miércoles, 29 de octubre de 2014

La glorificación de la Santísima Virgen María Dormición en oriente – Asunción en occidente (2ª parte)







José Manuel Tobar C. pbro.
Sociedad Mariológica Colombiana


HIMNO
I
A  alumbrar la misma luz,
a alegrar la misma gloria,
y a coronar las coronas.

II

A tocar cielo al mismo cielo,
a tocar la beldad hermosa,
la nobleza
y a honrar las mismas horas

III
Sobre la que es de los cielos
honra riqueza, corona
luz, hermosura y nobleza
cielo, perfección y gloria.

IV

Flamante capa la viste,
a quien las estrellas bordan
en cuya labor el sol
ningún rayo perderá

V

La luna a sus pies mendiga
todo el candor que atesora,
y ya sin temer menguantes,
plenitud de luces goza.

VI

A recibirla salieron
las tres divinas personas
con los aplausos de quién es hija,
madre y esposa.


Amén.

Dando continuidad al trabajo anterior, pasaremos a estudiar el Dogma de la Asunción de la Santísima Virgen María, en la Iglesia de occidente.

La Asunción de María, es un dogma definido, solamente por el papa Pío XII, el primero de noviembre de 1950, en la constitución apostólica Munificentissimus Deus en el cual se explica su significado teológico y vital.

Según la constitución anterior la Asunción de María está arraigada en la escritura tal como la interpretan los padres y teólogos. Citamos algunos de los pasajes bíblicos, que se invocan, a saber:

Gen; 3,15; “Yo pongo enemistad entre ti y la mujer…” La nueva Eva está estrechamente unida al nuevo Adán, aunque subordinada a él en la lucha contra el mal. Lo mismo que la gloriosa resurrección de Cristo, fue parte esencial y final de esta victoria. Así, también para María, la lucha que tiene en común con su Hijo tenía que concluir con la glorificación de su cuerpo virginal.

Ex 20,12; “Honra a tu Padre y a tu Madre”. Desde el momento que nuestro Redentor es hijo de María no podía menos que honrar como cumplidor perfecto  de la ley divina a su Madre. Pudiendo conceder a su Madre tan grande honor, preservándola inmune de corrupción del sepulcro,  hay que creer que lo hizo realmente.

Sal. 45, 10.14-16: “a tu diestra, una reina adornada con oro de Ofir”… Vestida de brocado es conducida al Rey. Este salmo se aplica a María reina, que entra triunfante en el palacio celestial y se sienta a la diestra del Divino Redentor. (1)

Cant. 3,6: “La esposa del cantor, sube del desierto como columna de humo. Perfume de mirra e incienso, para ser coronada”. Es figura de aquella esposa celestial, que junto con el divino esposo, es levantada al paraíso de los cielos. Lc. 1,28 (En la Vulgata) “los doctores escolásticos consideran con especial interés, las palabras Ave, llena de gracia, es Señor está contigo, bendita tú entre las mujeres, ya que verán en el ministerio de la Asunción.
(Ap. 12) “La mujer vestida de sol…”

El santo padre Pío XII concluye: “todas estas razones y consideraciones de los santos padres y de los teólogos tienen como último fundamento la escritura que nos presenta a la excelsa Madre de Dios, estrechamente unida a su Hijo Divino, participando siempre de su destino.



(1) Cita: “¿Quién podrá imaginar la gloria, que envuelve a la reina del mundo, y con cuánto afecto de devoción, saldrían a recibir todas las naciones celestes; con que cánticos sería acompañada hasta su trono glorioso. Con qué semblante tan apacible, con que rostro tan sereno, con que divinos abrazos será recibida, por el Hijo y ensalzada sobre toda creatura con el honor que merecía madre tan excelsa. Con aquella gloria tan propia del  Hijo.  ¿Quién podrá explicar la generación de Cristo y la Asunción de María? ¿Por qué cuanto mayor gracia mereció alcanzar en la tierra sobre las demás creaturas, tanto más gloriosa singular recibe en los cielos.
               
