jueves, 27 de octubre de 2016

A Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá



Reina Madre del Rosario de Chiquinquirá, bella flor de nuestra tierra, renovada en destellos de luz y de hermosura, luces radiante en tu imagen soberana los colores del patrio pabellón. Eres tú nuestra gloria y el orgullo de nuestra raza, madre de Dios y madre nuestra. En rústico lienzo tu rostro se ilumina y renuevas tu imagen en celestial fulgor, dando a tus hijos la graciosa prenda de la luz inmortal de tu Hijo Salvador.

Ciñe tus sienes la real diadema que corona tu hermosura y tu maternal bondad, símbolo fiel de nuestro entrañable afecto y de tus hijos el filial  amor. A ti te cantan celestiales voces que te aclaman por Reina de la Paz y el pueblo entero jubiloso te presenta el don de su fervor. En los difíciles tiempos de dolor y angustia, tú que eres Madre de Misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra, extiendes tu cetro soberano y cubres gloriosa con tu egregio manto a todos los que sufren la tribulación.

Hermosas flores mezcladas con tierra colombiana dieron a tu precioso lienzo celestial color; brote la tierra perfumadas flores que rinden culto a tu sagrada imagen, madre llena de gracia y de virtud. Tu divina presencia renovada, Reina Madre bendiga nuestra amada tierra y renueve a tus hijos en la luz de la verdad.

Vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos, inagotable fuente de gracia y de ternura; recibe complacida Madre y Señora, la humilde romería de nuestro inquieto corazón que llega peregrino a tu Santuario, casa del consuelo y la alegría, donde tú, Oh Madre Clemente y pía, escuchas nuestros clamores. Amén. 

Tomado de un volante entregado por los padres dominicos en la Basílica de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá el 25 de diciembre de 2014.





lunes, 24 de octubre de 2016

Fiesta de la Virgen del Rosario de Guasá

El homenaje a la Virgen de Guasá, la morenita, la patrona de los mineros de la sal y de los zipaquireños, se iniciará el próximo jueves 27 de octubre a las 9:00 de la mañana en la Plazoleta del Minero –Parque de la Sal-, donde la imagen de la Virgen estará expuesta en un altar ante visitantes y habitantes de la ciudad hasta las 3:30 de la tarde, donde seguidamente se iniciará una procesión que tomará la carrera sexta, la calle sexta y girar por la carrera octava hasta el Parque Principal para hacer su ingreso a la Catedral Diocesana donde se oficiará una Eucaristía con el acompañamiento de los ‘Caballeros de la Virgen’.

El día viernes 28 de octubre se llevará a cabo en la Casa Museo Quevedo Zornoza la exposición “Devociones de Sabana Centro.
El sábado 29 de octubre a las 3:00 de la tarde será la procesión de entronización que saldrá de la Catedral Diocesana, con regreso de la Virgen de Guasá a Catedral de Sal; iniciará en el Parque Principal o de Los Comuneros, bajando por la calle quinta, tomando la carrera décima, gira por la calle primera, y por esta vía ingresa al clúster turístico, hasta el Parqueadero Fabricalta –Parque de la Sal- donde se le ofrecerá una Eucaristía, con el acompañamiento del Coro de Cultura.
A las 6:00 de la tarde, en este mismo lugar, se hará una gran celebración protocolaria en homenaje a Nuestra Señora del Rosario de Guasá.
“Durante los días 27, 28 y 29 de octubre, los habitantes de los 11 municipios de Sabana Centro que lo deseen podrán ingresar con tarifa económica de $14.000.oo por persona mostrando un recibo de algún servicio público. (Máximo hasta 4 personas por recibo que los acrediten como residentes en estos municipios, c/u por $14.000.oo)”.

