que recogió el legado del Calvario fue el Monasterio de la Visitación de Bourg (Francia) cuando el 13 de marzo de 1863, tercer viernes de cuaresma, fundó en esa tierra bendita la Guardia de Honor del Sagrado Corazón de Jesús.

Los soldados comenzaron a propagar la devoción por los nueve primeros viernes de mes de acuerdo con las promesas que Jesús le regaló a santa Margarita de Alacoque:
1.     A las almas consagradas a mi Corazón, les daré las gracias necesarias para su estado.
2.     Daré la paz a las familias.
3.     Las consolaré en todas sus aflicciones.
4.     Seré su amparo y refugio seguro durante la vida, y principalmente en la hora de la muerte
5.     Derramaré bendiciones abundantes sobre sus empresas
6.     Los pecadores hallarán en mi Corazón la fuente y el océano infinito de la misericordia
7.     Las almas tibias se harán fervorosas
8.     Las almas fervorosas se elevarán rápidamente a gran perfección
9.     Bendeciré las casas en que la imagen de mi Sagrado Corazón esté expuesta y sea honrada.
10.                       Daré a los sacerdotes la gracia de mover los corazones empedernidos
11.                       Las personas que propaguen esta devoción, tendrán escrito su nombre en mi Corazón y jamás será borrado de él.
12.                       A todos los que comulguen nueve primeros viernes de mes continuos, el amor omnipotente de mi Corazón les concederá la gracia de la perseverancia final.
Ofrecimiento.

Jesús mío dulcísimo, que en vuestra infinita y dulcísima misericordia prometisteis la gracia de la perseverancia final a los que comulgaren en honra de vuestro Sagrado Corazón nueve primeros viernes de mes seguidos: acordaos de esta promesa, y a mí, indigno siervo vuestro, que acabo de recibiros sacramentado con este fin e intención, concededme que muera detestando todos mis pecados, esperando en vuestra inefable misericordia y amando la bondad de vuestro amantísimo y amabilísimo Corazón. Amén
 
Corazón de Jesús, casa de Dios y puerta del cielo, tened piedad de nosotros.  Padrenuestro...

Corazón de Jesús, rico en todos los que os invocan, tened piedad de nosotros. Padrenuestro…

Corazón de Jesús, esperanza de los que mueren en Vos, tened piedad de nosotros. Padrenuestro...

Estas prácticas piadosas suplican con urgencia que Colombia vuelva a ser el país del Sagrado Corazón de Jesús.


Lo pide Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá que mira complacida como muchos de sus devotos portan en su pecho el “Detente”, el escapulario de Jesús. 

miércoles, 11 de junio de 2014

América, he aquí a tu madre



Entre la tilma de Juan Diego en México y la manta de María Ramos en Chiquinquirá están escritos los primeros capítulos del misterio de la evangelización en el Nuevo Mundo.

Por Julio Ricardo Castaño Rueda
Sociedad Mariológica Colombiana

Hay una historia anudada, con fibras de maguey y de algodón, en la conciencia de los pueblos precolombinos. Las memorias  empiezan así: En aquellos días, María partió y fue sin demora a un sitio de la montaña del Tepeyac y saludó al indígena Juan Diego: “…Sabelo, ten por cierto, hijo mío, el más pequeño que yo soy la perfecta siempre Virgen Santa María…”

El testimonio de la salutación quedó consignado en el Nican mopohua (aquí se cuenta) material escrito por Antonio Valeriano que lo redactó, hacia  el año de 1549, después de haber escuchado el relato de su coterráneo, el vidente Cuauhtlatoatzin, (Juan Diego) sobre su encuentro con la Madre de Dios. El libro que, guardó en sus líneas el primer renglón de la gesta evangelizadora en las almas amerindias, fue escrito en lengua náhuatl y algunos eruditos lo denominan el Evangelio de Guadalupe.

Así, la buena noticia del Tepeyac, comenzó su recorrido por la tradición oral de unos nativos mesoamericanos de acuerdo con la profecía bíblica “…Mirad: la Virgen está encinta y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel…” (Is 7, 14).

