jueves, 20 de noviembre de 2014

Oración a Nuestra Señora de la Peña



Señora de la Peña:

Hemos subido hasta aquí para rezarte.
Venimos con el cariño y la esperanza de los hijos.
Con el cansancio y la debilidad de los peregrinos.
No tenemos nada para darte.
Solo nuestra miseria y nuestra cruz.
Nuestra pequeñez y nuestro deseo de ser más buenos.
Tú eres nuestra fortaleza, Señora de la Peña.
Ahora seguiremos caminando.
Bajaremos del cerro, purificados y cambiados.
Iluminados adentro.
Tú eres la inmaculada, la nueva creatura,
La que ha sido como plasmada por el Espíritu Santo.
Límpianos, purifícanos.
Que la sangre de Jesús nos haga nuevos.
Que su palabra nos ilumine.

Virgen de la Peña:

Tú seguirás haciendo el camino con nosotros.
Nos meteremos dentro de tu corazón fiel.
Queremos decirle al Padre que sí con toda el alma.
Decirle que sí a la pobreza que no hace libres,
A la contemplación que nos hace luminosos,
A la cruz que nos hace fecundos.
Que experimentemos siempre tu presencia en nuestra vida.
Que al bajar del cerro, cuando nos encontremos otra vez
Con lo difícil y lo triste,
Con lo alegre y lo esperanzado,
Oigamos siempre una voz que nos está diciendo
Desde tu corazón bondadoso y tierno:
“Aquí tienes a tu madre”.
Señora de la Peña: Gracias por todo. Ven con nosotros a caminar. Amén.

Card. Eduardo F. Pironio.

Tomado de una estampa, recuerdo del tercer centenario del hallazgo de las sagradas imágenes de la Peña. Bogotá. Colombia. 1685-1985.



jueves, 13 de noviembre de 2014

Las grandezas incomparables de María



San Bernardo de  Claraval.  

MARÍA LLENA DE GRACIA

Y habiendo entrado el Ángel a donde estaba María, le dijo: Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres.

Cuando oyó esto se turbó y pensaba qué salutación sería ésta y el Ángel le dijo: no temas María, porque has hallado gracia delante de Dios, he aquí que concebirás en tu seno, y tendrás un hijo, y le llamarás Jesús. Este será grande y será llamado hijo del Altísimo, y le dará el señor Dios el trono de David su padre y reinará en la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin (Luc., I, 28-33).

***

Me gusta usar de las palabras de los Santos siempre que oportunamente se puedan adaptar a los asuntos que trato, para que así se hagan más gratas, a lo menos por la belleza de los vasos, las cosas que en mis discursos presento al lector, y por eso comienzo este capítulo con las expresiones del Profeta ¡ay de mí!(Isaías, VI, 5) no a la verdad como él, porque callé, sino ¡porque he hablado! pues mis labios son impuros. ¡Ay!, cuántas cosas vanas, cuantas cosas falsas, cuántas cosas torpes me acuerdo haber vomitado por esta misma asquerosísima boca mía, con que ahora presumo tratar palabras celestiales.

Temo mucho que esté cerca aquel momento en que haya de oír que me dicen: ¿Cómo cuentas tú mis injusticias y tomas en tu boca mi testamento? (Salmo XLIX, 16). Ojalá que a mí también me trajeran como al Profeta, del soberano altar, no una sola ascua sino un globo grande de fuego, que consumiese enteramente la mucha e inveterada inmundicia de mi sucia boca, a fin de hacerme digno de repetir con mi expresión, tal cual ella sea, los gratos y castos coloquios del Ángel con la Virgen y la respuesta de la Virgen al mismo Ángel.

Dice el Evengelista: Habiendo entrado el Ángel del Señor, dijo a María: Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo. ¿Y a dónde entró el Ángel? Sin duda al secreto de su casto aposento, en donde quizá, cerrada la puerta sobre sí, estaba en lo oculto orando al Padre celestial.

Suelen los Ángeles estar presentes a los que oran y deleitarse en los que ven levantar sus puras manos en la oración; se alegran de ofrecer a Dios el holocausto de la devoción santa como incienso agradable al cielo. Y cuánto habían agradado las oraciones de María en la presencia del Altísimo, lo indica el Ángel saludándola con tanta reverencia.

No fue dificultoso al Ángel penetrar en el secreto aposento de la Virgen, pues por la sutileza de su substancia tenía la natural propiedad de que nada, ni la cerradura de hierro, le podían estorbar la entrada a cualquiera parte que su ímpetu le llevase. No resisten a los Angélicos Espíritus las paredes, sino que les ceden todas las cosas visibles, y todos los cuerpos por más sólidos o densos que sean están francos y penetrables para ellos.

No debes, pues, sospechar que encontrase el Ángel abierta la puertecita de la Virgen cuyo propósito, al estar cerrada, era evitar la concurrencia de los hombres y huir de sus conversaciones, para que así o no fuese perturbado el silencio de su oración o no fuese tentada su castidad de que hacía profesión. Por tanto había cerrado sobre sí su habitación en aquella hora la Virgen prudentísima, pero a los hombres, no a los Ángeles y aunque pudo entrar el Ángel donde estaba, a ninguno de los hombres le era fácil la entrada.

***


Habiendo entrado el Ángel a donde estaba María la dijo: Dios te salve llena de gracia el Señor es contigo.

Leemos en los Actos de los Apóstoles (Actas, VI, 5) que San Esteban estuvo lleno de gracia y que los Apóstoles también estuvieron llenos de Espíritu Santo, pero fue diferentemente que María, porque, a más de otras razones, ni en aquel habitó la plenitud de la divinidad corporalmente como habitó en María, ni éstos concibieron del Espíritu Santo como la Virgen.

Dios te salve, dice, llena de gracia, el Señor es contigo. ¿Qué mucho estuviera llena de gracia, si el Señor estaba con ella?

Lo que más debe admirarse es cómo el mismo que enviara el Ángel a la Virgen fuera hallado con la Virgen por el Ángel. ¿Fue Dios acaso más veloz que el Ángel, de modo que con mayor ligereza se anticipó a su presuroso nuncio, para llegar a la tierra?

No hay que admirarse porque estando el Rey en su reposo, el nardo de la Virgen dio su olor y subió a la presencia de su gloria el perfume de su aroma, y halló gracia en los ojos del Señor clamando los circunstantes:¿Quién es esta que sube por el desierto como una columnita de humo formada de perfumes de mirra y de incienso? (Cántico, III, 6) Y al punto el Rey saliendo de su lugar santo mostró el aliento de un gigante para correr el camino (Salmo XVIII, 6), y aunque fue su salida de lo más alto del cielo, volando en su ardentísimo deseo, se adelantó a su nuncio para llegar a la Virgen a quien había amado, a quien había escogido para sí, cuya hermosura había deseado; y al cual mirándole venir de lejos, dándose el parabién y llenándose de gozo, la Iglesia le dice: Mirad como viene saltando en los montes, pasando por encima de los collados (Cántico, II, 8).

***

Y con razón deseó el Rey la hermosura de la Virgen, pues había puesto por obra todo lo que mucho antes había sido amonestado por David, su Padre, que la decía: Escucha hija y mira, inclina tu oído y olvida tu pueblo y la casa de tu padre. Y si esto hicieres, deseará el Rey tu hermosura (Psal, XLIV, 11). Oyó, pues, y vio, no como algunos que oyendo no oyen y viendo no entienden, sino que oyó y creyó, vio y entendió.

Inclinó su oído a la obediencia y su corazón a la enseñanza y se olvidó de su pueblo y de la casa de su padre, porque ni pensó en aumentar su pueblo con la sucesión, ni intentó dejar herederos a la casa de su padre, sino que todo el honor que pudiera tener en su pueblo, todo lo que pudiera tener de bienes terrenos por sus padres lo abandonó como si fuera basura, para ganar a Cristo. Y no la engañó su pensamiento, pues logró, sin violar el propósito de su virginidad, tener a Cristo por hijo suyo. Con razón, pues, se llama llena de gracia, ya que tuvo la gracia de la virginidad y a más de eso, consiguió la gloria de la fecundidad.

Dios te salve llena de gracia, el Señor es contigo. No dijo el Ángel, el Señor está en ti, sino el Señor es contigo, porque aunque Dios está igualmente en todas partes por su simplicísima sustancia, con todo eso está de diferente modo en las criaturas racionales que en las demás; y en aquellas mismas todavía de otra suerte en los buenos que en los malos, por su eficacia.

De tal modo que está en las criaturas irracionales y no puede caber en ellas y en las racionales puede caber por el conocimiento, pero sólo halla cabida completa en los buenos por el amor.

Así, sólo en los buenos está de tal manera, que además de estar en ellos, está también con ellos por la concordia de la voluntad, porque, cuando sujetan de tal modo sus voluntades a la justicia, que no es indecente a Dios querer lo que ellos quieren, por lo mismo que no se apartan de su voluntad, se juntan a sí mismos y se juntan también con especialidad con Dios.

Mas, aunque de esta manera está Dios con todos los Santos, particularmente está con María, con la cual tuvo tanta concordia que juntó a sí mismo no sólo su voluntad, sino también su misma carne, y de su sustancia y de la carne de la Virgen hizo un solo Cristo, o mejor, se hizo un solo Cristo, el cual, aunque ni todo de la sustancia de Dios, ni todo de la carne de la Virgen, sin embargo todo es de Dios y todo de la Virgen, no siendo dos hijos sino uno sólo, hijo de uno e hijo de la otra. Dice, pues, Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo.

Y no solamente el Señor Hijo es contigo, al cual vistes de tu carne, sino también el Señor Espíritu Santo, de quien concibes y el Señor Padre que engendró al que tú concibes. El Padre es contigo que hace a su Hijo tuyo también. El Hijo es contigo que para obrar este misterio se reserva a sí el arcano de la generación y a ti te guarda el sello virginal. El Espíritu Santo es contigo que con el Padre y con el Hijo santifica tu seno.

***

Bendita tú eres entre todas las mujeres, y juntando las palabras de Santa Isabel, diremos: Bendito es el fruto de tu vientre. ¡Ah, María! No porque Tú eres bendita, es bendito el fruto de tu vientre, sino porque Él te previno con bendiciones de dulzura, eres bendita Tú.

Verdaderamente bendito es el fruto de tu vientre, pues en Él son benditas todas las gentes, de cuya plenitud recibiste Tú con los demás, aunque de un modo más excelente Tú que los demás. Por tanto, sin duda, eres Tú bendita, pero entre las mujeres, mas Él es bendito, no entre los hombres, no entre los Ángeles, sino como quien es, según habla el Apóstol: Sobre todas las cosas, Dios bendito por los siglos (Rom., IX, 6).

Suele llamarse bendito el hombre, bendito el pan, bendita la mujer, bendita la tierra y las demás cosas, pero singularmente es bendito el fruto de tu vientre, porque es sobre todas las cosas Dios bendito por los siglos.

Bendito, pues, es el fruto de tu vientre. Bendito en el olor, bendito en el sabor, bendito en la hermosura.

La fragancia de este odorífero fruto percibía aquél, que decía: El olor que sale de mi Hijo es semejante al de un campo lleno que el Señor colmó de sus bendiciones (Génesis, XVII, 27).