“Junto a la Virgen de Guasá, también estará la imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Participemos con amor, fe y esperanza de esta maravillosa fiesta”: Raúl Galeano Martínez, Gerente de la SDEM Catedral de Sal.
“Durante los días 27, 28 y 29 de octubre, los habitantes de los 11 municipios de Sabana Centro que lo deseen podrán ingresar con tarifa económica de $14.000.oo por persona mostrando un recibo de algún servicio público”.

miércoles, 19 de octubre de 2016

«Dichosa la que ha creído; porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1,45)


San Bernardo (1091-1153).

Monje cisterciense y doctor de la Iglesia. 
Sermón 31 sobre el Cantar de los Cantares. 

En la Antigua Alianza los hombres estaban bajo el régimen de los símbolos. Por la gracia de Cristo, presente en la carne, la misma verdad ha resplandecido para nosotros. Y sin embargo, con relación al mundo venidero, todavía vivimos, en cierta manera, en la sombra de la verdad. El apóstol Pablo escribe: «Mi conocer es por ahora inmaduro, entonces podré conocer como Dios me conoce» (1C 13,9) y «no es que ya haya conseguido el premio» (Flp 3,13). En efecto, ¿cómo no hacer diferencia entre el que camina en la fe o el que se encuentra ya en la clara visión? Así «el justo vive de fe» (Ha 2,4; Rm 1,17) –es el bienaventurado que exulta por la visión de la verdad; mientras, el hombre santo vive todavía en la sombra de Cristo... Es buena esta oscuridad de la fe; filtra la luz cegadora para nuestra mirada todavía en la tiniebla y prepara nuestro ojo para que pueda soportar la luz. En efecto, está escrito: «Dios ha purificado sus corazones a través de la fe» (Hch 15,9). Porque el efecto de la fe no es apagar la luz, sino conservarla. Todo lo que los ángeles contemplan a rostro descubierto, la fe lo guarda oculto para mí; lo hace descansar en su seno para revelarlo en el momento querido. ¿Acaso no es una buena cosa que tenga envuelto lo que tu todavía no puedes captar sin velo? 

Por otra parte, la madre del Señor también vivía en la oscuridad de la fe, puesto que le fue dicho: «Dichosa tú que has creído» (Lc 1,45). También del cuerpo de Cristo recibió una sombra, según el mensaje del ángel: «El poder del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lc 1,35). Esta sombra pues, no tiene nada de despreciable porque es el poder del Altísimo que la proyecta. Sí, verdaderamente, en la carne de Cristo había una fuerza que cubría a la Virgen con su sombra, a fin de que la pantalla de su cuerpo vivificante le permitiera soportar la presencia divina, aguantar el resplandor de la luz inaccesible, lo cual era imposible a una mujer mortal. Este poder ha domado toda fuerza adversa; la fuerza de esta sombra echa fuera los demonios y protege a los hombres. ¡Poder verdaderamente vivificador y sombra verdaderamente refrigerante! Y es totalmente en la sombra de Cristo que nosotros vivimos, puesto que caminamos por la fe y recibimos la vida alimentándonos con su carne.



miércoles, 12 de octubre de 2016

Fiesta de Nuestra Señora del Pilar


 HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Explanada de la «Avenida de los Pirineos» (Zaragoza)
Miércoles 10 de octubre de 1984

Id y enseñad a todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que os he enseñado. Y mirad: yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin de los siglos” (Mt 28, 19-20).

1. Estas palabras me parecen particularmente vivas y apropiadas para este encuentro que tengo con vosotros, queridos hermanos obispos, amados hermanos y hermanas de España.

El mandato misionero de Jesús en las riberas del Tiberíades, resuena hoy con fuerza a orillas del Ebro, donde desde hace tantos siglos alienta un eco de los afanes apostólicos de Santiago y de Pablo.
“Id y enseñad a todos los pueblos”. Son esas palabras del Maestro las que me empujan hoy hacia tierras de América, en un viaje que tiene mucho que ver con su mandato misionero.

