jueves, 12 de diciembre de 2013

Los promeseros de Nuestra Señora



Los hijos de la tradición y de la fe se reúnen en grupos familiares para ir a saludar a la Santísima Virgen María. Es una tarea legada por los siglos a sus conciencias. Sus votos son más que una herencia. Son parte de una memoria cristiana que ama y agradece.

Julio Ricardo Castaño Rueda
Miembro de la Sociedad Mariológica Colombiana

Don Medardo Eliécer Cipagauta se levantó más temprano que el canto del gallo para atizar el fogón. La estufa de leña mostraba los tiznes y las raspaduras producidas por las ollas y las vasijas abolladas. El cocinero sopló las chispas que saltaron entre el hollín, las cenizas grises y el humo azuloso. La candelada se precipitó por el tubo renegrido que reemplazó a la chimenea.

La changua, el chocolate y el aguadepanela hervían juntos en un triunvirato de olores y chorotes. El aroma delicioso siempre olía a rancho y madera seca. El sabor es el de la tierra colombiana.

El anciano perdió la cuenta de sus fechas. Es una costumbre ancestral no hablar de los años por edades sino por sucesos.

En su memoria habita el recuerdo de su taita. A don Medardo padre le gustaba contar anécdotas. La oralidad siempre es un vicio familiar. Cuando estaba sute su progenitor le contó como aprendió a rezar el Santo Rosario. La primera camándula la fabricaron con pepas de tagua y cáñamo en el solar de la estancia.

En esos tiempos, la religión romana soportaba las amenazas masónicas que se vistieron con las libreas liberales. La furrusca se formó por el lado de arriba. Un cachiporro santandereano llamado Paulo Emilio Villar se le adelantó al matarife Rafael Uribe U. y se levantó la corrosca. Y ahí estuvo la vaina peluda. La matazón quedó declarada contra los godos capitalinos.

Los rojos querían la revancha porque les había ido como a los perros en misa. Desde los tiempos de Núñez, el Bígamo, el liberalismo no mordía las mieles del poder. La colectividad roja perdió las reyertas entre macheteros o las mal llamadas guerras de 1885 y 1895.

La insurrección engendraría la Guerra de los Mil Días que no fue otra cosa que una fábrica de traiciones y tumbas.

Don Medardo hijo sonríe porque cuando su taita hablaba encendía un tabaco y bebía guarapo. Según él, eso era una mezcla para machos. La combinación tenía mejor sabor que el aguardiente con pólvora que le daban cuando lo reclutaron en las filas constitucionales.



El difunto le narró sobre el día en que mi general Ramón Neira lo enroló en Chiquinquirá. Lo cogieron por las buenas para ir a pelear en Santander contra el ateísmo liberal. Él estaba pelado, apenas un guambito de 13 años y pata al suelo. El patrón ordenó y la abuela le amarró al pescuezo un escapulario tejido con cabuya.

No fue más. El pleito contó con un montón de chusmeros y las gentes decentes que arrimaron desde la capital. El Gobierno optó por transportar municiones y tropas para detener a los herejes por este lado. De Bogotá salieron los carromatos, los batallones y las juanas por la vía de Chía, Zipaquirá, Chiquinquirá, Socorro, San Gil, Piedecuesta y Bucaramanga.

El plaguero no cabía en la plaza grande (Plaza de la Libertad). Fue tan grande la ventolera que los señores curas de Santo Domingo  bajaron a la Patrona de Chiquinquirá para sacarla en procesión. (16 de diciembre 1899). Las voces conservadoras se unieron a las rogativas para pedir una victoria azul.

El ateísmo rojo debía ser sometido.

Al otro día, los Cofrades del Santísimo Rosario y la Guardia de Honor de María ofrecieron viandas y medallas a los voluntarios reclutados con la bayoneta calada. La misión era sagrada. Los elegidos defenderían la religión contra los pecadores “comecuras”. Los soldados oyeron la Misa de rodillas y se marcharon sin despedidas ni abrazos. No hubo tiempo para amolar los machetes.

