miércoles, 24 de agosto de 2016

Novena en honor de Jesús, María y José en su advocación de la Peña




Acto de contrición

Amorosísimo Dios, Trino y uno, Padre, Hijo, y Espíritu Santo, en quien creo, en quien espero y a quien amo sobre todas las cosas; me pesa, Dios mío, de haberos ofendido y propongo firmemente no volver a ofenderos en adelante. Ofrézcoos en satisfacción de mis pecados los méritos de la sagrada vida, pasión y muerte de mi amantísimo Redentor Jesucristo, y el amor con que os amaron, aman y amarán eternamente los sagrados corazones de Jesús, María y José, en cuyo nombre os pedimos gracias para hacer con toda devoción esta novena. Amén.


Oración para todos los días

¡Oh Trinidad bendita de la tierra, Jesús, María y José, aparecidos en La Peña! Vos sois tesoro inmenso de las divinas riquezas, agradable consuelo de los afligidos, libertad de los cautivos, salud de los enfermos, refugio de los pecadores y eficaz auxilio de los cristianos. Os amamos, os veneramos y alabamos con todo el afecto de nuestro corazón, y os pedimos que nos alcancéis de nuestro padre celestial el perdón de nuestros pecados, la reforma de costumbres, el aumento de la fe, la perseverancia en el bien y una verdadera devoción a vuestros sagrados corazones. Os rogamos por las necesidades de la Iglesia católica, por la conversión de los gentiles y pecadores, extirpación de las herejías y perseverancia de los justos. Os suplicamos, que nos obtengáis la gracia de llevar una vida santa para que, muriendo en gracia de Dios, vayamos a verlo y alabarlo en vuestra santa compañía por todos los siglos de los siglos. Amén.





Oración para el día primero

Omnipotente Señor y Dios Eterno, principio y fin de todas las cosas: os damos infinitas gracias por el singular beneficio que nos habéis dispensado con la aparición de las imágenes de Jesús, María y José de la Peña rodeadas de los espíritus celestiales. Bendita sea  vuestra bondad que nos enriquece con tan preciosos dones. Os rogamos nos déis gracia para retratar fielmente en nuestra almas las imágenes de Jesús, María y José para que, imitando sus virtudes, consigamos que, rodeados de los espíritus celestiales podamos alabaros en el soberano trono de vuestra gloria por los siglos de los siglos. Amén.

(Récense tres Padrenuestros y Avemarías con Gloria; en reverencia de Jesús, María, José).

Jaculatorias

Santo Dios, Santo fuerte, Santo Inmortal, por Jesús, María y José, líbranos, Señor, de todo mal.

Antífona

Señor mío Jesucristo, por la pureza de tu Santísimo Corazón dame tu amor y pureza de alma y cuerpo, y guarda mi corazón dentro del tuyo para que no vuelva a pecar.


Oración final para todos los días


Gloriosísimos Jesús, María y José, aparecidos en La Peña. Animado de la más segura confianza en vuestra misericordiosa bondad y en vuestro poderoso valimiento, en vosotros confío que me habéis de ayudar en todas las necesidades de mi vida y os elijo como protectores particularísimos míos. Os confío todos los asuntos de mi alma, dejando en vuestras manos el de mi salvación, como también os recomiendo todos mis negocios temporales, seguro de que a tu sombra bienhechora prosperarán siempre.

Guiad mis pasos por el camino de la virtud y no me abandonéis un momento. Especialmente en la hora de la muerte, deseo vuestra particular asistencia, y quiero que mi último pensamiento y mis últimas palabras sean vuestros dulcísimos nombres Jesús, María y José. Amén.

(Se termina con los gozos y oración, al final del texto)

(Todos los días de la novena se hace el ejercicio como en el día primero cambiando la oración propia para cada día).

Oración para el día segundo

Omnipotente y sempiterno Dios, que con vuestra paternal providencia, cuidasteis de que las sagradas imágenes de La Peña fuesen colocadas en sitio conveniente y se les dedicase  honroso templo, para que allí se les diese culto y adoración por los fieles devotos hasta la consumación de los siglos. Haced, Dios mío, que este culto se extienda cada día más, que todos conozcan tan maravilloso prodigio, para que todos amemos a Jesús, María y José, y adornado con sus virtudes nuestras almas, merezcamos agradaros en esta vida para lograr alabaros eternamente en la gloria celestial. Amén.

Oración para el día tercero

Omnipotente Señor y Dios Eterno, Padre de toda consolación: os damos gracias porque en las simbólicas imágenes de Jesús, María y José aparecidas en La Peña nos manifestáis con claridad vuestro singular patrocinio sobre el dichoso pueblo de Colombia.

Concedednos, Eterno Padre, que vivamos unidos con los estrechos vínculos de la Fe, Esperanza y Caridad, que la memoria de la vida, pasión y muerte de nuestro amante Jesús, haga reinar siempre en nuestros corazones el verdadero amor, para que, a imitación de Jesús, María y José, no deseemos ni apetezcamos otra cosa que alabaros y bendeciros eternamente en la gloria. Amén.


Oración para el día cuarto

Omnipotente y sempiterno Dios de las alturas, con profundo reconocimiento de nuestras almas, os damos las más rendidas gracias porque nos habéis dado por tutelares y defensores contra las potestades del enemigo a los santos Arcángeles, según vemos en las efigies de La Peña. ¡Que firme confianza para nuestras almas! Alentados con tan poderoso auxilio, nos hallaremos más fuertes en los trabajos, constantes en los peligros, pacientes en las miserias, firmes en las tentaciones, humildes en los oprobios. Llenad, Señor, nuestras almas de amor, confianza y reverencia para con los santos Arcángeles a fin de que, mereciendo siempre su santa protección, consigamos vernos libres de todos los peligros de alma y cuerpo, y vivir y morir en vuestra santa gracia. Amén.