Del sabor de este fruto, uno que lo había gustado, cantaba de este modo: Gustad y ved que suave es el Señor (Salmo XXXIII, 9), y en otra parte, ¡Qué grande es, Señor, la abundancia de vuestra dulzura, que Vos habéis escondido y reservado para los que os temen! (Salmo XXX, 20). Y otro decía: Si es que lo habéis gustado, dulce es el Señor (San Pedro, II, 3). Y el mismo fruto de sí mismo exclama, convidándonos: El que me come tendrá todavía hambre, y el que me bebe, tendrá todavía sed (Eclesiástico, XXIV, 29). Diciéndolo, sin duda, por la dulzura de su sabor, que cuando más se gusta, más se excita el apetito. ¡Ah!, buen fruto debe de ser el que es comida y bebida a un tiempo para las almas que tienen hambre y sed de la justicia.

Y de la hermosura oye también algo de ella, porque, si el fruto de muerte no sólo fue suave para comerse, sino también, por testimonio de la Escritura, agradable a la vista, ¿cuánto más cuidadosamente debemos informarnos de la vivificante hermosura de este fruto vital en quien, por testimonio igualmente de la Escritura, desean mirar los mismos Ángeles? Su belleza miraba en espíritu y deseaba ver en el cuerpo aquél que decía:De Sión viene el esplendor de su hermosura (Salmo XLIX, 2). Y porque no te parezca que alababa una belleza mediana solamente, acuérdate de lo que tienes escrito en otro Salmo: Vos sobrepasáis en belleza a todos los hijos de los hombres. La gracia está derramada en vuestros labios. Por eso Dios os bendijo para siempre(Salmo XLIV, 3).

Bendito, pues, el fruto de tu vientre, al cual bendijo Dios para siempre, por cuya bendición también eres bendita Tú, María, entre todos las mujeres, porque no puede un árbol malo llevar un fruto bueno. Bendita Tú, entre todas las mujeres, pues te libraste de la general maldición en que se dijo: Con tristeza alumbrarás los hijos (Génesis, III, 16), y no menos de la otra que se siguió: Maldita la estéril en Israel (Éxodo, XXXIII, 20), y conseguiste una especial bendición, por la cual ni permaneces estéril, ni das a luz con dolor.

Dura necesidad y yugo grave, que oprime a todas las hijas de Eva. Pero, Tú, Virgen, ¿qué harás? ¿Qué escoges, Virgen prudente? Por todas partes, dice, me cercan angustias. Sin embargo, mejor es para mí incurrir en la maldición y permanecer casta, que concebir primero por la concupiscencia lo que después justamente había de dar a luz con dolor.

Por esta parte, aunque veo la maldición, no veo el pecado, pero por la otra veo el pecado y, juntamente, el tormento. Y en fin, ¿es acaso esta maldición algo más que el improperio de los hombres? No por otra cosa se llama a la estéril maldita, sino porque los hombres la improperarán y despreciarán como inútil e infructuosa en Israel. Pero para mí nada importa que desagrade a los hombres con que pueda presentarme a Cristo, virgen casta.

¡Oh, Virgen prudente! ¡Oh, Virgen devota! ¿Quién te enseñó que agradaba a Dios la virginidad? ¿Qué ley, qué rito, qué página del Antiguo Testamento manda o aconseja, o exhorta a vivir en la carne castamente, y a tener una vida propia de los Ángeles en la tierra? ¿En dónde habías leído, Virgen devota, que la sabiduría de la carne es muerte (Rom., VIII, 6), y no queráis contentar vuestra sensualidad satisfaciendo a sus deseos? (Rom., XIII, 14) ¿En dónde habías leído de las vírgenes, que cantan un nuevo cántico que ningún otro puede cantar y que siguen al Cordero a donde quiera que vaya? (Apoc., XIV, 4) ¿En dónde habías leído queson alabados los que se hicieron continentes por el reino de Dios? (Mateo, XIX, 12) ¿En dónde habías leído:aunque vivimos en la carne, nuestra conducta no es carnal? (II Cor., X, 3) Y aquél que casa a su hija hace bien y aquél que no la casa hace mejor? (I Cor., VII, 38) ¿Dónde habías oído: Quisiera que todos vosotros permanecierais en el estado en que yo me hallo, y bueno es para el hombre si así permaneciere como yo le aconsejo?

Mas Tú, oh María, no digo ya precepto, pero ni consejo, ni ejemplo tenías, sino que la interior moción de Dios te lo enseñaba todo y su Palabra, viva y eficaz, haciéndose primero tu maestro que hijo tuyo, instruyó antes tu mente que se vistió de tu carne.

Haces voto de presentarte a Cristo, Virgen, sin saber que está reservado para Ti el ser Madre. Escoges ser despreciable en Israel e incurrir en la maldición de la esterilidad para agradar a aquel Señor, a cuyos ojos obras lo más perfecto; y mira cómo la maldición se trueca en bendición y la esterilidad se recompensa con la fecundidad.

***

¡Oh, Virgen! Preparad vuestra alma, disponed vuestro cuerpo, pues va a hacer en vos cosas grandes el que es todopoderoso, y en tanto grado, que en vez de la maldición de Israel os llamarán bienaventurada todas las generaciones. No tengáis por sospechosa, Virgen prudentísima, la fecundidad, porque no disminuirá vuestra integridad. No conoceréis varón, concebiréis y tendréis un hijo. ¿Y qué hijo? ¡Ah! De aquel mismo seréis Madre, de quien Dios es el Padre… El hijo de la caridad paterna será la corona de vuestra castidad; la sabiduría del corazón del Padre será el fruto de vuestro virgíneo seno.

Tened, pues, ánimo, Virgen fecunda, madre intacta, porque no seréis maldecida jamás en Israel, ni contada entre las estériles. Y si con todo eso el Israel sensual os maldijere, no porque os mire estéril sino porque sienta que sois fecunda, acordaos que Cristo también sufrió la maldición: que el Señor os bendijo desde los Cielos y aun en la tierra, sois bendecida por el Ángel, y por todas las generaciones sois llamada con razón bienaventurada.

Bendita, pues, eres tú entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

***

Y cuando oyó esto María se turbó y pensaba qué salutación sería ésta. Suelen las Vírgenes que verdaderamente aman la virginidad, estar siempre temerosas y nunca seguras, y para precaverse de lo que en realidad es temible, suelen temer aun en aquello que no tiene por qué temerse; piensan que llevan un tesoro precioso en un vaso de barro y que es muy arduo vivir como los Ángeles entre los hombres, conducirse en la tierra al tenor de los habitantes del Cielo, y guardar en el cuerpo frágil la pureza del celibato. Por eso al ver una cosa nueva o repentina, sospechan asechanzas y piensan que todo se maquina contra ellas.

Y así, María se turbó a las palabras del Ángel; turbóse mas no se perturbó. Me turbé, dice el Profeta, y no hablé, sino que medité los días antiguos y tuve en mi pensamiento los años eternos (Salmo LXXVI, 5).

María se turbó y no habló, sino que pensaba entre sí, qué salutación sería ésta. Haberse turbado fue pudor virginal, no haberse perturbado fortaleza, haber callado y pensado prudencia.

Y pensaba qué salutación sería ésta. Sabía esta Virgen prudente que muchas veces Satanás se transforma en Ángel de luz; y porque era humilde y sencilla no esperaba cosa semejante de un Ángel santo, y por eso pensaba entre sí qué salutación sería ésta.

***

Pero entonces el Ángel, mirándola y advirtiendo facilísimamente que revolvía en su corazón pensamientos diversos, la consuela en sus temores, la ilustra y fortalece en sus dudas, y llamándola familiarmente por su propio nombre, blanda y benignamente, la persuade que no tema: No temas, le dice, María, porque has hallado gracia delante de Dios. Nada hay aquí de dolo, nada de engaño, no sospeches fraude, no receles acechanzas, no soy hombre, soy espíritu y Ángel de Dios, no de Satanás.

No temas, María porque has hallado gracia delante de Dios.

¡Oh si supieras cuánto agrada a Dios tu humildad y cuánta es tu intimidad para con Él! ¡Sin duda te juzgarás indigna de que un Ángel te salude y obsequie! Pero ¿por qué has de pensar que te es indebida la gracia de los Ángeles cuando has hallado gracia delante de Dios? Hallaste lo que buscabas, hallaste lo que antes de Ti ninguno pudo hallar, hallaste gracia delante de Dios.

¿Y qué gracia? La paz de Dios y de los hombres, la destrucción de la muerte, la reparación de la vida. Esta es la gracia que hallaste delante de Dios y para que te persuadas, te dan esta señal: Sábete que concebirás en tu seno y alumbrarás un hijo y le llamarás Jesús. Entiende, Virgen prudente, por el nombre del hijo que te prometen cuán y especial gracia has hallado delante de Dios.

***

Y le llamarás Jesús. El significado y la razón de este nombre, viene dada por el mismo Ángel, según se halla en otro Evangelista: Porque Él salvará a su pueblo de sus pecados. Sí, le llamarás Jesús.

De dos hombres se lee que le precedieron con el nombre de Jesús en figura de éste de quien ahora tratamos, y ambos mandaron en los pueblos; de los cuales el uno sacó a su pueblo de Babilonia, el otro introdujo al suyo en la tierra de promisión. Y estos mismos hombres sin duda defendieron de sus enemigos a los pueblos que gobernaban, pero ¿por ventura le salvaron de sus pecados? No, pero este nuestro Jesús salva al suyo de sus pecados y le introduce en la tierra de los vivientes.

¿Quién es éste que también perdona los pecados?, dice el Evangelista. Ojalá se digne este Jesús contarme a mí pecador en su pueblo, para salvarme de mis pecados. Dichoso el pueblo de quien es su Dios este Jesús pues Él salvará a su pueblo de sus pecados.

Mas recelo que muchos profesen ser de su pueblo y que, sin embargo, Él no los tendrá como tales; recelo que, a muchos que parecen ser los más religiosos entre su pueblo, diga Él mismo alguna vez: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mi (Mateo, XV, 8). Sabe Jesús los que son suyos, sabe los que escogió desde el principio. ¿Me llamáis, dice, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo os digo? (Luc., VI, 46).

¿Quieres saber si perteneces a su pueblo, o más bien, quieres ser de su pueblo? Haz lo que te manda Jesús y te computará entre su pueblo. Haz lo que manda en el Evangelio, lo que manda en la Ley, lo que manda por los Profetas, lo que manda por sus ministros, que tiene en la Iglesia; obedece a tus prelados que son sus vicarios, no sólo a los buenos y modestos, sino a los que son ásperos y duros, aprende del mismo a ser manso y humilde de corazón y serás de aquel verdadero pueblo suyo, que Él escogió por su heredad, serás de aquel estimable pueblo suyo, a quien el Señor de los ejércitos bendijo diciendo: Tú eres obra de mis manos, y mi heredad Israel (Luc., XIX, 25), de quien, para que acaso no sigas al Israel carnal asegura con su testimonio:Un pueblo que yo no había conocido, se ha sujetado a mí y me ha obedecido al punto que oyó mi voz(Salmo XVlI, 45).