La guerra no sabía para dónde iba. Las caminatas, el hambre, el frío y las pocas balaceras sólo dejaron los mortecinos para el buche de los zamuros. Los liberales perdieron y ganaron en Peralonso. Todos supieron que fue una traición aleve, mercantil y gobiernista.

“Nos vendieron barato, como a ganado enfermo”, decía don Medardo, el Viejo. Los verdaderos machos no se aguantaron el desplante y echaron para su tierra sin entregar los fistos.

Yo me quedé porque no distinguía la trocha. Los macheteros masones avanzaron. En el campamento se habló de sus diabluras y maldades. Los asalta conventos envalentonados prometían tragos de sangre sobre los altares consagrados. Entonces sucedió la quemazón en serio.

El Gobierno del doctor conservador, don Manuel Antonio Sanclemente, le soltó los perros a los chusmeros. Mi general Próspero Pinzón, nacido en Hatoviejo, cogió el zurriago y echó entre las alforjas, medallas, velas, novelas y rosarios bendecidos por el propio Dean de la Catedral Primada.

Él llegó al frente con el cuento del salterio. Para vencer al demonio se necesita una camándula. En los potreros de la Hacienda Palonegro aprendí a rezar el Santo Rosario.


En una mera noche nos formaron por compañías y nos pusieron a gritar los misterios, los padrenuestros, las avemarías, las glorias y las salves. Todos lo aprendieron por temor a la azotaina con las fornituras o la planera.

La pedagógica catequesis se interrumpió. Las avanzadas de caballería detectaron a las filas insurgentes. Los soldados rasos sabían su destino. Ellos debían pararlos porque sus oficiales, en su mayoría, sólo sabían arriar vacadas.

Los chisperos anarquistas, para demostrar su pasión por la estupidez, colocaron sus armas bajo el mando de la mediocridad trágica.

El elegido por la farsa para la calamidad fue un simulacro de payaso. El sujeto, conocido como Gabriel Vargas Santos, se ganó en un garito de mala muerte el apodo de “general”. Él se encargó de avergonzar a la historia militar colombiana.

Los colorados volvieron a fracasar rotundamente. Ese es el verbo predilecto de sus idiosincrasias. Esta vez la verdad les molió el lomo y la retaguardia. La trilla duró quince días. Nos matamos, día y noche, sin darle respiro a la peinilla ni al Máuser. (11 a 26 de mayo de 1900).

Las calaveras y los fémures les sirvieron de comida a los perros y a las ratas. La sepultura fue al aire libre porque no hubo brazos para quemar o enterrar. La hedentina aún la guardo en la nariz.

En junio de 1900. Mi general me mandó con el Batallón Palonegro en junta con el Popayán a visitar a la Virgencita de Chiquinquirá para darle las gracias por la victoria. Dos meses, después me licenciaron dizque porque mi mamacita quedó viuda. Al abuelo de Medardo lo apuñalearon los godos por ser liberal en una chichería caminera de Saboya.

En agosto del mismo año, bajó mi general Próspero Pinzón para donde mi Señorita. El jefe y sus capitanes los condecoró el ñor cura Buenaventura García y Saavedra, O.P., con una medalla de la Virgen de Chiquinquirá. En después, arrimamos para Zipaquirá y ahí nos quedamos. 

Usted fue el benjamín. Lo tuve con mi segunda esposa, que era gaitanista. La primera la mató el tifo después de 14 partos. Usted, mijo, nació por los años en que el único liberal de verdad jugaba tejo en la Perseverancia, por allá en las lomas bogotanas. Por eso, le puse crisma y el nombre Eliécer de mi doctor Gaitán. A todas estas nunca supe si el Negro Jorge arrimó a donde la Patrona.

