jueves, 28 de febrero de 2013

“¿Esto os escandaliza?”(Juan 6, 61)



Por Julio Ricardo Castaño Rueda
Miembro de la Sociedad Mariológica Colombiana

La renuncia del papa Benedicto XVI les recuerda a los profetas del desastre las palabras de Jesús: “…Pero Yo les digo la verdad: les conviene que Yo me vaya; porque si no me voy, el Consolador  no vendrá a ustedes; pero si me voy, se lo enviaré…”  (Juan 16-7).

Lo grave del asunto no es la dimisión de un santo pontífice. Lo asombrosamente tedioso del evento es la amnesia prepago de los enemigos del catolicismo. Ellos sólo venden las profecías de los agoreros de feria.

La verdad es que la Iglesia es un sacro-oficio (sacrificio) de 2.000 años. En resumen, el fundador fue abandonado por sus discípulos ante una frase sublime: “…el que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él…” (Juan 6- 56). Judas lo vendió, Pedro lo negó y su pueblo lo crucificó.

En los primeros 300 años de apostolado los suyos fueron merienda de fieras. La situación de crisis permanente siguió vigente por entre los siglos a ritmo de ignominia. El papado soportó el estigma de la simonía, la lujuria, el nepotismo y el cisma. Sí, la Iglesia carga con la cruz de 1.500 millones de pecadores por una senda redentora. Ella se crucifica, perdona y resucita como el pan nuestro de cada día.

La Iglesia, divina y humana, es un milagro atemporal. No la venció la Roma Imperial, no la derrotaron las hordas asiáticas, ni sus propios defectos porque Martín Lutero, El Apóstata, fue un gran defensor de la Santísima Virgen María. Los nazis no pudieron asaltar El Vaticano. Los tanques soviéticos salieron de Austria ante el empuje del Santo Rosario. La mansedumbre petrina vio caer a la tiranía comunista bajo el muro de la infamia.

En síntesis, ningún peligro podrá destrozar la verdad de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana porque: “…El Señor es mi pastor nada me falta. En prados de hierba fresca me hace descansar, me conduce junto aguas tranquilas y renueva mis fuerzas. Me guía por la senda del bien, haciendo honor a su nombre…” (Salmo 23 1-3).

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