jueves, 6 de junio de 2013

El papel de la Santísima Virgen en la introducción de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús



Una lectura ligera de las cartas de Santa Margarita María de Alacoque da la impresión de que la Santísima Virgen no juega papel importante en el mundo religioso de la santa evangelista del Sagrado Corazón. ¡Nada más falso! Un estudio de todo el conjunto de su vida y de todos sus escritos revela no sólo la profunda piedad mariana de la santa, sino sobre todo el papel importantísimo que la Madre de Dios jugaba en la introducción y propagación de la nueva devoción al Divino Corazón de su Hijo, y ¿cómo podría ser de otra manera? En verdad, es casi inimaginable el que la Virgen María haya permanecido inactiva en el nacimiento de una devoción que tanto honor y amor debía traerle a su Divino Hijo.

La santa nació el 22 de julio de 1647 en la Borgoña que en ese entonces pertenecía a España. Su padre Claude Alacoque, notario real, murió cuando la niña era pequeña todavía. "Mi madre, encargada de la tutela de sus cinco hijos, paraba muy poco en casa; me crié por este motivo hasta la edad de unos ocho años y medio sin más educación que la de los domésticos y campesinos" escribe la santa en su autobiografía (Aut.). Así se entiende que Margarita encontró desde temprano en la Virgen Santísima su verdadera Madre. "La Santísima Virgen tuvo siempre grandísimo cuidado de mí; yo recurría a ella en todas mis necesidades y me salvaba de grandísimos peligros. No osaba dirigirme a su divino Hijo de modo alguno, sino siempre a ella, a la cual ofrecía el rosario hincadas las rodillas desnudas en tierra, o haciendo tantas genuflexiones y besando tantas veces el suelo cuantas Avemarías rezaba". (Aut., Cap. I).

Llevada a un convento de clarisas donde aprendió a dar oído a la voz interior de su conciencia y del llamamiento divino, quería ser corno ellas. Mas una tremenda enfermedad que le sobrevino y en que "los huesos le rasgaban la piel por todas partes", la trajo otra vez al lado de su madre. En esta angustia no encontró otro remedio "que el de consagrarme con voto a la Santísima Virgen, prometiéndole que, si me curaba, sería un día una de sus hijas. Apenas se hizo este voto, recibí la salud acompañada de una nueva protección de esta Señora, la cual se declaró de tal modo dueña de mi corazón, que, mirándome como suya, me gobernaba como consagrada a ella, me reprendía mis faltas y me enseñaba a hacer la voluntad de Dios". (Aut., Cap. I).

Ya en esta época la niña tuvo la impresión de haber visto a la Virgen, pues escribe "me sucedió una vez, que estando rezando el rosario sentada, se me presentó delante y me dio tal reprensión, que aunque era aún muy niña, jamás se ha borrado de mi mente. "Hija mía, me admiro de que me sirvas con tanta negligencia" (ibídem). La situación, en su casa se volvió poco menos que inaguantable; pues su madre había pasado su autoridad a otras personas que tuvieron a ella y a su pequeña hija en un verdadero "cautiverio". Margarita, escondida en un ángulo del jardín o del establo, derramaba amargas lágrimas, pues ni siquiera podía ir a misa en el pueblo distante. "Derramé los afectos de mi alma con mis lágrimas en la presencia de Dios, por medio de la Santísima Virgen, mi buena Madre, en la que había puesto toda mi confianza" (ibídem). Mas por el ejemplo del Crucificado llegó a pagar a aquellas personas que la atormentaban, no con odio o aversión, sino con sincero amor, pues les debía a ellos los sufrimientos que la asemejaban al Eccehomo y que pronto le parecían bendiciones. Fue en estos años en que en el fondo se formó ya en la niña toda aquella mentalidad que se observa en sus cartas y que la hacía apto instrumento para el Amor crucificado, para el Divino Corazón rodeado de espinas que le exigía actos de reparación por la conversión del mundo pecador. Creyó haber oído con toda claridad los reclamos de Jesús quien la quería para sí exclusivamente, pero entre tanto la había confiado a su santa Madre, "para que la formase" según sus designios (Aut., Cap. II).

La joven confiesa: "Ciertamente, ha hecho conmigo las veces de una buena madre, y jamás me ha negado su socorro. A Ella recurría en mis penas y necesidades, y con tal confianza, que me parecía no tener nada que temer bajo su protección maternal. También hice voto en este tiempo, de ayunar todos los sábados, de rezar, cuando supiese leer, el oficio de su Inmaculada Concepción, y de hacer siete genuflexiones todos los días de mi vida, rezando siete Avemarías, para honrar sus siete dolores: me ofrecí después por su esclava perpetua, suplicándole no me rehusase este título. Le hablaba con la- sencillez de una niña, como a mi buena madre, hacia la cual sentía desde entonces un amor verdaderamente tierno" (ibídem).

