jueves, 3 de octubre de 2013

El Rosario en las Encíclicas de S. S. León XIII


I—Las Encíclicas Marianas de León XIII

A los cinco años de su coronación de Papa, León XIII publicó su primera Epístola encíclica Supremi Apostolatus (I) (1° de septiembre de 1883) sobre una cuestión que iba a ocuparlo hasta su último día: la devoción a la Santísima Virgen y el Santo Rosario, como oración que más le agrada a ella. “Nos, pues, que, aunque indigno, somos en la tierra vicario y lugarteniente de Jesucristo, Hijo de Dios, no cesaremos un instante, mientras nos quede un aliento de vida, de procurar se alabe a tan excelsa madre”, dice el Pontífice, genio en cuerpo frágil, a los 87 años de edad en la Encíclica Augustissimae Virginis (12 de septiembre de 1897). Frente a las grandes calamidades de su época que amenazan hasta los fundamentos de religión y moral, el papa León XIII ve el remedio contra ellas en “hacernos propicia, con la práctica de la religión y la piedad, a la gran Madre de Dios, la Virgen María, que es la que puede alcanzarnos la paz y dispensarnos las gracias celestiales… para ayudar con el socorro de su protección a los hombres que en medio de fatigas y peligros, se encaminan a la ciudad eterna”. Y año tras año publica sus epístolas encíclicas para fomentar la devoción a esta Madre de Dios a quien le da los títulos más inspirados de amor y veneración, y del Santo Rosario como oración más agradable a ella. Ocupa el segundo lugar en esta serie casi interrumpida de cartas apostólicas la Superiore anno del 30 de agosto de 1884 (II), el tercer lugar la Magnae Dei matris del 8 de septiembre de 1892 (III) (de este año en adelante no deja de oírse anualmente la voz papal sobre este tema), el cuarto lugar la Laetitiae sanctae del 8 de septiembre de 1893 (IV); el quinto lugar la Lucunda semper del 8 de septiembre de 1894 (V); el sexto lugar la Adjutricem populi del 5 de septiembre de 1895 (VI); el séptimo lugar la Fidentem piumque del 20 de septiembre de 1896 (VII); el octavo lugar la ya citada Augustissimae Virginis (VIII) y el noveno, por fin, la Diuturni temporis del 5 de septiembre de 1898 (IX). Le inspira en todas estas encíclicas su “santa piedad para con María, que, una vez que la mamamos casi con la leche, aumentó vigorosamente con la edad” (III) que “se ha hecho en Nos una dulce obligación” (IV) y Ella, le insiste, “como si oyésemos la propia voz de esta Madre amantísima decirnos: clama, ne cesses” (V) y lo obliga una y otra vez a tomar la pluma para aumentar el amor de los cristianos a la Madre de Dios. Con satisfacción puede exclamar: “Nos hemos consagrado no escasa parte de nuestros apostólicos trabajos a la difusión entre los fieles de aquella provechosa devoción (del Santo Rosario)” (VI) y en la última de estas cartas observa: “Preséntasenos el dulce recuerdo de la maternal protección de la augusta Reina del cielo…, y en el amor de esta tierna Madre, que hemos procurado asiduamente fomentar y aumentar de día en día, esperamos con toda certeza poder acabar tranquilamente nuestros días”. (IX).
Al leer una por una estas encíclicas, se nota claramente una profunda transformación ascética en el alma del gran Pontífice: la persecución de la Iglesia, las blasfemias contra Cristo mismo, los peligros para tantas almas, la desunión entre los cristianos, la soberbia de las logias, todo esto lo aflige profundamente y sólo con supremos esfuerzos conserva la fina diplomacia que lo rige en todas sus acciones; años más tarde estas encíclicas dejan transparentarse un espíritu sereno, dulce, y manso, acrisolado en el fuego de tantísimos sufrimientos; el supremo esfuerzo humano del principio, se ha convertido en un hábito sobrenatural de dulzura, conformidad y firme esperanza, el cual, sin duda alguna, es un beneficio de la Santísima Virgen, por el cual el Papa guarda “con sagrada piedad” el más “agradecido y fiel recuerdo” (IX). Se siente uno, en las últimas encíclicas marianas de León XIII, frente a una soberana mansedumbre y dulzura que parece ya copia exacta y auténtica de la del mismo Cristo, Hombre-Dios, y que despierta en el lector no sólo admiración, sino el más tierno amor a esta excelsa figura papal, amor que casi lo obliga a arrodillarse como lo hacemos al pie de nuestros santos ¡Qué tesoro incalculable, pues, este acervo de encíclicas marianas y dedicadas al Santo Rosario!