   Sermón de la anunciación de Santa María. San Bernardo, las alabanzas de María Pág. 151.

Nótese pues como la unión indisoluble de María con su Hijo fue de un doble orden:

1). Físico: en el sentido en que María al acoger en su seno al Verbo Divino y al revestirlo de nuestra carne, se convirtió en algo parecido, al arca de la nueva alianza.

2). Moral: en cuanto que María como nueva Eva, al lado y en dependencia del nuevo Adán, participó íntimamente de la obra redentora del Hijo, en la lucha y en la victoria, contra el demonio, el pecado y la muerte, por eso lo mismo que la resurrección, fue epílogo de la salvación realizada por Cristo. Era conveniente que la participación de María, en esta lucha se viera coronada por la glorificación de su cuerpo virginal.

De otra parte, se puede afirmar como la Asunción es consecuencia de la unión perfecta de María con su Hijo.

María participa de la resurrección de Cristo en cuanto que estuvo perfectamente unida a Él escuchando su palabra. Su maternidad carnal estuvo precedida por el Fiat, es decir por el asentimiento libre que María contestó al ángel Gabriel cuando anunció la propuesta que Dios le hacía. La Asunción es la epifanía de la transformación tan profunda que la semilla de la palabra divina produjo en María en la integridad de su persona.

Nótese como la liturgia occidental de la Asunción, en la Misa de la Vigilia, sintetiza la dimensión física y moral que María contrajo con Jesús.

María, asunta al cielo, es la imagen escatológica de la iglesia. La glorificación final de María es una de las grandes cosas con las que Dios da señales a su Iglesia.  Ella se convierte así en figura, tipo, ejemplo de lo que la Iglesia tiene que ser, en la fase peregrinante y en la gloriosa.
El Vat II (Lg 668) ha querido resaltar este aspecto. 2. La Asunción es unidad de fe. 
                                                                                                                      
2. El santo padre Juan Pablo II dice al hablar de la Asunción de María, Verdad de Fe: En la línea de la carta Munificentissimus Deus de mi predecesor, Pío XII, el Concilio Vaticano II, afirma que la Virgen Inmaculada: “terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo” (Lumen Gentium, 59). El dogma de la Asunción, afirma que el cuerpo de María fue glorificado, después de su muerte. En efecto, mientras para los demás hombres la resurrección de los creyentes tendrá lugar al final del mundo para María la glorificación de su cuerpo se anticipó por su singular privilegio.

El primer testimonio de la fe en la Asunción de la Virgen aparece en los relatos apócrifos titulados: Transitus Mariae cuyo nuevo augurio se remonta a los siglos II y III. Se trata de representaciones populares, a veces noveladas, pero que en este caso reflejan una intuición de fe de los pueblos de Dios.    

En mayo de 1946, con la encíclica Deiparae Virginis Mariae, Pío XII promovió una amplia consulta, interpelando a los Obispos, y a través de ellos, a los sacerdotes y pueblo de Dios sobre la posibilidad y la oportunidad de definir la Asunción corporal de María como dogma de Fe.
                                                                                                                  San Juan Pablo II. Audiencia general 9 – VII – 1997¬ – JN P II: La Virgen María.

Retomando el dogma de la Asunción en la MD; se anota como la falta de pasajes explícitos de la escritura sobre la Asunción de María había hecho surgir dudas a algunos teólogos sobre la definición de definibilidad como verdad revelada por Dios. Esta dificultad fue felizmente superada ya que el documento la define como: “Verdad revelada” divinamente dándose más que en textos específicos, bíblicos, litúrgicos o patrísticos en el contexto de las divinas indicaciones contenidas en la tradición y no por último en la fe universal de los fieles, que tomados en bloque, atestiguan una segura revelación del Espíritu Santo.  El principio fundamental está constituido por aquel único e idéntico decreto de predestinación en el que desde la eternidad, María está unida misteriosamente, por su misión y sus privilegios.