La Inmaculada Concepción se reveló a Juan Diego en su estado de gravidez porque vino a esas tierras para anunciarles la Palabra de su Hijo y a dar a luz a su Iglesia bajo el tormento de la conquista y la colonización ibérica. “…Apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas.  Y estando encinta, clamaba con dolores de parto, en la angustia del alumbramiento…” (Apocalipsis 12,1).


Los signos del vaticinio son claramente visibles en el famoso ayate de Juan Diego. En esas fibras, tan estudiadas por los científicos de diferentes disciplinas, se inició la feliz doctrina sobre el embarazo de la Santísima Virgen para una civilización superior vencida por la viruela que trajeron, detrás de la cruz, los aventureros españoles. Ella entregaría a su Jesús amado.

Lo importante de aquella crónica, en que la maternidad de María hizo parte de la cosmogonía de los nativos del hemisferio occidental, es que ilustra un secreto sin estudio. Este arcano consiste en que la mariofanía tiene un principio mexicano y un final colombiano. Los dos acontecimientos se complementan  en una fundamental armonía sobre la línea del tiempo, relativamente corta del siglo XVI,  diciembre de 1531 y diciembre de 1586.

Se puede observar que solo habían pasado 55 años, quizás dos generaciones, cuando el Ser Supremo decidió mostrar la siguiente fase de la profecía de Isaías sobre el Emmanuel.

Los nativos olleros de la cultura del maíz y del algodón quedaron perfectamente catequizados cuanto pudieron testificar en sus comarcas sobre el prodigio de Chiquinquirá.

El milagro de la renovación de una deteriorada pintura de la Virgen del Rosario, en compañía de san Antonio y san Andrés en los aposentos de Catalina García de Irlos, viuda del encomendero Antonio de Santana, el 26 de diciembre de 1586, cerró el episodio celestial que comenzó en el Tepeyac y terminó a los pies del Terebinto.

Chiquinquirá, que en la semántica de la lengua chibcha significa: “Tierra de nieblas”, fue iluminada por los ecos del grito del profeta: “…El pueblo que andaba en tinieblas, vio una luz grande…”  (Isaías 9,2).  Cristo encendió la estrella de Belén en el valle de Chiquinquirá. Era la Pascua de Navidad de 1586, y el Nuevo Reino de Granada se estremeció de gozo.
Allí, en la capilla-pesebre, los naturales conocieron a su Salvador: “…Vinieron, pues, apresuradamente, y hallaron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre.  Y al verlo, dieron a conocer lo que se les había dicho acerca del niño.  Y todos los que oyeron, se maravillaron de lo que los pastores les decían.  Pero María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.
 Y volvieron los pastores glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, como se les había dicho…” (Lucas 2, 16-20).
La mujer vestida de sol que estaba encinta, medio siglo antes, en las tierras aztecas  mostró en sus brazos a su unigénito. Ella estaba acompañada por un par de santos, un apóstol y un fraile. El primero, san Andrés, era el hermano de Pedro, que bien representa la dignidad episcopal del Buen Pastor porque había edificado sus catedrales para organizar la jerarquía del servicio en las nacientes diócesis donde se levantaron las capillas doctrineras.

El segundo, san Antonio de Padua, es el hombre del sayal marrón, el peregrino. Él simboliza el trasegar heroico de las órdenes misioneras que llegaron a los virreinatos para sembrar los sacramentos en el neuma de los hijos de una raza sometida por el sortilegio de la tecnología. Las técnicas acumuladas por los siglos formaron las cátedras del conocimiento acuartelado en las universidades y monasterios de los Pirineos y de los Alpes. De allí trajeron, los monjes, las ciencias de la escolástica.

Los padres dominicos, los franciscanos, los jesuitas y los carmelitas entre otras comunidades se unieron a la tarea de amasar un continente de barro. Las manos de los sacerdotes  obtuvieron una cerámica apostólica con el mandamiento de María: “…Hagan lo que Él les diga…” (Juan 2. 1,11). En este punto, de la alfarería cristiana, la anunciación del Tepeyac se fundió con la visitación del Terebinto.