En efecto, se aprestan ahora los pueblos e Iglesias de América a celebrar el V centenario de su primera evangelización, de su bautismo en la fe de Jesucristo. Una tarea ingente y secular que tuvo su origen aquí, en tierras ibéricas. Una siembra generosa y fecunda la de aquellos misioneros españoles y portugueses que sembraron a manos llenas la Palabra del Evangelio, en un esfuerzo que llega hasta hoy, y que constituye una de las páginas más bellas en toda la historia de la evangelización llevada a cabo por la Iglesia.
Cuando se trata de dar gracias a Dios por los frutos tan abundantes de aquella siembra, y de profundizar en los compromisos actuales y futuros de la evangelización en todo el continente, el Papa, que quiere ser “el primer misionero”, no podía estar ausente. Cuando hace casi dos años, en esta misma ciudad de Zaragoza tuve la alegría de postrarme a los pies de la Virgen del Pilar, y de evocar aquí, ante la Patrona de la Hispanidad, la proximidad del centenario del descubrimiento y evangelización de América, os dije que tal conmemoración era “una cita a la que la Iglesia no puede faltar” (Acto mariano nacional en honor de la Virgen del Pilar, 3; 6 de noviembre de 1982).

A la luz de esta promesa y del propósito misionero que anima mi nuevo viaje a Iberoamérica, bien podéis entender el sentido de la escala que he querido hacer en Zaragoza. En el umbral de un viaje eminentemente misionero, y en nombre de toda la Iglesia, he querido venir personalmente para agradecer a la Iglesia en España la ingente labor de evangelización que ha llevado a cabo en todo el mundo, y muy especialmente en el continente americano y Filipinas.

En muchos de mis viajes he podido constatar el fruto actual de esa labor. Quería por ello, en esta ocasión tan señalada, repetir aquí en Zaragoza lo que ya tuve la oportunidad de decir en Madrid, apenas iniciada mi visita apostólica: “¡Gracias, España; gracias, Iglesia de España por tu fidelidad al Evangelio y a la Esposa de Cristo”! (Ceremonia de bienvenida en el aeropuerto Barajas de Madrid, 4; 31 de octubre de 1982). A la hora, pues, de iniciar los preparativos del V centenario de la evangelización de América, he querido hacer un alto en el Pilar de Zaragoza, para subrayar precisamente las dimensiones que este viaje lleva aparejadas.

2. Brilla aquí, en la tradición firme y antiquísima del Pilar, la dimensión apostólica de la Iglesia en todo su esplendor. El Papa es el que por designio y misericordia del Señor encarna y perpetúa de forma eminente esa tradición apostólica, que tiene en Roma una histórica e inquebrantable relación con la figura y el ministerio de Pedro. Pero el Papa quiere llevar a las Iglesias en América no sólo la firmeza de la fe que Pedro representa, sino también la audacia misionera de los otros apóstoles, que obedeciendo al mandato del Maestro, pusieron sus talentos y sus mismas vidas al servicio de la difusión del Evangelio en el Nuevo Mundo.

La fe que los misioneros españoles llevaron a Hispanoamérica, es una fe apostólica y eclesial, heredada —según venerable tradición que aquí junto al Pilar tiene su asiento secular— de la fe de los Apóstoles. Desde la misma fuente vigorosa y auténtica de la fe de los Apóstoles, quiere ahora el Papa llevar un nuevo impulso a las Iglesias en América y a vuestra propia Iglesia española.

3. Aquí, en Zaragoza, luce también esta tarde la dimensión misionera de la Iglesia y, bien en concreto, de la Iglesia en España.