 “La Madre de Jesús, la misma que está ya en el cielo, glorificada, en el cuerpo y el alma, como la imagen  y comienzo de la Iglesia que tendrá que tener su cumplimiento en la edad futura, así también brilla ahora en la tierra, delante del pueblo de Dios peregrino, como signo de segura esperanza y de consolación, hasta que llegue el día del Señor”.

A Jesucristo en su misión de Salvador y Redentor en su gloria, en  su victoria sobre el pecado, y en su muerte, sus privilegios (Inmaculada  Concepción y  virginidad perpetua) entendidos en su globalidad como principios de unión con Cristo hacen que María no solamente se viera inmune de toda corrupción del sepulcro sino que alcanzase la victoria plena sobre la muerte, es decir, fuera elevada en alma y cuerpo a la gloria del cielo y resplandeciese allí como Reina a la diestra de su Hijo, Rey inmortal.

La Asunción representa para María la coronación de toda su misión y de sus privilegios, la exalta por encima de todos los seres creados. Bajo el aspecto cristológico, este privilegio se deriva de aquella unión tan estrecha que liga, por un eterno decreto de predestinación, la vida, misión y privilegios de María a Cristo y a su obra, gloria  y nobleza.

El santo padre Pío XII en la MD, no definió si María había muerto ya que el objeto primario de la definición es la glorificación corporal de María  y no solo la glorificación de su alma, una vez cumplido el curso de su vida terrestre.(3)

Si María no hubiese muerto (la Asunción habría que interpretarla como resurrección gloriosa anticipada) o si había sido tomada y glorificada por Dios en toda su realidad existencial humana sin pasar por la muerte de modo parecido a lo que sucederá con los justos, en los que la parusía del Señor encuentre vivos al final de la historia (1Cor 15, 21; “no todos moriremos, pero todos seremos transformados”.

La muerte de María, por otra parte, es una verdad que con certeza está atestiguada por la tradición la cual se ha manifestado diariamente por muchos siglos. (3)      
                                   
         (3). “Era conveniente que su cuerpo santísimo, que había llevado y contenido dentro de sí a Dios,   cuerpo divinizado, -incorruptible, iluminado por la luz divina, lleno de gloria, fuese transportado    por  los apóstoles, en compañía de los ángeles, y puesto por poco tiempo en la tierra, fuese alzado    gloriosamente a l cielo, junto con su alma agradable a Dios. (Efectivamente, si el Señor, al ver que  los apóstoles estaban afligidos, por causa de su pasión, les dijo: Me voy para prepararles un lugar    (Jn.14,2), con más razón habrá preparado un lugar para aquella que le dio a luz, y un lugar tanto más excelente, cuanto mejor era la confianza con la que ella estaba unida a él. Así pues, el cuerpo  inmaculado de la Virgen Santísima y su alma pura y amada de Dios, fueron llevados juntamente al cielo, con escolta de ángeles”.
                          Teat de Livia: homilía sobra la Asunción de la Santa Madre de Dios, Guillermo Paus: textos marianos de Los primeros siglos.                                                                                                                                                                                                     
  Si la muerte física no es consecuencia del pecado original, María tenía que morir. Ella como Cristo fue glorificada en cuerpo y alma. Ella se encuentra anticipadamente en la situación propia de los gloriosamente resucitados, prueba semejante a la su hijo que resucitó de entre los muertos, situación a la que los justos solo llegarán el día de la parusía del Señor. Esa situación no consiste solamente en el estado en que las almas de los justos, gozando de la bienaventuranza eternas, ven a Dios como Él es, si no del gozo de esos bienes en una situación de plenitud existencial humana, es decir, por parte del hombre todo en su realidad de cuerpo y alma, en su humanidad humana de cuerpo vivificado por el alma.
                                                                                                                                              Negar la muerte es negar el mismo hecho de la resurrección. Desde el siglo II los padres afirman una especial unión de María, la nueva Eva, con Cristo, el nuevo Adán en la lucha contra el diablo. Según génesis 3,15 la lucha de Cristo contra el diablo había de culminar en su victoria total sobre el demonio. En el protoevangelio se anuncia que el descendiente de la mujer, el Mesías, aplastará la cabeza de la serpiente. Según san Pablo (Rom. 5,6; 1 Cor. 15, 21-26) la victoria de Cristo contra el diablo, fue la victoria contra el pecado y la muerte.