Oración para el día quinto

Amorosísimo Dios y Padre nuestro que estáis en los Cielos y cuidáis con cariño paternal de las necesidades de vuestros hijos. Nuestro corazón se siente altamente agradecido a vuestra bondad porque entre las imágenes de La Peña os dignasteis poner el Arcángel San Miguel con la custodia en las manos para enseñarnos el amor a la Sagrada Eucaristía. Enseñadnos, Señor, a considerar, contemplar y gustar los grandes bienes que se encierran en el Santísimo Sacramento del altar, y compendio de todos los misterios y maravillas. Llenad nuestras almas de la ferviente devoción de los Arcángeles y al Santísimo Sacramento para que, viviendo justos, muramos santos y vayamos a bendeciros en la vida eterna. Amén


Oración para el día sexto

Santísimo y poderosísimo Dios en los Cielos y en la tierra, os damos rendidas gracias porque en las venerables imágenes de La Peña nos mostráis el viaje que hicieron la Santísima Virgen y el Patriarca San José, de Nazaret a Jerusalén, para presentar al Niño Dios en el templo y ofrecerlo por la salud universal del género humano. Infundid en nuestras almas piadosos sentimientos para que sepamos meditar los acerbos dolores que sufrieron los corazones de Jesús, María y José en las palabras proféticas del Santo Simeón, y, alentados por tan santos ejemplos hallemos fortaleza para soportar las penas y sufrimientos de esta vida con resignación, y de esta manera merecer la corona de gloria que tenéis prometida a los justos. Amén.

Oración para el día séptimo

Altísimo y soberano rey de la gloria, principio, y origen de todo bien, y fin único de nuestras almas. ¡Qué grande es vuestra bondad y cuán infinita vuestra misericordia que en lo elevado y escarpado de los altos cerros de La Peña nos manifestáis las imágenes de Jesús, María y José con la de los Ángeles y Serafines para que por ellas nos elevemos a la contemplación de vuestra Bondad, Poder y Grandeza! Os dignasteis favorecer a vuestro pueblo escogido cuando menos lo merecía y más trataba de irritaros. Queremos ahora corresponder a tan señalados beneficios, y os suplicamos nos libréis de todos los males presentes y futuros, espirituales y corporales, temporales y eternos por intercesión de Jesús, María y José. Amén.

Oración para el día octavo

Dulcísimo Padre Eterno, Dios justo y bondadoso: Nuestra corazón, rebosante de gozo y lleno de alegría, os bendice y alaba, porque con la aparición de las imágenes de La Peña nos habéis dado a conocer vuestra bondad para que con este pueblo, singularmente poniendo a nuestra veneración a la Santísima Virgen que acoge bajo su manto protector a cuantos acuden a buscar su maternal protección. Por su medio podemos los hijos de Eva llegar con toda felicidad y segura confianza al trono de vuestras misericordias para alcanzar cuantas gracias necesitamos paras ser felices en esta vida y en la otra. Dadnos, Padre amantísimo, vuestra gracia para que, perseverando en vuestro santo amor y en el de vuestra Santísima Madre, vayamos a bendeciros en la gloria. Amén.

Oración para el día noveno

Amorosísimo Dios, piélago inmenso de infinita misericordia: nuestras lenguas publiquen eternamente los incesantes beneficios que liberalmente nos franqueáis por medio de los Sagrados Corazones de Jesús, María y José, cuyas imágenes se aparecieron en La Peña. Por ellos son consolados los afligidos, reciben su salud los enfermos, socorro los necesitados, auxilio los desvalidos y paciencia los atribulados. Por ellos somos socorridos todos en cuantos infortunios nos sobrevienen, tanto espirituales como temporales. Honra, bendición, alabanza, gloria y gracias infinitas os damos por tan conocidos beneficios, y os rogamos nos hagáis cada día más afectos, atentos y devotos de Jesús, María y José para que, aprovechándonos de tan poderoso medio, imitemos sus virtudes, cumplamos vuestra ley, perseveremos en gracia, y consigamos la salvación de nuestras almas y amaros por todos los siglos de los siglos. Amén

Gozos

Si queremos que bonanza
Piadosa el Cielo nos dé
En Jesús, María y José
Fundemos nuestra esperanza.


Una peña misteriosa
La sed del pueblo escogido
Socorrió, cuando afligido
Iba en marcha trabajosa;
Y acá otra peña asombrosa
Mejor dicho nos afianza.
                        En Jesús, etc.

Bernardino de León
Por inspiración divina,
Esta peña peregrina
Se halló con admiración,
Y con la misma razón
La apreciamos sin mudanza.
                          En Jesús, etc.

Si aquel devoto subió
A un monte tan escarpado
Y fue del Cielo premiado
Con el tesoro que halló
En su ejemplo nos dejó
Una admirable confianza.
                          En Jesús, etc.

Somos leones generosos
En buscar con fino esmero
Los tesoros que el cordero
Nos brinda en modos graciosos;
Subamos muy fervorosos
Al gran monte de su alianza.
                              En Jesús, etc.

Como la Reina, exaltada
Entre las hijas se ve,
La ciudad de Santa Fe
De bendiciones colmada
Con mil trabajos probada
De decirnos no se cansa.
                              En Jesús, etc.

Es el pueblo colombiano
El Benjamín muy amado;
Mirra y óleo derramado
Con bálsamo derretido
Rocío del Cielo ha llovido
Sobre el pueblo de la alianza.
                            En Jesús, etc.

Sobre piedra tan preciosa
Fijemos nuestra morada
Para que reine exaltada
Nuestra religión hermosa
Y logre siempre gloriosa
Triunfar libre de mudanza.
                          En Jesús, etc.

Si queremos que bonanza
Piadoso el Cielo nos dé,
En Jesús, María y José
Fundemos nuestra esperanza.

Oración

Oh Dios omnipotente, que nos colmaste de innumerables beneficios, poniéndonos bajo el patrocinio de tu Santísimo Hijo Nuestro Señor Jesucristo, de la bienaventurada Virgen María, su Santísima Madre, del glorioso Patriarca San José y de los santos Arcángeles, humildemente os suplicamos nos concedáis la gracia de que en el Cielo gocemos de la compañía de aquellos a quienes veneramos en esta novena. Así os lo pedimos y esperamos conseguirlo por los méritos de Nuestro Señor Jesucristo. Amén.

Propiedad del Santuario de La Peña, Bogotá.
Con las debidas licencias eclesiásticas.

Tomado del ejemplar que reposa en el Centro Mariano Nacional de Colombia. Santuario de Nuestra Señora de La Peña. Bogotá.



miércoles, 17 de agosto de 2016

La pintura que restauró el llanto




Por Julio Ricardo Castaño Rueda
Legión de María

Doña María Ramos, la primera devota de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, no tiene devotos porque no ha sido declarada santa aunque sus preces gestaron el milagro que cambió el modo de  evangelizar al Nuevo Reino de Granada.