De la terrible lucha entre los deseos de su familia de que se casara, y los reclamos amorosos de Jesús, no se sintió libre sino aquel día de 1671 en que, al entrar en el locutorio del Convento de la Visitación de Paray, oyó una voz interior que le dijo: "Aquí es donde te quiero". (Aut, Cap. III). Mas no se crea que allí había terminado toda dificultad: trataron de llevar a la novicia por los caminos ordinarios de la vida espiritual, mientras su Divino Maestro la llamaba para otra cosa, unos designios más altos. Al mirar hacia atrás, vemos en el alma de la santa un amor a María tan tierno, tan firme y resuelto, que se nos hace difícil imaginar el que Margarita jamás hubiera podido desistir de él. No había razón alguna porque los "designios" de su Maestro tenían que separarla de la divina Madre cuya "esclava perpetua" se había hecho.

II

Es cierto y llama la atención del lector el hecho de que en las cartas de la santa (142 en total) que todas tratan de su preocupación principal y única, o sea la propagación de la nueva devoción al Sagrado Corazón de Jesús, uno puede proseguir, 20, 30 y hasta 50 páginas sin hallar una sola vez mencionada siquiera a la Santísima Virgen María; que en todas ellas, María aparece apenas unas 15 veces, lo qué quiere decir, que en unas 125 cartas encontramos un completo silencio en este aspecto. Y que en las 15 veces que mencionamos de citas o referencias a la Virgen Santísima, se trata muchas veces de un dato escaso, reducido, insignificante, por decirlo así. Este hecho necesita sin duda, al tener en cuenta la fuerte orientación mariana de la Santa en los años de su juventud, una explicación. Para darla, hacemos referencia no sólo a las cartas, parcas en datos marianos, como acabamos de decir, sino también a los otros escritos de la Santa: la Memoria compuesta por orden superior; los Fragmentos y sentimientos de sus ejercicios como finalmente sus Avisos particulares, Desafíos e instrucciones, Oraciones y cánticos, todos los cuales, sin embargo, no hacen sino tres cuartas partes del volumen de las cartas.

Con todo, sería un error fundamental creer que la santa hubiera cambiado, como muchos cristianos modernos acostumbran hacerlo, su devoción preferida: hoy la devoción a la Virgen, mañana la devoción al Sagrado Corazón. Tal fenómeno no puede tener lugar sino en personas que comprenden una devoción como cosa parcial, fragmentaria, de modo que dentro de la totalidad de la religión uno puede pasar de una parte a otra, dejando a veces la impresión de ser llevado por corrientes hasta de "moda". Mas en una santa que a toda hora veía y vivía la religión íntegra, tal traspaso y cambio de devoción "parcial" no cabe; ni contraposición ni siquiera yuxtaposición de devociones cabe donde hay totalidad de vista y enfoque. Tocamos aquí precisamente la diferencia fundamental entre los "beatos" y la "santa". Y esta dilucidación nos lleva exactamente a la aclaración del fenómeno indicado y a primera vista raro e inexplicable.

Entendiendo la santa la nueva "devoción" para cuya propagación el Divino Maestro la destinó, como una expresión total de los designios de Jesús, está de tal manera absorta de esta visión que todo lo demás, sin desaparecer en verdad, corre como un río subterráneo que existe y se puede descubrir empleando el debido esfuerzo. De modo que si solamente hubiese algunas débiles señales de tal existencia disimulada, bastaría, para no dudarla; pero en nuestro caso, afortunadamente, hay pruebas aún más claras en favor de nuestras aserciones. Veámoslas.

Margarita, la "perpetua esclava de María" recibe en numerosas visiones de Jesús el encargo de propagar una devoción especial a su Divino Corazón.

Él me dijo: "Mi Divino Corazón está tan apasionado de amor por los hombres, y por ti en particular, que no pudiendo ya contener en sí mismo las llamas de su caridad ardiente, le es preciso comunicarlas por tu medio, y manifestarse a todos para enriquecerlos con los preciosos tesoros que te descubro, y los cuales contienen las gracias santificantes y saludables necesarias para separarles del abismo de perdición. Te he elegido como un abismo de indignidad y de ignorancia, a fin de que sea todo obra mía". (Aut., Cap. IV).