***

Oigamos ahora lo que siente el mismo Ángel de Aquel a quien pone tal nombre aun antes de ser concebido.

Dice, éste será grande y será llamado hijo del Altísimo (Luc., I, 32). Con razón será grande el que merecerá ser llamado hijo del Altísimo. ¿Por ventura no es grande aquel cuya grandeza no tiene fin? ¿Y quién es tan grande como nuestro Dios? (Salmo CXII, 5). Grande es enteramente el que es tan grande como el Altísimo. Y no juzgará que es una usurpación en Él, el ser igual al Altísimo (Filip., II, 6).

Como debió juzgarla tal, aquel que habiendo sido formado Ángel de la nada, comparándose lleno de soberbia a su Hacedor, pretendía robar lo que es propio del Hijo de Dios, el cual según su forma y naturaleza divina no fue hecho sino engendrado de Dios. Dios Padre aunque es omnipotente no pudo hacer una criatura igual a sí mismo, o engendrar un hijo que de Él fuese desigual. Hizo grande al Ángel, pero no tanto como es Él, y por consiguiente no le hizo altísimo. Solamente no lo juzga usurpación, ni lo tiene por injuria que el Unigénito a quien no hizo, sino que engendró omnipotente siendo Él omnipotente; altísimo siendo Él altísimo; coeterno siendo Él eterno, se compare en todo a Él.

***

Pero ¿por qué dice que será grande y no dice más bien que es grande, el que siempre igualmente grande no tiene adonde crecer, ni después de su concepción ha de ser mayor que sea o haya sido antes? ¿Acaso se dice que será porque Él mismo que era Dios grande ha de ser grande hombre? Será grande. Grande hombre, grande Doctor, grande Profeta. De Él dice el Evangelio: Un Profeta grande ha aparecido en medio de nosotros (Luc., VII, 16) y por otro Profeta menor que Él, es prometido: Que vendrá un Profeta grande y renovará a Jerusalén.

Y Tú, oh Virgen, darás a luz un niño, criarás un niño, alimentarás a un niño, pero al verle pequeño contémplale grande. Será grande, porque el Señor le engrandecerá delante de los Reyes, de modo que todos los Reyes le adorarán y todas las gentes le servirán.

Engrandezca, pues, tu alma al Señor, porque tu Hijo será grande y será llamado hijo del Altísimo. Grande es y hará cosas grandes el que es poderoso y su nombre es santo. ¿Qué nombre más santo que llamarse hijo del Altísimo? Sea también engrandecido por nosotros, que somos niños, que por hacernos grandes se hizo pequeño.

Un niño, dice el Profeta, nació para nosotros, un niño nos han dado (Isaías, IX, 6). Para nosotros, no para sí. Nacido de su eterno Padre más noblemente antes de los tiempos, no necesitaba nacer de una Madre en el tiempo. No para los Ángeles, que poseyéndole grande, no le solicitaban niño. Para nosotros, nació, a nosotros nos lo han dado, porque para nosotros era necesario.

***

Empleémosle, pues, en lo que es el fin porque nació y nos fue dado. Usemos del que es nuestro en utilidad propia nuestra, saquemos del Salvador la salud. ¡Oh deseado de los niños! ¡Oh verdaderamente niño, pero en la malicia, no en la sabiduría!

Procuremos hacernos niño como Él, aprendamos de Él a ser mansos y humildes de corazón, no sea que el grande Dios se haya hecho sin fruto hombre pequeño, no sea que en balde haya muerto, no sea que inútilmente haya sido crucificado por nosotros. Aprendamos su humildad, imitemos su mansedumbre, apreciemos su amor, tomemos parte en sus penas, lavémonos en su sangre.

Ofrezcámosle a Él mismo como víctima por nuestros pecados, pues para esto nació y nos fue dado a nosotros.

Ofrezcámosle a los ojos de su Padre y ofrezcámosle a los suyos propios, porque el Padre no perdonó a su propio Hijo, sino que por nosotros le entregó; y el mismo Hijo se abatió hasta tal extremo, que tomó la forma de esclavo.

Él mismo entregó su vida a la muerte y fue puesto en el número de los malhechores; y Él mismo llevó sobre sí los pecados de muchos y oró por los violadores de la ley para que no pereciesen. No pueden perecer aquellos por quienes el Hijo ruega que no perezcan, por quienes el Padre entregó su Hijo a la muerte para que vivan. Debemos esperar el perdón de ambos igualmente, en los cuales es igual la piadosa misericordia, igual la voluntad omnipotente, y una misma la sustancia divina.

***

Gloria sea dada, pues, al Hijo del Altísimo, hijo también de María que cuando honramos al Hijo no nos apartamos de las glorias de la Madre, e igualmente todo cuanto decimos en las alabanzas de la Virgen Madre, redunda también a gloria del Hijo. Si como dice Salomón: El Hijo sabio es gloria del Padre (Proverbios, X, 1). ¿Cuánta mayor gloria será ser Madre de la misma Sabiduría? Pero ¿qué puedo intentar yo en las alabanzas de aquella Señora a quien publican digna de ellas los Profetas, lo expresa el mismo Ángel y lo declara el santo Evangelio? No, yo no la alabo, porque no me atrevo, sino que repito con devoción lo que ya explicó el Espíritu Santo por boca del Evangelista.

Dice: Y le dará el Señor Dios el trono de David, su Padre. Que de la prosapia de David trajese su origen Jesús, nadie lo duda. Pero yo deseo saber, ¿cómo le dio el Señor el trono de David su padre, no habiendo reinado en Jerusalén, sino que antes bien, queriéndolo hacer Rey las turbas, no lo consintió, y aun protestó delante de Pilatos, diciendo: Mi Reino no es de este mundo? (Juan, XVIII, 36).

Y ¿qué es el trono de David, qué se promete, para quién se sienta sobre los Querubines, para quién vio el Profeta (Isaías, IV, 1.) sentado sobre un Solio excelso y elevado? Sabemos que hay otra Jerusalén significada por ésta en que reinó David y que es aquélla mucho más noble y rica. Y a esa se refiere aquí, según el frecuente modo de hablar de la Escritura, en que se pone muchas veces lo que significa por el significado. Le dio Dios el trono de David, su padre, cuando le constituyó Rey sobre Sión su monte santo (Salmo II, 6). Y este texto parece explicar ya más claramente de qué reino se trata, porque no dice en Sión, sino sobre Sion.

Ciertamente en Sión reinó David, pero está sobre Sión el reino aquel de quien se dijo a este rey: Colocaré sobre tu trono tu descendencia (Salmo CXXXI); de quien se dijo también por otro Profeta: Sobre el solio de David y sobre su reino se sentará (Isaías, IX, 7). Y ¿no ves cómo en todas partes hallas sobre? Sobre Sión,sobre el trono, sobre el solio, sobre el Reino. Le dará, pues, el Señor Dios el trono de David su padre, no el figurativo, sino el verdadero, no el temporal, sino el eterno, no el terreno, sino el celestial.

***

Y reinará en la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin (Lucas, I, 32).

Si aquí igualmente entendiéramos la casa temporal de Jacob, ¿cómo no siendo eterna, había de poder reinar en ella eternamente? Se ha de buscar, pues, una casa eterna de Jacob en que reine eternamente aquel Señor cuyo reino no tendrá fin. Y además ¿acaso aquella provocadora casa de Jacob no le negó impíamente y le desechó neciamente delante de Pilatos, cuando diciendo él: ¿Yo he de crucificar a vuestro Rey?, respondió gritando a una voz: No tenemos más Rey que al César? (Juan, XIX, 15).

Busca, pues, al Apóstol y te distinguirá al que es judío en lo oculto de aquel que lo es en lo manifiesto, y la circuncisión que es según el espíritu de aquella que se hace según la carne, al Israel espiritual del carnal, a los hijos de la fe de Abraham de los hijos de su carne.

No todos los que son de Israel (Rom., II, 28), dice, son israelitas, ni todos los que son de la sangre de Abraham son hijos suyos. Luego igualmente no todos los que descienden de Jacob son de la casa de Jacob, puesto que Jacob es lo mismo que Israel.

Juzga, pues, de la casa de Jacob sólo aquellos que se encuentran perfectos en la misma y habrás encontrado los que constituyen la casa espiritual y eterna de Jacob en que el Señor Jesús reinará para siempre.

¿Quién de nosotros es el que según la interpretación del nombre de Jacob hace caer con industria de su corazón al diablo y lucha contra sus vicios y deseos malos, para que no reine el pecado en su cuerpo mortal, sino Jesús en él, ahora por la gracia y después eternamente por la gloria?

***

Dichosos aquellos en quienes Jesús reinará eternamente, porque ellos también reinarán con Él, y su reino no tendrá fin.

¡Oh qué dichoso es aquel reino en que se congregaron los Reyes para alabar y glorificar al que es sobre todos Rey de los Reyes y Señor de los Señores, cuyo resplandeciente rostro contemplarán los justos y brillarán como el sol en el Reino de su Padre!

¡Oh si de mí, pecador, se acordara también Jesús según la bondad que se ha dignado mostrar a su pueblo, cuando haya de venir a su reino!

¡Oh si en aquel día en que ha de entregar el reino a Dios y al Padre, quisiera visitarme con su asistencia saludable, para verle yo colmado de los bienes de sus escogidos, para gozarme yo en la alegría que es propia de su pueblo; y que esta misma misericordia fuera eterna materia para darle alabanzas en compañía de su heredad!

Venid, entre tanto, Señor Jesús y quitad los escándalos de vuestro reino que es mi alma, para que vos reinéis como es natural en ella. Porque viene la avaricia y quiere asentar en mí su trono; la jactancia, quiere dominarme; la soberbia, quiere ser mi rey; la lujuria, dice, yo he de reinar; la detracción, la ira, la envidia, combaten en mí mismo, sobre mí, disputando entre sí de cuál de ellas debo ser esclavo principalmente.

Y yo, cuanto puedo resisto, cuanto puedo me esfuerzo, doy voces a mi Señor Jesús, me derramo en su presencia, porque conozco que tiene en mí todo derecho.

Tengo a Él por mi Dios, tengo a Él por mi Dueño, y digo: no tengo otro Rey que mi Señor Jesús.

Venid, pues, Señor, dispersadlos con la fuerza de vuestro poder, y reinaréis en mí, pues vos sois mi Rey y mi Dios, que sólo con mandarlo habéis salvado tantas veces a Jacob.


jueves, 6 de noviembre de 2014

¿Y dónde vivirá la señora vestida de piedra?

Por Julio Ricardo Castaño Rueda
Sociedad Mariológica Colombiana

El alto de la Peña Vieja sigue siendo un lugar de tristezas agrestes. La lucha de los vientos por barrer esa cima tutelar se fatiga de pasar siempre por las ruinas profanadas por las manos abyectas de los servidores del mal.

Entre los muros sobrevivientes de la capilla, levantada por el padre Ricardo Struve Haker y reconstruida en 1985 para celebrar los 300 años del hallazgo de un milagro pétreo, se encuentra los trazos del vandalismo alienado por la moda extranjera.