Hace unos instantes he podido encontrar en el templo del Pilar a las familias de los sacerdotes, religiosos, religiosas y seglares que sirven hoy al Evangelio en las Iglesias hermanas en América. Ha sido un encuentro breve, pero intenso. ¡No se ha extinguido en la Iglesia en España el aliento misionero! ¡No habéis dejado de cumplir el “id y enseñad a todos los pueblos”! Cerca de diez y ocho mil misioneros españoles perpetúan hoy en aquellas tierras, tan hermanas vuestras, la tradición misionera que yo deseo se acreciente, como una de las glorias más altas de esta Iglesia. ¡Que el Señor bendiga los pasos y las manos de los españoles que en todo el mundo, y especialmente en América, evangelizan y bautizan en su nombre!
¡Que el Señor premie la generosidad de las familias españolas que saben dar sus hijos a la tarea de “ir y enseñar” que nos legó el Maestro! ¡Que el Señor conceda y aumente a esta Iglesia el talante misionero que distinguió su pasado, que forma parte de su vida presente y que debe estimular y enriquecer su futuro!

4. Hay todavía una tercera dimensión, muy entrañable y muy especial, en esta mi escala en España y en Zaragoza: la dimensión mariana.

Mis últimas palabras cuando me despedí de vosotros en Compostela, después de diez días de convivencia de los que guardo gratísimo recuerdo, fueron éstas: “Hasta siempre, España; hasta siempre tierra de María” (Ceremonia de despedida en el aeropuerto de Santiago de Compostela, 4; 9 de noviembre de 1982). En su compañía y bajo su amparo os dejaba entonces y junto a ella, junto a este Pilar de Zaragoza que simboliza la firmeza de la fe de los españoles y de su gran amor a la Virgen María, os encuentro ahora de nuevo.
No es indiferente ni casual este encuentro. La fe mariana de los misioneros españoles cuajó bien pronto en aquellas latitudes en devociones y advocaciones que siguen siendo norte y estrella de los creyentes de aquellos países. Decir España, es decir María. Es decir el Pilar, Covadonga, Aránzazu, Montserrat, Ujué, el Camino, Valvanera, Guadalupe, la Almudena, los Desamparados, Lluch, la Fuensanta, las Angustias, los Reyes, el Rocío, la Candelaria, el Pino. Y decir Iberoamérica, es decir también María, gracias a los misioneros españoles y portugueses. Es decir Guadalupe, Altagracia, Luján, la Aparecida, Chiquinquirá, Coromoto, Copacabana, el Carmen, Suyapa y tantas otras advocaciones marianas no menos entrañables.

La Conferencia de Puebla, en su reflexión sobre la evangelización, dijo expresamente: “Ella tiene que ser cada vez más pedagoga del Evangelio en América Latina” (Puebla, 290). Sí, la pedagoga, la que nos lleve de la mano, la que nos enseñe a cumplir el mandato misionero de su Hijo y a guardar todo lo que El nos ha enseñado. El amor a la Virgen María, Madre y Modelo de la Iglesia, es garantía de la autenticidad y de la eficacia redentora de nuestra fe cristiana.

Vuestros hermanos de América, que quieren celebrar hondamente el V centenario de la llegada del Evangelio a aquellas inmensas tierras, se debaten en un largo y complejo esfuerzo de afirmación social, cultural y espiritual. Esa América tensa y esperanzada, joven y doliente, esquilmada y generosa, su futuro humano y religioso, yo quiero ponerlo esta tarde a los pies de la Virgen en son de súplica. ¡Que Ella, María, la Madre de la Iglesia, siga guiando y alumbrando la fe y el camino de los pueblos de América! ¡Que encuentren siempre en vosotros, católicos españoles, el consuelo de un testimonio ferviente y la ayuda de vuestra colaboración humilde y generosa!
Pero si nuestro encuentro y nuestra plegaria de hoy tienen una dimensión apostólica, misionera y mariana en función de mi viaje a Santo Domingo y Puerto Rico, no quisiera que consideraseis este alto en Zaragoza como una mera escala en el camino hacia América. Me urgía reconocer y agradecer ante toda la Iglesia vuestro pasado evangelizador. Era un acto de justicia cristiana e histórica. Pero me urge también estimular vuestra capacidad misionera de cara al futuro. “Recordad siempre —como os dije hace dos años— que el espíritu misionero de una determinada porción de la Iglesia es la medida exacta de su vitalidad y de su autenticidad” (Encuentro con los religiosos en Madrid, 8;  2 de noviembre de 1982. Es lo que esta tarde os repito con intensidad nueva.