La vida de aquella española, que se hizo colombiana de la mano de María Santísima, forma parte integral del prodigio de diciembre de 1586 y por esa razón don Marco Suárez, estudia el episodio desde la perspectiva de un hombre de oración

Suárez aprendió de Ramos que en sus súplicas ante el Altísimo necesitaban pedir con humildad, con amor, con perseverancia. Pedir y esperar pacientemente. Mientras meditaba en la vida de la sevillana concluyó que había que donarse, olvidarse de sí mismo. Tarea que él sintetizó en una frase: “que el cielo nos lo da todo cuando damos todo por el cielo”.

También profundizo en la contemplación de la Virgen de Chiquinquirá. Él ya sabe como tener un mejor diálogo con la Madre de Dios que lo ayude a entender el misterio de las gracias que proceden del Hijo.

Sobre los muchos conceptos que guarda en la bitácora de sus vivencias algunos se comentaron sobre la marcha de la procesión del 26 de diciembre 2015. Suárez, el buen romero, explicó que en la renovación del cuadro donde el pintor Alonso de Narváez plasmó a la Virgen María en compañía de san Antonio de Padua y san Andrés Apóstol había unos momentos específicos que sirvieron de testimonio y detonante del prodigio. Él hizo hincapié en dos frases que resumen el hecho:



“María Ramos rota suplica frente al lienzo”

La interpretación de esa frase de Suárez y de la siguiente es del redactor que al tomar notas al azar sobre sus conversaciones con Marco intentará darle un contexto para que el lector lo medite.

En la primera escena María Ramos, a principios de diciembre de 1586, suplica con llanto, ante un lienzo roto, ajado y desfigurado por causa del abandono a que fue sometido. Su ser permanece en similares circunstancias. Su segundo esposo vive en un flagrante adulterio. Ella tiene, literalmente, su alma lastimada por los torrentes de lágrimas que corren por sus mejillas producto del dolor emocional.

Antes de ella, en 1578, el cuadro de la Virgen con sus edecanes fue retirado de la capilla de los Aposentos de Suta  por orden del padre Juan Alemán de Leguizamón. El sacerdote lo consideró inadecuado para el culto sacramental. El desecho fue enviado por el encomendero Antonio de Santana a Chiquinquirá. Las lluvias, el llanto del cielo, lo dejaron descolorido y lo rompieron. La causa fue la no conversión de los indígenas al Evangelio de Cristo por medio del bautismo. El pecado de omisión de los patrones y sus técnicas brutales de evangelización simbolizan a los aguaceros que destiñeron la imagen que servía a los curas de almas para catequizar a los indios de la doctrina sobre la maternidad divina.

Sin embargo, Suárez explicó:
“Me parece que la razón de ser de los daños causados en el lienzo no obedece a la no conversión de los indígenas. Creo que la mano de Dios estaba dirigiendo ese acontecimiento que aparentemente se podría considerar como un descuido o abandono, pero que misteriosamente Dios lo estaba preparando para glorificarse en el lienzo a través del milagro. Incluso Dios mismo coloca de su parte y aporta la lluvia (esta parte me hace acordar de una parte del evangelio donde los discípulos le preguntan) ‘—Maestro, ¿quién tiene la culpa de que este joven haya nacido ciego? ¿Fue por algo malo que hizo él mismo, o por algo malo que hicieron sus padres? Jesús les respondió: —Ni él ni sus padres tienen la culpa. Nació así para que ustedes vean cómo el poder de Dios lo sana’. (Juan 9: 2,3)
Y eso fue lo que ocurrió Dios sanó el lienzo, pero para poderlo sanar se valió de una criatura, María Ramos, y ella aportó  amor, lágrimas, sufrimiento, oración, tiempo, confianza y fe.
Cuando María Ramos encontró a la desalojada tela en la capilla de los Aposentos de Chiquinquirá su ser y el objeto sufrían del mismo mal. Tenía desgarraduras internas por la fuerza de un pecado del cual fueron víctimas inocentes. La mujer, herida por la infidelidad de su marido y el lienzo desgarrado por el descuido de sus dueños.

“María Ramos gozó frente al lienzo renovado”

En la segunda escena María Ramos se vio sorprendida porque la pintura recobró sus colores originales. La imagen estaba en el suelo parada despidiendo de sí un resplandor celestial que llenó de claridad toda la capilla según consta en la documentación recogida para el proceso de investigación del fenómeno.

 Marco agregó:

“En ese santo día del milagro ocurrieron dos signos: el del lienzo y el de María Ramos. El primero por la portentosa renovación de la manta y el segundo porque el cielo escuchó y transformó en otra persona a su elegida”.

En esa historia se presentaron dos tipos de líquidos: Las lluvias  que dañaron la manta de algodón y el lloro de Ramos que con sus oraciones logró que se produjera la renovación del cuadro y la sanación de su alma. Según Suárez, María Santísima estaba oculta entre las diluidas pinceladas y el Padre Celestial corrió el velo para que Ramos pudiera participar de un instante de su creación donde, el agua y la luz, son los signos de un encuentro de conversión junto al bastidor

Sobre ese punto Suárez anotó: “La lluvia sí daño el lienzo porque Dios la envió para ir alistando misteriosamente la tela. Lo que significa que desde mucho antes de que ocurriera el milagro Dios ya estaba trabajando en el. ¡Qué artista tan hermoso que es Dios! Incluso Dios inspiró a la persona que trajo el lienzo a estas tierras de Chiquinquirá. Él preparó el encuentro entre María Ramos  y el cuadro  (el lugar, la fecha, la persona que le aclaró a María Ramos que personajes habían estado pintados). Cuando María Ramos inició su peregrinación, diaria y constante, a la capilla de los aposentos, ella era consciente de que en medio de esa aparente oscuridad que se veía en el lienzo a causa del deterioro, ahí se encontraba María Santísima y su amado Jesús. Hay una frase que quiero resaltar de una oración que decía María Ramos: “hasta cuando rosa del cielo vas a estar tan “escondida”.  La palabra escondida hace entender la profunda relación de María Ramos con María Santísima. Se necesita un gran amor para tener una enorme confianza como la de María Ramos: no te veo, pero se que estás ahí”.

La realidad del suceso narrado recuerda el episodio cumbre del Evangelio, la muerte y la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Junto a la cruz, María su madre se estremecía al contemplar a su Hijo crucificado.  El Mesías sobre el madero de la cruz enseñaba otra pintura: El precio de la salvación pagado por cada hombre. El cuadro desfigurado por las goteras de una choza de encomienda recordó el cuerpo de Cristo destrozado,  sangrante, muerto y colgado de un lábaro.