II—La naturaleza del Santo Rosario

De esta fuente inagotable de pensamientos, se puede sacar toda una teología del Santo Rosario tema de nuestro actual estudio. Empecemos con la investigación sobre su naturaleza.

En las primeras encíclicas, el Papa habla simplemente de “esta fórmula de orar” que “es sumamente agradable a la Virgen” (haec precandi formula) (I). En la cuarta encíclica leemos por primera vez, en lugar de las descripciones anteriores, una especie de definición del Rosario: “Se esforzarán por adquirir los bienes del alma que Nos hemos indicado; aquellos, sobre todo, que constituyen la razón de ser y, en algún modo, la esencia del Rosario” (IV). En la encíclica siguiente vuelve a este tópico: “Mientras más meditamos su naturaleza íntima, más se descubre y brilla a nuestros ojos la excelencia del Rosario y sus beneficios y más se fortifica… la esperanza de que nuestras exhortaciones tendrán este precioso resultado: mejor comprendida esta devoción y más conocida y practicada, adquirirá saludables desarrollos” (V). “Cualquiera que se penetre de la naturaleza del Rosario” (ibídem) descubrirá la eficacia de este modo de orar, dice el Papa, incitando a sus lectores, obispos, sacerdotes, fieles, a meditar sobre esta “naturaleza” del Rosario. En la séptima encíclica León XIII vuelve a hablar de la “fórmula de orar” del Rosario, pero muy encima del término “fórmula” aparece el otro de “naturaleza” (ratio Rosarii marialis). Esta propia Rosarii ratio (V) consiste en que el Santo Rosario “consta de dos partes bien distintas entre sí, pero íntimamente unidas sin embargo: la meditación de sus misterios y la oración vocal” (ibídem). Es esta en efecto la “naturaleza particular” del Santo Rosario. De ahí vienen sus ventajas, de ahí también, tomando en consideración la debilidad de la naturaleza del hombre, sus posibles defectos.

En cuanto al primer elemento, la meditación de los misterios, el Santo Rosario “exige, por parte del hombre, atención especialísima: no solamente exige que procure dirigir su espíritu hacia Dios, sino que se abisme en la meditación de lo que contempla, de suerte que saque de ella normas de bien vivir y alimento de su piedad” (ibídem). A esto ayuda el que el Santo Rosario presenta estos misterios “de tal suerte que se hallan al alcance de las inteligencias menos instruidas, pues no son dogmas de fe, principios doctrinales los que el Rosario propone a la meditación, sino más bien hechos visibles que se graban en la memoria, y estos hechos, presentados en sus circunstancias de lugar, de tiempo y de personas, se imprimen doblemente en el ánimo y le mueven con mayor eficacia. Cuando desde la infancia el alma se halla bien penetrada de esos misterios, basta su enunciación para que quien ore con algún fervor pueda recordarlos sin esfuerzos por un movimiento natural del pensamiento y el corazón, y recibir en abundancia, por el favor de María, el rocío de la gracia celestial” (ibídem). Las escenas que en el Santo Rosario sirven para la meditación, “se desarrollan con una fuerza de verdad casi dramática, con inmensa ventaja para nuestra piedad” (ibídem).