5. Conozco vuestros esfuerzos, vuestras aspiraciones y dificultades. Mi visita de hace dos años me enseñó a conocer mejor vuestra tradición religiosa y a apreciar vuestros empeños presentes. Entonces pude decir con toda sinceridad a vuestros obispos: “A pesar de los claroscuros, de las sombras y altibajos del momento presente, tengo confianza y espero mucho de la Iglesia en España” (Discurso a la Asamblea plenaria de la Conferencia episcopal española, 8; Madrid, 31 de octubre de 1982).

Mantengo hoy, acrecentadas, la misma confianza y esperanza. Sé bien que vuestros Pastores han diseñado un amplio y exigente programa de “servicio a la fe del pueblo español” basado en la predicación que hace dos años desarrollé en tantos lugares de esta querida nación. Esa predicación no era sino el cumplimiento por mi parte como “primer misionero”, del mandato de Jesús: 
“Id y enseñad”. Pido al Señor que su recuerdo y meditación produzca los frutos deseados en el Pueblo de Dios.

El modo más natural de concluir este grato encuentro con vosotros es ratificar ahora mi predicación de aquellos días, recordándoos el mandato de Jesús: Id y enseñad todo lo que yo os he enseñado. Enseñad no sólo de palabra, sino también con el ejemplo de vuestra vida.

¡Sed firmes en la fe como este Pilar de Zaragoza! Sed coherentes en vuestro comportamiento personal, familiar y público con las enseñanzas y ejemplos de Nuestro Señor Jesucristo! Dad testimonio práctico de la grandeza y de la bondad de Dios ante aquellos que no le conocen o, conociéndole, parecen avergonzarse de El, en público o en privado. Superad la tentación de las desconfianzas y las divisiones estériles, viviendo con gozo y generosidad la unidad de la fe y la comunión del amor de Cristo.

A ello os guiará el esforzado ministerio de vuestros obispos, mis hermanos, cuya comunión entre sí y con el Sucesor de Pedro es garantía de una fiel transmisión de la fe, base primera de un futuro evangelizador rico en frutos de vida cristiana, en sintonía con el glorioso pasado antes evocado.
6. Sobre nuestra vida social, vuelve a mi mente lo que os dije desde el Nou Camp de Barcelona: “Vivid vosotros e infundid en las realidades temporales la savia de la fe de Cristo”. “Demostrad ese espíritu en la atención prestada a los problemas cruciales. En el ámbito de la familia, viviendo y defendiendo el respeto a toda vida desde el momento de la concepción. En el mundo de la cultura, de la educación y de la enseñanza, eligiendo para vuestros hijos una enseñanza en la que esté presente el pan de la fe cristiana” (Homilía en Barcelona, 8; 7 de noviembre de 1982). Ojalá tenga así plena efectividad en vuestro país el derecho de los padres a elegir el tipo de educación que prefieren para sus hijos.

Sed ejemplares en vuestra vida cívica y en la capacidad de convivencia, contribuyendo a una mayor justicia social para todos. Con el debido respeto a las legítimas opciones ajenas, “esforzaos porque las leyes y costumbres no vuelvan la espalda al sentido trascendente del hombre ni a los aspectos morales de la vida” (Ibíd., 1212).

No caigáis en el error de pensar que se puede cambiar la sociedad cambiando sólo las estructuras externas o buscando en primer lugar la satisfacción de las necesidades materiales.Hay que empezar por cambiarse a sí mismo, convirtiendo de verdad nuestros corazones al Dios vivo, renovándose moralmente, destruyendo las raíces del pecado y del egoísmo en nuestros corazones. Personas transformadas, colaboran eficazmente a transformar la sociedad.

