miércoles, 1 de octubre de 2014

Respuestas para una legionaria de María



Estimada hermana:

Recibe un caluroso abrazo de parte de Nuestra Señora en su advocación de Chiquinquirá. Es ella quien me alienta para decirte que es imposible contarte en un simple artículo las maravillas que ocurren en su santuario boyacense.

El dilema radica en que se quedarían cientos de folios vitales por su importancia guardados entre el tintero. La realidad de ese acontecimiento es irreversible en cuanto a que es inagotable. Nada puedo hacer contra la inmensa necesidad de contarte una hagiografía que no culmina. La disyuntiva radica en el tejido de las circunstancias que se anudaron en la  memoria de la Patria por espacio de 428 años.

Quizás querrías un resumen de los hechos más significativos. También esta opción se quedaría miserablemente corta porque rompería la continuidad del suceso. Tengo guardado en mi corazón de cronista las voces de 22 generaciones de promeseros que me hablaron de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá desde múltiples vivencias, escritas y orales, que se acumularon en mis bitácoras después de escasos 16 años de investigar ese fenómeno celestial. Apelo a tu compresión. Te pido perdón por mi frágil capacidad para relatar, en unos pocos párrafos, un prodigio inextinguible.

Y para compensar en algo la curiosidad mística de tus devociones por la Patrona, le daré unas toscas pinceladas de información a varios de tus interrogantes. Espero que ese acto de osadía, que desmiembra el relato sacro, te sirva para buscar con profundidad misionera el sentido de la renovación del ser desde la misteriosa catequesis dictada por la Santísima Virgen en Chiquinquirá.

Te cuento que en la Capital Religiosa se escucha hablar en mandarín, portugués, coreano, inglés, alemán e italiano entre otras lenguas. Son los idiomas de los peregrinos de las tierras lejanas. A ellos, a diferencia de muchos raizales, no les causa vergüenza visitar el primer santuario de la América del Sur donde se custodia el tesoro de la Patria, el lienzo de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá.

Te das cuenta, hermana, que hay tristeza en la ironía. Me cuesta mucho aceptar el asombro respetuoso de los foráneos que aman lo nuestro con delirio de viajeros. Afortunadamente, los labriegos, los taitas de alpargate, los hombres de ruana y sus mujeres de pañolón saben que en la casa de la Patrona se guarda en herencia la voluntad de la misericordia divina. Todavía se ven grandes romerías de caminantes que fatigan la geografía por los antiguos caminos reales al gastar entre tres y cinco días de actividad puramente pedestre. Adoloridos de andar golpean las puertas de la Basílica para entrar a descansar en las bancas. A las cuatro de la madruga, su felicidad doliente se trasmuta en oraciones y coplas. Versos y promesas. Agradecimientos y mandas. Son el testimonio de un pueblo en cuyas venas hay un surco de gloria inmarcesible.

Los ancestros de esa infantería folclórica fueron los que cantaron victoria en la Batalla de Ayacucho. Sobre las frías pampas de los Andes libertados se dejó una estampa de la taumaturga Virgen del Terebinto.

Sí, no te asombres. Chiquinquirá es conocida como la Villa de los Milagros. Y para desentrañarte el arcano de ese apelativo basta con echarle una ojeada a los cronistas de Indias. Ellos registraron un acontecimiento que no terminó guardado entre los límites de las variables del tiempo y el espacio.  El signo sigue vigente. El bautismo  formal de la ciudad no es el producto emocional de una figura literaria escrita por los poetas chiquinquireños. Es una realidad documentada y refrendada por cuatro siglos de sucesos felizmente extraordinarios. 

En Chiquinquirá la fe, la virtud teologal, y las leyes del universo, que edifican el conocimiento científico, entienden que son  hermanas gemelas, hijas del Padre Creador y bajo ninguna circunstancia se oponen a la dignidad de la razón.

El intelecto puede comprobar la armonía de este delicado principio en los anales del fenómeno mariano que no deja de asombrar a propios y extraños.