“Yo soy un ex soldado patriota, p…, liberal y macho porque no hay aguardiente malo ni godo bueno”. Soy muy devoto de don Laureano Gómez. La verdad es que todos los amos son iguales, pero no soy un godo desteñido. Desde los 16 años, al igual que mi tatarabuelo, siempre le cumplí a la virgencita morena con llevarle unas preces para los aguinaldos de diciembre pa’ que nos libre de la godarria liberal.

Los borbotones del aguapanela caliente lo sacaron del territorio nostálgico. Ahí se acabaron los recuerdos. Revolvió los leños con la paciente sagacidad de un experto y esperó el bronco fogonazo. Medardo suspiró porque ya iban a ser las cuatro y media de la mañana.

En ese momento arribó su hija mayor con una sonrisa mañanera. El femenino rostro mostraba un afán feliz. Por fin, el domingo señalado para combatir a la rutina se hacía presente en su casalote.

El padre Roncancio los citó para la cinco y media en la puerta del templo de Jesús Obrero. El objetivo establecía una peregrinación al Santuario de la Virgen de Chiquinquirá.

Los feligreses querían celebrar el Domingo de Pentecostés. Otros se quedaron en casa porque según los áulicos de la mentira el fin del mundo empezaría dos días después. La fecha manoseada por la trapisonda, el 6 de junio de 2006, traía la cifra con tres seis. De acuerdo con el capítulo 13 del Apocalipsis La Bestia tiene su número. El miedo andaba en boga y en boca del embuste.

A doña Filomena no le importaron los comentarios sensacionalistas ampliados por unos medios vendedores de papel. Ella simplemente viajaría para agradecer favores celestiales. Preñada a los 14 años y molida a palo por su marido pasó su  adolescencia entre la estufa, el catre y la enfermería.

Las golpizas sistemáticas y brutales le rompieron la conciencia y el catecismo. Cualquier día “la pela” le rebosó la copa. La ley del Canasto o matrimonio por convivencia la hastió. Decidió separarse y trabajar por su cuenta sin más esperanza que la incertidumbre.

Entre las moliendas, las zurras y los fogones creció. Aprendió la culinaria campestre. La almojábana criolla, con sus raíces árabes, castellanas y boyacenses, le producía el sustento necesario para levantar a su prole. Las viandas le colaboran con el producido al trabajo marital. La repitente es una señora bendecida en el altar.

Ahora anda dichosa porque el nuevo patrón-esposo es un partidario del arremuesco (demostración de cariño).

Ella, mientras amarra los corotos, le comenta a su china menor los cuentos paternos. Así, la una supo y la otra escuchó los relatos orales sobre como un pueblo, sin acta de fundación, se volvió famoso en el mundo hispano.

Los milagros, patrocinados por la Virgen, son abundantes en gracias y bendiciones.

La mujerona sonreía con su alegría autóctona. La ilusión desarreglaba el pesimismo. Ella vendería las almojábanas entre los pasajeros del bus 744 cuya ruta fue señalada con el número uno.

Los envoltorios, el fiambre y una caja quedaron organizados junto al portón. El perro cruzado con gozque latía desaforado. El can sabía que no lo invitarían a la romería.

La peregrinación, diseñada para salir de Zipaquirá con rumbo Ubaté-Chiquinquirá-Ráquira-Zipaquirá, tendría los ingredientes propios de la colombianidad.

La cita solemnemente fijada para las 5:30 a.m. no logró su cometido. Dos horas y media después se escuchó la primera protesta: “Padre, vámonos ya que faltan 25 minutos para los ocho y aún no salimos”.

La paciencia muisca todo lo alcanza. “Así son todas las peregrinaciones”, refunfuñaba una voz anónima.

A esas alturas temporales la caravana, compuesta por cuatro buses, recogía retrasados, invitados especiales y al folclor colombiano en su expresión retardataria. La señora disculpa y el señor atasque eran los invitados de honor. Cualquier infamia apocalíptica es un cuento de hadas en comparación con la organización y transporte de 160 paisanos a un territorio mariano. El párroco tiene un puesto ganado en los altares.