Hay que afirmar una especial participación de María que habrá de ser plena, dada la plenitud de su participación en la lucha en esta victoria de Cristo victoria de la que es parte esencial y último trofeo, la resurrección de Cristo. La especial participación de María en la victoria de Cristo no podría considerarse completa sin la glorificación corporal de María.   (1 Cor 15-54; cuando este cuerpo corruptible se revista de incorrupción y este cuerpo mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá este texto de la escritura).

La singularidad de la asociación de María a la lucha de Cristo, contra el que “poseía el poder de la muerte, es decir el diablo”, absolutamente superior a la asociación que tenemos los de Cristo en esa lucha hace también que la asociación de María, a la victoria de Cristo sobre la muerte, tenga que colocarse en un nivel singular, propio superior a los de Cristo, que resucitaría en la parusía del Señor, al final de la historia.

Nótese como con frecuencia se ha atenuado la firmeza de la tradición, sobre la Asunción de María señalando que sus orígenes hay  que descubrirlos en conexión con las narraciones apócrifas.

No pocos apócrifos son narraciones populares o catequesis argumentados con elementos de imaginación popular en orden a enseñar verdades válidas de tradición.

Desde finales del siglo II se comenzó en la Iglesia a interrogar sobre los últimos momentos de la muerte de la Virgen (Cfr. a de Santos Otero, Los evangelios apócrifos pág. 576): el transito escrito por el Seudo Maritón,  quizás a finales del siglo IV, tiene una singular importancia en esta línea. Allí se afirma la resurrección definitiva del cuerpo de María y su elevación a los gozos del paraíso en la intimidad completa y permanente con Cristo glorioso.    
  
 Nótese como ya en los comienzos del siglo III Tertuliano llamaba a la mera pervivencia del alma – “media resurrección (Cfr: de resurrección 2; pl. 2.796). Será indigno de Dios llevar medio hombre a la resurrección. María fue asunta no meramente para que el gozo de su alma se extendiera también al cuerpo. Hay motivos mucho más profundos para entender el porqué de la Asunción de María. Aún que el alma del justo que no tenga nada de que purificarse entre en la visión inmediata de Dios, enseguida después de la muerte. (Cfr: Benedicto XII, Const. Benedictus Deus: Dezinger,-530).

La Asunción de María le da la posibilidad de poseer a Dios, de ese modo más intenso, que corresponde a la situación, de resurrección final, María por su Asunción es una resucitada.

Solo Cristo y María interceden con toda su realidad existencial humana. Tratándose de resucitados, hay que decir que, junto al trono del Padre, además del corazón resucitado de Cristo, está el corazón materno de carne, el corazón de María latiendo de amor hacia nosotros.

María resucitó en el momento de la muerte, así lo afirmó: Cándido Pozo, el primer autor católico que aplicó a la Asunción la llamada escatología de la fase única. Para este teólogo, María habría resucitado en el momento de morir, con todos los cristianos, y la Asunción no sería un privilegio ni una anticipación (puesto que todas las resurrecciones, son simultáneas al suceder, fuera del tiempo).

María asunta incorpora en su propia persona la iglesia gloriosa, de la que es expresión perfecta y personal. En ella se presenta, plenamente la comunidad celeste, ante nosotros, en ser miembro más perfecto y más representativo, María, pues no es el “tipo de la iglesia celeste, sino su personalización”, o expresión personal en la Asunción. María expresa lo que es, lo que será, esta iglesia gloriosa.

