jueves, 29 de septiembre de 2016

La visita de María de Chiquinquirá a Isabel de Turga


Por Julio Ricardo Castaño Rueda
Sociedad Mariológica Colombiana

El encuentro de la Santísima Virgen María con Isabel continuó  en la encomienda de Chiquinquirá, propiedad de doña Catalina García de Irlos, viuda de Santana. El lugar escogido para el prodigioso suceso fue una rústica capilla, que servía para guardar los aperos de las labranzas y de oratorio para doña María Ramos. Lo que ocurrió fue un asunto estrictamente femenino porque Nuestra Señora entró por la puerta estrecha de un estropeado lienzo que dejaron al cuidado del abandono.

Los hechos se puede leer en las páginas de la historia del Nuevo Reino de Granada. Hay un capítulo donde una mariofanía cambió el modelo de la doctrina impuesta por España a los adoradores de Bachué.

Para comprender el paso celestial por aquel cobertizo basta con yuxtaponer el Evangelio de san Lucas al relato de un testigo. Los testimonios de quienes estuvieron presentes el 26 de diciembre de 1586, día de la renovación de la pintura plasmada por Alonso de Narváez, muestran un derrotero calcado del misterio de la visitación.

“En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: -«¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”. (Lucas 1, 39-45).

La versión chiquinquireña, sobre la continuidad del episodio, aconteció de una manera singular. El acto retomó el escenario del servicio para llevar el mensaje del magníficat a los pueblos precolombinos.

María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de indios; entró en los aposentos de Catalina y saludó. En cuanto Isabel oyó, a la criatura que llevaba de la mano,  ella contempló a María.

“…Y el dicho niño le dijo al pasar de la puerta de la dicha capilla, madre, mira que la Madre de Dios está en el suelo y así volvió a ver hacia el altar y vida cómo la dicha imagen de Nuestra Señora estaba en el suelo parada, recostada un poco sin que nadie la tuviese…”

Eso afirmó, el 10 de enero de 1587, en su declaración jurada ante el cura de Suta, Juan de Figueredo y el escribano de Su Majestad Diego López Castiblanco. “…lo susodicho Isabel, india ladina que dijo ser cristiana, natural de Turga, de la encomienda de Pedro Núñez Cabrera y del servicio de Martín López, que reside en la ciudad de la Trinidad de Muzo, sobre una señal de la cruz en forma de derecho…”

Desde entonces la romería, esencia mística del raizal, se vertió dentro del prodigio del rosario. Las gentes de lejanas latitudes vinieron a postrarse en el templo porque al llegar, repletas de sudores, coplas y mandas, repitieron las palabras de Isabel en una pregunta sin tiempo: ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? (Lucas 1-43).

El eco del cuestionamiento aguardó cuatro siglos hasta que un peregrino ratificó, con su  cayado de pastor, la sentencia de los caminos de Colombia: “a Jesús por María”.

El 3 de julio de 1986, su santidad Juan Pablo II en la plegaria de consagración a Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá pontificó: “Tú eres la Hija de Sión y el Arca de la nueva alianza en el misterio de la visitación”. Frase que resumen la alegría silente de Isabel de Turga, cuyo relato narró el origen de la perpetua predilección del Altísimo por la morada de María de Chiquinquirá.  Isabel comprendió la grandeza del Señor. Se alegró su espíritu en Dios su Salvador, porque miró la humillación de su esclava.

Desde entonces, la Virgen María fue felicitada por todas las generaciones de fieles que llegaron hasta ese rincón sin fundación hispana porque el Poderoso hizo obras grandes por Ella. Su nombre santo y su misericordia se derramaron sobre los bautizados, de generación en generación, en la sala de la reconciliación de la basílica que atestigua el patronazgo de María sobre la patria del Sagrado Corazón de Jesús.

Lo ocurrido en la Villa de los Milagros tiene un soplo de gracia porque la conducta de los protagonistas es idéntica en su estructura evangélica a lo sucedido en la aldea de Ayn Karim, 1.586 años antes. El encuentro de dos mujeres y sus hijos sigue vigente. Esta vez la Reina del Cielo trae a su Jesús recién nacido como regalo de Navidad para los muiscas en la fiesta de san Esteban, Protomártir.

El paralelismo resulta evidente, pero es prudente dejar que el docto obispo de Milán, san Ambrosio, lo explique: “…Juan percibe la fuerza del Espíritu antes de que la madre y le trasfunde su alegría.  Isabel es la primera en oír la voz, pero Juan es el primero en sentir la gracia; aquélla, siguiendo el orden natural, ha oído; éste ha saltado bajo el efecto del misterio; ella ha percibido la llegada de María, éste la del Señor: la mujer la de la mujer, el hijo la del Hijo; ellas proclaman la gracia; ellos la realizan abordando el misterio de la misericordia en beneficio de las madres; y, por un doble milagro las madres profetizan bajo la inspiración de sus hijos. El hijo ha saltado de gozo, la madre ha sido llenada, la madre no ha sido llenada antes que su hijo, sino que su hijo, Juan una vez lleno del Espíritu Santo, ha llenado también a su madre. Exultó Juan, exultó también el espíritu de María. Al saltar de gozo Juan, Isabel es llenada. Isabel fue llena del Espíritu Santo después de concebir, María antes de la concepción”. (Cf. S. Ambrosio, in Lucam).

En Chiquinquirá Juan, el profeta nonato, es reemplazado por el niño Miguel. El vástago de Isabel fue el primer indígena en ese virreinato en reconocer a María Santísima y la llamó: “Madre de Dios”.


jueves, 22 de septiembre de 2016

Aniversario mariano


Hoy la Sociedad Mariológica Colombiana cumple 57 años de  estudios y plegarias a los pies de Nuestra Señora de la Peña, Patrona de Bogotá.

Como un homenaje a su fundador, el padre Richard Struve Haker, se publica la primera página de la revista Regina Mundi, órgano de difusión que antecedió a la academia en su tarea de predicar el evangelio de María, Jesucristo.


Presentación

La aparición de esta revista mariana se debe al profundo y vivo amor de Colombia a María, Madre de Dios. La entusiasta acogida que el proyecto recibió de parte de cuantos supieron de él, es prueba de que el suelo de Colombia no pudo menos de producir algún día esta hermosa flor de una revista específicamente mariana, para gloria de Dios, honor de la Virgen y consuelo de los mortales. Si ahora sale a la luz del día, sin duda se verá colmada de simpatías, como si este amor de Colombia a María ya desde hace tiempos hubiera querido tenerla.