El sacerdote ingresó al bus guía e interrogó a sus dos ayudantes sobre los “patos” o colados: “¿Quién se pirateó? ¿Cuántos son los piratas?”…

La respuesta no lo dejó conforme porque la precisión incluía un  “¿quién sabe? porque falta uno que ya pagó. Ese no ha llegado y en cambio no se sabe cuántos son los asignados a este bus. De donde se deduce que sobran dos y faltan cuatro. Ellos ya vinieron, pero son del otro grupo. Total estamos realizado una lista porque la señora que vendió las boletas no está”. El cura, en un gesto de resignación cristiana, dio la espalda y desembarcó. Cinco minutos después el vehículo partió.

La señora entremetida o rezandera, sin saber qué la motivó, encomendó a los romeros a la protección del Altísimo.
 
Los potreros desolados y las casitas campesinas con las tapias derrumbadas adornaban la fugaz visión. La belleza sabanera parecía sacada del corazón de una fantasía. Dios ama a Colombia en demasía.

El paisaje pasaba con sus texturas verdes y sus vacas en los pastizales inundados. Adentro la fiesta viajera acometía el momento musical. Los corridos y el despecho iban de la mano. La tragedia emocional afloraba de algunos pechos femeninos. La guascarrilera las emocionaba. La Jarretona les gustó.

Los grupos familiares y las parejas pronto descubrieron que el fondo musical les servía como arrullo. Morfeo visitó a esas conciencias trasnochadas y ansiosas. La calma sosegó el trayecto.

Los extramuros urbanos prometen un desarrollo urbanístico a corto plazo. La tierra salina se quedó atrás y se entró en los dominios de la Hacienda Casablanca, que aún conserva su capilla colonial. Esta es un Monumento Nacional desamparado por el exceso de amor a la patria arquitectónica.

La ruta desembocó en los territorios ardientes. Los hornos que fabrican ladrillos en Sutatausa (Sutapelao) y Tausa muestran el abandonó estatal en toda su dimensión criminal.

El verde se reemplazó por las peladuras desérticas. El olor a quema penetra en las fosas nasales sin compasión. La perspectiva paisajística quedó nublada. La masa nubosa y gris logró ocultar el disco solar. Sólo se ve una bola incandescente que intenta penetrar la enorme, espesa y constante cortina contaminante.

Al ritmo de los hornos se incinera una zona vital dentro del ecosistema sabanero. Los chircales producen los ladrillos y las lozas para edificar la tierra quemada. Es un círculo vicioso. Para subsistir matan el lugar donde viven.  El futuro recuerda que con ese presente no habrá pasado. Y sin tradición todo se consume en la hoguera del olvido.

El Peñón de Sutatausa recuerda un silencio heroico. Su cumbre testificó la hazaña de un suicidio colectivo. Los indígenas prefirieron saltar al vacío antes que rendir sus macanas ante las adargas españolas. La queja histórica no se enmudece por el anonimato y el incendio perpetuo. Esa voz no se callará.

Dios bendiga a esas almas indomables. La velocidad deja oculto el suceso.

La carretera desciende hacia el bellísimo Valle de Ubaté. Los hatos lecheros imponen su extensión. Las praderas sin árboles claman por una reforestación urgente. Ojalá la recuperación no aparezca como el legado del poeta chiquinquireño, Julio Flórez, cuando declamó: “…Todos nos llega tarde…”

Las ventas de quesos contradicen las leyes de oferta y demanda. Allí, a mayor pedido turístico, el producto es más costoso.

La parada obligatoria se dio en la plaza de mercado de San Diego de Ubaté. El área principal está dotada con un conjunto de pequeñas casetas donde se vende comida al por mayor. Los comensales nunca faltan y los fogones no se apagan.

La orden de la guía estableció 20 minutos para romper el ayuno. Los desayunaderos fueron literalmente invadidos para devorar el famoso consomé “levantamuertos”. El menú incluye: el caldo con papa pastusa, carne frita, chocolate espeso, arepas con queso, pan blandito, calao, gaseosa y fritanga. (Gallina solterona y campesina, bofe, chunchullo, longaniza, papa criolla, yuca asada, morcilla, plátano frito y demás viandas prohibidas por aumentar el colesterol).