María es imagen y privilegio de la iglesia, que ha de ser consumada, en el futuro. (Lumen Gentium, 68).

La Asunción de María, debe entenderse, como algo que separa -aunque sea por elevación- a María del resto de  los cristianos; significa por el contrario su plena inserción en el misterio de la comunión de los santos. Así como cuerpo pneumático, órgano e instrumento del Espíritu. Ella sigue cooperando en la vida y el crecimiento de la iglesia, más perfectamente de cómo podría hacerle en su vida terrena.

Nótese como la muerte corporal de María, parece ser exigida por múltiples razones:

a-        Por haber recibido la naturaleza caída de Adán. Es cierto que María no contrajo pecado original, pero tuvo el débito del mismo.

b-        Por exigencias de su maternidad divina -Corredentora- se dio al Redentor, como divinidad y mortal, debió tenerla también Ella -debía participar de los dolores de su Hijo y de su muerte (su compasión al pie de la cruz) sin su muerte real, faltaría algo al perfecto paralelismo entre su Hijo y el Redentor y Ella.

c-         Cristo murió, ¿y María sería superior a Él al menos en este aspecto relativo a la muerte corporal? Aún suponiendo como quieren algunos, que María tenía derecho a no morir (en virtud sobre todo a su inmaculada concepción que la preservó de la culpa, y, por lo tanto, también de la pena correlativa, que es la muerte), sin duda alguna había María renunciado de hecho a ese privilegio para ponerse en todo -hasta en la muerte y resurrección a su divino Hijo Jesús.

d-        Para ejemplo y consuelo nuestro: María debió morir para enseñarnos a bien morir y dulcificar con su ejemplo los temores de la muerte. La recibió con calma, con serenidad, aún más con gozo, mostrándonos que no tiene nada de terrible para aquel que vivió piadosamente y mereciéndonos la gracia de recibirla con tanta disposición.

María murió sin dolor porque vivió sin placer, sin temor. Porque vivió sin pecado, sin sentimiento, sin apego terrenal. La muerte fue semejante al declinar de una hermosa tarde, fue como un sueño dulce y apacible, era menos el fin de una vida, que la aurora de una existencia mejor. Para asignarla la Iglesia encontró una palabra encantadora, la llamó: el sueño (dormición) de la Virgen.

Explicación del dogma.

Escuchemos al papa Pío XII:

Los argumentos teológicos que explican el Dogma de la Asunción son del todo firmes y seguros.

1).        Es una exigencia de su concepción inmaculada.

Este privilegio de la Asunción de María resplandeció con nuevo fulgor desde que nuestro predecesor Pío XII definió solemnemente el dogma de la inmaculada concepción de la augusta Madre de Dios. Estos dos privilegios están juntamente, unidos entre sí. Cristo, con su muerte venció la muerte y el pecado, y sobre el uno y el otro, reparte también la victoria en virtud de Cristo todo aquel que ha sido regenerado sobre naturalmente por el bautismo. Pero por ley general, Dios no condena a los justos, el pleno efecto de esta victoria, sobre la muerte sino cuando haya llegado el fin de los tiempos. Por eso, también los cuerpos de los justos se disuelven después de la muerte, y, solo en el último día vuelven a unirse cada uno con su alma gloriosa. Pero de esta ley general quiso Dios que fuera exenta la Bienaventurada Virgen María. Ella por privilegio del todo singular venció el pecado, en su concepción inmaculada; por eso no estuvo sujeta a la ley de permanecer en la corrupción del sepulcro, ni tuvo que esperar redención de su cuerpo, hasta el final del mundo.(4).    
                                                                                          
 2). Es una exigencia moral de su excelsa dignidad de Madre de Dios, y el amor hacia Ella de su divino Hijo. Todas estas razones tienen como fundamento la Sagrada Escritura la cual nos presenta a la excelsa Madre de Dios unida estrechamente a su Hijo y siempre participe de su suerte. Parece imposible imaginársela, separada de Cristo, aquella que le concibió, le dio a luz, le nutrió con su leche, le llevó en sus brazos y apretó en su pecho. 
                                                                                                                                                                                  