7. Vosotros que fuisteis capaces de aquella empresa gigantesca que hoy hemos evocado, sed fieles a vuestra historia de fe. Tened confianza en vosotros mismos. Vivid con integridad vuestra fe, en un contexto en el que se la respete plenamente o en el que se le puedan crear algunos obstáculos. Caminad juntos hacia el futuro.

Tenéis delante una gran empresa: preparar ya desde ahora la Iglesia en España, renovada, fiel y generosa del año dos mil, para que vuestros hijos y los hijos de vuestros hijos encuentren en ella la gracia de Dios y las riquezas de sus dones, para que España pueda seguir siendo fiel a sí misma y punto de apoyo en la difusión del Evangelio.

Os convoco a vosotros, mis queridos jóvenes, con el recuerdo del Bernabéu siempre vivo en mis oídos y en mi corazón.

Convoco a las familias cristianas, que veo aún en ellas la imponente Eucaristía de la Castellana.

Convoco a las religiosas del claustro, que con su vida hecha plegaria y su entusiasmo, pusieron una nota de calor en la fría mañana de Avila.
Convoco a los seglares católicos, a los educadores en la fe, a los niños, a los obreros cristianos, hombres del campo y del mar, a los hombres de la cultura y de la ciencia, a los que tengo bien presentes en los diversos lugares de nuestros inolvidables encuentros.

Convoco, en fin, a todos los católicos españoles, cuya vitalidad de fe me es bien conocida.

Que la Virgen María, bajo cuya protección materna nos hemos reunido esta tarde para cantar y rezar, bendiga copiosamente a todos vosotros, bendiga las familias de España y bendiga esta Iglesia querida, apostólica, misionera y mariana.

Con este deseo os doy a vosotros, Pastores y fieles, en especial a los enfermos de toda España y a cuantos sufren, mi Bendición Apostólica.

Tomado de Libreria Editrice Vaticana




miércoles, 5 de octubre de 2016

Colombia, mi corazón late por ti

La paz perfecta es para los que aman Tu ley; para ellos no hay tropiezo. Salmo 119-165”.

Foto: Julio Ricardo Castaño Rueda.

jueves, 29 de septiembre de 2016

La visita de María de Chiquinquirá a Isabel de Turga


Por Julio Ricardo Castaño Rueda
Sociedad Mariológica Colombiana

El encuentro de la Santísima Virgen María con Isabel continuó  en la encomienda de Chiquinquirá, propiedad de doña Catalina García de Irlos, viuda de Santana. El lugar escogido para el prodigioso suceso fue una rústica capilla, que servía para guardar los aperos de las labranzas y de oratorio para doña María Ramos. Lo que ocurrió fue un asunto estrictamente femenino porque Nuestra Señora entró por la puerta estrecha de un estropeado lienzo que dejaron al cuidado del abandono.

Los hechos se puede leer en las páginas de la historia del Nuevo Reino de Granada. Hay un capítulo donde una mariofanía cambió el modelo de la doctrina impuesta por España a los adoradores de Bachué.

Para comprender el paso celestial por aquel cobertizo basta con yuxtaponer el Evangelio de san Lucas al relato de un testigo. Los testimonios de quienes estuvieron presentes el 26 de diciembre de 1586, día de la renovación de la pintura plasmada por Alonso de Narváez, muestran un derrotero calcado del misterio de la visitación.

“En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: -«¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”. (Lucas 1, 39-45).

La versión chiquinquireña, sobre la continuidad del episodio, aconteció de una manera singular. El acto retomó el escenario del servicio para llevar el mensaje del magníficat a los pueblos precolombinos.

María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de indios; entró en los aposentos de Catalina y saludó. En cuanto Isabel oyó, a la criatura que llevaba de la mano,  ella contempló a María.