El nombre de la revista Regina Mundi nos parece indicar todo el espíritu de la mariología moderna en la cual no prevalecen tantos sentimientos individuales de cariño y admiración como los encontrábamos en abundancia en la literatura religiosa de los siglos pasados, sino antes que todas alusiones y tesis propias del dominio mundial de la Madre de Dios. En otras palabras: la mariología de nuestros días no quiere garantizar ya en primer lugar un fundamento seguro para el amor personal de los cristianos a la Madre de Dios, sino quiere proclamar en primer lugar la posición única e importante de María en los planes del Padre Eterno de salvar al género humano. Cómo la vida cristiana se dirige al juicio universal al fin de este mundo, la mariología también se dirige de día en día más hacia una cada vez más clara aparición de la Virgen María en el cielo de la piedad cristiana y de la economía divina de las gracias. Regina Mundi, por tanto, tuvo que imponerse como título de nuestra revista mariana sobre cualquiera otro.

Aspira esta revista Regina Mundi a ser una revista preferida de todas las personas de cierta formación y cultura religiosa en Colombia. Sin embargo, a pesar de su aspiración a esta cierta altura, no llenará sus páginas con estudios demasiado difíciles para el común de los cristianos cultos, sino las abre hasta para los frutos de la poesía. Quiere instruir, pero sobre todo edificar y más todavía, estimular.

También quiere ser de un horizonte muy amplio. Es natural que se publique desde un Santuario Mariano, de mucha vitalidad como el de Nuestra Señora de La Peña, pero ofrece sus páginas a toda la realidad mariana de Colombia: en ella se reflejarán todos los santuarios y advocaciones, se presentarán todas las posturas especiales frente a María de las distintas religiones como también las organizaciones marianas que por amor a la Virgen se dedican al apostolado; se informará en ella sobre cualquier indicio auténtico de movimiento mariano, incipiente o desarrollado. En fin, lo que trata de María, lo que a Ella se refiere, la ensalza, defiende o hace conocer, tendrá derecho propio en las páginas de Regina Mundi.

No hablamos en estas líneas de presentación de cuestiones técnicas, ni mucho menos financieras, como de suscripción, porque son éstos, aspectos que menos nos interesan. Quisiéramos que la revista llegara a todos los que sienten en su corazón sincero y vehemente amor por la Madre de Dios.

“Asociada, como Madre y ministra al Rey de los mártires en la obra inefable de la humana redención, le queda para siempre asociada, con un poder casi inmenso, en la distribución de las gracias que se derivan de la redención”.

“Jesús es Rey de los siglos eternos por naturaleza y por conquista; por Él, con Él, subordinada a Él María es Reina por gracia, por parentesco divino, por conquista, por singular elección. Y su reino es inmenso, como el de su Hijo y Dios, pues de su dominio nada queda excluido”.
Pío XII.


lunes, 12 de septiembre de 2016

El Santísimo nombre de María


        

1. María, nombre santo

El augusto nombre de María, dado a la Madre de Dios, no fue cosa terrenal, ni inventado por la mente humana o elegido por decisión humana, como sucede con todos los demás nombres que se imponen. Este nombre fue elegido por el cielo y se le impuso por divina disposición, como lo atestiguan san Jerónimo, san Epifanio, san Antonino y otros. “Del Tesoro de la divinidad –dice Ricardo de San Lorenzo– salió el nombre de María”. De él salió tu excelso nombre; porque las tres divinas personas, prosigue diciendo, te dieron ese nombre, superior a cualquier nombre, fuera del nombre de tu Hijo, y lo enriquecieron con tan grande poder y majestad, que al ser pronunciado tu nombre, quieren que, por reverenciarlo, todos doblen la rodilla, en el cielo, en la tierra y en el infierno. Pero entre otras prerrogativas que el Señor concedió al nombre de María, veamos cuán dulce lo ha hecho para los siervos de esta santísima Señora, tanto durante la vida como en la hora de la muerte.

2. María, nombre lleno de dulzura

En cuanto a lo primero, durante la vida, “el santo nombre de María –dice el monje Honorio– está lleno de divina dulzura”. De modo que el glorioso san Antonio de Papua, reconocía en el nombre de María la misma dulzura que san Bernardo en el nombre de Jesús. “El nombre de Jesús”, decía éste; “el nombre de María”, decía aquél, “es alegría para el corazón, miel en los labios y melodía para el oído de sus devotos”. Se cuenta del V. Juvenal Ancina, obispo de Saluzzo, que al pronunciar el nombre de María experimentaba una dulzura sensible tan grande, que se relamía los labios. También se refiere que una señora en la ciudad de colonia le dijo al obispo Marsilio que cuando pronunciaba el nombre de María, sentía un sabor más dulce que el de la miel. Y, tomando el obispo la misma costumbre, también experimentó la misma dulzura. Se lee en el Cantar de los Cantares que, en la Asunción de María, los ángeles preguntaron por tres veces: “¿Quién es ésta que sube del desierto como columnita de humo? ¿Quién es ésta que va subiendo cual aurora naciente? ¿Quién es ésta que sube del desierto rebosando en delicias?” (Ct 3, 6; 6, 9; 8, 5). Pregunta Ricardo de San Lorenzo: “¿Por qué los ángeles preguntan tantas veces el nombre de esta Reina?” Y él mismo responde: “Era tan dulce para los ángeles oír pronunciar el nombre de María, que por eso hacen tantas preguntas”.

Pero no quiero hablar de esta dulzura sensible, porque no se concede a todos de manera ordinaria; quiero hablar de la dulzura saludable, consuelo, amor, alegría, confianza y fortaleza que da este nombre de María a los que lo pronuncian con fervor.

3. María, nombre que alegra e inspira amor

Dice el abad Francón que, después del sagrado nombre de Jesús, el nombre de María es tan rico de bienes, que ni en la tierra ni en el cielo resuena ningún nombre del que las almas devotas reciban tanta gracia de esperanza y de dulzura. El nombre de María –prosigue diciendo– contiene en sí un no sé qué de admirable, de dulce y de divino, que cuando es conveniente para los corazones que lo aman, produce en ellos un aroma de santa suavidad. Y la maravilla de este nombre –concluye el mismo autor– consiste en que aunque lo oigan mil veces los que aman a María, siempre les suena como nuevo, experimentando siempre la misma dulzura al oírlo pronunciar.