El esfuerzo estomacal para digerir es proverbial. Ingerir esa cantidad de alimentos requiere un entrenamiento gastronómico propio de la cultura cundiboyacense.

El asalto a los comedores comunales se ejecuta con la parsimonia sistemática y hambrienta. El cronista aprovechó y buscó otras alternativas menos alimenticias en una visita a la Basílica Menor, pieza maravillosa de la arquitectura neogótica.

Ubaté es el propietario de un monumento religioso fuera de serie. El templo es digno de ese pueblo trabajador y sencillo.

La corta caminata se detuvo frente a las placas colocadas en las casas esquineras del centro urbano. La historia, con sus datos escritos en las lozas, habló de los indígenas, las encomiendas, los toros, el periodismo de don Rafael Urdaneta y la tradición quesera.

La sorpresa no podía faltar. Por la ruta se atravesó un campesino que traía un zorro vivo y capturado en una correría por los alrededores.

El montero marchaba orgulloso con su mascota sostenida por el brazo izquierdo. El cánido disfrutaba el paseo con su cara marrullera. El predador quizás sea un cerdocyon thous o un urocyon cinereo. El lector perdonará la falta de información, pero no hubo forma de averiguar más.

Adiós, al cazador.

La caminata detuvo sus pasos frente al atrio. Allí, en la pared, una placa habla del milagro del Santo Cristo de Ubaté una obra del platero Diego de Tapia. La prueba testimonial está enterrada tres metros bajo tierra según consta en el texto.

El suceso, que hizo famoso al Cristo, sucedió en 1619.  Consistió en que algún defensor de las artes plásticas iba a demoler el crucifijo por vetusto. La piqueta renovadora se disponía a romper la figura cuando la pieza se renovó. El crucificado mostró el sudor y la sangre de sus llagas. La obra se salvó y entró a formar parte del bagaje cultural-religioso.

La oración, que recuerda el inusual hecho, reza: “…Santo Cristo de Ubaté, milagrosamente renovado y fervorosamente venerado por tantos files devotos, agradecidos de tus favores, arrepentidos por nuestras culpas y perdonando de corazón a quienes nos han ofendido, nos postramos a tus pies, confiados en que tu gran misericordia atenderá nuestros ruegos y aliviará nuestras penas…”

Sin embargo, quedó una pregunta sin respuesta:

¿Para qué enterraron el documento donde consta el milagro? ¿No sería mejor tener el original en un archivo protegido? ¿Y las ediciones facsimilares en la Alcaldía, el Despacho Parroquial y en la  Basílica?

El reloj señaló el retorno.

Los pasajeros ingresaron a los vehículos a la topa tolondra. La expedición continuó su marcha por el ubérrimo Ubaté. La tierra feraz muestra orgullosa sus dehesas alineadas con cercas y vacadas lecheras que pastan con sus rumiantes movimientos. La quietud monótona de una actividad motora mantiene el ritmo campesino. Es el campo nacional con sus fértiles trinos.

Desde la ventanilla, pareciera que la paz tuviera su cuna entre aquellas dehesas.

La realidad invernal, dentro del verano temporal, rompe la dinámica geográfica. En esos lugares, medio abandonados por los pronósticos metereológicos, llueve en verano y hace sol en el invierno.

El recorrido se agota bajo la marcha sin incidentes.

Al internarse en los antiguos dominios de doña Teresa de Verdugo, una aristocrática matrona española, la realidad se humedece. El pueblo de Fúquene, fundado en 1542 por la señora de Verdugo, se ahoga.

Las muestras son fatales. Cientos de hectáreas aún permanecen inundadas. “La laguna reclama lo que le robaron los terratenientes”, sintetizó una pasajera.  Su diagnóstico es exacto. Los dueños de la feudalidad optaron por desecar las orillas de la Laguna de Fúquene para sembrar pasto y levantar ganado lechero.