Las lágrimas de María, la Madre de la Fe, permanecieron vigentes hasta la resurrección cuando la luz del Espíritu Santo iluminó su rostro con un resplandor de alegría porque todo fue renovado como ocurrió en Chiquinquirá.

Hasta esa tierra llegó un eco feliz de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. María Ramos fue testigo de la presencia de Dios en la tierra de las nieblas. Ella fue el instrumento elegido para resucitar de la tumba de la idolatría muisca el mandamiento del amor. Ella diseñó con sus sollozos, de dolor y gozo, las cuentas de una camándula para la Colombia de la Patrona. María Ramos fue la señora que amó a su Redentor con un corazón inmaculado repleto de sentimientos marianos.


miércoles, 10 de agosto de 2016

Para el día de tu coronación



A la Virgen de la Peña

Por Uranios Andreios

En la ruina de todos los valores
Quiere este pueblo que con  fe te adora
En el Santuario que por siglos guarda
Tu aparición. Dulcísima señora,
Ceñirte la guirnalda que confiesa,
Que eres de Dios la Hechura
De su belleza eterna la hermosura
De nuestra Patria la única Princesa.

 Si todo cuanto vale de la tierra
 Se lo llevó en cenizas soplo helado
 Del polo de la Muerte, y solo encierra
La vida un mundo para el bien desviado,
Qué sería sin Ti, Virgen María,
Nuestro rumbo a miseria abandonado.

Mas este pueblo sin cesar creyente
Quiere que alientes Tú con soplo eterno
El calor de sus últimas cenizas,
Para sentir empuje renaciente,
Para sanar su paroxismo interno.
Acepta el don, oh Pía, oh Clemente.

Si este mundo, jardín de bellas flores,
Está ardiendo cual haz de seca paja
Es porque todo jugo de ideales,
Divinos trasformadores
Desde el cielo a la tierra ya no baja:
Ya solo muertos hay y enterradores.



Nuestro pueblo en el fondo pueblo amante
De tu grandeza pura, oh María
Sabe que Tú saliste de las manos
Del Creador como símbolo del día,
O del negro carbón como el diamante.
Amasada en blancura de inocencia,
Perfilada de Dios como la imagen
Perfecta que haga a tus hermanos
En la raza surgir de decadencia
De fosa sepulcral a luz del día.

Por eso todo el pueblo colombiano
Su amor sintiendo que tu amor presiona
Se apresta unido en corazón mariano
A ceñirte de Reina la corona.

Una vez más después de cien gloriosas
Va a proclamarte la nación en coro:
No en veleidad de fugitivas rosas
Sino al querer de su inmutable oro…

Sobre tu sien del cerco portadora
Que unirá tu existencia con la Patria,
No nos dejes vivir en la agonía
No nos dejes morir hora tras hora,
No dejes que se siga marchitando
Todo valor moral, toda grandeza;
Que si ya el tricolor no va ondeando
Sobre la verde tropical belleza
Se levante en las almas de un mañana
Un resurgir de Cristo con la aurora,
Un vivir de tu vida en la fe mariana


Tomado de la Revista Mariana. (Órgano de las congregaciones marianas). Mayo de 1942. núm 53.




miércoles, 3 de agosto de 2016

El manantial de los promeseros



Por Julio Ricardo Castaño Rueda
Legión de María

La Ciudad Santuario guarda en su seno el lugar geográfico de un milagro que ha moldeado la idiosincrasia del hombre colombiano y sus artesanías de pueblo americano.

El punto es el denominado Pozo de la Virgen que está ubicado debajo del altar mayor de la Capilla de la Renovación. Este es un sitio obligado de visita para los peregrinos, raizales y foráneos, que lo han escarbado, contemplado y pisado durante los últimos 430 años como un testimonio de la misericordia divina que pasa de generación de generación. (Cf. Lucas 1,50).

La paradoja de esta maravilla es su desconocimiento por parte de los nativos de lejanas urbes. Ellos llegan y se plantan frente al sitio en un silencio lelo. No hablan, no rezan, no suspiran y luego preguntan sin rubor: ¿qué pasó aquí?

Los frailes dominicos dictaron una cátedra sobre el tema cuando en el año 2012 inauguraron la ampliación de sus instalaciones. La inversión millonaria dotó el área de monitores para trasmitir los videos que narran el episodio del 26 de diciembre de 1586. Además donaron miles de estampas,  editaron folletos, realizaron desfiles y pagaron una publicidad mediática para comunicar el significado del prodigioso suceso ocurrido en aquel escenario subterráneo. Sin embargo, la ancestral sordera de la Nación a la restauración de lo propio cayó en tierra estéril, donde germina la nacionalidad sin frutos.

Los turistas ingresan empujados por sus parientes y salen de la misma manera. La mayoría emerge sin saber el porqué fue a parar a ese bello socavón donde un brillante vidrio no deja ver si el líquido cristalino del pozo se mueve. Los curiosos ejecutan contorsiones corporales que buscan el ángulo adecuado que ratifique visualmente que allá abajo hay agua.
El encuentro se torna incomodo al extremo si por casualidad es un domingo, un festivo o la época de la romería grande. La muchedumbre hace del caos apretujado un suplicio que invita a la fuga por falta de espacio y oxígeno, dos necesidades básicas del romero.

Los apiñados paisanos a veces deben soportar con estoicismo boyacense al pariente embelequero que deciden improvisar un discurso sobre la totalidad de su ignorancia histórica. El inoportuno sujeto suelta una perorata de cuentos, que en otros tiempos bien le hubieran podido acarrear unas horas de cepo por hereje contumaz.

Esas manifestaciones, entre chabacanas y sofisticas, son parte de las consecuencias de la ausencia de guías que capaciten al recién llegado sobre el terreno que pisa. Las sagradas escrituras dan una idea sobre como enfrentar el fenómeno del bochinche familiar en la zona de ingreso: Quítate las sandalias, porque estás pisando tierra santa. (Éxodo 3,5).

Si existiera una organización que invitara a ingresar por un tiempo prudencial a un limitado número de personas se evitarían muchas conductas inapropiadas.

Por ejemplo, los marcos de los cuadros que adornan el recinto no serían usados como buzones de correo para enviar papelitos con pliego de peticiones al cielo. Los chamanes de vestimentas dakotas no llegarían con sus retahílas de culebreros paisas a murmurar sobre los ritos de purificación de la incaica pachamama. Los amantes de la sanación por hechicería  y demás embustes propios del sincretismo por desempleo deberían quedar fuera de ese entorno tan sacro.