Un grafito marca la diferencia con una palabra clave: “clown”. El arte de los bufones dejó su huella de ignorancia en un emplazamiento sagrado para la memoria de Bacatá.

Entonces, qué pasión invita a desafiar precipicios y tupidos matorrales en un ascenso que termina frente a una gigante cruz de hierro que vigila desde el borde de un abismo a la ciudad de la Inmaculada Concepción.

La respuesta la narró doña Edilsa. Ella vive en Suba y una tarde llegó a su hogar una señora para hablarme de los milagros de Nuestra Señora de la Peña. La mensajera narró el prodigio hasta dejar muchas incógnitas. La charla terminó con varias expectativas que se guardaron en el corazón de la esperanza. Los días pasaron y la rutina hogareña disolvió cualquier alternativa de visita parroquial.

Las  dudas de la expectativa quedaron sembradas entre la tierra de la pregunta inconclusa ¿cómo llegar a ese santuario? Lo único que recordaba era tomar un bus de Transmilenio hasta la estación Museo de Oro y de ahí coger transporte para el barrio El Guavio. El resto de las indicaciones bastaban para perder a un sabueso callejero. Pasó un año y a la morada de Edilsa se presentó una vecina que la invitó a participar en el cierre del año jubilar de la Arquidiócesis de Bogotá, en sus 450 años de vida.

El 24 de marzo de 2014 Edilsa se encontró, en medio del gentío, con los miembros de la Sociedad Mariológica Colombiana que desfilaban cargando un pendón donde aparecía una fotografía que le llamó la atención. Sin pensarlo hizo contacto con don Juan Alberto Ramírez, vicepresidente de la institución. El buen Juan se sentó bajo un sol canicular en una esquina de la Plaza de Bolívar a contarle la historia de la desconocida Patrona de la urbe.

La clase se prolongó por unas dos horas hasta la Eucaristía campal. La improvisada alumna quedó de comunicarse por teléfono para concretar una cita, pero no llamó. El lunes 14 de abril, Edilsa marcó el número de la casa de Ramírez, pero preguntó por Ramiro.

Las buenas maneras lograron descifrar el error de la comunicación. Se encontrarían en la estación del Museo de Oro al día siguiente, martes santo, para ir a conocer la casa de Nuestra Señora de la Peña, el Centro Mariano Nacional de Colombia y la Ermita Vieja. En los últimos 30 años nadie había podido hacer el periplo completo por circunstancias varias.

Pasadas las diez de la mañana, se apearon de un taxi amarillo, de los denominados “zapatico”, Juan Alberto, Edilsa, su esposo y sus dos hijos, David y el pequeño Cristian. Entraron al Centro Mariano a curiosear en la biblioteca y a hacer preguntas. Contemplaron cuadros, repisas y caminaron por sus rincones en busca de respuestas. No podían creer que en un solo salón había más de 4.000 libros en ocho idiomas que hablaban de un tema desconocido, la Bienaventurada Virgen María. 

Mientras los turistas observaban, Juan Alberto salió para hablar con la secretaria del despacho parroquial y solicitarle el respectivo permiso de ingreso a la iglesia de las puertas cerradas, pero el inconveniente apareció. El señor párroco, padre Puyo, llegó en su camioneta, se bajó y negó rotundamente la entrada a los peregrinos.

La negativa del sacerdote debe ser un paradigma de la predicación sin evangelización. No se puede conocer la morada de Dios porque aquí mando yo, y punto.

El escollo se incrementó cuando una masa de negros nubarrones se apoderó del cerro tutelar y las primeras gotas de una lluvia pasajera humedecieron el atrio. El ascenso quedaba suspendido por razones de seguridad.

Sin embargo, para el no del presbítero y la inoportuna llovizna, el cielo tenía otra respuesta. El aguacero se fue acompañado de la neblina. La loma seguía vestida con sus cúmulos grises, pero se mostraba accesible.

El grupo tomó el antiguo camino sobre las diez y media de la mañana por entre eucaliptos, pinos y malezas. Este cronista se sumó a la excursión para cerrar la marcha hasta la zona del polígono donde varios agentes de la Policía Nacional afinaban su puntería. 

En ese punto hubo que acudir a los encantos de la retórica para convencer a un subintendente. El uniformado se oponía al paso de los andariegos. Cuando las palabras casi lograban su cometido, el comandante de la unidad autorizó continuar por la senda.

La trocha, sobreviviente de las huellas que dejó el olvido, estaba cortada por unos troncos que se derrumbaron sobre su ruta. Nada que la flexibilidad corporal no pudiera sortear. Más adelante, aparecieron las cuevas, unas guaridas de malandrines que guardaban desechos humanos. La contaminación marcó el último espacio donde el hampa asesinó a la naturaleza.

El olor a campo libre compensó al esfuerzo sudoroso que anunciaba que la subida era cada vez más empinada. Al rato se llegó a una cresta destapada, borde cruel. Desde allí se contempló a la capital lejana junto a un precipicio que no admitirá errores. Hay que andar con pies de plomo porque se bordean los espacios abiertos donde el vértigo es el compañero de aventura.
Veinte minutos más tarde, se hizo una pausa para beber en las cristalinas aguas de un pozuelo. Esta fuente aún vierte agua limpia entre pedruscos, helechos y el chusque. Los refrescados ascendieron hasta la desvencijada ermita. Sus muros resistían con sus contrafuertes el empuje de los ventarrones.

El frío invitó al merecido descanso. Un refrigerio de emparedados compuesto por jamón de cordero, pan y queso sirvieron para saciar el hambre del medio día. Una hora y 25 minutos duró la marcha hasta la meta.

Luego del reposo, en un acto de protesta contra el abandono  estatal de la negra roca donde Dios esculpió la imagen de su familia, este redactor anudó una camándula a la monumental cruz que cuida los vestigios. El acto quería recordar que ese sector es para la oración y no es el patio de prácticas para los grafiteros sicóticos. Fin de la moción de censura.

La prisa de Ramírez guió el descenso por entre los mismos vericuetos enmarañados donde no se vio ni escuchó un solo pájaro, de los que habitan en aquellos parajes salvajes. El afán de Juan Alberto radicaba en pedir permiso en el Seminario Arquidiocesano Misionero Redemtoris Mater para ingresar a la colonial ermita. Por segunda vez, la respuesta fue un no radical. Dios bendiga a esos tiempos crueles cuando los hijos del cristianismo impedían a los romeros el ingreso a un oratorio mariano.

Mientras los hombres consagrados imponían sus cortapisas a la devoción. La muerte llegó para abrir las puertas de la capilla. Un cortejo fúnebre esperaba al padre Puyo para participar de las exequias. El templo estaba abierto… Réquiem por la oposición.

Nuestra Señora de la Peña le permitió a Edilsa visitar el altar en compañía de su familia porque una talanquera clerical le cerró  paso. La mujer, que movió las montañas para conocer a la Reina y Alteza Real de Bogotá, entró y rezó un Ave María ante su Señora, la mujer vestida de piedra.   

jueves, 30 de octubre de 2014

El Espíritu Santo y María



Por  Juan Alberto Ramírez Ochoa
Sociedad Mariológica Colombiana

Introducción

“El estudio, la investigación y la enseñanza de la Mariología tienden – como a su última meta -, a la adquisición de una sólida espiritualidad mariana, aspecto esencial de la espiritualidad cristiana. En su camino hacia la plena madurez de Cristo (cfr. Ef. 4,13), el discípulo del Señor, consciente de la misión que Dios encomendó a María en la historia de la salvación y en la vida de la Iglesia, la toma como “madre y maestra de vida espiritual” (Marialis cultus, 21): con ella y como ella, a la luz de la encarnación y de la pascua, imprime a la propia existencia una decisiva orientación hacia Dios por Cristo en el Espíritu, para vivir en la iglesia la propuesta radical de la buena nueva y, en particular, el mandamiento del amor (cfr. Jn.15,12)” .

“Por espiritualidad entendemos, aquella vida en el Espíritu, de la cual el primer agente, es precisamente el Espíritu Santo, cuya acción es sutil, pero al mismo tiempo, eficaz (Cf. PI, 19). Efectivamente María recorrió su camino de fe siempre guiada por este Espíritu a cuya acción respondió, con docilidad, entrega y fidelidad.
Cuando hablamos de espiritualidad mariana, entendemos aquellos lineamientos de vida espiritual que hicieron de María la “hija predilecta del Padre”, “La madre del Hijo” y “la esposa del Espíritu Santo” y que, por tanto, la hacen compañera de camino para todo discípulo y discípula del señor Jesús; ese mismo discipulado que encarna todo aquel que desea caminar en pos de Cristo consagrando su vida al servicio del reino mediante la perfección de la caridad”. 

El presente estudio hace parte de una obra titulada: Mariología pneumatológica que el  autor pretende elaborar en tiempos posteriores. Por ahora, se ofrece aquí, un resumen, basado en el escrito de Xavier Pikaza titulado “María y el Espíritu Santo” de ediciones Secretariado Trinitario, Salamanca, España. 1994. Páginas 72 y siguientes.
Espera, el autor, ofrecer una interpretación del versículo 35, del primer capítulo del evangelio de San Lucas que dice: “el Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra y por esto el hijo engendrado será santo, será llamado hijo de Dios”. Además, con textos escogidos de San Lucas tanto en el evangelio, como en los Hechos de los apóstoles, expresar quién es el Espíritu Santo.

                                                                                                                             El autor.

I

El Espíritu Santo

Aunque el Espíritu Santo está presente en toda la Biblia, desde el génesis 1,2: ”la tierra era soledad y caos y las tinieblas cubrían el abismo, pero el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas”, hasta el Apocalipsis 22,17: "el Espíritu y la esposa dicen: ven. El que escuche diga: ven. El que tenga sed que venga y, el que quiera, tome gratuitamente del agua de la vida”, es en el evangelio de San Lucas en donde se destaca como principio orientador, como protagonista de su historia salvadora.

Desde luego, un protagonista es Cristo: está en el centro de la historia, de tal forma que todo lo que hay antes le prepara y , todo lo que sigue, continúa y expansiona su camino. Pero, hay otro protagonista: el Espíritu Santo.

Si bien el Espíritu no está personificado en un hombre, como Cristo, podemos decir:

a)            El Espíritu es poder de Dios que lleva hacia Jesús; así lo muestran, en especial, dos pasajes: Lc.1, 35. Y Lc.3, 21-22. “el Ángel le contestó y dijo: el Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por esto el hijo engendrado será santo, será llamado hijo de Dios” (Lc. 1,35): porque el Espíritu de Dios viene a María y la transforma, ella se convierte en Madre del Salvador, y, el hijo de Dios nace, a través de ella, sobre el mundo.