Hablando también de esta dulzura el B. Enrique Susón, decía que nombrando a María, sentía elevarse su confianza e inflamarse en amor con tanta dicha, que entre el gozo y las lágrimas, mientras pronunciaba el nombre amado, sentía como si se le fuera a salir del pecho el corazón; y decía que este nombre se le derretía en el alma como panal de miel. Por eso exclamaba: “¡Oh nombre suavísimo! Oh María ¿cómo serás tú misma si tu solo nombre es amable y gracioso!”.Contemplando a su buena Madre el enamorado san Bernardo le dice con ternura: “¡Oh excelsa, oh piadosa, oh digna de toda alabanza Santísima Virgen María, tu nombre es tan dulce y amable, que no se puede nombrar sin que el que lo nombra no se inflame de amor a ti y a Dios; y sólo con pensar en él, los que te aman se sienten más consolados y más inflamados en ansias de amarte”. Dice Ricardo de San Lorenzo: “Si las riquezas consuelan a los pobres porque les sacan de la miseria, cuánto más tu nombre, oh María, mucho mejor que las riquezas de la tierra, nos alivia de las tristezas de la vida presente”.

Tu nombre, oh Madre de Dios –como dice san Metodio– está lleno de gracias y de bendiciones divinas. De modo que –como dice san Buenaventura– no se puede pronunciar tu nombre sin que aporte alguna gracia al que devotamente lo invoca. Búsquese un corazón empedernido lo más que se pueda imaginar y del todo desesperado; si éste te nombra, oh benignísima Virgen, es tal el poder de tu nombre –dice el Idiota– que él ablandará su dureza, porque eres la que conforta a los pecadores con la esperanza del perdón y de la gracia. Tu dulcísimo nombre –le dice san Ambrosio– es ungüento perfumado con aroma de gracia divina. Y el santo le ruega a la Madre de Dios diciéndole: “Descienda a lo íntimo de nuestras almas este ungüento de salvación”. Que es como decir: Haz Señora, que nos acordemos de nombrarte con frecuencia, llenos de amor y confianza, ya que nombrarte así es señal o de que ya se posee la gracia de Dios, o de que pronto se ha de recobrar.

Sí, porque recordar tu nombre, María, consuela al afligido, pone en camino de salvación al que de él se había apartado, y conforta a los pecadores para que no se entreguen a la desesperación; así piensa Landolfo de Sajonia. Y dice el P. Pelbarto que como Jesucristo con sus cinco llagas ha aportado al mundo el remedio de sus males, así, de modo parecido, María, con su nombre santísimo compuesto de cinco letras, confiere todos los días el perdón a los pecadores.

4. María, nombre que da fortaleza

Por eso, en los Sagrados cantares, el santo nombre de María es comparado al óleo: “Como aceite derramado es tu nombre” (Ct 1, 2). Comenta así este pasaje el B. Alano: “Su nombre glorioso es comparado al aceite derramado porque, así como el aceite sana a los enfermos, esparce fragancia, y alimenta la lámpara, así también el nombre de María, sana a los pecadores, recrea el corazón y lo inflama en el divino amor”. Por lo cual Ricardo de San Lorenzo anima a los pecadores a recurrir a este sublime nombre, porque eso sólo bastará para curarlos de todos sus males, pues no hay enfermedad tan maligna que no ceda al instante ante el poder del nombre de María”.

Por el contrario los demonios, afirma Tomás de Kempis, temen de tal manera a la Reina del cielo, que al oír su nombre, huyen de aquel que lo nombra como de fuego que los abrasara. La misma Virgen reveló a santa Brígida, que no hay pecador tan frío en el divino amor, que invocando su santo nombre con propósito de convertirse, no consiga que el demonio se aleje de él al instante. Y otra vez le declaró que todos los demonios sienten tal respeto y pavor a su nombre que en cuanto lo oyen pronunciar al punto sueltan al alma que tenían aprisionada entre sus garras.

Y así como se alejan de los pecadores los ángeles rebeldes al oír invocar el nombre de María, lo mismo –dijo la Señora a santa Brígida– acuden numerosos los ángeles buenos a las almas justas que devotamente la invocan.

Atestigua san Germán que como el respirar es señal de vida, así invocar con frecuencia el nombre de María es señal o de que se vive en gracia de Dios o de que pronto se conseguirá; porque este nombre poderoso tiene fuerza para conseguir la vida de la gracia a quien devotamente lo invoca. En suma, este admirable nombre, añade Ricardo de San Lorenzo es, como torre fortísima en que se verán libres de la muerte eterna, los pecadores que en él se refugien; por muy perdidos que hubieran sido, con ese nombre se verán defendidos y salvados.

Torre defensiva que no sólo libra a los pecadores del castigo, sino que defiende también a los justos de los asaltos del infierno. Así lo asegura el mismo Ricardo, que después del nombre de Jesús, no hay nombre que tanto ayude y que tanto sirva para la salvación de los hombres, como este incomparable nombre de María. Es cosa sabida y lo experimentan a diario los devotos de María, que este nombre formidable da fuerza para vencer todas las tentaciones contra la castidad. Reflexiona el mismo autor considerando las palabras del Evangelio: “Y el nombre de la Virgen era María” (Lc 1, 27), y dice que estos dos nombres de María y de Virgen los pone el Evangelista juntos, para que entendamos que el nombre de esta Virgen purísima no está nunca disociado de la castidad. Y añade san Pedro Crisólogo, que el nombre de María es indicio de castidad; queriendo decir que quien duda si habrá pecado en las tentaciones impuras, si recuerda haber invocado el nombre de María, tiene una señal cierta de no haber quebrantado la castidad.

5. María, nombre de bendición

Así que, aprovechemos siempre el hermoso consejo de san Bernardo: “En los peligros, en las angustias, en las dudas, invoca a María. Que no se te caiga de los labios, que no se te quite del corazón”. En todos los peligros de perder la gracia divina, pensemos en María, invoquemos a María junto con el nombre de Jesús, que siempre han de ir estos nombres inseparablemente unidos. No se aparten jamás de nuestro corazón y de nuestros labios estos nombres tan dulces y poderosos, porque estos nombres nos darán la fuerza para no ceder nunca jamás ante las tentaciones y para vencerlas todas. Son maravillosas las gracias prometidas por Jesucristo a los devotos del nombre de María, como lo dio a entender a santa Brígida hablando con su Madre santísima, revelándole que quien invoque el nombre de María con confianza y propósito de la enmienda, recibirá estas gracias especiales: un perfecto dolor de sus pecados, expiarlos cual conviene, la fortaleza para alcanzar la perfección y al fin la gloria del paraíso. Porque, añadió el divino Salvador, son para mí tan dulces y queridas tus palabras, oh María, que no puedo negarte lo que me pides.