La Santísima Virgen María anunció a Juan Diego: “…Yo soy la perfecta siempre Virgen Santa María…”

La Santísima Virgen María visitó a María Ramos para decirle con las palabras de Sofonías (3,14): “…Grita de alegría, hija de Sión! ¡Aclama, Israel! ¡Alégrate y regocíjate de todo corazón, hija de Jerusalén! El Señor ha retirado las sentencias que pesaban sobre ti y ha expulsado a tus enemigos. El Rey de Israel, el Señor, está en medio de ti: ya no temerás ningún mal…”

Y la sorprendida Ramos pudo haber contestado con el interrogante de santa Isabel: “… ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme?...”  (Lucas 1,43).

El primer párrafo de la evangelización americana había sido leído de una delicada página del misterio de Dios por los labios de la Puerta del Cielo.

Desde entonces, el agua y fuego del bautismo se extendieron por los parajes ignotos de una geografía avasallante. El salvaje receloso encontró en el clero, secular y regular, la custodia moral  de sus catequesis y se dejó guiar por la mano de la Reina del Santo Rosario porque “…Jesús dijo: ‘Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños’. (Mateo 11, 25-27).

En conclusión, resulta tremendamente fascinante que las dos advocaciones marianas vernáculas más importantes de Latinoamérica, Guadalupe y Chiquinquirá, según lo acreditan sus títulos y patronazgos, fueran plasmadas en dos rústicos lienzos donde se grabó el mensaje teológico de la embajadora del Fiat: “…Hágase en mí según tu palabra…” (Lucas 1, 38).

Entre el tintero.

Quedan razones que preguntan: ¿Si al cuadro de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá se le aplicaran avanzadas técnicas fotográficas se podría contemplar, por un misterioso efecto del signo revelado, a las viudas del oratorio?



Esas sufridas mujeres de la colonia figuran en el proceso eclesiástico de 1587 con los nombres de María Ramos, viuda de Hernández; Catalina García de Irlos, viuda de Antonio de Santana y Juana de Santana, viuda de Juan Morillo, tres testigos principales y excepcionales del suceso.

Y tal vez también haya quedado escondida, para el ojo humano, la  india ladina Isabel y su pequeño hijo, Miguel. El niño fue quien informó sobre la ocurrencia de un fenómeno que incendió la fe de los aborígenes, tan maltratada por los abusos de algunos encomenderos.

Si ese descubrimiento definiera los trazos del suceso, ya contado por la investigación canónica, se hablaría de un equilibrio entre la trilogía masculina de “los Juanes” del Tepeyac (san Juan Diego,  su tío, Juan Bernardino, y el obispo Juan de Zumárraga) y la trilogía femenina de Chiquinquirá (María, Juana y Catalina).

Entonces se podría afirmar que el anuncio del engendramiento divino  (la esperanza del Redentor) para el continente lo recibió el elemento masculino, Juan Diego. “…Mirad: la Virgen está encinta… ” (Is 7,14). Y el segundo, el de la maternidad plena (el nacimiento del Mesías), lo acoge la parte femenina de estos anales, María Ramos. “…Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador…” (Lucas 2, 11).

Al final, estas tintas piden un estudio detallado porque en 1986 solo se tomaron algunas placas radiológicas para determinar la autenticidad del lienzo de Narváez. La solicitud radica en la pregunta de Nuestra Señora de Guadalupe que sigue vigente en Chiquinquirá: “¿Acaso no estoy yo aquí, que soy tu Madre?”


miércoles, 4 de junio de 2014

MENSAJE DE AMOR QUE LE COMUNICÓ EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS


Mensaje de amor que el Sagrado Corazón de Jesús lanza al mundo para salvarlo.