Este misterio de originación pneumática de Jesús, tiene tal fuerza, que, en el fondo del relato del bautismo, se recibe la impresión de que el Espíritu se expresa y actualiza por el Cristo: siendo Hijo de Dios, parece presentarse como la “corporalización” del Espíritu: “aconteció, o es, cuando todo el pueblo se bautizaba que bautizado Jesús y, orando, se abrió el cielo, y descendió el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma, sobre Él, y se dejó oír del cielo una voz: “Tú eres mi hijo amado, en ti me complazco”(Lc.3,21-22).

b)           El Espíritu es el poder divino de Jesús, como una fuerza que le adviene desde Dios, capacitándole para realizar la obra de salvación; pero, al mismo tiempo, ese Espíritu es su vida más intensa. Los planos se superponen de tal forma que, en un primer momento, es Jesús quien aparece como “función del Espíritu” (“el Espíritu del señor está sobre mí, porque me ungió para evangelizar a los pobres; me envió a predicar a los cautivos la libertad, a los ciegos la recuperación de la vista; para poner en libertad a los cautivos, para anunciar un año de gracia del señor”: Lc.4,18 y ss.) y en otro es el Espíritu el que viene a desvelarse como “fuerza de actividad y entrega salvadora de Jesús” (“esto es, cómo a Jesús de Nazaret le ungió Dios con el Espíritu Santo y con poder, y, como pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él”: Hch.10,38).

c)            El Espíritu es poder de Dios que Cristo ofrece a los creyentes. Así lo anuncia la primera gran promesa mesiánica: “viene el que es más fuerte que yo…; Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Lc.3,16). El contenido del espíritu bautismal se precisa por medio de la obra de Jesús: es la promesa del Padre que el Señor resucitado ratifica en su ascensión (“pues yo os envío la promesa de mi Padre; pero habéis de permanecer en la ciudad hasta que seáis revestidos del poder de lo alto”: Lc.24,49. Y,: “porque Juan bautizó en agua, pero vosotros pasados no mucho días seréis bautizados en el Espíritu Santo”…”recibiréis el poder del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros, y, seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta el extremo de la tierra”, (Hch 1,5 y 1,8) y ofrece a sus creyentes en Pentecostés (“exaltado a la diestra de Dios y recibida del padre la promesa del Espíritu Santo, le derramó según vosotros veis y oís”: Hch 2,33).

d)           El Espíritu es la actualización de Jesús. Para que el Espíritu de Dios pueda expandirse hacia los hombres debe estar actualizado en una historia humana. Es lo que acontece en Jesús. A través de un proceso de vida donde se define como el Hijo de Dios” (Cf: Lc.1,35), Jesús nace del Espíritu, vive desde el Espíritu y, plenificado su camino, puede ofrecer su mismo Espíritu como poder de madurez y transformación de Dios para los hombres. Siendo la promesa y realidad de salvación  de Dios, el Espíritu es la hondura del origen, vida y don de Cristo.

 II

El Espíritu Santo vendrá sobre ti: Lc 1,35

A la pregunta de María: ¿cómo será esto pues no conozco varón?, el ángel le responde: “el Espíritu Santo vendrá sobre ti; la fuerza del Altísimo te cubrirá; por eso, lo que nazca de ti será santo, le llamarán (=será) Hijo de Dios” (Lc.1, 35).

Este planteamiento permite vislumbrar dos campos de fuerza del pasaje de la anunciación. En un primer momento hay dos personajes centrales: el ángel y María. (Lc. 1,26-27). Pero el ángel va quedando en un segundo plano a la sombra de la acción de Dios. El foco de luz se encuentra en la figura de María: “alégrate, llena de gracia, el señor es contigo” (Lc. 1,28). Esas  palabras contienen como en ciernes todo lo que sigue: a) la gracia de Dios sobre María; b) El nacimiento de un hijo salvador (Lc. 1,30-33). La pregunta posterior de María, sirve para explicitar el misterio: lo que importa es descubrir, desde María y para el conjunto de la Iglesia, el sentido del nacimiento de Jesús, sus componentes fundamentales, sus líneas de sentido.

Ante la radicalidad inaccesible de la presencia de Dios, emerge la pregunta: “¿cómo será esto, pues no conozco varón? (Lc.1, 34). Lo que va a suceder se sitúa más allá de toda posibilidad genética del mundo, en el abismo de la fecundidad de Dios. Desde aquí se entiende la respuesta, con sus dos momentos: a) “el Espíritu Santo vendrá sobre ti; la fuerza del Altísimo te cubrirá” (Lc.1, 35ª); así se indica la acción del espíritu de Dios sobre María; en ella se actualiza, de manera radical, el misterio (Espíritu-Fuerza) del Altísimo. b) Por eso, lo que nazca de ti será Santo, le llamarán hijo de Dios (Lc.1, 35b); solo porque María es lugar de la presencia del Espíritu, podrá ser madre del Mesías, más aun solo porque el Espíritu actúa por María, puede nacer sobre el mundo, el hijo de Dios. De esta manera se han unido de manera radical los dos momentos de la revelación de Dios: la presencia de su Espíritu y el nacimiento de su hijo sobre el mundo.

Dado el carácter de este estudio, sólo podemos profundizar en la primera parte del Lc.1, 35: la presencia del Espíritu en María: ¿cómo entender la acción-respuesta del Espíritu en María? Los esquemas que se pueden emplear son tres: creación escatológica, inhabitación sacral y transparencia personal.

Con el esquema de creación escatológica se piensa que la presencia del Espíritu sobre María ha de entenderse a partir de los relatos de la creación (gen.1,2) que se sitúan ya en contexto escatológico. Así, como el Espíritu de Dios estaba activo en la creación del mundo, del mismo modo había que esperar a ese mismo Espíritu también en su renovación. Se saca fácilmente la conclusión de que la entrada del Redentor en el escenario de la historia, era la obra del Espíritu y, esto, explica la introducción del Espíritu en los relatos de la anunciación. La entrada de Jesús en el mundo constituyó la inauguración de la nueva creación por parte de Dios y, por tanto, tiene su única analogía verdadera en el génesis. Desde esta perspectiva, se deducen dos consecuencias fundamentales: a) La primera sobre el acontecimiento salvador: la concepción de Jesús y su venida al mundo por medio de María, constituyen la nueva creación a la que aludieron los profetas, la culminación de la realidad, el mundo nuevo. b) La segunda consecuencia se refiere a María: ella es la tierra verdadera, aquella madre tierra que, siendo por si misma infértil, caos y vacío, Dios mismo fecundiza con su espíritu. En esta línea, a través de la esperanza judía, el cristianismo habría asumido y transfigurado, concentrándolo en María, el viejo mito agrario de la tierra como Diosa-Madre: ella es signo de fecundidad, origen de los vivientes.

“Esta relación de María con la creación ha sido delineada por los padres de la Iglesia: ella es la madre tierra, es la tierra virginal, no arada. La tierra virginal produce su fruto, y su fruto agota la fecundidad de la creación entera: la tierra ha dado el fruto (Sal. 66,7). Como la vida divina del padre agota su fecundidad en la generación del hijo, así, la creación agota, por obra del Espíritu Santo, su fecundidad, en el nacimiento de Cristo de María siempre virgen. Cristo es hijo del hombre porque es hijo de María. Así, toda la vida del universo encuentra en María su cumplimiento. En la maternidad de ella, la creación encuentra su razón última, su valor supremo”.
“Los padres de la Iglesia han visto en el misterio de la encarnación del Verbo una relación con la creación de Adán. Adán viene formado de la tierra virgen; el nuevo Adán viene formado de la nueva tierra virginal, de una nueva creación de Dios pura e inocente: La Virgen Santa”. 

“Ya los padres de la Iglesia han visto una relación de María no tanto con las figuras de Sara y Raquel en el Antiguo Testamento, como la relación a la tierra virginal de la cual fue hecho Adán. El segundo Adán, que es Cristo, viene hecho de la tierra virgen que es María, virgen porque “in nullo corrupta”. Es María la tierra virginal, tierra que no ha conocido el pecado”.

El esquema de la inhabitación sacral ha sido utilizado especialmente por los autores católicos de tradición francesa. María representaría la verdad y cumplimiento de aquello que indicaba la presencia fecundante de Dios en Israel (en la ciudad de Jerusalén, el templo de Sión, el Arca de la Alianza). La referencia fundamental la ofrece R. Laurentin que compara Ex. 40,35 y Lc. 1,35. Se dice en Éxodo: la nube cubrió el tabernáculo y la gloria de Dios llenó el santuario. Nube y gloria de Dios son para Lc. 1,35, los signos del Espíritu de Dios (Pneuma-Dynamis) que viene a descender sobre María y fecundarla de su gracia. Más o menos matizada, esta opinión se ha vuelto común a los católicos: la presencia del espíritu de Dios que viene a cubrir a María se interpreta sobre el fondo de la nube que llena el tabernáculo o el templo (num.9,18-22;2cron.5,7-14;Cf Ez 36,26-27, etc.)… María es, por lo tanto, el santuario escatológico de Dios entre los hombres.

Ya en el siglo V Proclo de Constantinopla decía: “veneramos a María como que fue madre y sierva, nube y tálamo nupcial y arca del Señor… arca no ya de la ley sino que contiene al mismo legislador… ¿con qué colores de alabanza pinto esta imagen virginal? ¿Con qué expresiones de elogio adornaré este modelo incontaminado de la pureza? Ella es sagrario íntimo de la inocencia; es el templo santificado de Dios; el altar dorado de sacrificios; ella es el arca dorada por dentro y por fuera, santificada en cuerpo y en espíritu, en la cual se guardaba el incensario dorado; ella es la urna que contiene el maná y todo lo demás que hemos mencionado antes”.
De esta perspectiva se deducen también dos consecuencias: a) La primera sobre el acontecimiento: lo que a Lucas le interesa, al hablar de la anunciación, es mostrar el cumplimiento de las promesas de Israel. b) La segunda sobre María: ella es el templo verdadero; es el campo de presencia del Espíritu el lugar sagrado donde habita la divinidad, para expandirse desde allí, hacia el pueblo. Evidentemente, esa presencia es dinámica: el espíritu de Dios está en María, para que ella se haga madre, lugar de surgimiento del Cristo salvador.

Hay una tercera interpretación que se llama de transparencia personal. La defienden aquellos que se sienten incómodos ante las imágenes anteriores. María es para ellos más que tierra vacía a la que viene el Espíritu de Dios para crear (contra la primera visión). Es más que un templo, más que objeto sagrado o tabernáculo donde se visibiliza la nube de Dios (contra la segunda visión). María es una persona y, las leyes de su encuentro con Dios, han de ser matizadas desde lo personal: la presencia del Espíritu en María implica una serie de rasgos de diálogo interpersonal y libertad de llamada y de respuesta, de amor y de obediencia, que, desborda las imágenes anteriores. Veamos: a) María es la agraciada (la amada, la llena de gracia) de Dios, cosa que no puede asegurarse de la tierra o tabernáculo. b) El mismo Dios le habla dialogando con ella por el ángel; esto supone que la presencia del Espíritu se realiza en el contexto de un encuentro respetuoso de llamada y de respuesta. c) Además de eso, la presencia del Espíritu, depende de la respuesta positiva, del Fiat de María. Ha llegado el momento en que junto al “hágase”(Gn 1,3) originario de Dios, que es un “hágase” sin condiciones ni presupuestos, como palabra que explicita la presencia del Espíritu sobre las aguas primeras del caos, tiene que ponerse el “hágase” de María (Lc.1,38), un Fiat o hágase optativo de deseo, que no se atreve a imperar, pero, que deja la puerta totalmente abierta a la acción de Dios.