En cuanto al segundo elemento, o sea la oración vocal, se conecta íntimamente con el primer elemento en “quien ore con algún fervor”. “La emoción hace vibrar los labios siempre con la misma oración” (ibídem). El Papa llama esta oración vocal “maravillosamente adaptada” (apte concinens). “Comienza, desde luego, como es justo, por la oración dominical, la súplica a Nuestro Padre que está en los cielos. Apenas le hemos invocado en sublimes acentos, cuando desde su trono desciende nuestra oración y se dirige suplicante hacia María” (la salutación angélica repetida por decenas). “Esta misma salutación la repetimos con tanta frecuencia a María para que nuestra pobre y débil oración se penetre y fortifique de la confianza necesaria, suplicándole que ruegue a Dios por nosotros en nombre nuestro” (ibídem).

Se puede decir que el Santo Rosario se reza bien cuando sus dos elementos constitutivos (meditación y oración vocal), se conectan íntimamente, como debe ser: En la misma medida que se desconectan, se hace el Rosario pura oración labial y hasta mecánica e indigna. El Papa León XIII, evidentemente, no desconoce este peligro. Porque el que dice: “practicada (la devoción del Rosario) de tal suerte que procure a los fieles toda la fuerza y toda la virtud que en ella existen” dice también lo contrario o sea “no practicada de tal suerte”. En el caso positivo el Rosario es “manantial de numerosos bienes, no sólo para los individuos, sino también para todos los estados”. Sorprende que el Papa ve un elemento positivo en aquel que para muchos constituye el origen del peligro de un rezo superficial. “La fragilidad del espíritu es tal que la cosa más insignificante basta, en el curso de la oración para distraer de Dios y del objeto de sus devociones el pensamiento del que reza; empero, cualquiera que se penetre de la naturaleza del Rosario, apreciará en seguida cómo este modo de orar es eficaz para fijar el espíritu, para preservar el alma del embotamiento, y al mismo tiempo, para excitar en ella un dolor saludable de sus pecados y enderezarla y elevarla hacia el cielo” (ibídem).


III—Bellos ejemplos de meditación del Rosario.

Nos haríamos interminables si quisiéramos citar todos los ejemplos de meditación piadosa sobre los misterios del Rosario que trae León XIII en sus nueve Encíclicas. Baste con un ejemplo, pues el Pontífice, sabiendo que sus encíclicas por a través del ministerio episcopal y sacerdotal habrían de llegar hasta el alma más humilde entre los cristianos, da ejemplos de cómo debe meditarse el Santo Rosario.

“En primer término, se presentan los misterios gozosos. Pues el Hijo eterno de Dios se inclina hacía los hombres, hecho hombre, mas con el asentimiento de María, y concibiendo del Espíritu Santo; Juan entonces es santificado, en el seno maternal, con un privilegió insigne y adornado de gracias de elección para preparar los caminos del Señor; mas todos estos beneficios se deben a la salutación de María cuando visitó a su prima por inspiración del Espíritu divino. Viene, por fin, a este mundo el Cristo, la esperanza de las naciones, mas dado a luz por la Virgen; alrededor de su pobre cuna acuden los pastores y los magos, primicias de la fe, con santo apresuramiento, y encuentran al niño con María, su Madre. Y bien pronto Él, queriendo por una ceremonia pública ofrecerse como hostia a Dios, su Padre, se hace conducir al templo, y allí, por ministerio de su Madre, es presentado al Señor. Y María, en el misterio de Jesús, un instante perdido, aparece ansiosa, busca por todas partes a su Hijo y con qué júbilo le encuentra”.

Fácilmente se observa la orientación mariana de esta meditación: Jesús aparece en todos ellos, pero siempre interviene María y se lo recordamos con gratitud, y de ahí viene el que el Rosario sea tan sumamente agradable a la Virgen.