“…Y el dicho niño le dijo al pasar de la puerta de la dicha capilla, madre, mira que la Madre de Dios está en el suelo y así volvió a ver hacia el altar y vida cómo la dicha imagen de Nuestra Señora estaba en el suelo parada, recostada un poco sin que nadie la tuviese…”

Eso afirmó, el 10 de enero de 1587, en su declaración jurada ante el cura de Suta, Juan de Figueredo y el escribano de Su Majestad Diego López Castiblanco. “…lo susodicho Isabel, india ladina que dijo ser cristiana, natural de Turga, de la encomienda de Pedro Núñez Cabrera y del servicio de Martín López, que reside en la ciudad de la Trinidad de Muzo, sobre una señal de la cruz en forma de derecho…”

Desde entonces la romería, esencia mística del raizal, se vertió dentro del prodigio del rosario. Las gentes de lejanas latitudes vinieron a postrarse en el templo porque al llegar, repletas de sudores, coplas y mandas, repitieron las palabras de Isabel en una pregunta sin tiempo: ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? (Lucas 1-43).

El eco del cuestionamiento aguardó cuatro siglos hasta que un peregrino ratificó, con su  cayado de pastor, la sentencia de los caminos de Colombia: “a Jesús por María”.

El 3 de julio de 1986, su santidad Juan Pablo II en la plegaria de consagración a Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá pontificó: “Tú eres la Hija de Sión y el Arca de la nueva alianza en el misterio de la visitación”. Frase que resumen la alegría silente de Isabel de Turga, cuyo relato narró el origen de la perpetua predilección del Altísimo por la morada de María de Chiquinquirá.  Isabel comprendió la grandeza del Señor. Se alegró su espíritu en Dios su Salvador, porque miró la humillación de su esclava.

Desde entonces, la Virgen María fue felicitada por todas las generaciones de fieles que llegaron hasta ese rincón sin fundación hispana porque el Poderoso hizo obras grandes por Ella. Su nombre santo y su misericordia se derramaron sobre los bautizados, de generación en generación, en la sala de la reconciliación de la basílica que atestigua el patronazgo de María sobre la patria del Sagrado Corazón de Jesús.

Lo ocurrido en la Villa de los Milagros tiene un soplo de gracia porque la conducta de los protagonistas es idéntica en su estructura evangélica a lo sucedido en la aldea de Ayn Karim, 1.586 años antes. El encuentro de dos mujeres y sus hijos sigue vigente. Esta vez la Reina del Cielo trae a su Jesús recién nacido como regalo de Navidad para los muiscas en la fiesta de san Esteban, Protomártir.

El paralelismo resulta evidente, pero es prudente dejar que el docto obispo de Milán, san Ambrosio, lo explique: “…Juan percibe la fuerza del Espíritu antes de que la madre y le trasfunde su alegría.  Isabel es la primera en oír la voz, pero Juan es el primero en sentir la gracia; aquélla, siguiendo el orden natural, ha oído; éste ha saltado bajo el efecto del misterio; ella ha percibido la llegada de María, éste la del Señor: la mujer la de la mujer, el hijo la del Hijo; ellas proclaman la gracia; ellos la realizan abordando el misterio de la misericordia en beneficio de las madres; y, por un doble milagro las madres profetizan bajo la inspiración de sus hijos. El hijo ha saltado de gozo, la madre ha sido llenada, la madre no ha sido llenada antes que su hijo, sino que su hijo, Juan una vez lleno del Espíritu Santo, ha llenado también a su madre. Exultó Juan, exultó también el espíritu de María. Al saltar de gozo Juan, Isabel es llenada. Isabel fue llena del Espíritu Santo después de concebir, María antes de la concepción”. (Cf. S. Ambrosio, in Lucam).