 3). Por su condición de nueva Eva, dice el Papa: desde el siglo II María Virgen es presentada por los Padres como nueva Eva, estrechamente unida al nuevo Adán, si bien sujeta a Él, en aquella lucha contra el enemigo infernal, que como fue anunciado en el protoevangelio (Gen. 3,15) había de terminar con la plenísima victoria sobre el pecado y sobre la muerte.  Para María la común lucha debía concluir con la glorificación de su cuerpo virginal porque, como dice el Apóstol, cuando: “Este cuerpo mortal sea revestido de inmortalidad, entonces sucederá lo que fue escrito; la muerte fue absorbida por la victoria”. (I Cor. 15, 54)                                                    
                                                                                                                                                            
4). Por el conjunto de sus demás privilegios excepcionales. Los mariólogos mencionan algunos, tales como su perfecta virginidad, que parece postular la total incorruptibilidad de su cuerpo, la plenitud de su gracia, que parece redundar, sobre su cuerpo; preservándole de la corrupción etc.
                                                                                                                                                                   5). “María fue preservada de la corrupción del sepulcro. El tabernáculo espiritual que maravillosamente albergó a Dios, Señor del cielo y de la tierra, cuando asumió nuestra carne hoy es trasladado e instalado gloriosamente en una eterna incorruptibilidad en estrecha relación con Cristo siendo protección segura, salvación y defensa de todos nosotros los cristianos. ¡Oh bienaventurada dormición de la gloriosa Madre de Dios, que por siempre permaneció Virgen, después del parto y cuyo cuerpo, que había dado albergue a la vida no padeció la corrupción del sepulcro, pues Cristo, el Salvador todo poderoso que nació de Ella preservó su carne de la disolución.”   Modesto de Jerusalén, Sermón sobre la dormición. Pág. 86, 1293.  Guillermo Paus: textos marianos de los primeros siglos. Pág. 236

Pero a nuestro juicio, dice el Papa, son corazones de mera convivencia, apenas añaden nada a los argumentos fundamentales.

¿Cómo se realizó la Asunción?

La Virgen murió como hemos visto en el mismo momento en que su alma se separó del cuerpo –que en eso consiste la muerte- entró inmediatamente en el cielo y quedó, por decirlo así, incandescente de gloria en grado incomparable como correspondía a la Madre de Dios y a la excelsitud de su gracia. Como el alma de María, al inflamar de nuevo su cuerpo virginal, del que se había separado, por la muerte no venía en el mismo estado en que salió de él, sino incandescente de gloria, comunicó al cuerpo su propia glorificación poniéndole también al rojo vivo de una gloria incomparable.

Teológicamente hablando, la Asunción de la Santísima Virgen María, consiste en la resurrección gloriosa de su cuerpo en virtud de cuya resurrección comenzó a estar en cuerpo y alma en el cielo.

La diferencia está en que Cristo había podido ascender al cielo por su propio poder, aún antes de su muerte y gloriosa resurrección, mientras que María no había podido hacerlo, a menos de un milagro, antes de su propia resurrección gloriosa, pero una vez realizada esta, la Asunción se verificó, utilizando su propia agilidad gloriosa, sin necesidad de ser llevada o ayudada por los ángeles y sin milagro alguno.

Notemos como se ha dado una nueva tendencia escatológica que pretende colocar para cada hombre, la resurrección, en el mismo momento de su muerte.

Así se redimió la Asunción a la glorificación normal de cualquier santo, y consecuentemente, su definición dogmática a una mera canonización, es decir declaración infalible de que María ha sido glorificada por Dios, como cualquier otro santo, que resucitaría gloriosamente, problema que no se resuelve con poner un doble título a María de esa glorificación: su santidad moral y su dignidad de Madre de Dios, con ella no se explica en el dogma mismo de la Asunción, ningún elemento que sea común en los demás santos.