Esto conduce a un campo inesperadamente nuevo de presencia de Dios y de sentido del Espíritu que puede concretarse en estas consecuencias generales: a) El Espíritu aparece ante María como el poder de Dios que se actualiza en forma de diálogo: es el campo de palabra y de respuesta de Dios, aquel encuentro donde el poder del Altísimo y libertad amorosa y confiada del hombre se encuentran. b) Desde este momento, la realidad del Espíritu de Dios, como poder de creación y presencia salvadora en el pueblo de Israel no puede separarse de la actitud y la persona de María. En otras palabras: María no es como un objeto, una especie de tierra sobre la que adviene el Espíritu desde fuera. Con su aceptación y su respuesta, su ser amada y su obediencia transparente, María se convierte en expresión del espíritu, en un momento del poder y realidad de Dios entre los hombres. Así lo ha entendido Lucas.

Ciertamente, a Lucas le interesa, antes que nada, el fruto de María, esto es, el nacimiento del hijo de Dios, pero, como teólogo acostumbrado a la manera de actuar de Dios y, situándose dentro de la tradición de la Iglesia, Lucas sabe que ese nacimiento no puede interpretarse ni entenderse sin la fuerza y la presencia del Espíritu en María. Por eso, aunque la intervención de Lc.1,26-38 resulte originalmente cristológica (no mariológica), debemos añadir que a Lucas le interesa la figura de María. Ella no es un instrumento mudo, no es un medio inerte que Dios se ha limitado a utilizar para que nazca el Cristo: ella es el lugar de plenitud del Espíritu, la tierra de la nueva creación, el templo en que el misterio habita. Más aun, ella es la persona que, en diálogo de libertad con Dios, allí donde culmina el camino de la historia y la esperanza, vive y actualiza (quizá mejor: personifica) la presencia del espíritu de creación y maternidad de Dios.

Conclusión

Se puede decir que el Espíritu es, o constituye, antes que nada el signo de la vida interior (espiritualidad): es la capacidad de concentración de los seres que son dueños de sí mismos y viven en gesto de intimidad. Según eso, el Espíritu es la misma intimidad de Dios. En María se desvela cómo el gesto de su vida interna: es el gesto de su acogimiento en libertad, aquella hondura que le vuelve capaz de recibir la voz de Dios y responderle. Solo porque Dios hace a María “espiritual” puede ofrecerle la voz de su palabra y debe aguardar su respuesta (Cf. Lc.1, 26-38).

En segundo lugar, el Espíritu es creatividad: el poder de comunicar la vida desde dentro, como acaece en un ámbito materno que, desde la intimidad de sí mismo se convierte en campo de creación abierta y principio de existencia. Sabemos por el Antiguo Testamento y toda la revelación bíblica que el Espíritu de Dios se autodefine como fuerza creadora: es el ámbito fecundo de su vida y de su gracia en donde todo se cimienta. Esto resulta claro en el misterio de María: como intimidad y fecundidad femenino-maternal, ella transparenta y actualiza el ámbito de creatividad del Espíritu divino; de esa forma la palabra de su intimidad, fundada en Dios, se convierte en seno de su fecundidad pneumatológica, abierta al nacimiento de Jesús, el hijo.

Finalmente, el Espíritu es poder de comunión: es el encuentro que se vuelve realidad, aquel misterio de coesencia y apertura mutua en que se ligan y enriquecen las personas. El Espíritu es persona siendo encuentro de personas, es realidad divina siendo aquella especie de “nosotros” sustantivo donde el padre y el hijo vienen a encontrarse. Este misterio de mediación pneumatológica se expresa de manera abierta por medio de María. a) María es la persona a la que acude el padre para hacer que surja el hijo; por eso es mediación en el camino intradivino; así lo expresa el relato de la anunciación. b) De un modo correspondiente podemos afirmar que María es la persona por medio de la cual el hijo aprende a descubrir al padre. También en este campo ella realiza funciones mediadoras: visibiliza históricamente la mediación intradivina del espíritu.

Estas tres funciones pneumatológicas de María (espiritualidad, creatividad, comunidad) ofrecen dos vertientes. Por un lado, ella se integra en el diálogo del padre con el hijo. Pero, al mismo tiempo, ella actualiza ese misterio hacia la Iglesia. El mismo Espíritu de Dios, como misterio de unidad del Padre con el Hijo, es –a través de Jesucristo- el signo originario de unidad de los cristianos, una especie de persona superior que les vincula y plenifica. Apliquemos esto al caso de María.

Conforme al relato de la anunciación (Lc.1, 26-38), María es intimidad abierta a Dios a partir de su respuesta afirmativa y como efecto de la presencia del Espíritu, ella se convierte en lugar de la fecundidad intradivina. Esto lo sabemos. Pero debemos añadir que, conforme a la tradición que ha recogido, Mt.2,11, María no es solo aquella madre que da  luz y educa al hijo de Dios; ella es la mujer que lo presenta ante los hombres que vienen a adorarle. Igual sucede en el misterio de la visitación (Lc.1,39-56). Por intermedio de María Juan, el bautista, es colmado del Espíritu Santo desde el vientre de su madre. De manera imperceptible, María ha venido a convertirse en lugar de mediación entre Dios y los hombres. También en este aspecto María es signo del Espíritu.

La mediación mariana entre Jesús y los hombres aparece mucho más clara en Juan: María es la que invita a los hombres a ponerse ante la hora de Jesús. Obedeciendo a su palabra (Jn.2,1-11). Por eso, ella se encuentra ante la cruz como madre de los amigos de Jesús (Jn.19, 25-27), trasmitiéndoles una historia de apertura y recibiendo con ellos el don del único Espíritu.

El misterio de María culmina en dos escenas que la Iglesia ha convertido en signos gratamente revelatorios de su vida. Por una parte, ella está en Hch1,14 recibiendo el Espíritu con el resto de la iglesia: es caminante con los caminantes, creyente con los creyentes. En segundo lugar su gesto de solidaridad pneumatológica la convierte una vez muerta y glorificada, en signo de la transparencia del espíritu; así lo han mostrado mejor que los teólogos aquellos artistas que han pintado la asunción-coronación de María con rasgos trinitarios: el Padre y el Hijo le ofrecen una corona de plenitud que termina identificándose con la misma vida del Espíritu. Ella aparece entre Hijo y Padre, como una visibilización del Espíritu; mucho más que la paloma o que la luz, más que la corona o que los rayos del sol, ella actualiza el misterio del espíritu. Está entre Padre e Hijo, pero está para los hombres, significando ante ellos el don de maternidad, de compasión y de esperanza del Espíritu de Dios en Jesucristo.


miércoles, 29 de octubre de 2014

La glorificación de la Santísima Virgen María Dormición en oriente – Asunción en occidente (2ª parte)







José Manuel Tobar C. pbro.
Sociedad Mariológica Colombiana


HIMNO
I
A  alumbrar la misma luz,
a alegrar la misma gloria,
y a coronar las coronas.

II

A tocar cielo al mismo cielo,
a tocar la beldad hermosa,
la nobleza
y a honrar las mismas horas

III
Sobre la que es de los cielos
honra riqueza, corona
luz, hermosura y nobleza
cielo, perfección y gloria.

IV

Flamante capa la viste,
a quien las estrellas bordan
en cuya labor el sol
ningún rayo perderá

V

La luna a sus pies mendiga
todo el candor que atesora,
y ya sin temer menguantes,
plenitud de luces goza.

VI

A recibirla salieron
las tres divinas personas
con los aplausos de quién es hija,
madre y esposa.


Amén.

Dando continuidad al trabajo anterior, pasaremos a estudiar el Dogma de la Asunción de la Santísima Virgen María, en la Iglesia de occidente.

La Asunción de María, es un dogma definido, solamente por el papa Pío XII, el primero de noviembre de 1950, en la constitución apostólica Munificentissimus Deus en el cual se explica su significado teológico y vital.

Según la constitución anterior la Asunción de María está arraigada en la escritura tal como la interpretan los padres y teólogos. Citamos algunos de los pasajes bíblicos, que se invocan, a saber:

Gen; 3,15; “Yo pongo enemistad entre ti y la mujer…” La nueva Eva está estrechamente unida al nuevo Adán, aunque subordinada a él en la lucha contra el mal. Lo mismo que la gloriosa resurrección de Cristo, fue parte esencial y final de esta victoria. Así, también para María, la lucha que tiene en común con su Hijo tenía que concluir con la glorificación de su cuerpo virginal.

Ex 20,12; “Honra a tu Padre y a tu Madre”. Desde el momento que nuestro Redentor es hijo de María no podía menos que honrar como cumplidor perfecto  de la ley divina a su Madre. Pudiendo conceder a su Madre tan grande honor, preservándola inmune de corrupción del sepulcro,  hay que creer que lo hizo realmente.

Sal. 45, 10.14-16: “a tu diestra, una reina adornada con oro de Ofir”… Vestida de brocado es conducida al Rey. Este salmo se aplica a María reina, que entra triunfante en el palacio celestial y se sienta a la diestra del Divino Redentor. (1)

Cant. 3,6: “La esposa del cantor, sube del desierto como columna de humo. Perfume de mirra e incienso, para ser coronada”. Es figura de aquella esposa celestial, que junto con el divino esposo, es levantada al paraíso de los cielos. Lc. 1,28 (En la Vulgata) “los doctores escolásticos consideran con especial interés, las palabras Ave, llena de gracia, es Señor está contigo, bendita tú entre las mujeres, ya que verán en el ministerio de la Asunción.
(Ap. 12) “La mujer vestida de sol…”

El santo padre Pío XII concluye: “todas estas razones y consideraciones de los santos padres y de los teólogos tienen como último fundamento la escritura que nos presenta a la excelsa Madre de Dios, estrechamente unida a su Hijo Divino, participando siempre de su destino.



(1) Cita: “¿Quién podrá imaginar la gloria, que envuelve a la reina del mundo, y con cuánto afecto de devoción, saldrían a recibir todas las naciones celestes; con que cánticos sería acompañada hasta su trono glorioso. Con qué semblante tan apacible, con que rostro tan sereno, con que divinos abrazos será recibida, por el Hijo y ensalzada sobre toda creatura con el honor que merecía madre tan excelsa. Con aquella gloria tan propia del  Hijo.  ¿Quién podrá explicar la generación de Cristo y la Asunción de María? ¿Por qué cuanto mayor gracia mereció alcanzar en la tierra sobre las demás creaturas, tanto más gloriosa singular recibe en los cielos.
               
   Sermón de la anunciación de Santa María. San Bernardo, las alabanzas de María Pág. 151.

Nótese pues como la unión indisoluble de María con su Hijo fue de un doble orden:

1). Físico: en el sentido en que María al acoger en su seno al Verbo Divino y al revestirlo de nuestra carne, se convirtió en algo parecido, al arca de la nueva alianza.

2). Moral: en cuanto que María como nueva Eva, al lado y en dependencia del nuevo Adán, participó íntimamente de la obra redentora del Hijo, en la lucha y en la victoria, contra el demonio, el pecado y la muerte, por eso lo mismo que la resurrección, fue epílogo de la salvación realizada por Cristo. Era conveniente que la participación de María, en esta lucha se viera coronada por la glorificación de su cuerpo virginal.

