jueves, 20 de junio de 2013

María en la historia


Los padres de la Virgen María

            Se trata en este artículo del culto que la Iglesia Universal, y la Orden Carmelitana, en particular, han rendido desde época remota a los felices progenitores de la Madre de Dios.

            La razón de ese culto es obvia: El amor a María ha despertado como lógica consecuencia el de su bendita madre. Y en cuanto a los carmelitas, siendo el Carmen, por excelencia, la Orden de María, no puede menos de mirar con singular afecto todo lo que a ella se refiere. El glorioso José tiene su trono muy alto en todos nuestros templos por ser esposo de la Virgen. Sus padres, a quienes la tradición aplica los nombres de Joaquín y Ana, no pueden estar lejos de la hija ni en el culto de la Iglesia ni en el corazón de los fieles.

            Y esta razón vale para que una revista eminente y exclusivamente mariana, como es Regina Mundi, dé cabida en sus páginas a cuestiones relacionadas con los bienaventurados abuelos del Salvador.

            Entrando en materia podemos preguntarnos: ¿Quiénes son los padres de la Virgen? El Evangelio no consigna sus nombres. Dos evangelistas se ocupan de la genealogía de Nuestro Señor: san Mateo y san Lucas; y ambos trazan, aunque en forma diversa, la línea ascendente de José, esposo de María, de quien nació Jesús. Del ancestro de la Madre no se ocupan. Para explicarnos su proceder tenemos que atender a los comentarios de los santos Padres: Sólo de los varones se acostumbraba dar la prosapia, y en el caso, los evangelistas siguen la costumbre, prescindiendo aquí de una circunstancia milagrosa no ocurrida en otra generación: En la concepción de Jesús ninguna parte activa tuvo José, pues María fue por siempre virgen. Además, estando prescrito en la Ley que cada uno de los israelitas se desposara con personas de su misma tribu, al trazar la progenie de José implícitamente se indica la de su esposa, ya que él, justo como era, no pudo tomar por mujer a una extraña contra la prohibición legal. Y María, como hija única y heredera, tenía obligación, legal de casarse con un varón de su misma tribu y su misma familia.

            San Mateo comienza su Evangelio así: “Libro de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán. Abrahán engendró a Isaac; Isaac engendró a Jacob...” Con muchas lagunas anota los nombres de padre e hijo hasta llegar al versículo 16: “Jacob engendró a José, esposo de María, de la cual nació Jesús, que se llama Cristo”. (Math., I, 1-17).

            San Lucas sigue orden ascendente, al contrario de Mateo: “Y era el mismo Jesús, al comenzar, como de treinta años, hijo, según se creía, de José, que lo era de Helí, el de Matat, el de Leví..., etc.” (Lúe. III, 23-38).

            No otra cosa nos dicen: Ni una palabra sobre la ascendencia de María. Para tener alguna noticia de sus padres debemos acudir a la tradición. Esta les asigna los nombres de Joaquín y Ana con que los conoce la Iglesia, que celebra sus fiestas el 16 de agosto y el 26 de julio respectivamente.

            Veamos sobre cada uno de ellos algunos detalles:

            San Joaquín—Del padre de Nuestra Señora, varón de la estirpe de David, se dice que nació en Nazaret, y entre otras muchas virtudes se distinguió por su caridad con los necesitados. El evangelio del pseudo-Mateo trae sobre este punto los siguientes pormenores:

            “Por aquellos días vivía en Jerusalén un hombre llamado Joaquín, perteneciente a la tribu de Judá. Este pastoreaba sus propias ovejas y temía a Dios con sencillez y bondad de corazón. No tenía otro cuidado fuera del de sus rebaños, con cuyo producto sustentaba a todas las personas piadosas, ofreciendo presentes duplicados a los que se entregaban a la vida de piedad y estudio de la Ley, y sencillos a los servidores de estos. Así, pues, hacía tres partes de sus bienes, bien se tratara de las ovejas, o de los corderos, o de la lana, o de cualquiera otra cosa que le pertenecía: la primera la distribuía entre las viudas, los huérfanos, los peregrinos y los pobres; la segunda era para las personas consagradas al culto de Dios; la tercera, finalmente se la reservaba para sí y para su familia.

            El Señor en recompensa multiplicaba de tal manera sus ganados que no había nadie en todo el pueblo de Israel que pudiera comparársele (en la abundancia de reses). Venía observando esta costumbre desde los quince años. Cuando llegó a los veinte tomó por mujer a Ana, hija de Isacar, que pertenecía a su misma tribu, esto es: de estirpe davídica. Y después de vivir veinte años de matrimonio, no tuvo de ella hijos ni hijas”.

            A pesar de tantas virtudes una gran amargura devoraba su corazón, por la causa que indica el apócrifo. Hacía veinte años había tomado, a Ana por esposa, y Dios no bendecía su unión, pues no tenía hijos, afreta grande para todo israelita. Los desprecios de sus conciudadanos no hacían más que aumentarle la pena. Continúa el libro:

            “Y sucedió que se encontraba Joaquín durante las fiestas entre los que ofrecían incienso al Señor, preparando a su vez sus ofrendas ante la presencia de Dios. En esto se le acercó un escriba llamado Rubén y le dijo: “No te es lícito mezclarte entre los que ofrecen sus sacrificios a Dios, puesto que Él no se ha dignado bendecirte dándote descendencia en Israel”. Así pues, sintiéndose avergonzado ante el pueblo, se retiró del templo llorando, y, sin pasar por casa, se fue a la majada. Allí recogió a “los pastores; y, atravesando montañas, se fue a una región muy lejana, de manera que durante cinco meses consecutivos no volvió a tener noticia de él Ana, su mujer”.