Allí, a veces, la mística se paganiza bajo el amparo legalista de la libertad de conciencia como si el único acto libre y válido para el hombre posmoderno fuera diseñar una mentira a gusto de su ideología.


En fin, el motivo de estas notas es resolver la pregunta del oriundo del lugar que insiste en decir: ¿y aquí qué pasó?

El cuestionamiento encuentra una respuesta salomónica al trascribir del libro Verdadera histórica relación del origen, manifestación y prodigiosa renovación por sí misma y milagros de la imagen de la Sacratísima Virgen María Madre de Dios Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Autor: fray Pedro de Tobar y Buendía, O.P. Edición facsimilar de la primera edición de 1694. Bogotá. Instituto Caro y Cuervo, 1986.

Libro II, capítulo I.

“…Después que la reina de los cielos María Santísima señora nuestra escogió por teatro suyo, en que distribuía sus misericordias, y ostentar maravillas, renovándose por si misma en su imagen del Rosario de Chiquinquirá en el humilde lugar, en que la devota María Ramos acostumbraba arrodillarse, y hacer oración comenzó a ser tenido de los fieles aquel lugar por santificado, y aquella tierra, en que estuvo, el milagroso lienzo por santo, y en demostración de la veneración, en que tenía aquel lugar, comenzaron a sacar tierra del, y estimándola por reliquia, con fe y esperanza, de que con ella obraría la Madre de Dios prodigios, la prevenían triaca, aplicándola por remedio de cualquier enfermedad, y no suspendiendo Dios el obrar maravillas en honra de su Santísima madre, en servido, de que con esta tierra experimentarán el premio de su devoción en grandes y milagrosos efectos, los que usaban de ella por medicina: como también con el agua muy clara, y dulce, que comenzó amanar a distancia deste santo lugar poco menos de una vara: en el que quedó desde entonces una celestial botica, donde se  halla por medicina tierra, y agua muy eficaz contra todo genero de males, de fiebres pestilentes, dolores agudos de costado, flujos de sangre, llagas, apotemas heridas, picaduras de culebras ponzoñosas, incendios, tormentas, y finalmente, para todo tan provechosa, como se ha experimentado, y se podrá reconocer de los muchos milagros, de que en adelante haremos relación en el libro tercero.

Fue creciendo la devoción, de sacar tierra de este santo lugar de manera, que siendo muchos los peregrinos, que iban a visitar a la Madre Dios no volvía a sus tierra alguno, sin que desta milagrosa no llevara grande porción; y para que de ella se sacara con moderación, dispuso el padre Gonzalo Gallegos, cuando estaban fabricando la iglesia, que se hiciese con tal arte, y disposición, que el  altar donde se había de colocar la bendita imagen viniera a quedar encima del mismo sitio, y lugar donde se había renovado por si misma, y de donde sacaban la tierra: y así quedó incluso en una bóveda debajo del presbiterio: la cual se entra por una puertecilla, que se le dio debajo de un altar colateral que está al lado del evangelio. Y aunque se le echó llave, y la tiene al presente, es muy raro el día en que no se abre a instancias eficaces de peregrinos: pues les parece, no tienen cumplido consuelo, de haber ido a  Chiquinquirá; sino se les permite que entren a la bóveda a sacar de la tierra, y del agua (que nunca falta en el pocito, al que se le hizo una capilla labrada de ladrillo) y lo menos que saca cada uno de lo que entra con asistencia del sacristán pasan de seis onzas, y de ocho, sin mucha que comen, y ocultan.

El mayor milagro, que esta Dios continuando con aquella santa tierra, y que mas admiración causa, es, que habiéndose principiado, a sacar tierra, desde el año de mil quinientos y ochenta y siete; esta al presente aquel santo lugar tan pequeño el hueco, como el de una sepultura, y de profundo poco mas de una vara: de manera, que se reconoce superior causa, que allí obra, pues habiendo sacado tanta tierra, cuanta bastara, (si se juntara) para formar montes muy altos, esta aquel lugar si del solo se hubieran sacado ocho, o diez cargas: prodigio ocular, que admira, a todos  cuanto lo ven, y mucho mas a los que hemos asistido en aquella santa casa algún tiempo: y advertido la grande cantidad, que se extrae al cabo del año; y para que se entienda, cuanta se habrá sacado desde el sobredicho año hasta el presente, se ha de considerar que a mas de los concursos ordinarios, que hay de peregrinos de diferentes partes, y provincias van todos los años a Chiquinquirá en procesión los pueblos enteros de la Villa de Nuestra Señora de Leyva, el de lo indios de Fúquene, los de Susa de Simijaca, de Saboya, de Tinjacá de Suta y los de Ráquira; y todos sacan tierra, y la estiman por reliquia no solamente para usar de ella por medicina en sus enfermedades, sino también para deshacerla en agua, y regarla en sus tierra de labor para que les fertilicen y den frutos, y por los milagrosos efectos, que han experimentado, cogiendo abundantes cosechas, se ha difundido mucha en la labor del nuevo Reyno: y la del Perú se han llevado muchas cargas, porque en el tienen mucha devoción con esta milagrosa imagen, y su tierra. También la tienen en las provincias de Quito: donde los padres de la Compañía de Jesús, tienen calificadas experiencias de los grandes milagros, que ha hecho Dios con la tierra de la casa de su Santísima Madre. Pues teniendo perdida una hacienda de campo por haberse esterilizado, con haber regado en ella de la de Chiquinquirá, se ha fertilizado de manera que ya cogen de buen trigo abundantes cosechas, y a petición de dichos padres siendo el autor prior de Chiquinquirá, les remitió a la ciudad de Quito una arroba de esta milagrosa tierra.

El color, olor, y sabor, que tiene esta tierra es admirable; el color es de ceniza blanca; el olor muy suave, y el  sabor de excelentísimo, e increíble gusto, muy dócil a modo de almidón, y nada arenisca de tan superiores calidades, que comiendo de ella mucha no hace daño, cuando de comer otras, tantos han muerto, y enfermado: desta tierra se hacen muchas, y primorosas imágenes de relieve de la Madre de Dios de Chiquinquirá: de las cuales hace la devoción mucho aprecio: también se hacen panecillos en que se estampa la imagen de Nuestra Señora. La continua ocupación que tiene  muchas mujeres pobres, que hay en aquel pueblo, es hacer curiosas gargantillas de cuentas de esta tierra, y muy precioso rosarios, que le tocan a los pies del original, cuando se descubre; y tantas son las sartas que le tocan cada día a la bendita imagen, que no tienen cuenta, ni es posible tenerla, con la mucha tierra, que de  aquel santo lugar se saca de continuo ni con los milagros, que con ella Dios ha obrado: De que dice el señor obispo Piedrahita en el libro citado, que se pudieran escribir muchos, y muy dilatados”.