En suma, llega a decir san Efrén, que el nombre de María es la llave que abre la puerta del cielo a quien lo invoca con devoción. Por eso tiene razón san Buenaventura al llamar a María “salvación de todos los que la invocan”, como si fuera lo mismo invocar el nombre de María que obtener la salvación eterna. También dice Ricardo de San Lorenzo que invocar este santo y dulce nombre lleva a conseguir gracias sobreabundantes en esta vida y una gloria sublime en la otra. Por tanto, concluye Tomás de Kempis: “Si buscáis, hermanos míos, ser consolados en todos vuestros trabajos, recurrid a María, invocad a María, obsequiad a María, encomendaos a María. Disfrutad con María, llorad con María, caminad con María, y con María buscad a Jesús. Finalmente desead vivir y morir con Jesús y María. Haciéndolo así siempre iréis adelante en los caminos del Señor, ya que María, gustosa rezará por vosotros, y el Hijo ciertamente atenderá a la Madre”.

6. María, nombre consolador

Muy dulce es para sus devotos, durante la vida, el santísimo nombre de María, por las gracias supremas que les obtiene, como hemos vitos. Pero más consolador les resultará en la hora de la muerte, por la suave y santa muerte que les otorgará. El P. Sergio Caputo, jesuita, exhortaba a todos los que asistieran a un moribundo, que pronunciasen con frecuencia el nombre de María, dando como razón que este nombre de vida y esperanza, sólo con pronunciarlo en la hora de la muerte, basta para dispersar a los enemigos y para confortar al enfermo en todas sus angustias. De modo parecido, san Camilo de Lelis, recomendaba muy encarecidamente a sus religiosos que ayudasen a los moribundos con frecuencia a invocar los nombres de Jesús y de María como él mismo siempre lo había practicado; y mucho mejor lo practicó consigo mismo en la hora de la muerte, como se refiere en su biografía; repetía con tanta dulzura los nombres, tan amados por él, de Jesús y de María, que inflamaba en amor a todos los que le escuchaban. Y finalmente, con los ojos fijos en aquellas adoradas imágenes, con los brazos en cruz, pronunciando por última vez los dulcísimos nombres de Jesús y de María, expiró el santo con una paz celestial. Y es que esta breve oración, la de invocar los nombres de Jesús y de María, dice Tomás de Kempis, cuanto es fácil retenerla en la memoria, es agradable para meditar y fuerte para proteger al que la utiliza, contra todos los enemigos de su salvación.

7. María, nombre de buenaventura

¡Dichoso –decía san Buenaventura– el que ama tu dulce nombre, oh Madre de Dios! Es tan glorioso y admirable tu nombre, que todos los que se acuerdan de invocarlo en la hora de la muerte, no temen los asaltos de todo el infierno.

Quién tuviera la dicha de morir como murió fray Fulgencio de Ascoli, capuchino, que expiró cantando: “Oh María, oh María, la criatura más hermosa; quiero ir al cielo en tu compañía”. O como murió el B. Enrique, cisterciense, del que cuentan los anales de su Orden que murió pronunciando el dulcísimo nombre de María.

Roguemos pues, mi devoto lector, roguemos a Dios nos conceda esta gracia, que en la hora de la muerte, la última palabra que pronunciemos sea el nombre de María, como lo deseaba y pedía san Germán. ¡Oh muerte dulce, muerte segura, si está protegida y acompañada con este nombre salvador que Dios concede que lo pronuncien los que se salvan! ¡Oh mi dulce Madre y Señora, te amo con todo mi corazón! Y porque te amo, amo también tu santo nombre. Propongo y espero con tu ayuda invocarlo siempre durante la vida y en la hora de la muerte. Concluyamos con esta tierna plegaria de san Buenaventura: “Para gloria de tu nombre, cuando mi alma esté para salir de este mundo, ven tú misma a mi encuentro, Señora benditísima, y recíbela”. No desdeñes, oh María –sigamos rezando con el santo– de venir a consolarme con tu dulce presencia. Sé mi escala y camino del paraíso. Concédele la gracia del perdón y del descanso eterno. Y termina el santo diciendo: “Oh María, abogada nuestra, a ti te corresponde defender a tus devotos y tomar a tu cuidado su causa ante el tribunal de Jesucristo”.


Texto tomado del libro Las glorias de María de San Alfonso María de Ligorio

jueves, 8 de septiembre de 2016

El nacimiento de la nueva Eva



San Bernardo.

Alabanzas a la Virgen María -homilía 2, 3.

Alégrate, Adán, nuestro padre y sobre todo tú, Eva, nuestra Madre. Al mismo tiempo fueron nuestros padres y nuestros asesinos; vosotros que nos destinasteis a la muerte antes mismo de habernos dado a luz, consolaos ahora. Una de vuestras hijas – y ¡qué hija! – os consolará... Ven entonces, Eva, corre al lado de María. Que la madre recurra a su hija; la hija responderá por la madre y borrará su falta...Porque la raza humana será ahora elevada por una mujer. 

¿Qué es lo que decían, Adán? 'La mujer que me diste me dio del fruto del árbol y comí'. (Gn 3,12). Palabras de malicia son éstas que acrecientan tu culpa en vez de borrarla. Sin embargo, la divina sabiduría ha vencido a la malicia, pues aunque malograste la ocasión que Dios quería darte para el perdón de tu pecado cuando te preguntaba y hacía cargo de él, ha hallado en el tesoro de su indeficiente piedad arbitrios para borrar tu culpa. Te da otra mujer por esa mujer, una prudente en lugar de una insensata, una mujer humilde por esa orgullosa. 

En vez del árbol de la muerte, te dará el gusto de la vida; en vez de aquel venenoso bocado de amargura, te traerá la dulzura del fruto eterno. Por tanto, Adán, muda las palabras de la injusta acusación en alabanzas y acción de gracias a Dios, y dile: Señor, la mujer que me has dado me dio el fruto del árbol de la vida, y comí de él; y ha sido más dulce que la miel para mi boca, porque en él me has dado la vida". Es por esto que el ángel fue enviado a una virgen. ¡Oh Virgen admirable, digna de todas las honras! Oh mujer que tenemos que venerar infinitamente entre todas las mujeres, tú reparas la falta de nuestros primeros padres, tú das la vida a toda su descendencia.


miércoles, 31 de agosto de 2016

Trisagio a la Santísima Trinidad en honor de los sagrados corazones de Jesús, María y José cuyas imágenes se veneran en la Peña extramuros de esta ciudad de Santafé de Bogotá. A devoción del presbítero Juan Agustín Matallana.