            Narran el hecho, también, otros apócrifos, como el Protoevangelio de Santiago y el Libro sobre la Natividad de María.

            Pero no podía faltar la milagrosa consolación del cielo. Con ligeras variantes describen los libros citados la aparición de un celeste mensajero que anuncia a Joaquín el embarazo de su esposa y le promete grandes felicidades. El anunciado fruto de bendición fue María, llamada a ser Madre de Dios.

            (Un breviario de los Carmelitas, compuesto en 1495, trae como texto de las tres lecciones de la vida de santa Ana, en su fiesta, toda la leyenda que de los libros apócrifos acabamos de copiar, o simplemente citar).

            Después de esto nada más sabemos de Joaquín. Es Joaquín uno de esos santos; que, como su yerno José, aparecen por un instante en escena, cumplen cabalmente la misión que la divina Providencia les había encomendado ab aeterno, y desaparecen de la vista de los mortales para ir a brillar por perpetuas eternidades en la mansión de Dios. Nada más nos dice de él la tradición; no vuelven a ocuparse de él los apócrifos. Murió, y fue al seno de Abrahán, de donde pocos años después salió con la maravillosa procesión de justos que acompañando a su divino Nieto Jesucristo, se dirigió al cielo al reabrirse sus puertas durante tantos siglos cerradas a los mortales.

            Del culto tributado a san Joaquín nos ocuparemos en aparte especial.

            Santa Ana—Algo de lo dicho respecto de san Joaquín debemos aplicarlo a santa Ana. Su historia es común. Igual pobreza de textos evangélicos auténticos; y relativa abundancia de datos legendarios en los apócrifos. Pero tengamos en cuenta que en medio de los simples frutos de la fantasía contienen estos libros muchos elementos tomados de la tradición popular, no pocas veces fundados en la verdad del hecho. Por eso no hay que rechazar a priori todo lo que ellos nos cuentan. “Muchos de los detalles contenidos en el Protoevangelio han sido incorporados con el tiempo a la doctrina teológica, y tanto la Iglesia griega (a partir del siglo VI), como la latina (a partir del siglo VIII), han acabado por tomarlos como históricos. Tales son los relativos a la natividad milagrosa de María (siendo estériles sus padres, Joaquín y Ana); presentación y estancia en el templo hasta la edad de la pubertad; designación maravillosa de José para esposo y guardián de María; nacimiento de Jesús en una cueva, etc. Estas noticias tuvieron eco muy pronto entre los exégetas y oradores sagrados...”

            De santa Ana se dice que nació en Belén y que era hija de Matán, sacerdote de dicha localidad. Por el padre descendía de Leví, y por la madre pertenecía a la tribu de Judá. No sabemos en qué año de su edad la tomó Joaquín por esposa. En las anteriores noticias sobre el glorioso patriarca veíamos cómo veinte años de estéril matrimonio le atribuye la tradición.

            Si la falta de un vástago tanto apenaba a Joaquín, no menor aflicción causaba a la bendita Ana. A él lo despreciaban los príncipes del pueblo; de colmar de oprobios a la esposa se encargaban sus doncellas. Ana lloraba al mismo tiempo su esterilidad y su viudez, ya que, además de no tener hijos, su marido la había abandonado por la misma causa, internándose a ocultar su dolor en el desierto. Hace poco transcribíamos las palabras con que el pseudo-Mateo narra el hecho. Pero el ángel los consuela simultáneamente ordenándoles que se pongan en camino de Jerusalén, cada uno desde el lugar en donde se halla; y que en la Puerta Dorada de la ciudad tendrá lugar el feliz encuentro de ambos, comienzo de una época de venturas sin fin, puesto que habrán de ser padres de María, la Madre del Redentor. El vaticinio se cumple: Nace la Niña, es llevada al templo a los tres años, de donde sale en la pubertad para ser confiada a José. Muere san Joaquín, le sobrevive un poco santa Ana, a quien también llega la hora de ir a reunirse con su esposo en la morada de los justos, para con él y con ellos subir al cielo en compañía de Jesús el día de la Ascensión.

            Fuera de las pocas noticias apuntadas nada más nos dicen de santa Ana los autores pseudo inspirados. Una sola vez vuelve a aparecer en el tránsito dichoso de María al paraíso. El llamado Libro de San Juan Evangelista, que narra con mil detalles milagrosos la muerte, inhumación y Asunción de Nuestra Señora, trae a santa Ana entre los bienaventurados que, junto con Isabel, su prima, Juan Bautista, Abrahán, Isaac, Jacob y David, bajaron a cantar un himno de bendición sobre el sepulcro vacío. Una vez que el cuerpo intacto de la Virgen Inmaculada subió al cielo para ser coronada Reina del Universo.


            Las leyendas de la Edad Media atribuyen a santa Ana tres maridos y tres hijas, cuyos nombres dan. Con ellos la representan algunos cuadros de iglesias y monasterios antiguos. Beda el Venerable, escribió sobre las hijas y sobrinos de santa Ana; Gersón expuso en un sermón la creencia en el famoso trinobio; y la Sorbona se pronunció en favor de dicha opinión, contra algunos que la negaban. Hoy nadie se ocupa de ese asunto. (Analecta, O. C. D., 1932, p. 120).

No hay comentarios:

Publicar un comentario