El transcriptor aguarda, con irrevocable pasión por las utopías, que se tomarán los correctivos necesarios para que los extranjeros no tengan que enseñarnos a querer lo nuestro. La memoria de la patria es una responsabilidad colectiva y vital. Es un ejercicio de soberanía identificar donde nace las razones culturales para cantar: “Reina de Colombia por siempre serás”.


jueves, 28 de julio de 2016

Los mandamientos de Nuestra Señora



Por Julio Ricardo Castaño Rueda
Legión de María

La Madre de Dios dejó unas ordenanzas para los discípulos de Jesús. Esos preceptos nacen de su condición de criatura inmaculada que guía los corazones cristianos.

Las prescripciones señalan un sendero de santidad para los creyentes. Esas leyes superiores, de la esclava del Señor, iluminan, desde tres faros distintos, con una sola luz verdadera: Cristo.

El resplandor de aquel candil enciende la humildad, la alegría y la obediencia que son las instrucciones de la beatísima Virgen María para todos sus devotos.

La forma sencilla de abordar esa complejidad temática es regresar a las páginas de la Biblia, que de acuerdo con el magisterio de la Iglesia y la tradición, abren una puerta para injertar el libre albedrío de la Virgen Prudentísima en sus preces.

El primer mandamiento rompe la maldición de Eva en un eco sin retorno: “…Hágase en mí según tu palabra…” (Lucas, 1,38). Esta frase es un misterio de humildad que permitió que el Verbo se hiciera carne para redimir con su sacrificio a la raza de Adán. Sin la sumisión total de la mujer virgen a la voluntad eterna, la Palabra no habría escrito en el seno de María la historia de la salvación.

La vigencia de aquel hágase (Fiat mihi secundum verbum tuum) es inmortal. Si un alma aspira al deleite de la gracia le bastaría con injertar esa locución de vida a cada episodio de su existencia. La invitación a que el Logos se encarne en el neuma tiene un indiscutible sello mariano, una impronta de infalibilidad.


La vivencia de ese mandato desembocó en una alegría sublime: “…Me llamarán bienaventurada todas las generaciones…” (Lucas 1, 48). Me llamarán no es una opción ni una profecía. Es una orden clara del gozo inmarcesible de quien ejecuta la voluntad del Señor. No busca destacar su condición de elegida sino enaltecer la obra redentora del Altísimo.

El magnificat, la alabanza de María a los méritos de su Hijo, incluye para los nuevos seguidores del Mesías y aún para los que profesan otros credos, el delicado respeto a la Madre del Salvador. No se debe rebajar la condición de la maternidad divina, por capricho iconoclasta, al sentido reformista de la equivocación.

La Madre Castísima no puede ser separada de Jesús para ser convertida en la cómplice de un tratado de necesidades egoístas donde impera la banalidad del sofisma.  Aunque muchos católicos lo intentan cuando interpretan los supuestos arcanos de unos videntes anónimos. Esa conducta herética choca irrevocablemente contra un postulado simple: La impoluta Virgen María no fue creada para revelar secretitos a escondidas de la Iglesia y del papado. Ella no es la mandadera que trasmite mensajes alucinantes para unos “elegidos” depositarios de una doctrina opuesta a la de su Hijo porque “…Sin María, el Evangelio se desencarna, se desfigura y se transforma en ideología, en racionalismo espiritualista…” (Puebla 301).

Por esas razones, en el vértice del triangulo de sus normas está la obediencia: “…Hagan los que Él les diga…” (Juan 2,5). La Madre del Buen Consejo ordenó vivir la integridad de la ley y los profetas y el amor de la nueva alianza. Así, Ella unió el Antiguo y el Nuevo Testamento al evangelio de su primogénito.

En conclusión, para no errar en el intento por ser justos la tercera parte del avemaría se sostiene sobre la base de una intercesión vital: “Ruega por nosotros pecadores”.












jueves, 21 de julio de 2016

Sermón para la coronación de la imagen de Nuestra Señora de Chiquinquirá. Pital, 1928.




P. Jenaro Díaz Jordán

Ilustrísimo señor Obispo, señoras y señores:

El acontecimiento que hoy congrega, en esta simpática población, muchedumbres de las comarcas vecinas y de los últimos confines del Departamento, bien merece, por su naturaleza misma, el nombre de máximo en los anales del Pital. Penetrado de este pensamiento, al celebrarlo, habéis derrochado pompa inusitada, para que lo extraordinario fuera buril que imprimiese hondamente en nuestras almas hechos nacidos para tener vida inmortal. Todo aquí es grande: acaecimiento y festividad. Para ceñir los números del programa al canon de fastuosidad adoptado hubierais debido acreditar vocero a un profeta de Dios que, irguiendo su figura ultraterrena, cantara, no en lenguaje de hombre ni con polvo de pensamientos terrenos, un himno ardiente, sublime e imperecedero. Pero seguisteis la norma de la nota inarmónica y de la sombra que resalta la perfección del todo con la ley del contraste, escogiéndome intérprete de una perfección suma y de un sentimiento sin lindes. Mi presencia, por tanto, en este sitio de honor, es inculpable; porque fui llamado premiosamente con palabras que fueron por su autoridad mandato irrecusable: mi piedad filial no podía negarle su tributo a la Reina del Rosario; mi carácter, imposible que desoyera la persuasiva invitación de la amistad; ni los fueros de la gentileza consentían desatender el requerimiento honrosísimo de la noble dama que es alma y decoro de esta población.

Así escudado presentaré la ofrenda mínima que adeudo, llevando como aliento a la esperanza de que mi palabra, al golpear en vuestras almas grandes, perderá la opacidad nativa, crecerá  milagrosamente, conquistará la sonoridad del espíritu y realizará el fenómeno del guijarro que hiere un bronce clamoroso.

Fenómeno es comprobado que en las cosas visibles, la grandeza o perfección del ser se hace conspicua por la emanación de un fluido que difundiéndose en la atmosfera, le traza en derredor un nimbo de gloria. Brilla la gema en la negrura de la veta; resplandece el metal preciosos en la lóbrega hendedura de la roca, como una concreción de lumbre cenital; despide en ondas embriagantes su perfume, la flor, diadema del prado fabricada con las sedas de la aurora; nubes gigantes, voces tremendas, tentáculos invisibles que nos palpan, nos hablan de la llanura, del monte, de la mar; y, cual inmensas rosas de luz, se deshojan los astros del cielo, sublime glorificación de la materia humillada en el polvo yacente, inmóvil y oscuro de la tierra.