Reimpreso en Bogotá en la imprenta de Espinosa año de 1822.


Vivan Jesús, Ma. Y José

Por la señal &c.

Abrid Señor mis labios y
Pronunciarán tus alabanzas.

Vers. Dios mío entended
En mi ayuda.

Resp. Señor no tardéis en ayudarme.

Gloria Patri &c.


ACTOS

Amorosísimo Dios, Trino y Uno, Padre, Hijo, y Espíritu Santo, en quien creo, en quien espero a quien amo sobre todas las cosas: a quien me pesa haber ofendido con mis abominables culpas, y enormes delitos; yo propongo firmemente no volver a disgustaros en adelante. Ofrescoos en satisfacción los méritos de la sagrada vida, pasión, y muerte de vuestro amantísimo Hijo mi Redentor Jesuchristos; y el amor con que os amaron, aman, y amarán eternamente los sagrados corazones de Jesús, María y José.

Ofrescoos mi pobre, y manchado corazón, y os ruego que por vuestra piedad, y misericordia tengáis compasión de esta vuestra miserable criatura que con ansias desea seáis conocido, y amado de todos, por toda la eternidad Amén.

HIMNO

¡O Trinidad Sacrosanta!
¡O deidad suma, y suprema!
Gracias os doy pues nos dais
La Trinidad de la tierra.

 A ti Trinidad Divina
Ofrecemos con amor
Tres sagrados corazones
Para tu gloria, y honor.
Seas bendita y alabada
Santísima Trinidad,
Seáis para siempre bendita
En tiempo y eternidad.

Padre nuestro, Ave Ma. Gloria.

CÁNTICO

Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los ejércitos llenos están los sagrados corazones de Jesús, María y José de vuestro poder, sabiduría, y amor para favorecer a los mortales.

Resp. Gloria al padre, Gloria al hijo, Gloria al Espíritu Santo.

Esto se repite nueve veces, y después de cada tres veces se rezará un padre Nuestro, Ave María, Gloria Patri. &c.


ANTÍFONA

A Ti Dios padre Ingénito, a ti Espíritu Santo Paráclito, Santa en individua trinidad ofrecemos para eterna alabanza vuestra los sagrados corazones de Jesús, María y José.

Gloria a la Trinidad del Cielo. Padre, Hijo, y Espíritu Santo. Honra a la Trinidad de la tierra Jesús, María, y José.


ORACIÓN

Omnipotente Sr y Dios, Eterno que os habéis dignado favorecer a tu pueblo por medio de los sagrados corazones de Jesús, María y José. Nosotros te ofrecemos estos mismos corazones en acción de gracias por los innumerables beneficios, que de vuestra liberalísima mano hemos recibido especialmente en este tiempo tan calamitoso en que nos vemos cercados de tantos peligros; y os suplicamos nos concedáis la reforma de costumbres, aumento en la fe, destrucción de las herejías, y la verdadera devoción a los sagrados corazones de Jesús, María y José para que amandoos, sirviendoos, y agradandoos en esta vida, merezcamos gozaros, y alabaros eternamente con los santos, en la gloria. Amén. Fin.

Al corazón de Jesús, Padre nuestro. Ave María y credo.

Señor mío Jesu Christo por vuestros dulce corazón, haced que yo os ame sin intermisión.

Señor mío Jesu Christo, por la pureza de tu santísimo corazón dame tu amor, y pureza del alma y cuerpo, y guarda mi corazón dentro del tuyo, para que no vuelva a pecar: Ea buen Jesús seamos amigos, pero Señor, mira mis pocas fuerzas.

Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, por Jesús, María, y José líbranos Sr. de todo mal. O. S. C. S. R. E.


Declaración del origen del Trisagio de Jesús, María y José hecha por el alma a quien Dios se lo enseñó.

En la oración dije a Dios ¿qué podremos ofreceros para el remedio de tantos males? Se me mostró amoroso, y me dijo: quiero que se me rece un cántico en forma de Trisagio en honor de Jesús, María, y José, y que concluya con una oración en que se me ofrezcan sus sagrados corazones, en acción de gracias por los favores que dispenso a tu pueblo. Intenté que lo compusiera mi confesor, y este me mandó, que ocurriera a Dios para que Él mismo me lo enseñara, obedecí, a pocos días al vestirme de mañana pasado un gran peso que me trastornó, vio mi alma a Dios, y con un aire suave, a manera de un relámpago me lo enseñó; di las gracias, y después de coro clamé a Dios, y lo escribí con tanta velocidad, sin trabajo, que más me lo daría el escribir el Ave María, di parte al confesor, y me mandó rezarlo privadamente. Luego que por el gobierno se aprobó, y con las licencias necesarias se imprimió y publicó, se levantó la contradicción hasta llegar al Santo Tribunal de la Fe, yo clamé a Dios, varias veces me contestó: No temas, nada hay malo, no hay engaño ni error, toda es obra mía, y no tuya, y de la persecución resultará con mayor esplendor. Dios me dio a entender que este Trisagio es arco iris de paz en la inundación que aflige a la Iglesia. Es signo de las misericordias de Dios; de la conclusión de los males presentes, de la exaltación de la Iglesia, de la reforma de virtudes, del aumento en la fe, de la destrucción de las herejías, de la devoción de Jesús, María, y José, y sus corazones, y el arma más poderosa contra los enemigos mundo, demonio y carne; y por eso el demonio enfurecido lo mira con tanto horror. Todo esto  consta de los escritos de la alma a quien Dios lo dictó: Aunque aprobado no merece fe divina sino humana; y protesto su publicación como lo manda la Iglesia católica. Se aprobó por el gobierno eclesiástico, y por el tribunal de la Inquisición se me comunicó con fecha 2 de enero de 1819 que corriese libremente. El Ilustrísimo Señor Juan Bautista Sacristán concedió 80 días de indulgencia por cada Padre Nuestro y Ave María.

Juan Agustín Matallana.


miércoles, 24 de agosto de 2016

Novena en honor de Jesús, María y José en su advocación de la Peña




Acto de contrición

Amorosísimo Dios, Trino y uno, Padre, Hijo, y Espíritu Santo, en quien creo, en quien espero y a quien amo sobre todas las cosas; me pesa, Dios mío, de haberos ofendido y propongo firmemente no volver a ofenderos en adelante. Ofrézcoos en satisfacción de mis pecados los méritos de la sagrada vida, pasión y muerte de mi amantísimo Redentor Jesucristo, y el amor con que os amaron, aman y amarán eternamente los sagrados corazones de Jesús, María y José, en cuyo nombre os pedimos gracias para hacer con toda devoción esta novena. Amén.