Saliendo en forma de eco fidelísimo de la santa, la devoción al Sagrado Corazón se presenta en esta forma: "Quiere ante todo reavivar con esta devoción la caridad resfriada y casi extinguida en los corazones de la mayor parte de las criaturas, dándoles un nuevo medio de amar a Dios por medio de su mismo Sagrado Corazón, tanto como Él lo desea y lo merece, y así reparar sus ingratitudes. Este Corazón es el tesoro del cielo, cuyo oro precioso se nos ha dado de muchas maneras, para pagar nuestras deudas y adquirir la gloria, y es también la última invención de su amor; de nosotros depende el aprovecharnos de ella. ¡Infelices aquellos que no lo hagan o que no quieren hacerlo!" (c. 132). Este encargo divino viene a ser la obsesión de su vida: "En cuanto puedo hacer, no tengo más que este único fin: establecer el reinado del Sagrado Corazón" (c. 112).

Mas muchas veces, al presentarse innumerables dificultades a la propagación e introducción de esta nueva devoción, la Santa siente que ella, en lugar de cumplir con la tarea señalada, probablemente sirve más bien de obstáculo a causa de sus imperfecciones que sólo existen en la mentalidad interior de su heroica humildad, mientras en realidad vemos brillar a través de todas estas cartas un tesoro riquísimo de las virtudes más acrisoladas. La Santa en esta lucha angustiosa entre sus imperfecciones y las dificultades con que tropieza la nueva devoción, se dirige, como en los años de su niñez, "a su buena madre": "No dejo de interesar en ello a la Sacratísima Virgen" dice en el lugar citado donde calificaba como su "único fin" la propagación de la nueva devoción (c. 112).

En los cuadros que deseaba fueran pintados, aparece siempre al pie del Sagrado Corazón, por un lado la Madre de Dios, mientras al otro lado una vez se ve al patriarca san José, otras al fundador de la Visitación, san Francisco de Sales (c. 85, 90).

Cuando se imprimen los primeros folletos de propaganda, Margarita insiste repetidas veces que en ellos se inserten las letanías del "Sagrado Corazón de la Santísima Virgen" (c. 131, 132, 138).

"A la Santísima Virgen declara ella protectora especial" de todos los devotos del Sagrado Corazón de Jesús (c. 132) y en otro lugar se juntan ante su vista "los Sagrados Corazones de Jesús y María" (c. 9).

Se dirige ansiosamente al Cielo para pedirle auxilio en la ardua tarea de la propagación de la nueva devoción: como Medianera que es el oficio que Jesús le dio, se dirige "al Padre Eterno, que dé a conocer a este Sagrado Corazón; al Espíritu Santo que la haga amar, y a la Santísima Virgen que emplee su crédito para que haga sentir los efectos de su poder a todos los que se dirijan a El" (c. 50).

Pero la unión íntima de la Virgen a la nueva devoción, la sintió la santa con más claridad un día de fiesta de la Visitación, cuando, después de pasar largas horas en adoración del Santísimo, vio "un lugar eminente, espacioso y admirable por su belleza, en cuyo centro había un trono de llamas, y en él estaba el amable Corazón de Jesús con su llaga que despedía rayos tan encendidos y luminosos que todo aquel espacio quedaba iluminado y caldeado con ello". Al lado del Sagrado Corazón apareció la Santísima. Virgen rodeada de las Monjas de la Visitación acompañadas éstas de sus ángeles custodios, y les habló en esta forma: "Venid, amadísimas Hijas mías; acercaos porque os quiero hacer como las depositarías de este precioso tesoro que el divino Sol de justicia ha formado en la tierra virgen de mi corazón, donde ha estado nueve meses escondido; después de lo cual se manifestó a los hombres, que no reconociendo lo que vale, le han despreciado, porque le han visto mezclado y cubierto con su misma tierra, en la cual el Padre Eterno había echado toda la inmundicia y corrupción de nuestros pecados, que le hizo purificar durante treinta y tres años en los incendios del fuego de su caridad. Pero viendo que los hombres, lejos de enriquecerse y aprovecharse de tan precioso tesoro, según el fin para el cual se les había dado, procuraban al contrario anonadarlo y exterminarlo, si les fuera posible, de sobre la haz de la tierra, el Padre Eterno, por un exceso de misericordia, ha hecho que sirviera su malicia para hacer más útil todavía este oro precioso del cual, por medio de los golpes que le dieron en la Pasión, hicieron una moneda inapreciable, marcada con el sello de la divinidad, a fin de que puedan pagar sus deudas y negociar el gran negocio de su salvación eterna".