De otra parte, se puede afirmar como la Asunción es consecuencia de la unión perfecta de María con su Hijo.

María participa de la resurrección de Cristo en cuanto que estuvo perfectamente unida a Él escuchando su palabra. Su maternidad carnal estuvo precedida por el Fiat, es decir por el asentimiento libre que María contestó al ángel Gabriel cuando anunció la propuesta que Dios le hacía. La Asunción es la epifanía de la transformación tan profunda que la semilla de la palabra divina produjo en María en la integridad de su persona.

Nótese como la liturgia occidental de la Asunción, en la Misa de la Vigilia, sintetiza la dimensión física y moral que María contrajo con Jesús.

María, asunta al cielo, es la imagen escatológica de la iglesia. La glorificación final de María es una de las grandes cosas con las que Dios da señales a su Iglesia.  Ella se convierte así en figura, tipo, ejemplo de lo que la Iglesia tiene que ser, en la fase peregrinante y en la gloriosa.
El Vat II (Lg 668) ha querido resaltar este aspecto. 2. La Asunción es unidad de fe. 
                                                                                                                      
2. El santo padre Juan Pablo II dice al hablar de la Asunción de María, Verdad de Fe: En la línea de la carta Munificentissimus Deus de mi predecesor, Pío XII, el Concilio Vaticano II, afirma que la Virgen Inmaculada: “terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo” (Lumen Gentium, 59). El dogma de la Asunción, afirma que el cuerpo de María fue glorificado, después de su muerte. En efecto, mientras para los demás hombres la resurrección de los creyentes tendrá lugar al final del mundo para María la glorificación de su cuerpo se anticipó por su singular privilegio.

El primer testimonio de la fe en la Asunción de la Virgen aparece en los relatos apócrifos titulados: Transitus Mariae cuyo nuevo augurio se remonta a los siglos II y III. Se trata de representaciones populares, a veces noveladas, pero que en este caso reflejan una intuición de fe de los pueblos de Dios.    

En mayo de 1946, con la encíclica Deiparae Virginis Mariae, Pío XII promovió una amplia consulta, interpelando a los Obispos, y a través de ellos, a los sacerdotes y pueblo de Dios sobre la posibilidad y la oportunidad de definir la Asunción corporal de María como dogma de Fe.
                                                                                                                  San Juan Pablo II. Audiencia general 9 – VII – 1997¬ – JN P II: La Virgen María.

Retomando el dogma de la Asunción en la MD; se anota como la falta de pasajes explícitos de la escritura sobre la Asunción de María había hecho surgir dudas a algunos teólogos sobre la definición de definibilidad como verdad revelada por Dios. Esta dificultad fue felizmente superada ya que el documento la define como: “Verdad revelada” divinamente dándose más que en textos específicos, bíblicos, litúrgicos o patrísticos en el contexto de las divinas indicaciones contenidas en la tradición y no por último en la fe universal de los fieles, que tomados en bloque, atestiguan una segura revelación del Espíritu Santo.  El principio fundamental está constituido por aquel único e idéntico decreto de predestinación en el que desde la eternidad, María está unida misteriosamente, por su misión y sus privilegios.

 “La Madre de Jesús, la misma que está ya en el cielo, glorificada, en el cuerpo y el alma, como la imagen  y comienzo de la Iglesia que tendrá que tener su cumplimiento en la edad futura, así también brilla ahora en la tierra, delante del pueblo de Dios peregrino, como signo de segura esperanza y de consolación, hasta que llegue el día del Señor”.

A Jesucristo en su misión de Salvador y Redentor en su gloria, en  su victoria sobre el pecado, y en su muerte, sus privilegios (Inmaculada  Concepción y  virginidad perpetua) entendidos en su globalidad como principios de unión con Cristo hacen que María no solamente se viera inmune de toda corrupción del sepulcro sino que alcanzase la victoria plena sobre la muerte, es decir, fuera elevada en alma y cuerpo a la gloria del cielo y resplandeciese allí como Reina a la diestra de su Hijo, Rey inmortal.

La Asunción representa para María la coronación de toda su misión y de sus privilegios, la exalta por encima de todos los seres creados. Bajo el aspecto cristológico, este privilegio se deriva de aquella unión tan estrecha que liga, por un eterno decreto de predestinación, la vida, misión y privilegios de María a Cristo y a su obra, gloria  y nobleza.

El santo padre Pío XII en la MD, no definió si María había muerto ya que el objeto primario de la definición es la glorificación corporal de María  y no solo la glorificación de su alma, una vez cumplido el curso de su vida terrestre.(3)

Si María no hubiese muerto (la Asunción habría que interpretarla como resurrección gloriosa anticipada) o si había sido tomada y glorificada por Dios en toda su realidad existencial humana sin pasar por la muerte de modo parecido a lo que sucederá con los justos, en los que la parusía del Señor encuentre vivos al final de la historia (1Cor 15, 21; “no todos moriremos, pero todos seremos transformados”.

La muerte de María, por otra parte, es una verdad que con certeza está atestiguada por la tradición la cual se ha manifestado diariamente por muchos siglos. (3)      
                                   
         (3). “Era conveniente que su cuerpo santísimo, que había llevado y contenido dentro de sí a Dios,   cuerpo divinizado, -incorruptible, iluminado por la luz divina, lleno de gloria, fuese transportado    por  los apóstoles, en compañía de los ángeles, y puesto por poco tiempo en la tierra, fuese alzado    gloriosamente a l cielo, junto con su alma agradable a Dios. (Efectivamente, si el Señor, al ver que  los apóstoles estaban afligidos, por causa de su pasión, les dijo: Me voy para prepararles un lugar    (Jn.14,2), con más razón habrá preparado un lugar para aquella que le dio a luz, y un lugar tanto más excelente, cuanto mejor era la confianza con la que ella estaba unida a él. Así pues, el cuerpo  inmaculado de la Virgen Santísima y su alma pura y amada de Dios, fueron llevados juntamente al cielo, con escolta de ángeles”.
                          Teat de Livia: homilía sobra la Asunción de la Santa Madre de Dios, Guillermo Paus: textos marianos de Los primeros siglos.                                                                                                                                                                                                     
  Si la muerte física no es consecuencia del pecado original, María tenía que morir. Ella como Cristo fue glorificada en cuerpo y alma. Ella se encuentra anticipadamente en la situación propia de los gloriosamente resucitados, prueba semejante a la su hijo que resucitó de entre los muertos, situación a la que los justos solo llegarán el día de la parusía del Señor. Esa situación no consiste solamente en el estado en que las almas de los justos, gozando de la bienaventuranza eternas, ven a Dios como Él es, si no del gozo de esos bienes en una situación de plenitud existencial humana, es decir, por parte del hombre todo en su realidad de cuerpo y alma, en su humanidad humana de cuerpo vivificado por el alma.
                                                                                                                                              Negar la muerte es negar el mismo hecho de la resurrección. Desde el siglo II los padres afirman una especial unión de María, la nueva Eva, con Cristo, el nuevo Adán en la lucha contra el diablo. Según génesis 3,15 la lucha de Cristo contra el diablo había de culminar en su victoria total sobre el demonio. En el protoevangelio se anuncia que el descendiente de la mujer, el Mesías, aplastará la cabeza de la serpiente. Según san Pablo (Rom. 5,6; 1 Cor. 15, 21-26) la victoria de Cristo contra el diablo, fue la victoria contra el pecado y la muerte.

Hay que afirmar una especial participación de María que habrá de ser plena, dada la plenitud de su participación en la lucha en esta victoria de Cristo victoria de la que es parte esencial y último trofeo, la resurrección de Cristo. La especial participación de María en la victoria de Cristo no podría considerarse completa sin la glorificación corporal de María.   (1 Cor 15-54; cuando este cuerpo corruptible se revista de incorrupción y este cuerpo mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá este texto de la escritura).

La singularidad de la asociación de María a la lucha de Cristo, contra el que “poseía el poder de la muerte, es decir el diablo”, absolutamente superior a la asociación que tenemos los de Cristo en esa lucha hace también que la asociación de María, a la victoria de Cristo sobre la muerte, tenga que colocarse en un nivel singular, propio superior a los de Cristo, que resucitaría en la parusía del Señor, al final de la historia.

Nótese como con frecuencia se ha atenuado la firmeza de la tradición, sobre la Asunción de María señalando que sus orígenes hay  que descubrirlos en conexión con las narraciones apócrifas.

No pocos apócrifos son narraciones populares o catequesis argumentados con elementos de imaginación popular en orden a enseñar verdades válidas de tradición.

Desde finales del siglo II se comenzó en la Iglesia a interrogar sobre los últimos momentos de la muerte de la Virgen (Cfr. a de Santos Otero, Los evangelios apócrifos pág. 576): el transito escrito por el Seudo Maritón,  quizás a finales del siglo IV, tiene una singular importancia en esta línea. Allí se afirma la resurrección definitiva del cuerpo de María y su elevación a los gozos del paraíso en la intimidad completa y permanente con Cristo glorioso.    
  
 Nótese como ya en los comienzos del siglo III Tertuliano llamaba a la mera pervivencia del alma – “media resurrección (Cfr: de resurrección 2; pl. 2.796). Será indigno de Dios llevar medio hombre a la resurrección. María fue asunta no meramente para que el gozo de su alma se extendiera también al cuerpo. Hay motivos mucho más profundos para entender el porqué de la Asunción de María. Aún que el alma del justo que no tenga nada de que purificarse entre en la visión inmediata de Dios, enseguida después de la muerte. (Cfr: Benedicto XII, Const. Benedictus Deus: Dezinger,-530).

La Asunción de María le da la posibilidad de poseer a Dios, de ese modo más intenso, que corresponde a la situación, de resurrección final, María por su Asunción es una resucitada.

Solo Cristo y María interceden con toda su realidad existencial humana. Tratándose de resucitados, hay que decir que, junto al trono del Padre, además del corazón resucitado de Cristo, está el corazón materno de carne, el corazón de María latiendo de amor hacia nosotros.

María resucitó en el momento de la muerte, así lo afirmó: Cándido Pozo, el primer autor católico que aplicó a la Asunción la llamada escatología de la fase única. Para este teólogo, María habría resucitado en el momento de morir, con todos los cristianos, y la Asunción no sería un privilegio ni una anticipación (puesto que todas las resurrecciones, son simultáneas al suceder, fuera del tiempo).

María asunta incorpora en su propia persona la iglesia gloriosa, de la que es expresión perfecta y personal. En ella se presenta, plenamente la comunidad celeste, ante nosotros, en ser miembro más perfecto y más representativo, María, pues no es el “tipo de la iglesia celeste, sino su personalización”, o expresión personal en la Asunción. María expresa lo que es, lo que será, esta iglesia gloriosa.

María es imagen y privilegio de la iglesia, que ha de ser consumada, en el futuro. (Lumen Gentium, 68).

La Asunción de María, debe entenderse, como algo que separa -aunque sea por elevación- a María del resto de  los cristianos; significa por el contrario su plena inserción en el misterio de la comunión de los santos. Así como cuerpo pneumático, órgano e instrumento del Espíritu. Ella sigue cooperando en la vida y el crecimiento de la iglesia, más perfectamente de cómo podría hacerle en su vida terrena.