“El lenguaje de los misterios dolorosos es igualmente sublime. En el huerto de Getsemaní, donde Jesús tiene miedo, donde está triste hasta la muerte, y en el pretorio, donde es azotado, coronado de penetrantes espinas y condenado al último suplicio, no se ve a María, pero desde hace mucho tiempo ya conoce y sufre esos dolores. Pues cuando delante de Dios se inclina como su sierva para levantarse Madre de su Hijo y cuando Ella se consagra toda entera con Jesús en el templo, en ambas circunstancias se asocia, desde luego, a la dolorosa expiación de los crímenes del género humano; es, pues, imposible no verla participando con toda la fuerza de su alma las agonías infinitas de su Hijo y todos sus dolores. Por lo demás, en su presencia, ante sus ojos, debía cumplirse el divino sacrificio, cuya víctima había alimentado con su más pura sustancia. Este es el espectáculo más conmovedor de dichos misterios: de pie, junto a la cruz de Jesús, estaba María, su Madre, penetrada hacia nosotros de un amor inmenso que la hacía ser Madre de todos nosotros, ofreciendo Ella misma a su propio Hijo a la justicia de Dios y agonizando con su muerte en su alma, atravesada por una espada de dolor”.

“Imposible no verla participando”, estas palabras indican nuevamente la orientación de la meditación papal sobre el Rosario. Orientación esencialmente mariana.

IV—La complacencia de la Virgen en el Rosario.

La complacencia de la Virgen en el rezo del Rosario no radica primeramente en que le cantamos a Ella alabanzas, recordándole los misterios de la vida de Jesús en que Ella estaba interesada y participaba a toda hora. La intención de la Virgen es llevarnos a Jesús, y en cuanto el Santo Rosario cumple con esta tarea, le complace a Ella. “Fácil es comprender cuánto ha de complacerla vernos y oírnos tejer esta armoniosa corona de sus alabanzas. Pues rezando de este modo, damos a Dios y le deseamos la gloria que le es debida; buscamos únicamente el cumplimiento de su voluntad; celebramos su bondad y su munificencia dándole el nombre de Padre; y en nuestra indignidad, solicitamos de Él los más preciosos dones; todo esto complace sobremanera a María, y verdaderamente, mediante nuestra piedad, Ella engrandece al Señor” (V).



Viendo cumplida esta su intención de llevarnos a Jesús y al Padre eterno, hay otra razón que “hace que estas guirnaldas de oraciones sean más agradables a María y más dignas de recompensa a sus ojos. Pues cuando recorremos piadosamente la triple serie de los misterios, expresamos más vivamente nuestros sentimientos de gratitud hacia Ella, porque así declaramos que nunca nos cansamos de recordar los beneficios por los cuales Ella ha tomado parte en nuestra salvación con ternura sin límites. Y estos recuerdos tan grandes, repetidos tan frecuentemente en su presencia y celebrados con fervor, apenas podemos vislumbrar cómo llenarán su alma bienaventurada de alegría inexplicable en el lenguaje humano y de solicitud y caridad maternales” (V). “Es casi imposible decir cuan agradables le somos, pues cada vez le representamos el recuerdo de su sublime dignidad y de la redención del género humano, que por Ella comenzó Dios, y el lazo perpetuo y divino que la une a las alegrías y a los dolores, a los oprobios y a los triunfos de Cristo para la dirección y asistencia de los hombres por el camino de la eternidad” (III). “El oficio de Mediadora de la divina gracia que ejerce continuamente en nuestro favor delante del trono de Dios, no está quizás en ninguna parte mejor expresado que en el Rosario”. (V). El Santo Rosario da además a María la posibilidad de enseñar a sus hijos el amor a Dios, el valor de sus almas inmortales y la belleza de las virtudes. “El Rosario inunda el alma de los que le recitan devotamente de una dulzura piadosa, siempre nueva, produciéndoles la misma impresión y emoción como si estuvieran escuchando la propia voz de su misericordiosísima Madre, explicándoles estos misterios y dirigiéndoles saludables exhortaciones” (III). Porque es fácil que el hombre flaco desmaye “en la conciencia de su debilidad nativa”, “ante tan sublimes ejemplos dados por Cristo, Dios y hombre a la vez”, “he aquí que en su prudencia y bondad, Dios nos ha dado en María el modelo de todas las virtudes más a nuestro alcance. Al considerarla y contemplarla, nuestras almas no se sienten como agobiadas por el esplendor de la divinidad, sino al contrarío, atraídas por el parentesco de una naturaleza común, trabajan con más confianza en imitarla” (III).