Oración para todos los días

¡Oh Trinidad bendita de la tierra, Jesús, María y José, aparecidos en La Peña! Vos sois tesoro inmenso de las divinas riquezas, agradable consuelo de los afligidos, libertad de los cautivos, salud de los enfermos, refugio de los pecadores y eficaz auxilio de los cristianos. Os amamos, os veneramos y alabamos con todo el afecto de nuestro corazón, y os pedimos que nos alcancéis de nuestro padre celestial el perdón de nuestros pecados, la reforma de costumbres, el aumento de la fe, la perseverancia en el bien y una verdadera devoción a vuestros sagrados corazones. Os rogamos por las necesidades de la Iglesia católica, por la conversión de los gentiles y pecadores, extirpación de las herejías y perseverancia de los justos. Os suplicamos, que nos obtengáis la gracia de llevar una vida santa para que, muriendo en gracia de Dios, vayamos a verlo y alabarlo en vuestra santa compañía por todos los siglos de los siglos. Amén.





Oración para el día primero

Omnipotente Señor y Dios Eterno, principio y fin de todas las cosas: os damos infinitas gracias por el singular beneficio que nos habéis dispensado con la aparición de las imágenes de Jesús, María y José de la Peña rodeadas de los espíritus celestiales. Bendita sea  vuestra bondad que nos enriquece con tan preciosos dones. Os rogamos nos déis gracia para retratar fielmente en nuestra almas las imágenes de Jesús, María y José para que, imitando sus virtudes, consigamos que, rodeados de los espíritus celestiales podamos alabaros en el soberano trono de vuestra gloria por los siglos de los siglos. Amén.

(Récense tres Padrenuestros y Avemarías con Gloria; en reverencia de Jesús, María, José).

Jaculatorias

Santo Dios, Santo fuerte, Santo Inmortal, por Jesús, María y José, líbranos, Señor, de todo mal.

Antífona

Señor mío Jesucristo, por la pureza de tu Santísimo Corazón dame tu amor y pureza de alma y cuerpo, y guarda mi corazón dentro del tuyo para que no vuelva a pecar.


Oración final para todos los días


Gloriosísimos Jesús, María y José, aparecidos en La Peña. Animado de la más segura confianza en vuestra misericordiosa bondad y en vuestro poderoso valimiento, en vosotros confío que me habéis de ayudar en todas las necesidades de mi vida y os elijo como protectores particularísimos míos. Os confío todos los asuntos de mi alma, dejando en vuestras manos el de mi salvación, como también os recomiendo todos mis negocios temporales, seguro de que a tu sombra bienhechora prosperarán siempre.

Guiad mis pasos por el camino de la virtud y no me abandonéis un momento. Especialmente en la hora de la muerte, deseo vuestra particular asistencia, y quiero que mi último pensamiento y mis últimas palabras sean vuestros dulcísimos nombres Jesús, María y José. Amén.

(Se termina con los gozos y oración, al final del texto)

(Todos los días de la novena se hace el ejercicio como en el día primero cambiando la oración propia para cada día).

Oración para el día segundo

Omnipotente y sempiterno Dios, que con vuestra paternal providencia, cuidasteis de que las sagradas imágenes de La Peña fuesen colocadas en sitio conveniente y se les dedicase  honroso templo, para que allí se les diese culto y adoración por los fieles devotos hasta la consumación de los siglos. Haced, Dios mío, que este culto se extienda cada día más, que todos conozcan tan maravilloso prodigio, para que todos amemos a Jesús, María y José, y adornado con sus virtudes nuestras almas, merezcamos agradaros en esta vida para lograr alabaros eternamente en la gloria celestial. Amén.

Oración para el día tercero

Omnipotente Señor y Dios Eterno, Padre de toda consolación: os damos gracias porque en las simbólicas imágenes de Jesús, María y José aparecidas en La Peña nos manifestáis con claridad vuestro singular patrocinio sobre el dichoso pueblo de Colombia.

Concedednos, Eterno Padre, que vivamos unidos con los estrechos vínculos de la Fe, Esperanza y Caridad, que la memoria de la vida, pasión y muerte de nuestro amante Jesús, haga reinar siempre en nuestros corazones el verdadero amor, para que, a imitación de Jesús, María y José, no deseemos ni apetezcamos otra cosa que alabaros y bendeciros eternamente en la gloria. Amén.


Oración para el día cuarto

Omnipotente y sempiterno Dios de las alturas, con profundo reconocimiento de nuestras almas, os damos las más rendidas gracias porque nos habéis dado por tutelares y defensores contra las potestades del enemigo a los santos Arcángeles, según vemos en las efigies de La Peña. ¡Que firme confianza para nuestras almas! Alentados con tan poderoso auxilio, nos hallaremos más fuertes en los trabajos, constantes en los peligros, pacientes en las miserias, firmes en las tentaciones, humildes en los oprobios. Llenad, Señor, nuestras almas de amor, confianza y reverencia para con los santos Arcángeles a fin de que, mereciendo siempre su santa protección, consigamos vernos libres de todos los peligros de alma y cuerpo, y vivir y morir en vuestra santa gracia. Amén.

Oración para el día quinto

Amorosísimo Dios y Padre nuestro que estáis en los Cielos y cuidáis con cariño paternal de las necesidades de vuestros hijos. Nuestro corazón se siente altamente agradecido a vuestra bondad porque entre las imágenes de La Peña os dignasteis poner el Arcángel San Miguel con la custodia en las manos para enseñarnos el amor a la Sagrada Eucaristía. Enseñadnos, Señor, a considerar, contemplar y gustar los grandes bienes que se encierran en el Santísimo Sacramento del altar, y compendio de todos los misterios y maravillas. Llenad nuestras almas de la ferviente devoción de los Arcángeles y al Santísimo Sacramento para que, viviendo justos, muramos santos y vayamos a bendeciros en la vida eterna. Amén


Oración para el día sexto

Santísimo y poderosísimo Dios en los Cielos y en la tierra, os damos rendidas gracias porque en las venerables imágenes de La Peña nos mostráis el viaje que hicieron la Santísima Virgen y el Patriarca San José, de Nazaret a Jerusalén, para presentar al Niño Dios en el templo y ofrecerlo por la salud universal del género humano. Infundid en nuestras almas piadosos sentimientos para que sepamos meditar los acerbos dolores que sufrieron los corazones de Jesús, María y José en las palabras proféticas del Santo Simeón, y, alentados por tan santos ejemplos hallemos fortaleza para soportar las penas y sufrimientos de esta vida con resignación, y de esta manera merecer la corona de gloria que tenéis prometida a los justos. Amén.