El gran robo lo pagan anualmente bien caro. Los intereses son mortales. En abril se ahogaron más de 400 reses. La zona fue declara en emergencia invernal. La calamidad cruel la absorbieron los minifundios y los espoliques.

La gran laguna le pertenece a la desidia cundinamarquesa y a los municipios de Fúquene y Susa.

Ellos, los verdaderos dueños, la empeñaron ante el patrón bogotano que se apropió del lago sagrado. Los indígenas brutos lo mantuvieron intacto. Las lumbreras modernas lo convirtieron en pastaje. Y todavía se preguntan el porqué deben acatar el Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos.

Respuesta: Lo deben acatar porque ustedes, el hampa feudal, son la infección miserable y carroñera que mangonea a un país, huérfano y sin identidad, que amantó la mentira.

No les duele, en su dramática ignorancia, que antaño la fuente hídrica llegara a tener una extensión de 56 kilómetros cuadrados. En los años sesenta sus orillas mojaban la carrilera del tren que también murió por un abarrotamiento de progreso. Esas aguas puras dan origen al río Suárez que riega los departamentos de Boyacá y Santander.

Hoy, en este rato pasajero, el desastre es evidente. Las cercas fueron reemplazadas por enormes diques de contención. Los arrumes de grava, tierra negra, piedras y sacos de arena son movidos con maquinaria pesada. Algunas palas ya no operan por falta de mantenimiento y otras no laboran. Los operarios dejaron las dragas abandonadas porque es domingo. Quizás imploran una tregua. La naturaleza reclama sus dominios y la tecnología sólo produce grandes charcas aisladas. El color negro se refleja en los esteros.

La maldición del demonio Fu, una deidad muisca con cara de zorro, los vigila desde el fondo de la laguna.

En la lontananza, los campesinos recogen a sus reses sobrevivientes. Los sembrados de pan coger y sus casuchas desaparecieron. El invierno los mata con su exceso de vida.

La laguna muestra su imponencia monumental. El cielo se refleja en los espejos recuperados. La armonía natural impone su carácter y le recuerda al ganadero su calidad de extraño invasor.

El robo, con fatalidad ecológica, fue patrocinado por los gamonales con astucia social negativa. Literalmente destrozaron un sistema hídrico que nutre a tres departamentos.

La camarilla apátrida impuso el artero negocio familiar sobre el derecho de los pueblos al patrimonio común. La imbecilidad a corto plazo es cínica. El mandamás y su corte tienen la desvergüenza de pedir ayudas económicas al Gobierno central. La gran ubre estatal pone a mamar a sus terneros del erario para que sean cebados por el presupuesto nacional.

La lucha entre la supervivencia miserable y el comercio lechero sigue.

Los contrafuertes intenta contener una maldición: “La colombianada”. Lamentablemente, la mediocridad y el soborno jurídico son el soporte del desastre moral. Lo que resta es una patria abusada y lisiada por el vicio que se alimenta en la sórdida cazuela del expediente sin resolver.

Los amos nacionales son el eje desastroso de cualquier calamidad. El escenario es la intriga y el fraude. Las consecuencias chapucean bajo el junco doblado. La paradoja inhumana de este asunto triste es que el próximo año la tramoya continuará. Los miserables pagarán los costos de la opulencia.

El ruido del motor adormece. Los promeseros ya no contemplan el monumento a la imbecilidad lechera. El sueño, con un poquito de monóxido de carbono, es ideal para pasar ese tramo amargo.

Fúquene, la laguna invencible, reclama sus derechos y la sordera municipal insiste en criar vacas.


El estado onírico lo interrumpe una banda de guerra. Los tambores y las cajas con sus compases tradicionales despiertan a los peregrinos. Un profesor ensaya un desfile por la vía de ingreso a la capital religiosa. El trancón es inevitable. Afortunadamente, el bastón mayor optó por virar a la derecha y el tráfico pudo fluir.