Nótese como la muerte corporal de María, parece ser exigida por múltiples razones:

a-        Por haber recibido la naturaleza caída de Adán. Es cierto que María no contrajo pecado original, pero tuvo el débito del mismo.

b-        Por exigencias de su maternidad divina -Corredentora- se dio al Redentor, como divinidad y mortal, debió tenerla también Ella -debía participar de los dolores de su Hijo y de su muerte (su compasión al pie de la cruz) sin su muerte real, faltaría algo al perfecto paralelismo entre su Hijo y el Redentor y Ella.

c-         Cristo murió, ¿y María sería superior a Él al menos en este aspecto relativo a la muerte corporal? Aún suponiendo como quieren algunos, que María tenía derecho a no morir (en virtud sobre todo a su inmaculada concepción que la preservó de la culpa, y, por lo tanto, también de la pena correlativa, que es la muerte), sin duda alguna había María renunciado de hecho a ese privilegio para ponerse en todo -hasta en la muerte y resurrección a su divino Hijo Jesús.

d-        Para ejemplo y consuelo nuestro: María debió morir para enseñarnos a bien morir y dulcificar con su ejemplo los temores de la muerte. La recibió con calma, con serenidad, aún más con gozo, mostrándonos que no tiene nada de terrible para aquel que vivió piadosamente y mereciéndonos la gracia de recibirla con tanta disposición.

María murió sin dolor porque vivió sin placer, sin temor. Porque vivió sin pecado, sin sentimiento, sin apego terrenal. La muerte fue semejante al declinar de una hermosa tarde, fue como un sueño dulce y apacible, era menos el fin de una vida, que la aurora de una existencia mejor. Para asignarla la Iglesia encontró una palabra encantadora, la llamó: el sueño (dormición) de la Virgen.

Explicación del dogma.

Escuchemos al papa Pío XII:

Los argumentos teológicos que explican el Dogma de la Asunción son del todo firmes y seguros.

1).        Es una exigencia de su concepción inmaculada.

Este privilegio de la Asunción de María resplandeció con nuevo fulgor desde que nuestro predecesor Pío XII definió solemnemente el dogma de la inmaculada concepción de la augusta Madre de Dios. Estos dos privilegios están juntamente, unidos entre sí. Cristo, con su muerte venció la muerte y el pecado, y sobre el uno y el otro, reparte también la victoria en virtud de Cristo todo aquel que ha sido regenerado sobre naturalmente por el bautismo. Pero por ley general, Dios no condena a los justos, el pleno efecto de esta victoria, sobre la muerte sino cuando haya llegado el fin de los tiempos. Por eso, también los cuerpos de los justos se disuelven después de la muerte, y, solo en el último día vuelven a unirse cada uno con su alma gloriosa. Pero de esta ley general quiso Dios que fuera exenta la Bienaventurada Virgen María. Ella por privilegio del todo singular venció el pecado, en su concepción inmaculada; por eso no estuvo sujeta a la ley de permanecer en la corrupción del sepulcro, ni tuvo que esperar redención de su cuerpo, hasta el final del mundo.(4).    
                                                                                          
 2). Es una exigencia moral de su excelsa dignidad de Madre de Dios, y el amor hacia Ella de su divino Hijo. Todas estas razones tienen como fundamento la Sagrada Escritura la cual nos presenta a la excelsa Madre de Dios unida estrechamente a su Hijo y siempre participe de su suerte. Parece imposible imaginársela, separada de Cristo, aquella que le concibió, le dio a luz, le nutrió con su leche, le llevó en sus brazos y apretó en su pecho. 
                                                                                                                                                                                  
 3). Por su condición de nueva Eva, dice el Papa: desde el siglo II María Virgen es presentada por los Padres como nueva Eva, estrechamente unida al nuevo Adán, si bien sujeta a Él, en aquella lucha contra el enemigo infernal, que como fue anunciado en el protoevangelio (Gen. 3,15) había de terminar con la plenísima victoria sobre el pecado y sobre la muerte.  Para María la común lucha debía concluir con la glorificación de su cuerpo virginal porque, como dice el Apóstol, cuando: “Este cuerpo mortal sea revestido de inmortalidad, entonces sucederá lo que fue escrito; la muerte fue absorbida por la victoria”. (I Cor. 15, 54)                                                    
                                                                                                                                                            
4). Por el conjunto de sus demás privilegios excepcionales. Los mariólogos mencionan algunos, tales como su perfecta virginidad, que parece postular la total incorruptibilidad de su cuerpo, la plenitud de su gracia, que parece redundar, sobre su cuerpo; preservándole de la corrupción etc.
                                                                                                                                                                   5). “María fue preservada de la corrupción del sepulcro. El tabernáculo espiritual que maravillosamente albergó a Dios, Señor del cielo y de la tierra, cuando asumió nuestra carne hoy es trasladado e instalado gloriosamente en una eterna incorruptibilidad en estrecha relación con Cristo siendo protección segura, salvación y defensa de todos nosotros los cristianos. ¡Oh bienaventurada dormición de la gloriosa Madre de Dios, que por siempre permaneció Virgen, después del parto y cuyo cuerpo, que había dado albergue a la vida no padeció la corrupción del sepulcro, pues Cristo, el Salvador todo poderoso que nació de Ella preservó su carne de la disolución.”   Modesto de Jerusalén, Sermón sobre la dormición. Pág. 86, 1293.  Guillermo Paus: textos marianos de los primeros siglos. Pág. 236

Pero a nuestro juicio, dice el Papa, son corazones de mera convivencia, apenas añaden nada a los argumentos fundamentales.

¿Cómo se realizó la Asunción?

La Virgen murió como hemos visto en el mismo momento en que su alma se separó del cuerpo –que en eso consiste la muerte- entró inmediatamente en el cielo y quedó, por decirlo así, incandescente de gloria en grado incomparable como correspondía a la Madre de Dios y a la excelsitud de su gracia. Como el alma de María, al inflamar de nuevo su cuerpo virginal, del que se había separado, por la muerte no venía en el mismo estado en que salió de él, sino incandescente de gloria, comunicó al cuerpo su propia glorificación poniéndole también al rojo vivo de una gloria incomparable.

Teológicamente hablando, la Asunción de la Santísima Virgen María, consiste en la resurrección gloriosa de su cuerpo en virtud de cuya resurrección comenzó a estar en cuerpo y alma en el cielo.

La diferencia está en que Cristo había podido ascender al cielo por su propio poder, aún antes de su muerte y gloriosa resurrección, mientras que María no había podido hacerlo, a menos de un milagro, antes de su propia resurrección gloriosa, pero una vez realizada esta, la Asunción se verificó, utilizando su propia agilidad gloriosa, sin necesidad de ser llevada o ayudada por los ángeles y sin milagro alguno.

Notemos como se ha dado una nueva tendencia escatológica que pretende colocar para cada hombre, la resurrección, en el mismo momento de su muerte.

Así se redimió la Asunción a la glorificación normal de cualquier santo, y consecuentemente, su definición dogmática a una mera canonización, es decir declaración infalible de que María ha sido glorificada por Dios, como cualquier otro santo, que resucitaría gloriosamente, problema que no se resuelve con poner un doble título a María de esa glorificación: su santidad moral y su dignidad de Madre de Dios, con ella no se explica en el dogma mismo de la Asunción, ningún elemento que sea común en los demás santos.

Nótese como el dogma de la inmaculada se trata de una exclusividad fundamental de la condición de María comparada con la de los demás hombres. En el caso de la Asunción, existe una gran diferencia en la realización anticipada del destino final y de la resurrección gloriosa, a la que todos los justos están destinados. La anticipación de  esa resurrección indica lo propio del dogma mariano, pero al mismo tiempo, señala un destino común, el futuro hacia el que se encaminan todos los justos, no se explica que no se hable con términos de singularidad.

Como conclusión del presente trabajo se puede decir:

María sigue estando dentro del mundo y en el seno de la Iglesia con la presencia viva de un viviente… La relación de los fieles con Ella no se lleva a cabo únicamente inmediato el recuerdo de su persona y de su obra, sino alcanzando inmediatamente, a su persona viva y resucitada. Solo a los puros de corazón le es dado entender cuan íntima tierna, maternal y acogedora puede ser la relación con nuestra Madre Santísima.

En su condición glorificada, como cuerpo pneumático, como  órgano e instrumento del Espíritu, María sigue cooperando en la vida y crecimiento de la Iglesia sin las limitaciones propias  de la existencia terrena.

De este modo la Asunción, a la vez que culmen del itinerario histórico personal de María, constituye el principio y el presupuesto para el ejercicio de su misterio espiritual en la comunión de los santos a que estribaría su singularidad.

Digamos, finalmente, que sus privilegios en relación con Cristo y los misterios que caracterizan toda su vida, no deben separarse nunca de la misión salvífica que ella tuvo que ejercer en beneficio de toda humanidad.


La Asunción  de María

(Ángelus del 15-VIII-05)

En esta solemnidad de la Asunción de la Virgen contemplamos el misterio del tránsito de María de este mundo al Paraíso: podríamos decir que celebramos su «pascua». Como Cristo resucitó de entre los muertos con su cuerpo glorioso y subió al cielo, así también la Virgen santísima, a él asociada plenamente, fue elevada a la gloria celestial con toda su persona. También en esto la Madre siguió más de cerca a su Hijo y nos precedió a todos nosotros. Junto a Jesús, nuevo Adán, que es la «primicia» de los resucitados (Cf. 1 Co 15,20.23), la Virgen, nueva Eva, aparece como «figura y primicia de la Iglesia» (Prefacio), «señal de esperanza cierta» para todos los cristianos en la peregrinación terrena (Cf. Lumen gentium, 68).

La fiesta de la Asunción de la Virgen María, tan arraigada en la tradición popular, constituye para todos los creyentes una ocasión propicia para meditar sobre el sentido verdadero y sobre el valor de la existencia humana en la perspectiva de la eternidad. Queridos hermanos y hermanas, el cielo es nuestra morada definitiva. Desde allí María, con su ejemplo, nos anima a aceptar la voluntad de Dios, a no dejarnos seducir por las sugestiones falaces de todo lo que es efímero y pasajero, a no ceder ante las tentaciones del egoísmo y del mal que apagan en el corazón la alegría de la vida.
                                        [L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española,          
                                        19-VIII-05

            Reflexión de Juan XXIII

La suave imagen de María se ilumina e irradia en la suprema exaltación. ¡Qué bella escena la Dormición de María, tal como los cristianos de Oriente la contemplan!: Ella permanece distense en el plácido sueño de la muerte y Jesús está junto a ella y tiene en su pecho, como a un niño, el alma de la Virgen para indicar el prodigio de la inmediata resurrección y glorificación. Motivo de consuelo y de confianza en los días de dolor para aquellas almas privilegiadas, que Dios prepara en silencio para los más altos triunfos. El misterio de la Asunción nos familiariza con el pensamiento de nuestra muerte, en una luz de plácido abandono en el Señor, que queremos que esté cerca en nuestra agonía para recoger entre sus manos nuestra alma inmortal