Oración para el día séptimo

Altísimo y soberano rey de la gloria, principio, y origen de todo bien, y fin único de nuestras almas. ¡Qué grande es vuestra bondad y cuán infinita vuestra misericordia que en lo elevado y escarpado de los altos cerros de La Peña nos manifestáis las imágenes de Jesús, María y José con la de los Ángeles y Serafines para que por ellas nos elevemos a la contemplación de vuestra Bondad, Poder y Grandeza! Os dignasteis favorecer a vuestro pueblo escogido cuando menos lo merecía y más trataba de irritaros. Queremos ahora corresponder a tan señalados beneficios, y os suplicamos nos libréis de todos los males presentes y futuros, espirituales y corporales, temporales y eternos por intercesión de Jesús, María y José. Amén.

Oración para el día octavo

Dulcísimo Padre Eterno, Dios justo y bondadoso: Nuestra corazón, rebosante de gozo y lleno de alegría, os bendice y alaba, porque con la aparición de las imágenes de La Peña nos habéis dado a conocer vuestra bondad para que con este pueblo, singularmente poniendo a nuestra veneración a la Santísima Virgen que acoge bajo su manto protector a cuantos acuden a buscar su maternal protección. Por su medio podemos los hijos de Eva llegar con toda felicidad y segura confianza al trono de vuestras misericordias para alcanzar cuantas gracias necesitamos paras ser felices en esta vida y en la otra. Dadnos, Padre amantísimo, vuestra gracia para que, perseverando en vuestro santo amor y en el de vuestra Santísima Madre, vayamos a bendeciros en la gloria. Amén.

Oración para el día noveno

Amorosísimo Dios, piélago inmenso de infinita misericordia: nuestras lenguas publiquen eternamente los incesantes beneficios que liberalmente nos franqueáis por medio de los Sagrados Corazones de Jesús, María y José, cuyas imágenes se aparecieron en La Peña. Por ellos son consolados los afligidos, reciben su salud los enfermos, socorro los necesitados, auxilio los desvalidos y paciencia los atribulados. Por ellos somos socorridos todos en cuantos infortunios nos sobrevienen, tanto espirituales como temporales. Honra, bendición, alabanza, gloria y gracias infinitas os damos por tan conocidos beneficios, y os rogamos nos hagáis cada día más afectos, atentos y devotos de Jesús, María y José para que, aprovechándonos de tan poderoso medio, imitemos sus virtudes, cumplamos vuestra ley, perseveremos en gracia, y consigamos la salvación de nuestras almas y amaros por todos los siglos de los siglos. Amén

Gozos

Si queremos que bonanza
Piadosa el Cielo nos dé
En Jesús, María y José
Fundemos nuestra esperanza.


Una peña misteriosa
La sed del pueblo escogido
Socorrió, cuando afligido
Iba en marcha trabajosa;
Y acá otra peña asombrosa
Mejor dicho nos afianza.
                        En Jesús, etc.

Bernardino de León
Por inspiración divina,
Esta peña peregrina
Se halló con admiración,
Y con la misma razón
La apreciamos sin mudanza.
                          En Jesús, etc.

Si aquel devoto subió
A un monte tan escarpado
Y fue del Cielo premiado
Con el tesoro que halló
En su ejemplo nos dejó
Una admirable confianza.
                          En Jesús, etc.

Somos leones generosos
En buscar con fino esmero
Los tesoros que el cordero
Nos brinda en modos graciosos;
Subamos muy fervorosos
Al gran monte de su alianza.
                              En Jesús, etc.

Como la Reina, exaltada
Entre las hijas se ve,
La ciudad de Santa Fe
De bendiciones colmada
Con mil trabajos probada
De decirnos no se cansa.
                              En Jesús, etc.

Es el pueblo colombiano
El Benjamín muy amado;
Mirra y óleo derramado
Con bálsamo derretido
Rocío del Cielo ha llovido
Sobre el pueblo de la alianza.
                            En Jesús, etc.

Sobre piedra tan preciosa
Fijemos nuestra morada
Para que reine exaltada
Nuestra religión hermosa
Y logre siempre gloriosa
Triunfar libre de mudanza.
                          En Jesús, etc.

Si queremos que bonanza
Piadoso el Cielo nos dé,
En Jesús, María y José
Fundemos nuestra esperanza.

Oración

Oh Dios omnipotente, que nos colmaste de innumerables beneficios, poniéndonos bajo el patrocinio de tu Santísimo Hijo Nuestro Señor Jesucristo, de la bienaventurada Virgen María, su Santísima Madre, del glorioso Patriarca San José y de los santos Arcángeles, humildemente os suplicamos nos concedáis la gracia de que en el Cielo gocemos de la compañía de aquellos a quienes veneramos en esta novena. Así os lo pedimos y esperamos conseguirlo por los méritos de Nuestro Señor Jesucristo. Amén.

Propiedad del Santuario de La Peña, Bogotá.
Con las debidas licencias eclesiásticas.

Tomado del ejemplar que reposa en el Centro Mariano Nacional de Colombia. Santuario de Nuestra Señora de La Peña. Bogotá.



miércoles, 17 de agosto de 2016

La pintura que restauró el llanto




Por Julio Ricardo Castaño Rueda
Legión de María

Doña María Ramos, la primera devota de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, no tiene devotos porque no ha sido declarada santa aunque sus preces gestaron el milagro que cambió el modo de  evangelizar al Nuevo Reino de Granada.

La vida de aquella española, que se hizo colombiana de la mano de María Santísima, forma parte integral del prodigio de diciembre de 1586 y por esa razón don Marco Suárez, estudia el episodio desde la perspectiva de un hombre de oración

Suárez aprendió de Ramos que en sus súplicas ante el Altísimo necesitaban pedir con humildad, con amor, con perseverancia. Pedir y esperar pacientemente. Mientras meditaba en la vida de la sevillana concluyó que había que donarse, olvidarse de sí mismo. Tarea que él sintetizó en una frase: “que el cielo nos lo da todo cuando damos todo por el cielo”.

También profundizo en la contemplación de la Virgen de Chiquinquirá. Él ya sabe como tener un mejor diálogo con la Madre de Dios que lo ayude a entender el misterio de las gracias que proceden del Hijo.