La caravana parqueó debajo del puente peatonal que une el Parque Julio Flórez con el Parque Juan Pablo II. Son las 10:20 a.m. El pastor reúne a sus ovejas sobre el pasadizo para unas instrucciones especiales.

La prisa no deja que el cronista atienda. El objetivo es visitar a Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá.

Al ingresar a la basílica, el padre Fernando Piña O.P., inició la Santa Misa de las 10:30 a.m. La fiesta de Pentecostés encendió su fuego santificante.

Los fieles hicieron la señal de la cruz.

Los rostros y los trajes denunciaban travesías singulares. Los unían las penas y la fe. Vinieron a orar con en el alma en vilo. Llegaron de muy lejos para pedirle al Padre Celestial que enviara el Espíritu Santo para poder hacer su voluntad.

 Al final de su homilía, el padre Piña sintetizó el instante. “…Ustedes no saben la cantidad de dolor que se acumula bajo estos muros. Es inmenso el padecimiento…” El predicador busca en sus palabras consuelos y prosigue: “…Incluso algunos pecados les serán retenidos porque viven en unión libre o en estado de adulterio”.

“Dios no niega el perdón. Sólo que algunos no están preparados para recibir ese sacramento… Hijitos míos, hay que cambiar. Deben corregirse para poder recibir a Nuestro Señor…”

La fase traumática del hombre enfrentado al pecado trazó su pena. El dolor iracundo destazó la espina dorsal del alma. Algunos, rotos por dentro, ya no lloran. La sequía es un trance intranquilo entre la soledad y el inmenso patíbulo que lo mató a diario. Los umbrales infortunados han calcinado sus tradiciones en la piel y en el destino mutante.

Los romeros no piden nada. La anestesia para sus males no la da el confesionario. El pecado y la desdicha son dos hermanos necesitados de una tregua.

La certeza del rompimiento interno sigue rasgando las vísceras  del sentimiento. Ellos diferencian claramente el ajetreo débil del barro y la trasformación llagada por la fuerza fatídica.



Hay penas dolientes que salen intactas del confesionario. El alivio de la Verónica no le quitó el tao al Redentor. La ruptura sobre el hombro es más profunda y más tranquila. No hay sutura, pero existe un bálsamo. El madero tiene su cirineo. Jesús vendrá en forma de sacramento a sostener al peregrino desvencijado.

Qué importa entonces la dimensión fatal. La queja se acalla y se aguanta con una ferocidad silente. La catástrofe se ata con la sangre del Cristo crucificado y se acarrea el infortunio. La serenidad transforma el rictus amargo en una sonrisa invencible.

Los andariegos veteranos miran el sagrado lienzo. Acuden, con sus ojos suplicantes, ante la Madre de Dios. “…Porque eres de los pecadores el consuelo y la alegría. Oh madre, clemente y pía, escuchad nuestros clamores…”

Imploran piedad y una oportunidad para comulgar. Por un  pedazo de pan dejaron comarcas y fatigas. Millas y millas trajinaron sus alpargates. No piden condicionar la voluntad de Dios al capricho humano. Sólo reclaman la dignidad del calvario.

En el fondo, el horrible cataclismo que los exprime es una forma santificante. No lo entienden, pero lo presienten. El lúgubre pesar es un mercader. Compra desgarrones y los trueca por resignaciones. El siniestro secreto no impide ofrecerlo en holocausto.

Ante la adversidad se mira al sagrario y se exclama, con voz de cruzado: “…Gloria honor y reparación al Sagrado Corazón de Jesús…” Las palabras evangélicas resuenan en las conciencias aporreadas: “…No sólo creer en Cristo, sino también sufrir por él…”. (Flp 1, 29) porque si morimos con Él, viviremos con Él; si perseveramos con Él, reinaremos con Él. (2 Tim 2, 11-12).

La Eucaristía derramó su sangre en el milagro perpetuo.