Nótese como el dogma de la inmaculada se trata de una exclusividad fundamental de la condición de María comparada con la de los demás hombres. En el caso de la Asunción, existe una gran diferencia en la realización anticipada del destino final y de la resurrección gloriosa, a la que todos los justos están destinados. La anticipación de  esa resurrección indica lo propio del dogma mariano, pero al mismo tiempo, señala un destino común, el futuro hacia el que se encaminan todos los justos, no se explica que no se hable con términos de singularidad.

Como conclusión del presente trabajo se puede decir:

María sigue estando dentro del mundo y en el seno de la Iglesia con la presencia viva de un viviente… La relación de los fieles con Ella no se lleva a cabo únicamente inmediato el recuerdo de su persona y de su obra, sino alcanzando inmediatamente, a su persona viva y resucitada. Solo a los puros de corazón le es dado entender cuan íntima tierna, maternal y acogedora puede ser la relación con nuestra Madre Santísima.

En su condición glorificada, como cuerpo pneumático, como  órgano e instrumento del Espíritu, María sigue cooperando en la vida y crecimiento de la Iglesia sin las limitaciones propias  de la existencia terrena.

De este modo la Asunción, a la vez que culmen del itinerario histórico personal de María, constituye el principio y el presupuesto para el ejercicio de su misterio espiritual en la comunión de los santos a que estribaría su singularidad.

Digamos, finalmente, que sus privilegios en relación con Cristo y los misterios que caracterizan toda su vida, no deben separarse nunca de la misión salvífica que ella tuvo que ejercer en beneficio de toda humanidad.


La Asunción  de María

(Ángelus del 15-VIII-05)

En esta solemnidad de la Asunción de la Virgen contemplamos el misterio del tránsito de María de este mundo al Paraíso: podríamos decir que celebramos su «pascua». Como Cristo resucitó de entre los muertos con su cuerpo glorioso y subió al cielo, así también la Virgen santísima, a él asociada plenamente, fue elevada a la gloria celestial con toda su persona. También en esto la Madre siguió más de cerca a su Hijo y nos precedió a todos nosotros. Junto a Jesús, nuevo Adán, que es la «primicia» de los resucitados (Cf. 1 Co 15,20.23), la Virgen, nueva Eva, aparece como «figura y primicia de la Iglesia» (Prefacio), «señal de esperanza cierta» para todos los cristianos en la peregrinación terrena (Cf. Lumen gentium, 68).

La fiesta de la Asunción de la Virgen María, tan arraigada en la tradición popular, constituye para todos los creyentes una ocasión propicia para meditar sobre el sentido verdadero y sobre el valor de la existencia humana en la perspectiva de la eternidad. Queridos hermanos y hermanas, el cielo es nuestra morada definitiva. Desde allí María, con su ejemplo, nos anima a aceptar la voluntad de Dios, a no dejarnos seducir por las sugestiones falaces de todo lo que es efímero y pasajero, a no ceder ante las tentaciones del egoísmo y del mal que apagan en el corazón la alegría de la vida.
                                        [L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española,          
                                        19-VIII-05

            Reflexión de Juan XXIII

La suave imagen de María se ilumina e irradia en la suprema exaltación. ¡Qué bella escena la Dormición de María, tal como los cristianos de Oriente la contemplan!: Ella permanece distense en el plácido sueño de la muerte y Jesús está junto a ella y tiene en su pecho, como a un niño, el alma de la Virgen para indicar el prodigio de la inmediata resurrección y glorificación. Motivo de consuelo y de confianza en los días de dolor para aquellas almas privilegiadas, que Dios prepara en silencio para los más altos triunfos. El misterio de la Asunción nos familiariza con el pensamiento de nuestra muerte, en una luz de plácido abandono en el Señor, que queremos que esté cerca en nuestra agonía para recoger entre sus manos nuestra alma inmortal


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