En Chiquinquirá Juan, el profeta nonato, es reemplazado por el niño Miguel. El vástago de Isabel fue el primer indígena en ese virreinato en reconocer a María Santísima y la llamó: “Madre de Dios”.


jueves, 22 de septiembre de 2016

Aniversario mariano


Hoy la Sociedad Mariológica Colombiana cumple 57 años de  estudios y plegarias a los pies de Nuestra Señora de la Peña, Patrona de Bogotá.

Como un homenaje a su fundador, el padre Richard Struve Haker, se publica la primera página de la revista Regina Mundi, órgano de difusión que antecedió a la academia en su tarea de predicar el evangelio de María, Jesucristo.


Presentación

La aparición de esta revista mariana se debe al profundo y vivo amor de Colombia a María, Madre de Dios. La entusiasta acogida que el proyecto recibió de parte de cuantos supieron de él, es prueba de que el suelo de Colombia no pudo menos de producir algún día esta hermosa flor de una revista específicamente mariana, para gloria de Dios, honor de la Virgen y consuelo de los mortales. Si ahora sale a la luz del día, sin duda se verá colmada de simpatías, como si este amor de Colombia a María ya desde hace tiempos hubiera querido tenerla.

El nombre de la revista Regina Mundi nos parece indicar todo el espíritu de la mariología moderna en la cual no prevalecen tantos sentimientos individuales de cariño y admiración como los encontrábamos en abundancia en la literatura religiosa de los siglos pasados, sino antes que todas alusiones y tesis propias del dominio mundial de la Madre de Dios. En otras palabras: la mariología de nuestros días no quiere garantizar ya en primer lugar un fundamento seguro para el amor personal de los cristianos a la Madre de Dios, sino quiere proclamar en primer lugar la posición única e importante de María en los planes del Padre Eterno de salvar al género humano. Cómo la vida cristiana se dirige al juicio universal al fin de este mundo, la mariología también se dirige de día en día más hacia una cada vez más clara aparición de la Virgen María en el cielo de la piedad cristiana y de la economía divina de las gracias. Regina Mundi, por tanto, tuvo que imponerse como título de nuestra revista mariana sobre cualquiera otro.

Aspira esta revista Regina Mundi a ser una revista preferida de todas las personas de cierta formación y cultura religiosa en Colombia. Sin embargo, a pesar de su aspiración a esta cierta altura, no llenará sus páginas con estudios demasiado difíciles para el común de los cristianos cultos, sino las abre hasta para los frutos de la poesía. Quiere instruir, pero sobre todo edificar y más todavía, estimular.

También quiere ser de un horizonte muy amplio. Es natural que se publique desde un Santuario Mariano, de mucha vitalidad como el de Nuestra Señora de La Peña, pero ofrece sus páginas a toda la realidad mariana de Colombia: en ella se reflejarán todos los santuarios y advocaciones, se presentarán todas las posturas especiales frente a María de las distintas religiones como también las organizaciones marianas que por amor a la Virgen se dedican al apostolado; se informará en ella sobre cualquier indicio auténtico de movimiento mariano, incipiente o desarrollado. En fin, lo que trata de María, lo que a Ella se refiere, la ensalza, defiende o hace conocer, tendrá derecho propio en las páginas de Regina Mundi.

No hablamos en estas líneas de presentación de cuestiones técnicas, ni mucho menos financieras, como de suscripción, porque son éstos, aspectos que menos nos interesan. Quisiéramos que la revista llegara a todos los que sienten en su corazón sincero y vehemente amor por la Madre de Dios.

“Asociada, como Madre y ministra al Rey de los mártires en la obra inefable de la humana redención, le queda para siempre asociada, con un poder casi inmenso, en la distribución de las gracias que se derivan de la redención”.

“Jesús es Rey de los siglos eternos por naturaleza y por conquista; por Él, con Él, subordinada a Él María es Reina por gracia, por parentesco divino, por conquista, por singular elección. Y su reino es inmenso, como el de su Hijo y Dios, pues de su dominio nada queda excluido”.
Pío XII.