Y con tu permiso intentaré dar un brevísimo paseo por las épocas donde la frase: “Bendita sea Nuestra Señora de Chiquinquirá” alegró el corazón de sus devotos con un grito desaforado: “Gracias, Dios mío”.

En mi  humilde concepto la colombianidad, en su tradición más cara, debe saber qué pasó el 26 de diciembre de 1586 en los Aposentos de la encomienda de Chiquinquirá. Y sino lo sabe  puede preguntárselo a los hermanos de Maracaibo  (Venezuela). Ellos sí aman, defienden y propagan lo que por derecho de suelo y herencia le pertenece a un país amnésico.

Nuevamente, mi sarcasmo hiere estás páginas. Es una inevitable protesta contra la indiferencia que oculta el sentir de la Nación. Mejor dejo de lado el sentimiento para entregarles la palabra a los doctos que escribieron sobre Chiquinquirá, con tintas de agradecimiento, “Villa de los Milagros”.

En primer lugar deseo que comprendas que donde se levanta la verdad no puede haber cabida para las leyendas, los mitos o las opiniones de los trujamanes del embuste. Y ante esa realidad se levanta magnifico el Proceso jurídico-canónico de la Renovación del cuadro de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá realizado por varios peritos entre 1587-1589 y cuyos originales pertenecen al archivo de la Provincia San Luis Bertrán de los Padres Dominicos.

Tengo en mi poder una copia, que me obliga a compartirte una pregunta al margen de toda pasión. ¿Existe otro elemento probatorio abierto 15 días después de presentarse la mariofonía?  El cuestionamiento va para los señores directores de los santuarios marianos del mundo. No hay vanidad ni inocencia en esos requerimientos. Es mi reto contra la ausencia de identidad de una casta que añora la decadencia de los objetos de los forasteros. Mientras que la respuesta llega tomaré para ti, y al azar, uno de los sucesos que reposan en las hojas de aquel primer expediente.

El 2 de septiembre de 1587, el ecuatoriano Alonso Ruiz Jurado llegó a visitar a Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá  en busca de salud. Estaba tullido de pies y manos.  “…Había un hombre, tullido desde su nacimiento, al que llevaban y ponían todos los días junto a la puerta del Templo…” (Hechos 3,2).

El 7 de septiembre 1587, el ecuatoriano, Alonso Ruiz Jurado, dejó sus muletas y recuperó su movilidad ante Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Ruiz sirvió en la santa casa por espacio de un año para agradecer el  favor. “…Y los cojos andan…” (Mateo 11,5).

Ya te imaginarás la travesía que debieron hacer los familiares para traerlo desde tan lejos a una humilde choza-capilla de una desconocida encomienda. Algo superior estremecía a las fibras de  la idolatría pertenecientes a la cosmogonía muisca en el Nuevo Reino de Granada.

Y por esos finales del siglo XVI, ocurrió que un pueblo se levantó para ir con sus nobles heraldos de a caballo a pedirle al cura de Chiquinquirá que les permitiera sacar el lienzo de la Virgen para llevarlo a Tunja. Los enviados se encomendaron a los favores de la Santísima Virgen María para que los librara de la peste. El mal cesó y la mortandad abandonó los arrabales de incipientes trazos castellanos. Sucedió en diciembre de 1587.

¿Sería que Tunja era una comunidad de mitómanos?  ¿Tú, que piensas? Y sobre el hecho criminal de violar la ley de Dios con una hedionda mentira colectiva recolectaron dinero suficiente para hacerle un templo votivo en el Cerro de los Ahorcados en acción de gracias a la Reina de los Ángeles. Lo interesante es que la fe pervivió y en el año 2014 aún suben los boyacenses a esa loma tutelar para confiarle sus cuitas a su Señorita. 

