jueves, 5 de septiembre de 2013

San Juan de Damasco y las imágenes de María


El santo Concilio de Trento en su XXV sesión, a principios de diciembre de 1563, inculca la doctrina del II Concilio Ecuménico de Nicea (787) sobre la veneración que se debe a las imágenes de los santos. Según esta doctrina, las imágenes de Cristo, de María y de los santos se deben colocar y conservar en las iglesias cristianas y se les ha de rendir la debida veneración; no porque se creyese que en ellas hubiera algo divino o alguna fuerza especial (“inesse aliqua in iis divinitas vel virtus”) sino porque el honor que se les da, se refiere a los prototipos o sea, a las personas por ellas representadas, de modo que cuando delante de ellas nos arrodillamos o si las besamos, en verdad veneramos con culto de adoración a Cristo y de veneración a María y los santos.

A continuación el S. Concilio de Trento, en el lugar citado, impone a los obispos la obligación de enseñar a sus fieles por medio de esta escuela sencilla y piadosa de las imágenes, pinturas o esculturas, los artículos de fe en ellas representadas y los beneficios recibidos de Cristo y los milagros obrados por los santos.

Las primeras imágenes de Cristo y de los santos, las encontramos en las catacumbas, después en las basílicas en grandiosos mosaicos. Esta herencia de la tradición cristiana de arte que hallamos tanto en Oriente como en Occidente, fue puesta en peligro por los mahometanos primero, quienes detestaban cualquier clase de imaginería sagrada, y más tarde en forma aún más grave por los emperadores bizantinos quienes comenzando con León III se hicieron tristemente famosos por su odio iconoclasto. El campeón de parte de la Iglesia católica contra esta herejía, fue san Juan Damasceno (fallecido en 749), cuatro veces maldito según el sínodo de Constantinopla de 754, pero más bien bienaventurado según el II Concilio Ortodoxo de Nicea. El papa León XIII, extendiendo su fiesta a todo el orbe católico, lo honró con el título de Doctor ecclesiae.

Si pensamos en los fervorosos sermones marianos que se han conservado de su pluma, no tiene nada de raro el que s. Juan de Damasco se levantara desde un principio contra la destrucción de las sagradas imágenes de Cristo, de la Virgen y de los santos. Fue educado piadosamente, y como lo demuestran sus numerosos escritos, con efectiva profundidad por un fraile, Cosmas de Sicilia, a quien su padre había libertado de la esclavitud mahometana. La doctrina del Damasceno, en todos sus puntos, está caracterizada por su fidelidad a la tradición cristiana y el fervor de su exposición. El santo confirmó estas sus convicciones, una vez que había renunciado al oficio hereditario de su familia en la corte del califa de Damasco, pues, alejándose de los honores del mundo, entró en el claustro de san Sabas cerca de Jerusalén. Allí vieron la luz sus obras dogmáticas, apologéticas, sus homilías y poesías entre las cuales se encuentran verdaderas joyas marianas; y aunque sus sermones que llevan por título “In Annuntiationem sanctissimae Dominae nostrae Dei Genetricis” y “In sanctissimae Dominae nostrae Dei Genetricis semperque Virginis Mariae Natalitium diem” posiblemente no sean de él, los otros intitulados “In dormitionem sanctissimae Dei Genetricis ac perpetuae Virginis Mariae” sí son auténticos y ellos por sí solo demuestran el tierno y vivísimo amor del santo a la Madre de Dios.

En su obra dogmática fundamental La fuente de la ciencia, en el Libro IV, cap. XVI, san Juan defiende las imágenes de Cristo, de María y de los santos, con argumentos duraderos. Partiendo de la idea de que el mismo Dios Creador hizo al hombre una imagen suya, y de que los judíos del Antiguo Testamento, a pesar de las prohibiciones de Dios de hacerse imágenes con lo cual Dios los quiso proteger contra el paganismo que los rodeaba, tenían representaciones de los santos ángeles en el arca y símbolos en su templo, el santo pasa al argumento teológico de mayor importancia: la encarnación de Cristo. ¿Qué es ella, en el fondo, si no que el mismo Dios se hiciera visible, tangible, adorable en figura humana? Sabemos de esta vida visible de Nuestro Señor por los relatos evangélicos que a los posteriores, que no tuvieron la dicha de ver a Cristo, dan la seguridad de su existencia humana. Y los que no saben leer, ¿cómo pueden ellos recibir el mensaje de la vida de Jesús? Ellos, cuando ven una imagen del Señor Crucificado, caen de rodillas y lo adoran a través de esta imagen para acordarse de sus beneficios. No adoran, por cierto, la materia de la cruz, madera o metal o lienzo pintado, sino al que en la imagen se halla representado. “Lo mismo pasa con la Madre de Dios. Porque la veneración que se le tributa en la imagen, se refiere al que de ella tomó carne”. Aquí vemos claramente cómo el principio tantas veces citado por el Damasceno y tomado de san Basilio “quoniam honos qui eis exhibetur, refertur ad prototypa”, induce a nuestro teólogo no sólo a una simple reducción de la imagen a la Virgen viva, sino en forma de una doble reducción a Cristo mismo como si nos quisiera inculcar el sentir de la Iglesia Católica la cual siempre ha dicho y profesado “per Maríam ad Christum”. Si Dios satisfizo el deseo humano de ver las cosas invisibles expresadas en símbolos e imágenes, —y lo hizo como vimos, en la Encarnación de su Hijo—, la Iglesia no puede ser reprochada ni obra mal en permitir como elemento del culto cristiano las sagradas imágenes que recuerdan a los cristianos los beneficios divinos y los milagros de sus santos.

Ricardo Struve H.
Pbro.

Dios te guarde, benignísima Madre de la misericordia; Dios te salve, conciliadora de la paz, deseadísima María. ¿Quién dejará de amarte? Tú eres luz en las dudas, consuelo en las tristezas, alivio en las angustias, refugio en los peligros y tentaciones. Tú eres, después de tu Unigénito, salvación cierta. ¡Dichosos los que te aman!
S. Penitenciaría 22 de abril de 1941

¡Oh Madre de piedad y de misericordia, Santísima Virgen María! ruego a tu piedad que te dignes asistirme clementemente.
S. Penitenciaría, 25 de mayo de 1941


Tomado de la revista Regina Mundi (nro 2).


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