V—Disposiciones exteriores del Papa sobre el Rosario.

El Sumo Pontífice consagró en su primera encíclica el mes de octubre al rezo del Santo Rosario. Pero en el fondo, quería que el rezo se volviera costumbre diaria en los individuos, familias y parroquias. “Hay que guardar o restaurar religiosamente una costumbre que estuvo en su vigor entre nuestros antepasados, cuando en las familias cristianas, lo mismo en las ciudades y en los campos, se tenía por inviolable, al caer el día, acudir de las fatigas del trabajo ante una imagen de la Virgen y pagarle alternativamente el tributo de la alabanza por medio del Rosario. Y Ella, complacida en extremo por este obsequio fiel y concorde, les asistía como una buena madre rodeada de sus hijos, derramando sobre ellos los dones de la paz familiar como anuncio de la paz celestial” (VII).

En las iglesias debía rezarse el Santo Rosario por las mañanas y por las tardes en el mes de octubre. En forma progresiva, el Pontífice obliga a las iglesias desde las catedrales hasta los oratorios, las dedicadas a la Virgen hasta luego las no dedicadas; desea que la costumbre se generalice lo más que se pueda. El rezo por las mañanas siempre ha suscitado, sobre todo entre los liturgistas extremos, dudas y discusiones acerca de la conveniencia de tal rezo durante la santa misa.

 En efecto, la primera encíclica contiene un término poco feliz, diciendo: “Deseamos, asimismo, que el pueblo concurra a estos ejercicios piadosos, y que, o se celebre en ellos el santo sacrificio de la misa, o se exponga el Santísimo Sacramento a la adoración de los fieles, y se les dé luego la bendición con el mismo” (I). Parece, en esta encíclica ordenarse en primer lugar el Santo Rosario, y que en este ejercicio se celebre la Santa Misa, como si fuera cosa de segundo lugar. Sin embargo, no tenían razón para estrechar las palabras los que quisieron entenderlas mal. Ellas no querían establecer rango ni orden, y en la segunda encíclica leemos: “Se recen diariamente al menos cinco decenas del Rosario y las letanías: si es por la mañana, se rezarán durante la misa… “como quien coloca el rezo en un tiempo disponible, en este caso, en un tiempo en que ya se fijó algún oficio sagrado, para la comunidad la Santa Misa. La discusión entre los muy observantes de la liturgia no ha cesado sin embargo hasta el presente día.

El Papa fijó también intenciones especiales por las cuales ofrecer el continuo y asiduo rezo del Santo Rosario. En las primeras encíclicas ordenó que se rezara porque la Iglesia pudiera vencer a los enemigos de la fe y de la moral, mas en las últimas, y sobre todo de la Adjutricem populi o sea de 1895 en adelante fija como intención principal la reunión de los cristianos disidentes a la verdadera Iglesia de Cristo. Desde el año de 1893 cuando el Papa aprovechó el Congreso Eucarístico en Jerusalén para la misma intención, la reunión de los cismáticos ocupó lugar de día en día más destacado en el corazón de León XIII.

Ricardo Struve Haker
Pbro.

Tomado de la Revista Regina Mundi

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