Y te sigo armando el emblema de la conciencia nacional. El tiempo pasó y el mal, como el pecado, regresó. Esta vez no fue solamente la señorial Tunja la afectada. El 30 de julio de 1633, los pobladores de la Villa Santa María de Leiva realizaron una sesión de Cabildo Abierto para pedirles a las autoridades que se gestionaran los permisos para poder sacar el cuadro de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá de su sede y traerlo, en rogativa, contra la peste y el hambre. La llamada Peste Grande o de Santos Gil azolaba el Nuevo Reino de Granada con sus sepulturas insepultas. Los brazos para cargar a los muertos escaseaban. La mortandad era un signo del horror sin tregua.

Los hijos de aquella primera generación de testigos no olvidaron el socorro al que acudieron sus viejos. Fieles al principio de la tradición volvieron sus rostros hacia la Virgen de Chiquinquirá. 

El 7 de agosto de 1633, el Cabildo de Tunja nombró al alcalde ordinario, Diego Juárez de Novoa; al regidor, Diego de Ventura; al procurador general, capitán Jacinto de Guevara y al escribano Alonso de Vargas para dirigir la comisión que iría a Chiquinquirá para solicitar la salida de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. El objetivo era llevarla para Tunja e invocarla como remedio contra la peste.

Sobre este tema tienes material de consulta suficiente en la  Biblioteca Nacional y aún por Internet puedes ilustrarte sobre la llamada peste de Santos Gil y la participación de la Chinca en el aciago suceso.

Pero antes de salir del siglo XVII te invitó a fatigar tus ojos. ¿Serías tan gentil de leer en castellano antiguo el libro Verdadera histórica relación del origen, manifestación y prodigiosa renovación por sí misma y milagros de la imagen de la Sacratísima Virgen María Madre de Dios Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá de fray Pedro de Tobar y Buendía, O.P., facsimilar de la primera edición de 1694. Instituto Caro y Cuervo, Bogotá 1986?

Supongo que no soy un modelo pedagógico de motivación propedéutica, pero en tus manos está la opción. Si lo deseas te puedo prestar un tomo. Se editaron 1.000 ejemplares, 200 de  ellos numerados. ¿Cuántos habrán sobrevivido a las purgas de los trasteos? Si por gracia de divina llegaste hasta este reglón quizás  pueda lanzar al vuelo de tus intereses otras temáticas.

Entonces, considero un deber cristiano rogarte que por favor te documentes sobre la manifestación de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá ocurrida en Maracaibo (Venezuela) el 18 de noviembre de 1709. Eso me ahorraría una larga conferencia en los salones de la sede del Senatus de Bogotá.

Sin embargo, regreso a la duda del principio. Aquí el resumen no es válido aunque admito cierta ventaja en saltar por las épocas para poder enseñarte algo que afiance tu sana doctrina. Para eso elegí de regalo un suceso irrefutable que aconteció en la quinta salida de la Patrona de su santuario.

El Papel Periódico Ilustrado (nro 113) del primero de abril de 1887 publicó el caso de la conversión del señor Bonilla ante Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá en su visita a Bogotá en 1841. “…Decidióse, pues, sacar a la Virgen de Chiquinquirá para traerla a la capital. Más de seis mil personas la acompañaban con cirios encendidos y se le hacían rogativas en todos los templos del tránsito. Ya en Bogotá, era conducida para la Catedral y Bonilla estaba con un amigo en la esquina de la plaza burlándose de la imbecilidad del pueblo que, decía, adoraba un lienzo mugroso, o tal vez más bien las joyas con que estaba adornado. Al pasar el cuadro de la Virgen delante de él, cayó de rodillas con su compañero, creyendo los que lo veían que hacía aquello aún por burla; pero luego se notó la descomposición y el espanto en la fisonomía del incrédulo, quien de allí mismo subió a pedir una celda en el Convento de la Candelaria para tener ejercicios espirituales. De ellos salió transformado en otro hombre, anunciando su próxima muerte de la epidemia que estaba cesando y de la cual murió algún tiempo después, y dando ejemplo de fervor y de fe. No se supo que fue lo que vio o sintió, pero él exclamó siempre desde ese momento: ‘Sí hay cielo; sí hay infierno; todo lo que nos enseña la Iglesia es verdad’…”

Debes estar fatigada de saber que he abierto en tu conciencia una cantidad de huecos históricos que se bifurcan por entre profundos laberintos de relatos sin lectura. Es casi un delito de academia dejarte con la miel en la boca.