Forjando el símbolo sobre la realidad tangible, traslada siempre  la inteligencia humana las cualidades del naturaleza corpórea al campo invisible del espíritu y sorprende allí, ciñendo toda perfección, un halo glorificante. Fulgura la inspiración del artista con el centello de una cabellera astral; la espada del guerrero, blandida por su mano potente, es relámpago que traza una aureola sobre su cabeza; el santo, tocado de resplandores divinos, lanzándose del polvo en transporte beatífico, es estrella peregrina que siente las nostalgias del cielo; reverbera el rostro del ángel con resplandores de sol en la mitad del firmamento; y, aquel Supremo, infinito en ser, en verdad, en pulcritud, fue visto por la mirada de un profeta, en manantiales de luz indefinible. Así avizoramos al universo que no alcanza el rayo de la visión material; y al trasladar al lienzo o al cincelar en mármol, o al fundir en bronce la imagen de aquellos dechados de perfección, queremos contemplarlos con el reflejo natural de su grandeza, con las diademas que simbolicen la irradiación de todo lo perfecto.

Por todo esto, la corona es atributo debido a la que pregonan bienaventurada todas las generaciones. ¿Quién podría sondear la perfección de María, aun cuando le diera el Omnipotente la inteligencia del más encumbrado serafín? ¿Qué lengua forjada por los espíritus celestes recibiría dignamente la idea que fuera imagen de tan encumbrada realidad? Créola el Artífice del mundo descollando sobre toda la creación, de forma que la roca de su pedestal fuera la última cima donde posan su vuelo los que vibran sus alas refulgentes velando el trono del Eterno: Su inteligencia, una espada de resplandores cuya cúspide se pierde en la profundidad de misterios infinitos; su corazón, un sol flagrante de cuyas llamas modelará un trono esplendoroso la majestad del Supremo; su voluntad, un eje para sustentar el universo; su alma, el concierto de maravillas sin segundo que muestra a la Trinidad beatísima por argumento de su poder irrestricto. Ella, la hija predilecta del Padre Omnipotente; ella, madre del Unigénito que nació en los esplendores divinos primero que la estrella matutina; ella la esposa más pura y más radiante que la aurora, donde atesoró su virtud el Espíritu que es fuente inagotable de vida, ella, de la estirpe del hombre, sublimada a regiones inaccesibles para entroncar en la familia divina y enlazar gloriosamente los cielos y la tierra, lo infinito y lo finito.

Yo te miro, fecunda vara de Gessé plantada en el limo del valle de las tribulaciones. De los collados eternos a tu raíz baja un torrente. Tú bebes la linfa que sublima, y creces con la proceridad de la palma. Del abanico que yergues en la altura emerge el cáliz inmaculado de una flor que en la tarde se empurpura, y derramando su carmín sobre un árbol sin vida, lo corona de guirnaldas que afrentan a la más radiante primavera. Otras veces dijérase que un soplo omnipotente barre del orbe todo ser y en el espacio limpio, inmenso y silente, campeas Tú, como un astro de estupenda magnitud; tu mole radiante vibra sus esplendores y rompe en las inmensidades un concierto que es himno de grandeza y poderío; tus rayos a modo de colosal diadema, vuelan de su centro, como un relámpago, hasta clavarse en la línea remota que circuye el universo; luego te remontas vertiginosamente al ápice de todo espacio para brillar como un diamante en la corona del Señor; y solo cuando tus últimos reflejos se desvanecen en los espacios invisibles, en el lienzo incontaminado, brotan y resplandecen los mundos, cual resurgen las estrellas del firmamento al peregrinar el sol por otros hemisferios. Cerraos, ojos mortales, enmudece, lengua balbuciente;  deténte, escudriñador audaz, que solo hay vigor para postrarse en el polvo de nuestra heredad, anonadados por tan soberana grandeza.

Más he aquí que el amor filial se acerca con inocente audacia trayendo para tan augustas sienes el símbolo de una perfección inconcebible. ¿Qué ángel os inspiró la soberana idea de ofrendar una corona a la que es dueña de toda diadema en los cielos y en la tierra? ¿Qué opulento monarca del oriente os brindó con los tesoros de sus arcas colmadas en el transcurso de los siglos, con el oro y las piedras preciosas que la madre naturaleza esconde en su recámara secreta? ¿Qué alumno de Minerva os ofreció sus manos sabias de orfebre que modelaran el emblema que sintetiza tanto cúmulo de pensamientos, tanto acervo de amores? Yo  llevaré, señores, escrita en lo más hondo de mi ser, con caracteres que ni la muerte borrará, la historia ternísima y a la par sublime de la ofrenda. Este retablo milagroso, peregrinando sus caminos de misericordia, llegó un día triunfalmente hasta vosotros con la carrera del cometa que sigue la parábola de su destino; pero le dijisteis la oración insinuante que oyó Jesús redivivo en Emaús: “Quédate con nosotros”; lo retuvisteis con la cadena irrompible de vuestros afectos; y los fijasteis para siempre delante de vosotros, clavándole con la cúspide amorosa de vuestros deseos. Así aprisionada el Arca del Nuevo Testamento, mora al pie de estas montañas que se llamarán sagradas. Aquí la Reina del Rosario mira amorosamente a un pueblo de predilección; aquí su mano acaricia blandamente y se abre para socorrer a la indigencia;  aquí hay calor de regazo materno para que el que siente la gélida orfandad; aquí debajo del firmamento azul, que es símbolo de amparo, protege el manto providencial de María; y, porque todo esto entra en el alma y la penetra y la enternece, floreció la idea de dedicar esta corona, contando solo con que toda ley consiente al pequeñuelo recoger las flores del doméstico jardín para ornar con ellas la frente de su madre.