Mientras el mundo se atomiza y desintegra por el odio de los hombres y de los pueblos, 

Jesucristo quiere renovarlo y salvarlo por el amor.
Quiere que se eleven hacia el cielo llamas de amor que neutralicen las llamas del odio y del egoísmo.

A tal efecto, enseñó a Sor M. Consolata Bertrone un Acto de Amor sencillísimo que debía repetir frecuentemente, prometiéndole que cada Acto de Amor salvaría el alma de un pecador y que repararía mil blasfemias.

La fórmula de este Acto es:
"Jesús, María, Os Amo, Salvad las Almas"

Allí están los tres amores: Jesús, María, las almas que tanto ama Nuestro Señor y no quiere que se pierdan, habiendo por ellas derramado Su Sangre.

Le decía Jesús: "Piensa en Mí y en las almas. En Mí, para amarme; en las almas para salvarlas (22 de agosto de 1934). Añadía: la renovación de este Acto debe ser frecuente, incesante: Día por día, hora por hora, minuto por minuto"(21 de mayo de 1936).

"Consolata, di a las almas que prefiero un Acto de amor a cualquier otro don que pueda ofrecerme"... " Tengo sed de amor"... (16 de diciembre de 1935).

Este Acto señala el camino del cielo. Con él cumplimos con el mandamiento principal de la Ley: Amarás al Señor Dios tuyo con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente"... y a tu prójimo como a ti mismo.

Con este continuo Acto de Amor damos a Dios lo más excelente: que es amor a las almas. Con esta Jaculatoria nos podemos comunicar constantemente con Dios. Cada hora, cada minuto, es decir, siempre que lo queremos. Y lo podemos hacer sin esfuerzo, con facilidad. Es una oración perfecta; muy fácil para un sabio como para un ignorante. Tan fácil para un niño como para un anciano; cualquiera que sea puede elevarse a Dios mediante esta forma. Hasta un moribundo puede pronunciarla más con el corazón que con los labios.

Esta oración comprende todo:
Las almas del Purgatorio, las de la Iglesia militante, las almas inocentes, los pecadores, los moribundos, los paganos, todas las almas. Con ella podemos pedir la conversión de los pecadores, la unión de las Iglesias, por la santificación de los sacerdotes, por las vocaciones del estado sacerdotal y religioso. En un acto subido de amor a Dios y a la Santísima Virgen María y puede decidir la salvación de un moribundo, reparar por mil blasfemias, como ha dicho Jesús a Sor Consolata, etc., etc.

"¿Quieres hacer penitencia? ¡Ámame!", dijo Nuestro Señor a Sor Consolata. A propósito, recordemos las palabras de Jesucristo al Fariseo Simón sobre Magdalena penitente: "Le son perdonados muchos pecados, porque ha amado mucho".

Un "Jesús, María, os amo, salvad las almas" pronunciado al levantarse, nos hará sonreír durante el día; nos ayudará a cumplir mejor nuestros deberes, en la oficina, en el campo, en la calle, etc. Se pronuncia con facilidad, sin distraerse y con agrado.

Un "Jesús, María, os amo, salvad las almas", santifica los sudores, suaviza las penas. Convierte la tristeza en alegría. Sostiene y consuela luchas de la vida. Ayuda en las tentaciones. Hace agradable el trabajo. Convierte en alegría el llanto. Fortalece y consuela en las enfermedades. Y trae las bendiciones sobre los trabajos y sobre las familias.

Un "Jesús, María, os amo, salvad las almas".Ayudará a calmar tu indignación, a convertir tu ira en mansedumbre. Sabrás mostrarte benévolo al que te ofende. Volver el bien por el mal. Conduce a efectos nobles; palabras verdaderas, obras grandes y sacrificios heroicos, iluminará tu entendimiento con luces sobrenaturales; estimulará el bien, retraerá el mal. Obtendrá el arrepentimiento al pecador; en el justo avivará la fe y le hará suspirar por la felicidad eterna.

Dios merece ser amado por ser nuestro Sumo Bien. Esta Jaculatoria es un dulce cántico para Jesús y María.