Y prosiguiendo la Reina de bondad, dijo, mostrándoles aquel Corazón divino: "He ahí ese precioso tesoro que se manifiesta a vosotras particularmente, por el tierno amor que tiene mi Hijo hacia vuestro Instituto al cual mira y ama como a su querido Benjamín, y por esto le quiere favorecer con esta herencia, aventajándolo sobre todos los demás. Y no solamente deben enriquecerse ellas con este tesoro, sino que han de distribuir también con abundancia y cuanto puedan tan preciosa moneda procurando enriquecer con ella a todo el mundo, sin temor de que se acabe, porque cuanto más saquen, más encontrarán" (c. 90).

No puede caber, por lo tanto, duda de que en Santa Margarita no había ningún olvido o sustitución de su buena Madre durante los años de 1678-1690 en que sus cartas la muestran completamente absorta en amorosas conversaciones con el Divino Corazón de Jesús. Y esta impresión, provocada por las breves alusiones marianas en las cartas, se afirma bastante más al tomar en cuenta las otras fuentes escritas anteriormente citadas.

En la Memoria el Divino Corazón explicó a la santa que si los hombres pecadores que eran como "miembros medio podridos y prestos a ser cortados" y le causaban grandes dolores, no habían recibido su castigo merecido "debían atribuirlo únicamente a la intercesión de su Santísima Madre, a quien había yo de tener gran devoción". Esta buena Madre en otra visión, le colocó a su Divino Hijo en los brazos con estas palabras: "He aquí El que viene a enseñarte lo que debes hacer". Sentime penetrado de vivísimo gozo y ardiente deseo de acariciarle, y Él me dejó hacer cuanto quise. Después de cansarme hasta no poder más me dijo: "¿Estás contenta ya? Que esto te sirva para siempre: porque quiero que estés abandonada a mi poder, como has visto que lo he hecho yo. Ya sea que te acaricie o que te atormente, no has de tener otros sentimientos sino los que yo te dé". Agrega la santa: "Desde entonces me hallo en una dichosa impotencia para resistirle".

La misma Virgen María se presentó otro día a la santa y "estaba como cansada y fatigada; tenía en sus divinas manos corazones llenos de llagas e inmundicias, y me dijo: "Mira; acabo de arrancarlos de las manos del enemigo que se divertía con ellos a su gusto, pero lo que aflige mi corazón maternal es que algunos se ponen de su parte y aún se vuelven contra mí y desprecian la ayuda que les ofrezco".

En la mística de la santa (Desafío para el adviento de 1685) aparecen íntimamente unidos los corazones de Jesús y el de su Divina Madre. Leemos en este desafío el consejo de Margarita, maestra de novicias: "Primeramente ofreceréis cinco veces al Eterno Padre los sacrificios que el Sagrado Corazón de su divino Hijo le ofrece por su ardiente caridad, en el altar del Corazón de su Madre, pidiéndole que todos los corazones se conviertan y se entreguen a su amor", a lo cual agrega esta oración modelo: "Yo os adoro y os amo, oh divino Corazón de Jesús, que vivís en el Corazón de María, y os suplico que viváis y reinéis en todos los corazones, consumiéndolos en vuestro puro amor". Hace rezar a sus novicias en otra ocasión a la Madre de Dios esta hermosísima oración: "Henos aquí postradas de común acuerdo a vuestros pies para renovar los votos de nuestra fidelidad y esclavitud para con Vos y rogaros que, como cosa vuestra que somos, nos ofrezcáis, dediquéis, consagréis e inmoléis al Sagrado Corazón del adorable Jesús; a nosotras y todo cuando somos, todo lo que hagamos y padezcamos, sin reservarnos nada. No queremos otra libertad que la de amarle, ni otra gloria que la de pertenecerle en calidad de esclavas y de víctimas de su puro amor, ni más voluntad y poder que complacerle en todo, aunque sea a expensas de nuestra vida".

Ciertamente, no se puede expresar en forma más bella y ungida la íntima unión entre los Corazones de Jesús y María y sus devotos. Es como si en esta oración aquel río, subterráneo al primer parecer, se saliese con fuerza irresistible a la superficie de la conciencia religiosa, para llevar en sus místicos remolinos a las almas para dentro de los encantos de los dos sagrados Corazones, el divino de Jesús y el maternal de María.

Ricardo Struve Haker, pbro.

Cuando san José consideraba que María era Madre de Dios, agotábasele el juicio, salía de sí con admiración y el corazón no le cabía en el cuerpo, y la ternura y las lágrimas no le dejaban hablar, y daba alabanzas a Dios, que lo había tomado por marido de la Virgen, y ofrecíasele por esclavo.

                                                                                       Beato Juan de Ávila


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