Los rezagados, la mayoría pasajeros desconocidos, ingresaron al santuario por grupos. El embarque se programó para las 12 m. Nuevamente resultó vano el esfuerzo por cumplir con el cordial respeto por la puntualidad.

La masa se mueve, se desperdiga, se pierde, se compacta, se encuentra y se dispersa.

Las galas domingueras son aprovechas para pavonearse con sus blusas blancas y los pantalones negros. La moda vernácula es un conjunto informal. Las ruanas, los bordones y las cotizas se cambian por los yines y las camisetas estampadas. Los peregrinos rezaron compraron, husmearon y volvieron al parqueadero. A las 13:30, las colas realizaban sus respectivas filas. La peregrinación incluía una visita al pueblo de los olleros para almorzar.

El almuerzo es una voz que motiva. El mensaje mueve las entrañas y el estómago, las piernas.  Las flotas descienden hacia el desforestado territorio de Ráquira. Las artesanías, símbolo ancestral de este paisaje urbano, aparecen colgados en cercas y casaquintas. Miran y señalan, con sus colorines festivos, el ritmo creativo y repetido de las formas ancestrales.

Ráquira vive con la capa caída. La época comercial con su esplendor pasó.  Los almacenes ofrecen los mismos productos por espacio de tres cuadras. La calle, matizada con los diseños  precolombinos, es una  artesanía en venta. La fiesta artesanal inunda la necesidad. Algo se compra para recordar que Colombia es cerámica y talento combinados por el ingenio campesino.

Ráquira no cambia su rostro pintarrajeado y empedrado por turistas enamorados de sus obras repetidas. La monotonía cromática se rompe con dos detalles que demuestran un movimiento renovador. El templo parroquial fue remodelado. Tarea que les costó un lustro y apenas fue terminada el 29 de enero de 2006. Los arreglos mantienen la tradición evangélica.

En la plaza principal, la estatua del burro aguatero se rompió. La pata delantera derecha muestra la cicatriz y su fisura. Irónicamente, los magos del barro no repararon la pieza con su probada pericia para las esculturas. Simplemente arrumaron ladrillos para sostenerla. Al lado, el olvido ensucia la efigie que representa al fraile Francisco de Orjuela (agustino) como fundador de Ráquira en 1580. El recorrido obligatorio y los almacenes repetidos se devoran el rato asignado.

La partida  altera  los planes. La salida se retrasó 60 minutos más. La máquina se enciende. El motor escupe el gas que le permite mover la carrocería por la serpenteante carretera que asciende hacia Chiquinquirá. Lejos y sobre las lomas unas letras blancas señalan unas palabras rotas como la prisa del ocaso. Adentro, doña vendedora les recuerda a sus paisanos que sus almojábanas son más baratas que en Ubaté. La noche, la lluvia y el ruido son el conjuro prófugo de un sueño que adormece. Los peregrinos, atrincherados en sus puestos, muestran sus rostros bendecidos por una inextinguible esperanza. Cumplieron con partir, orar y regresar. La hora 20 recibe a los descendientes de los Zipas en la capital salinera.

La misión acabó. La fatiga recuerda las investigaciones de Manuel Ancízar consignadas en su libro La Peregrinación de Alpha. Él cita la historia del padre Moya, cura de Chipaque, que trató de persuadir a los indios para que no hicieran un viaje tan largo porque desde Chipaque hasta Chiquinquirá había 20 leguas: “...Es cierto mi amo cura; mas siempre iremos de cuando en cuando a Chiquinquirá, porque estamos acostumbrados desde tiempo de nuestros padres a ir bien lejos a nuestras devociones...” El texto se aplica al alma peregrina de estos viajeros apretujados por el afán y la despedida.

El redactor tomó otro rumbo. Regresó a Muequetá para registrar en su Diario de campo la peregrinación personal número 37 (junio 4 de 2006). El retorno ajustó los 10.114 kilómetros exclusivamente recorridos para acudir al llamado de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá.


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