¡Cuán dulce es repetirlo frecuentemente! ¡Cuán agradable es avivar el fuego de amor a Dios!

Y habiéndolo pronunciado millares de veces durante tu vida, ¡cuán alegre será tu hora de la muerte, y qué gozosa volará tu alma al abrazo de Jesús y María en el cielo!
Dijo Jesús a Sor Consolata:

"Recuerda que un Acto de amor decide la salvación eterna de un alma y, vale como reparación de mil blasfemias. Sólo en el cielo conocerás su valor y fecundidad para salvar almas".

"No pierdas tiempo, todo Acto de amor es un alma". Cuando tengas tiempo libre y no tengas otra cosa que hacer, toma tu corona del Rosario en tus manos y a cada cuenta repite: "Jesús, María, os amo, salvad las almas"... En cuatro o cinco minutos habrás hecho pasar por tus dedos todas las cuentas y habrás salvado 55 almas de pecadores, habrás reparado por 55.000 blasfemias.

Y si esto lo repites varias veces o muchas veces al día podrás salvar centenares y miles y hasta millones de almas... Y esto sin ser misionero entre los paganos, ni predicador...
¡Cuánto consuelo en la hora de la muerte y cuánta gloria tendrás en el cielo!

Dice San Agustín: "Quién salva un alma, asegura su propia salvación", y quién salva centenares y millares y hasta millones de almas, con un medio tan fácil y tan sencillo, sin salir de su casa, ¿que premio no tendrá en el cielo?

Nuestro Señor le pedía a Sor Consolata que repitiera frecuentemente ese acto de amor hasta ser incesante, es decir, continuamente, porque continuamente van muchas almas al infierno porque no hay quién las salve... Repitamos todo lo que podamos esta Acto de amor: "JESUS, MARIA, OS AMO SALVAD LAS ALMAS", para que sean muchas las almas que arranquemos al infierno para hacerlas felices eternamente en el cielo. Las almas que salvamos con este Acto de Amor, será un día nuestra corona de gloria en el cielo.

Cuando uno está ocupado con trabajos manuales, se puede repetir este Acto de Amor con la mente y tiene su mismo valor como lo dijo un día Nuestro Señor Jesucristo a Sor Consolata.

Ha habido almas que han salvado varios millones de almas, con este medio tan sencillo...
Y nosotros por qué no podríamos hacer lo mismo en lugar de perder un tiempo tan precioso en charlas inútiles; repitamos frecuentemente este Acto de Amor, y así acumularemos tesoros preciosísimos para el Cielo.


"JESUS, MARIA, OS AMO, SALVAD LAS ALMAS":
-por la Iglesia y por el Papa
-por la santificación de los sacerdotes
-por las almas del Purgatorio
-por los agonizantes
-por los que se confiesan sacrílegamente
-por los que no asisten a misa los domingos
-por los misioneros
-por los enfermos
-por la conversión de los pecadores
-por la mayor santificación de los justos


En las dudas, en las tentaciones.
En las dificultades de la vida, Por algún intención en particular.

Podemos enseñarlo también a nuestros amigos y parientes que lo recen, que lo propaguen. Gran alivio sentirá el moribundo si se le sugiere al morir.

Al levantarnos sea nuestro pensamiento. Al acostarnos nuestra última oración.
Los que se salvaron están en el cielo por haber amado a Dios. Los grados de gloria en el cielo se miden por la intensidad del amor que las almas practicaron en la vida.
Sólo entonces nos daremos cuenta de lo que vale un Acto de Amor y de su fecundidad en salvar almas.

Sor Consolata le pidió un día a Jesús: "Jesús enséñame a orar". Y he aquí la Divina respuesta: " ¿No sabes orar?" ¿Hay acaso oración más hermosa y que sea más grata que el Acto de Amor?

BENDIDO SEA DIOS POR QUIEEN LEA ESTE MENSAJE Y LO PONGA EN PRACTICA.

Material cortesía del señor Marco Suárez de Chiquinquirá, Boyacá.