Sobre los muchos conceptos que guarda en la bitácora de sus vivencias algunos se comentaron sobre la marcha de la procesión del 26 de diciembre 2015. Suárez, el buen romero, explicó que en la renovación del cuadro donde el pintor Alonso de Narváez plasmó a la Virgen María en compañía de san Antonio de Padua y san Andrés Apóstol había unos momentos específicos que sirvieron de testimonio y detonante del prodigio. Él hizo hincapié en dos frases que resumen el hecho:



“María Ramos rota suplica frente al lienzo”

La interpretación de esa frase de Suárez y de la siguiente es del redactor que al tomar notas al azar sobre sus conversaciones con Marco intentará darle un contexto para que el lector lo medite.

En la primera escena María Ramos, a principios de diciembre de 1586, suplica con llanto, ante un lienzo roto, ajado y desfigurado por causa del abandono a que fue sometido. Su ser permanece en similares circunstancias. Su segundo esposo vive en un flagrante adulterio. Ella tiene, literalmente, su alma lastimada por los torrentes de lágrimas que corren por sus mejillas producto del dolor emocional.

Antes de ella, en 1578, el cuadro de la Virgen con sus edecanes fue retirado de la capilla de los Aposentos de Suta  por orden del padre Juan Alemán de Leguizamón. El sacerdote lo consideró inadecuado para el culto sacramental. El desecho fue enviado por el encomendero Antonio de Santana a Chiquinquirá. Las lluvias, el llanto del cielo, lo dejaron descolorido y lo rompieron. La causa fue la no conversión de los indígenas al Evangelio de Cristo por medio del bautismo. El pecado de omisión de los patrones y sus técnicas brutales de evangelización simbolizan a los aguaceros que destiñeron la imagen que servía a los curas de almas para catequizar a los indios de la doctrina sobre la maternidad divina.

Sin embargo, Suárez explicó:
“Me parece que la razón de ser de los daños causados en el lienzo no obedece a la no conversión de los indígenas. Creo que la mano de Dios estaba dirigiendo ese acontecimiento que aparentemente se podría considerar como un descuido o abandono, pero que misteriosamente Dios lo estaba preparando para glorificarse en el lienzo a través del milagro. Incluso Dios mismo coloca de su parte y aporta la lluvia (esta parte me hace acordar de una parte del evangelio donde los discípulos le preguntan) ‘—Maestro, ¿quién tiene la culpa de que este joven haya nacido ciego? ¿Fue por algo malo que hizo él mismo, o por algo malo que hicieron sus padres? Jesús les respondió: —Ni él ni sus padres tienen la culpa. Nació así para que ustedes vean cómo el poder de Dios lo sana’. (Juan 9: 2,3)
Y eso fue lo que ocurrió Dios sanó el lienzo, pero para poderlo sanar se valió de una criatura, María Ramos, y ella aportó  amor, lágrimas, sufrimiento, oración, tiempo, confianza y fe.
Cuando María Ramos encontró a la desalojada tela en la capilla de los Aposentos de Chiquinquirá su ser y el objeto sufrían del mismo mal. Tenía desgarraduras internas por la fuerza de un pecado del cual fueron víctimas inocentes. La mujer, herida por la infidelidad de su marido y el lienzo desgarrado por el descuido de sus dueños.

“María Ramos gozó frente al lienzo renovado”

En la segunda escena María Ramos se vio sorprendida porque la pintura recobró sus colores originales. La imagen estaba en el suelo parada despidiendo de sí un resplandor celestial que llenó de claridad toda la capilla según consta en la documentación recogida para el proceso de investigación del fenómeno.

 Marco agregó:

“En ese santo día del milagro ocurrieron dos signos: el del lienzo y el de María Ramos. El primero por la portentosa renovación de la manta y el segundo porque el cielo escuchó y transformó en otra persona a su elegida”.

En esa historia se presentaron dos tipos de líquidos: Las lluvias  que dañaron la manta de algodón y el lloro de Ramos que con sus oraciones logró que se produjera la renovación del cuadro y la sanación de su alma. Según Suárez, María Santísima estaba oculta entre las diluidas pinceladas y el Padre Celestial corrió el velo para que Ramos pudiera participar de un instante de su creación donde, el agua y la luz, son los signos de un encuentro de conversión junto al bastidor

Sobre ese punto Suárez anotó: “La lluvia sí daño el lienzo porque Dios la envió para ir alistando misteriosamente la tela. Lo que significa que desde mucho antes de que ocurriera el milagro Dios ya estaba trabajando en el. ¡Qué artista tan hermoso que es Dios! Incluso Dios inspiró a la persona que trajo el lienzo a estas tierras de Chiquinquirá. Él preparó el encuentro entre María Ramos  y el cuadro  (el lugar, la fecha, la persona que le aclaró a María Ramos que personajes habían estado pintados). Cuando María Ramos inició su peregrinación, diaria y constante, a la capilla de los aposentos, ella era consciente de que en medio de esa aparente oscuridad que se veía en el lienzo a causa del deterioro, ahí se encontraba María Santísima y su amado Jesús. Hay una frase que quiero resaltar de una oración que decía María Ramos: “hasta cuando rosa del cielo vas a estar tan “escondida”.  La palabra escondida hace entender la profunda relación de María Ramos con María Santísima. Se necesita un gran amor para tener una enorme confianza como la de María Ramos: no te veo, pero se que estás ahí”.

La realidad del suceso narrado recuerda el episodio cumbre del Evangelio, la muerte y la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Junto a la cruz, María su madre se estremecía al contemplar a su Hijo crucificado.  El Mesías sobre el madero de la cruz enseñaba otra pintura: El precio de la salvación pagado por cada hombre. El cuadro desfigurado por las goteras de una choza de encomienda recordó el cuerpo de Cristo destrozado,  sangrante, muerto y colgado de un lábaro.

Las lágrimas de María, la Madre de la Fe, permanecieron vigentes hasta la resurrección cuando la luz del Espíritu Santo iluminó su rostro con un resplandor de alegría porque todo fue renovado como ocurrió en Chiquinquirá.

Hasta esa tierra llegó un eco feliz de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. María Ramos fue testigo de la presencia de Dios en la tierra de las nieblas. Ella fue el instrumento elegido para resucitar de la tumba de la idolatría muisca el mandamiento del amor. Ella diseñó con sus sollozos, de dolor y gozo, las cuentas de una camándula para la Colombia de la Patrona. María Ramos fue la señora que amó a su Redentor con un corazón inmaculado repleto de sentimientos marianos.