Pero, sobrepujó la realidad al pensamiento, y el amor encontró el áureo filón que pasando a las manos del artista se tornará en joya emblemática de tan bellos sentimientos y tan sublime excelsitud. El hijo receloso de una raza vencida bajó de la serranía y en silencio melancólico depositó la presea conservada por su estirpe tradicionalista; el pobre labriego, el humilde peregrino, la sencilla mujer, trajeron el óbolo que conquistan sus afanes; el noble señor cuyo apellido y cuya gentileza delatan el renuevo del antiguo conquistador, puso en el erario el quinto debido a la realeza; la dama ilustre por su sangre y por sus hechos, la mujer fuerte, mente donde anida todo insigne pensamiento, corazón que forja en su llama todo noble ideal, brazo que sostiene toda hermosa y redentora iniciativa, ella cuyo caudal fue bendecido por el cielo, señaló la heredad opulenta, abrió su cofre, desnudó del brillo del oro la mano guarnecida, para consignar su ofrenda, grande entre todas por el precio invaluable de su afecto. Tal el cofre oneroso de vuestra piedad; tales los tesoros del oriente que habíais menester; tal la reina de Sabá, rica en caudales de oro, más rica en caudales de piedad.

Ahora, señores, os pregunto: ¿en la pirámide que los siglos devotos levantaron con sus dádivas y tributos a la Reina del cielo, donde colocamos vuestra ofrenda? Alzad vuestros ojos, levantad vuestro espíritu para contemplar cuál descuella en la historia, junto al monumento de toda grandeza humana, la torre enhiesta semejante a una montaña, que afirma sus bases en el vértice de las más encumbradas cimas. Tallaron el granito en esplendido bloque las manos doctorales de los príncipes de la teología, para construir el basamento que llevara sobre sí el peso descomunal de tanta gloria secular; tocaron sus trompetas constructoras los apóstoles de Cristo, y todo hombre convertido en obrero sintió la efervescencia de la inspiración; hendióse la tierra y volcó a los tesoros de su seno, abriéronse los montes y ofrendaron su madera incorruptible; al empuje de un poder oculto, toda la flor de la naturaleza apeteció la altura; y, troncos de soberbia palmeras descopadas, un cerco de columnas tocó el azul del firmamento. Con pinceles que robaron sus secretos al alba dibujante, con cinceles a cuyo beso florecieron los mármoles, con arpas que parecieron pulsadas por la mano de los ángeles, trenzáronse guirnaldas y festones, modeláronse capiteles que no soñaron ni Atenas ni Corinto; un vuelo de almas se levantó del polvo, eran blancas así como la nieve, e iluminando la altura cubrieron el vértice de la montaña simbólica con la seda inmaculada de sus alas;  cual si rompiese el himno de los astros que oyeron los filósofos griegos, de toda boca se escapó un grito de admiración y todo pecho trepidó; y del sagrado fuego de innumerables altares, que entendí fueran los corazones de los hombres, ascendían en albas columnas los aromas y el humo del sacrificio y alabanzas. Así señores, aparece en la historia, la colosal pirámide edificada por los siglos a la grandeza de María; al pie de ella, como un chispa resplandece el disco de oro, ofrenda de un amor sin medida.

El Pital, que apareció en la historia del Sur llevando siempre un escudo nobiliario, ha cambiado en los tiempos las cifras que enaltecen su campo heráldico;  pero hasta el día de hoy conserva en sus portadas y en el pecho de sus hijos la presea enaltecedora de una ilustre raza. Joaquín Posada Gutiérrez, mediando el siglo XIX, halló preciosa la risueña aldea florecida entonces de su juventud, bien como la primaveral diadema de este cerro gigante que hubiese rodado de su cabeza salvaje hasta caerle en la orla de su manto de esmeralda. Aquí fue, por el largo camino de un siglo, donde pimpollecieron, como la vid bendita del Señor, tantas casas ilustres: Castillos, Suárez, Cuencas; para soldados heroicos en la causa santa, para ciudadanos laboriosos e integérrimos en la paz, para ministros que fueron prez del Sagrario; y de la agreste serranía que descuajó su mano de conquistadores, del valle que empapó en su carrera la argentada cinta fugitiva que es madre de muchas comarcas y de muchas generaciones, de la entraña profunda de la roca que bautizaron con el grito famoso de Diomedes, sus cabezas providentes y su manos sabias llenaron el cuerno de la fortuna e hicieron del Pital la caja fuerte de las comarcas del Sur. Después de larga historia, hoy escalando la primera pendiente de un siglo nuevo, vuestro escudo ostenta una cifra mil veces más de cuantas han enaltecido los cuarteles de su pretérita grandeza; no es Flora, oprimiendo con sus manos de rosas ramos primaverales, la insignia que campea; no es la flor de lis emblema de caballeros, la que gallardea como una áncora invertida en el campo azul; no es la cornucopia la que desgrana una lluvia inagotable de soles: vuestras insignias se han retirado al margen para formar el cuadro histórico del escudo nobiliario en cuyo fondo inmaculado mis ojos contemplan el retablo que pintó el artista colonial y retocaron los pinceles de los ángeles. Aún cuando vuestra historia sea larga en siglos y opulenta como una ciudad oriental, nunca hallareis entre las cosas grandes nada más estupendo que la cifra divina con que habéis ennoblecido vuestro escudo.


Tomado de Jenaro Díaz Jordán.  Discursos y conferencias. Biblioteca de Autores Huilenses. Volumen V. Neiva, 1958.




jueves, 14 de julio de 2016

Oración a la Beatísima Virgen del Monte Carmelo


¡Oh piadosísima Virgen! Vos, que nueve siglos antes de existir fuisteis vista en profecía por el siervo de Dios nuestro padre san Elías, y venerada por sus hijos allá en el Carmelo... Vos, que en carne mortal os dignasteis visitarles y les dispensasteis celestiales consuelos... Vos, que vigiláis siempre por la virtuosa familia que tuvo por Superior a vuestro estimado hijo san Simón Stock, por padres y reformadores a la seráfica virgen y mística doctora Santa Teresa de Jesús y al esclarecido y extático san Juan de la Cruz, así como por una de sus dignísimas hijas a la ejemplar esposa de Jesucristo santa María Magdalena de Pazzis, vuestra devotísima sierva... Vos, que engalanasteis a dicha Orden con la estimable prenda del Santo Escapulario.., y, en fin, Vos, que de tantas maneras habéis demostrado vuestro cariñoso amor a los carmelitas y sus allegados, recibid benévola mi corazón ardiente de fervoroso entusiasmo hacia la más pura de las criaturas y la más candorosa de las madres. No permitáis, Señora, que el león rugiente asuste mi espíritu en el camino de la perfección, y haced que logre arribar a salvamento en la gloria, como lo habéis alcanzado de vuestro divino Jesús para los que, invocándoos con fe e imitando vuestras virtudes, murieron píamente con vuestra enseña. Amén.


Tomado del Devocionario Católico