jueves, 16 de enero de 2014

Las culpas preguntan por una bendición



Por Julio Ricardo Castaño Rueda
Sociedad Mariológica Colombiana

La faena de llevar amigos al Santuario de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá a veces requiere de la paciencia del santo Job. Incredulidad, curiosidad, incertidumbre, disculpas, penas, dudas, miserias y el arsenal del pecado, reacio a la limpieza aumenta sus conjuros. Variadas conductas se imponen entre la planificación y el desplazamiento.

Algunos ridiculizan la historia. Profanan con sus comentarios ácidos la dimensión eterna del santuario. Unos pocos piensan que van a quedar al descubierto sus fechorías morales y los menos entendidos aseguran que la peregrinación es un ritual folclórico.

Los mohines de cada rostro marcan el derrotero de sus cuitas. El alma cerrera encuentra una oportunidad para desbocar sus tremendos secretos. El miedo íntimo a un Dios Omnipotente sigue siendo una constante terrible en el trasegar hacia el momento de la absolución.

En algún paso el peregrino prefiere volver al turismo religioso por comodidad. Pregunta por el estilo arquitectónico de la basílica o piensa en el mejor ángulo para la fotografía. Es la forma correcta de evadir el sendero que conduce hacia la reconciliación en el confesionario. Existe una aversión al sacramento del perdón. La excusa, es por lo general, un sofisma desgastado por la charlatanería callejera. “Yo no me confieso ante otro más pecador que yo”. La retahíla contra el cura es parte de un libreto escrito por el demonio.

La prudencia ordena una catequesis urgente y sin tregua contra el rubor de señalar la vía. Si no creen en el palabra del Creador por lo menos deberían aceptar las recomendaciones de un veterano en caídas. Quizás se logre algo de convencimiento. Las variables pasan por una encantadora cifra de buenas charlas para evadir la situación.


Una mujer, pensaba indignada, y así lo expresó que se le estaba quitando su derecho a ser  feliz. Su dicha consistía en romper el sexto mandamiento en su cama. Le preocupaba ser tildada de casquisuelta. En el fondo tenía un pacto con su cuerpo. Satisfacer sus deseos a escondidas de cualquier tipo de regla moral era parte de su libertad independiente. Confesar era algo inaudito. Su placer, era su tesoro. Posesión que no podría ser arrojada de su ser ni arrebata por una bendición. En síntesis, no tenía porque pedir perdón.

En contraste, un romero pudo desnudar su corazón de prostituta bajo el impulso de una necesidad más valiente. Se fustigó el interior con un látigo de arrepentimientos. Lacerado se arrodilló ante la ventanilla y se desahogó profundamente. Hincado de rodillas sus miembros encalambrados necesitaron de ayuda para colocarse de pie.

Los infractores y la Virgen tienen un encuentro de imanes. Los primeros tienen necesidad de su intercesión para poder explicar y repetir que son de barro. Ella, madre amantísima, se desborda en lágrimas de alegría que los ángeles riegan sobre cada pesar hasta hacer brotar una indulgencia. Las faltas, tanto tiempo guardadas bajo el amparo de un olvido programado para no acceder al arrepentimiento, emergen silentes.

Momento cumbre. El hombre se derrite frente al altar. La renovación del  individuo comienza por aceptar su fragilidad. Nada lo cubre. Los títulos de fuerzas académicas, los logros aventureros, el dinero por millones, las posiciones sociales encumbradas y las defensas agudísimas del intelecto humano caen al compás de una serenata de alivios. Solo ante la inmensidad de su nada, el penitente busca el refugio maternal.

Sublime instante. El grito celestial se escucha por los confines del universo. “…Os digo que de la misma manera, habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento…” (Lucas 15, 10).

El intento comunitario se enredó en cualquier pretexto y la marcha continuó su distancia del Altísimo vivo.

Vuelve de atrás algún compadre desconcertado. Se acerca misterioso. Guarda en su mochila compañera una botella de ron adulterado, bebida de bucaneros. Su conversación es distinta. No quiere un sacerdote sino una explicación a su romance. Pasó por su existencia una curvatura hecha mujer. Desde entonces la cacería del problema se incrementó. El sujeto se sintió con la obligación suprema de conquistar a lo inalcanzable. Tartamudeó, exprimió la las endorfinas y preparó su plan explosivo. Objetivo: la mujer, su hermosura, su intimidad, su afecto.

La barrera de las circunstancias se imponía. El consejo de la sabiduría popular dictaminó: “Las casadas ni crudas ni asadas”. La respuesta del solitario don Juan fue: “Necesito una amante”. No consultó a su conciencia ni al camarada de antaño. Simplemente era un estratega en busca de la lid perfecta. Soñó con los laureles del triunfo sobre la hamaca montañera.

Las semanas del libertinaje se chocaron contra el muro femenino de: “estoy casada, pero hablemos”. Vaya paradoja. El  cerebro se le desquició. Desde ese momento talentos y riquezas se invirtieron en descifrar el porqué le dijo “hablemos”. Si la estulticia tuviera un monumento este sitio quedaría en la incertidumbre ingenua de ese enamorado.

La voz del romance canalla se aniquiló en los argumentos poderosos del amor adolescente. El sentimiento se transformó en un constructor de utopías. La idolatría se derritió ante el pequeño tótem en que se convirtió la casada.

Y la desgracia feliz apareció. Resulta que la señora lo encontró fascinante, culto, seductor, varonil y en un susurro condenatorio le confesó: Somos almas gemelas arrebatadas de su base por un yerro de juventud.

Ya no hubo talanquera ni barranco que los trancara.
El  asunto tenebroso es una victoria cotidiana. “…Mire, pasa  que  ya llevo cinco años a escondidas… Y bueno quisiera saber si la Patrona me puede ayudar…” La respuesta es una sola: Misericordia.

El hecho es un atentado flagrante, y lo condenó a la clandestinidad. El buen amante, la convirtió en su deidad particular. Dependía emocional del rato de gozo carnal. Explotó en un carnaval de ilusiones sosegadas bajo el chorro de licor. Los cómplices les prestaron moneda, vehículo, apartamento, lugares y disculpas.

Ebrios de sensaciones, borrachos de lujuria, y atormentados por esa tristeza fatal, tesoro sin mérito, se sometieron a la dicha contundente que los tuvo amanecidos: son lo prohibido. Luchan en franca derrota. Se desbordaron y se esclavizaron sin tregua.

¿Dónde está la salida? El cinismo mordaz los arropó bajo sus sofismas descarados. Nada pudo separar la dulzura desastrosa de esa miel envenenada. Fueron prisioneros encadenados a una lejanía agonizante. Inventaron recuerdos para escribirlos en letras que hicieron sangrar a los árboles. Las iniciales convictas dejaron su impronta en las cortezas de los ocales. La condición pasó su citación de cobro. Ella, la buena dama resultó embarazada de su legítimo esposo. Ella, en su sacra sabiduría señorial, decidió volver a reedificar la luna de miel en su hogar inmaculado. Un  rato de lágrimas potentes se apoderó de la tarde barrial. Los cuerpos saciados se despidieron fusilados. Ella compungida hizo borrón en un santiamén. Hasta nunca, porque la falsa deidad devoró implacable los años de combate tras las líneas maritales.


Él aún liba. La botella despreocupada guardó sus líquidas emociones. El mancebo tejió su desventura en la puerta del templo tutelar donde intentó negociar si valía la pena el olvido o podía seguir amándola en suicida terquedad. Entonces se dio cuenta que sólo quería preguntarle a la Santísima Virgen María, si todavía tenía un manto para abrigar su corazón desvencijado.

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