En aras de la brevedad de tu apostolado legionario pasaré fugaz por la ruleta de las cronologías y la detendré en la vida de dos santos de moda.

El primero es el papa Juan XXIII que envío un cirio votivo para que ardiera en la Basílica de Chiquinquirá por el éxito del Concilio Vaticano II. El segundo es el papa Juan Pablo II que, el 3 de julio de 1986, se arrodilló para orar ante el venerable lienzo. Sí, es el mismo sitio donde muchos compatriotas piensan que colocarse de hinojos ante la Reina de Colombia es una práctica ritual premoderna…

Eso es una falta de pertenencia que se podría arreglar con un rato de lectura. Te hago una sugerencia. Si pasas por la Hemeroteca Nacional te recomiendo hojear la revista Carrusel del periódico El Tiempo del 12 de julio de 2002. Este medio publicó una nota sobre la Reina Morena. El texto incluyó el testimonio de un militar norteamericano que luchó en la Guerra de Corea donde quedó ciego. El veterano recuperó la visión en una visita al Santuario de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá.

Y por favor, no te extrañes porque conozco una bibliografía donde encontrarás más de 400 casos de curaciones. Allí, la ciencia médica  dijo: “No se puede salvar” y el devoto respondió: “Pues yo ya me encomendé a la Virgencita de Chiquinquirá”.  Ahí es cuando se entiende porque a la urbe de mis afectos también se le conoce como: “La Ciudad Promesa”.

Y antes de finalizar esta extensa misiva de pequeñas informaciones te cuento que la tradición, la identidad y la historia son tres pilares que constituyeron a Chiquinquirá como la matriz donde se gestó el hombre colombiano y a sus pervivencias históricas y folclóricas. Es en ese vértice de mil caminos donde se reveló el contenido antropológico del signo de la fe. Ellos vieron y creyeron. En ese ámbito, de motivos y promesas, se encuentran los comportamientos heredados de la memoria, arquitecto de feliz de la raza criolla. Sobre la dimensión cultural de los peregrinos  creció el alma nacional. Ellos edificaron las plazas de la ciudad mariana para albergar sus procesiones, oficios, poesías y suplicas.

En esos espacios es donde el hijo aprende del padre y este de sus mayores el gusto por la artesanía de las costumbres. El saber popular se convierte en una cátedra donde los pueblos conversan e intercambian sus creaciones artísticas en una dinámica de  escuela de artes. En esas aulas callejeras, entre coplas y totumas repletas de chicha, se respira la síntesis del conocimiento vernáculo con sus tesis de asombro.

En aquellas charlas de patriarcas se escucha, con pausada armonía, el sonido del Siglo de Oro Español en las palabras que usó Francisco de Quevedo. La semántica y sus etimologías guardan intacto el sabor de Granada y sus amos árabes. Las voces fueron amansadas por el vicio castellano de bautizar las cosas con la lengua de Cervantes. Por ejemplo, la tradicional almojábana es una receta morisca que nuestra bromatología nacionalizó. Pero esa gramática, tejida por el latín, sirve para conservar técnicas que desafían la más aguda inteligencia. Se trata de la siembra del agua. El líquido sacado del Pozo de La Virgen se planta, con calabazos, en las tierras estériles y al cabo de un tiempo nace un manantial. ¿Cómo? Eso te corresponde a ti, hermana legionaria. Debes descubrir el tesoro que ocultan estas líneas porque como canta El Cuchipe: “De Chiquinquirá yo vengo de pagar una promesa”.

Un abrazo, Julio Ricardo Castaño Rueda.

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